
Maite Diloy (Brisne)
Colaboradora de Canal Literatura en la sección “Brisne Entre Libros“
Blog de la autora

Maite Diloy (Brisne)
Colaboradora de Canal Literatura en la sección “Brisne Entre Libros“
Blog de la autora
Después de otra noche blanca en Helsinki, donde las ventanas resplandecían como si la noche hubiera olvidado su ancestral cometido de oscurecernos la existencia, tomé un tren Pendolino rumbo a Tampere. Sentía la ansiedad de tomar un buen café y la sensación de haber dormido tres horas menos de lo que mi cuerpo necesitaba. Nunca antes había estado en Tampere así que, nuevamente, me tocaba descubrir otra ciudad con la particularidad de que esta, a diferencia de todas las anteriores, está más cerca del círculo polar ártico.
Allí me esperaban varias reuniones de trabajo de sumo interés. En principio tenía muy buenas expectativas sobre la agenda que me había preparado Artur, aunque, en mi oficio, nunca se debe juzgar de antemano.
Continuaba subiendo más y más gente al tren, para mi regocijo, casi todo mujeres. La temperatura era muy agradable para esas latitudes. Una voz en off sonó por un altavoz pero no entendí absolutamente nada. La chica que había frente a mí, dormía plácidamente, como si este recorrido, tan extraño para mí, para ella fuera coser y cantar.
A través de la ventana el paisaje se ofrecía verde y tranquilo. En mi visita anterior, un manto blanco de nieve lo cubría todo. Era como estar metido en un descomunal congelador de 304.000 kilómetros cuadrados a 20º bajo cero que, sin embargo, no impedía el normal desempeño de la vida de este pueblo finlandés tan acostumbrado, por difícil que parezca, a esas extremas condiciones climáticas en sus larguísimos y oscuros inviernos. Leer más

Ya no espero que regreses, la verdad, no me querías…
palabras no pronunciadas, silencios en agonía
miradas esquivas, pero que mucho decían
trataban de explicar, lo que yo no entendía.
Repasando nuestra historia, recordando tu mirada…
suspiro y sufro por aquello, que su final…ya anunciaba.
De un amor tan intenso, con toda la pasión…
pasó, a la indiferencia, en mi sentir…sin motivo, ni razón.
Tus caricias, que creí verdad, ya no me pertenecían…
te fuiste de mi lado, silencioso…como diciendo
no creas en mis palabras, por un momento…desconfía.
Hoy comprendo, lo quisiste decir, te dominó la cobardía
que solo mi alma, amaba, rogaba, sentía
porque al marcharte, dijiste sin hablar
lo que mi corazón, mi razón…no creía.

He pasado el día buscando una brisa de aire fresco.
Abrí la ventana de par en par y un soplo de aliento cálido
me aplastó la moral.
Levanté la alfombra de poesía que cubre el suelo de mi vida
y docenas de pelusas hirientes me indicaron que por allí no debía buscar,
estornudé versos secos y agriados.
Miré ciega el sillón de color que preside el salón y descubrí
una oleada de cabello con cristales engarzados entre las hebras,
las cuentas estaban opacas y tristes.
Investigué los estantes de libros llenos de sabiduría,
indagué en la pared que esos lomos lamen con sus historias,
no había contenidos, los libros estaban vacíos.
Volví a abrir el ventanal,
nada.
¡Oh! ¡Qué despistada!
¡Olvidé abrir mis ojos!
Sólo miré y no me molesté en ver.
Ahora tras la ventana descubrí un mar de nuevas aventuras,
bajo la alfombra de versos se deslizaron las rimas,
en lo alto del sillón brillaron en todas sus facetas los cristales,
los libros se volvieron a empapar de experiencias y enseñanzas.
Reí de mi propia torpeza.
No debo olvidar de abrir mis ojos para ver.
Fátima Ricón Silva

Se me olvidan siempre las cosas más simples:
andar sin zapatos
reírme por nada
llorar de alegría
comer a deshoras
cantarle a los grillos
bañarme en la luna
ponerme bufanda en corrientes de engaños
pasarme las tardes a la pata coja
abrazar hogueras contra tanto frío
bailar por la noche
saltar a la comba
mirar los tejados
volar las cometas
correr con los niños sin tener destino
herirme las manos jugando a los cromos
perder varios trenes que no me interesan…
Se me olvida siempre
la fecha concreta de tu cumpleaños.
María
Blog de la autora

Porque una noche se fue de luz al firmamento
sus ojos se llenaron de saxos y de flores,
cuando con sus manos restregaba
las hojas de las alas que colgaban de abedules.
Con gel de cedro antiguo lavó el mirar del cielo,
y puso en cada esquina un par de rosas frescas
que parecían parejas de ninfas amarillas.
Se fue a limpiar un gesto, se fue a blanquear la altura,
la lavandera de alas y espumas arboladas,
para colgar en nubes los vientos de colores
y que al musgo, las gotas, por siempre le chorrearan.
Se fue de firmamento la lavandera blanca,
porque un día lavó sus pies
para que no pisaran estrellas, si tocaba.
Y se quedó enjuagando la luz que ella miraba…
con el sol restregaba los rayos de alboradas.
Se fue a limpiar el cielo, con un jabón copioso,
la lavandera blanca con su esponja de alas.
Salvador Pliego
Blog del Autor

Yo para conquistarte tengo armado
un arsenal de versos inauditos
que en una ensoñación han sido escritos
-no les creas, mujer, tenles cuidado-.
He guardado también para estos casos
un silencio arrugado por la brisa,
unos labios mellados por la risa
y una valija llena de retazos.
No he podido obtener para estas lides
dos corceles con alas y, si mides
mi tesoro, verás qué poco ostento:
un puñado de rosas que he cuidado
y la promesa del mejor pecado
y la fatiga dulce del lamento.
Imagen: Cuadro de Pino Daeni