Esas cosas que importan. Por Anita Noire

Hemos aprendido a convivir con la tecnología, la tenemos por todos los lados. Ha dejado de ser un instrumento de trabajo, o incluso de ocio, para integrarse en nuestra vida, un casi modo de vivir. Forma parte de nuestro día a día hasta el punto que extraños a los que nunca hemos visto la cara, ni conocemos, ni conoceremos, se convierten en personajes de nuestra comedia vital. Personas a las que a diario saludas, te interesas por sus cosas, te parece acompañarles en sus efímeras y virtuales alegrías y en las exageradísimas penas que la red tiende a desvirtuar. Una auténtica locura.

Sin embargo, de vez en cuando, frente a ese mundo artificial e irreal, la tecnología cobra sentido. Soplar las velas de una tarta que tintinea a más de 1300 kilómetros, risas y besos que cruzan el ciberespacio y aterrizan en un improvisado campamento entre las ruinas de lo que fue uno de los mayores Imperios de la historia de las civilizaciones para que una abuela y sus nietos, esos que duermen acunados por los temblores de una tierra que bosteza inmisericordemente, se vean, se estimen y se echen de menos.

Puede que la red nos haya traído la desnaturalización, el sinsentido de los sentimientos desbocados pero, a veces, sólo a veces, muy pocas, nos concede la gracia de las alegrías de lo cercano, lo querido, lo tangible y eso no tiene precio.

Felicidades mamá.

Anita Noire
Blog de la autora

Una de las profesiones más antiguas: el ‘tocapelotas’. Por Mar Solana

Mar Solana

He leído pocas definiciones de la contundente (en sonido) palabra tocapelotas. Ácida y cargada de cierta socarronería, no se pasea por el diccionario de la RAE y en papá Google encuentras ciertos sinónimos como: fastidioso, follonero o persona que habitualmente molesta. A lo largo de mi vida me he topado con unos cuantos-as y algunos incluso me ofrecieron su amistad de toga y birrete. Por mi experiencia con ellos, he comprobado que estos individuos no sólo molestan de forma habitual –y no deseo enredaros en ninguna clase de trabalenguas–, son molestos con mayor frecuencia de la que nos gustaría y encima no se molestan, jamás, en escuchar tu opinión, empatizar contigo o entenderte; sólo tienen un objetivo: poseer a toda costa la razón, esa especie de afirmación o realización tan necesaria para el ego y tan poco productiva para el espíritu. La razón para ellos es un estandarte, la bandera de los grandes exploradores, es como un: «YO soy Amundsen y estuve en el Polo Sur; y eso nadie me lo discute…» Y pobre de ti como te atrevas a hacerlo o levantes un poco la mano para opinar otra cosa, por ejemplo, que además de Amundsen hubo más exploradores como el malogrado y mítico Scott… se puede liar parda.

 Esta curiosa expresión, t-o-c-a-p-e-l-o-t-a-s, convertida en palabra al unir verbo y sustantivo en su escritura, tiene un sonido tajante y si decimos o escuchamos:
«¡Vaya t-o-c-a-p-e-l-o-t-a-s!», comprobaremos como produce más desahogo anímico que sus sinónimos o afines. Sin embargo, yo prefiero usar de ahora en adelante la alternativa:
t-o-c-a-n-a-r-i-c-e-s, en honor a un órgano que todos poseemos, mientras que las pelotas, con perdón, son dominio exclusivo de la anatomía masculina –y eso nadie me lo discute, ¿verdad?–. Leer más

Había un promontorio… Por María

Llegamos al atardecer. En la radio del coche sonaba un concierto de guitarra y los pájaros se pusieron a cantar como locos desde todos los pinos. Era una cabaña pequeña y prestada, en medio de un monte cercano a la playa. Había llovido mucho esa primavera y el campo estaba lleno de flores, como un inmenso tapiz vivo. Nos reíamos sin parar mientras desplegábamos en nueve metros cuadrados el llamado kit de supervivencia y en tus ojos veía reflejada la felicidad de los tres días que teníamos por delante.
Me tumbaba al sol sobre la manta de tréboles húmedos y me acariciabas el pelo sin hablar, pero con una especie de canturreo inconsciente que se te escapaba por las rendijas del placer, y a mí me maravillaba que pudiéramos entrar juntos tan de inmediato en ese grado de idiotez que se traducía sin palabras en un «te quiero» compartido.

Los días se iban tan rápidos que cada tarde teníamos que salir corriendo a buscar el sendero que conducía a la puesta de sol sobre el mar, un sendero misterioso que nos llevaba al promontorio escondido, nuestra atalaya al océano y al sol poniente. Allí nos quedábamos quietos escuchando el rumor de los árboles arriba y el latir de las olas abajo. Era un momento sagrado, un ritual imprescindible. Nos quedábamos tumbados en las rocas hasta ver algunas estrellas fugaces. Luego bajábamos cogidos de la mano, oliendo arbustos que no conocíamos y cantando canciones de Silvio Rodríguez, que sí conocíamos -pero daba igual, siempre equivocábamos las letras-. 

La luna nos sorprendía lavándonos los dientes a la puerta de la cabaña y nos dábamos besos que sabían a dentífrico de menta. Nos quedábamos dormidos a ratos para soñar que estábamos juntos. Y nunca, nunca, queríamos contar que nos quedaban dos días, o 27 horas, o sólo ya esta noche porque mañana…Pero no, ahí no podíamos llegar porque era absurdo y cruel anticipar tanta tristeza.

 ¿Cómo puede ser que tengan final los días más bonitos del mundo? como si sólo fueran tiempo…

María
Blog de la autora

Narciso despeinado. Por Rubén Castillo

Narciso despeinado

Cuenta la leyenda que Narciso, el hermoso joven griego que enamoraba a todas las mujeres con su simple presencia imborrable, provocó un dolor inmenso a la ninfa Eco, cuando desdeñó con altanería su amor. Y que la diosa Némesis ejecutó sobre él una venganza terrible: hacer que el mancebo se enamorara de su propia imagen reflejada en el agua y que, deseando unirse a ella, se ahogara. Estamos, pues, ante una historia de tintes morales, donde la soberbia de quien se juzga irresistible sufre el severo correctivo de la muerte.
El joven poeta Alberto Caride (1982) nos ofrece en estas páginas el prontuario lírico de un Narciso que, lejos de la vanidad un poco absurda que aqueja a tantos versificadores iniciales, se nos presenta febril, atrevido y auténtico. Un Narciso dionisiaco e indagador de caminos. O, como él mismo escribe, “despeinado e inseguro” (p.18). A veces, se permite malabarismos verbales de gran vistosidad, como cuando elabora un poema de amor ciñéndose al protocolo alfabético de las preposiciones (p.22); a veces, ejecuta una reflexión de gran tino sobre la necesidad de asimilar y olvidar a los poetas predilectos, para que el flujo de la verdad inunde el texto con su luz (Poeta de los nombres); a veces dibuja estados de ánimo pretéritos, que lo constituyeron como actualmente es (“Buscábamos la diferencia porque la semejanza / no podía completarnos de ninguna forma posible, / y aunque al final no pudiéramos mezclar agua y aceite / el intento era una forma de fracaso muy digna / que nos daba la medida de nosotros mismos”, p.26); a veces ejecuta homenajes tan emocionantes y desgarrados como el que rellena los versos del poema Se nota tu ausencia (pp.31-33); a veces, en fin, marmoliza fórmulas de gran belleza, como cuando señala a todos aquellos que “tratan ingenuamente / de poner puertas al canto” (p.49).
El gran poeta José Daniel Espejo dice en el prólogo de esta obra que “una poética es un conjunto de elecciones” y es una verdad tan simple como incontestable. Alberto Caride Brocal ha elegido un sendero poético y se ha dedicado a pasear por él durante unos años, observando su flora y su fauna, recogiendo muestras de minerales vistosos, extasiándose con el paisaje que lo circundaba, estableciendo su filatelia de amaneceres, caricias, cafés y fuegos. En estas páginas nos ha condensado lo mejor de su contemplación y lo mejor de su depuración. No se trata, pues, de una obra primeriza, titubeante o azarosa, ante la que debamos desplegar el ejercicio de la disculpa, la limosna del elogio inmerecido. El poeta ha conquistado tenazmente un registro, ha cincelado un modo de decir y lo ha hecho suyo. De tal suerte que cuando se releen sus versos (yo he releído tres veces el poemario, para mejor empaparme de sus luces) se comprende que estamos ante alguien con vocación de verdad y de permanencia. Las páginas de este Narciso despeinado depararán muchos instantes de gozo a los enamorados de la auténtica poesía.

 
Rubén Castillo

Isla desierta. Por Fátima Ricón Silva

 

Talando las astillas de tu piel pierdo el tiempo,

escalando por tus pensamientos me aburro

y salto al abismo de mis propios pesares

olvidando los tuyos.

 

Trozo de corcho sin sensibilidad,

poroso, que te traspasa la fuerza sin dejar huella

quedando vacío y desnudo

ante la experiencia abrumadora que otros recabamos del caminar.

 

Sucio de humedad espiritual que te ablanda las neuronas

restando cordura y conciencia a tus actos,

que te divide la sabiduría en dos:

lo que no sabes y lo que no quieres saber.

 

Explayado y ciego.

¡Pobre hombre descarnado!

Poco comprendido, nada admirado,

te adscribes a la lista de los marcados por la ignorancia,

de los que se creen que lo saben todo o

de los que creen que todo lo que saben es todo lo que hay.

 

Tápate los ojos con una tupida venda,

construye una balsa de recuerdos y

parte hacia una isla desierta de pasión,

en la que serás el soberano idiota reinante.

 

Fátima Ricón Silva

Tus manos. Por Mari Cruz Agüera

Mari Cruz Agüera

Para saber de mí busco tus manos,
la luz y la palabra,
la calidez sonora de la tarde,
y el tiempo y la tormenta.
Busco la piel secreta de tu vientre
-que nadie más que yo sabe que tengo-
y el dolor del vacío en el costado
que me tiene entregada a recordarte.

Hay días que me sé desmantelada
como un viejo teatro sin actores,
-inapacibles días
que chirrían oscuros de silencios-
y otros tantos de verme espiga lenta,
decrecida de ti, muda en el campo.
Busco entonces la sed que arde en tu boca,
la proscrita quietud que hincha tus venas
y todo cobra vida y se enaltece.

Para saber de mí busco en tus manos
la luz y la palabra,
la verdad de las cosas que me importan.
Porque en tu voz admito mi existencia
y todo lo demás es vana muerte.

 

Mari Cruz Agüera
Jurado del VII Certamen «Poemas sin Rostro»

Las palabras no dichas. Por Yolanda Sáenz de Tejada

Yolanda Saénz de Tejada

Para encontrar las palabras exactas,
hay que tenerlas.

 

Llegó jadeante y
astillado.
En partículas
de cólera y
de amor;
evocando
este cuerpo
abierto
a golpes de
besos y
de ternura.

Pero no me dijo que se desvivía por amarme.
Sólo suspiró: qué bien verte de nuevo…

Se apretó
a mi sangre y
reventó mi corazón
–tanta mano abierta,
tantas uñas
plantadas
en mis labios;
tantas palabras
obscenas
mortificando
mi piel–.

 Pero no me dijo que vegetaba sin mi boca.
Sólo susurró: terminaré enamorándome de ti.

 Me devoró
la razón.
Rompió mis medias y
el encaje de mi
voz y
después,
con la urgencia de
un animal
jaleado,
me idolatró
con el desvarío
de su ardor.

 Pero no me dijo que había decidido quedarse para siempre.
Sólo me abrazó (por detrás, mientras dejaba su cepillo de dientes junto al mío) y murmuró: me gusta tu casa.


Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora