Acostumbrada. Por Juana Cortés Amunarriz

Acostumbrada, por buena educación
y por complejos,
a ignorar el grito de mi coño,
la humedad entre los pechos,
acostumbrada a sonreír
apretando las piernas,
apretando el corazón y el sueño,
apretando el deseo que surge sin pudor
en las esquinas
en el momento impredecible,
apretando los labios
para no decir lo que no debo,
lo que no interesa y nadie quiere oír,
por si las moscas,
mudo el coño,
mudo los pechos,
mudo el corazón abotargado,
acostumbrada te decía
a la hipocresía,
se me ha muerto el animal que llevo dentro.

Asociación Canal Literatura

Juana Cortés Amunarriz
Blog de la autora

El beso. Por Luis Oroz Rodríguez

¡Bésame!, lo demás es cosa mía,

yo pongo la caricia, la ilusión,

el abrazo, el te quiero, la pasión,

la ternura, la magia, la alegría.

Aguántame ese beso todavía,

sólo falta el cariño, el corazón,

la esperanza, el deseo, la emoción,

la locura, el encanto, la osadía.

No me sueltes, aguarda sólo un poco,

la dulzura es vital para este beso

que prometiste último, ven, ¡siente!

No pienses que me estoy volviendo loco,

por tu amor ya lo soy, mas lo confieso,

trataba de alargarlo eternamente.


Del libro inédito «Rimando contra corriente») año 1998

Luis Oroz
Jurado del VI certamen «Poemas sin Rostro» 2010-2011
Blog del autor

Poema sin palabras. Por Salvador Pliego

¡No me habréis de callar!

Desde mis dedos de masa que desemperezan
y al rito vuelven en su movimiento
de boca tibia, de boca y pulso,
de hierro y mueca que se abre a la garganta
y salpica con sus letras a los salmos;
desde las guturales obras
estelares y de siglos
que hablaron por los labios,
que bramaron tempestades
de nombres y vestigios:
¡No me habréis de callar ya nunca!

Alba de fuego y fuego somos,
como el alba afilada,
donde se arden las manos en las sedas de los vientos,
donde crepitan ardientes cual antorchas de insurrectos,
como madrugadas de la Europa abrazada
o de la América tirando de la rosa
para iluminarla día a día y en todo mediodía,
como del África de arena y Nilo
que en Keops se baña y santigua o santifica;
así vi prender el fuego,
el alba fuego y el alba afilada:
la voz de Pedro y María
-María Antorcha y María Cordillera-;
armas de fuego aquí en los dientes
y en los dientes el fuego mas ardiente.

¡No me habréis de callar ya nunca!

¡Arded, poemas, como el Cairo!… ¡Arded!
Levantadse libres, sin pesares.
Volad como los sables sublevados,
como el acero amurallado
que en las piedras fue forjado
y en la historia su cuchilla alzó
para afilar los rostros,
los iris enclavados,
las pupilas de flores ya sangrando.

¡Arded, poemas!…
¡No habréis de callar ya nunca!
Porque nunca como el fuego
y siempre estando ardiendo en pleno.
Alzad los candelabros, las mechas y fanales,
a los hechos y a los signos hoy diseminados.
Arded en hierro, en papiros, en aceros.
Salid de los abuelos,
de los músicos del tiempo,
de las cítaras que hablaron
en las bocas de lo humano
y dejaron notas prendidas
a cada uno en los costados.

¡Yo tengo la palabra!
¡Arded, poemas, arded!…
¡Hacedla braza y fuego
en un salmo de hoguera derramada!
¡Que arda gimiendo cada letra,
cada pluma escrita o desgarrada,
cada hueso de fémur no encontrado!

¡Salid, buscad prendiendo la palabra!

¡No me habréis de callar ya nunca!

¡Salid!…

¡Yo tengo la palabra!

Salvador Pliego
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pensarteypensarteypensarte. Por Yolanda Sáenz de Tejada

Yolanda Sáenz de Tejada
Dicen que las mujeres somos obsesivas y que cuando pensamos en algo o lo deseamos, no podemos olvidarlo. Dicen también los psicólogos que todo el día estamos dándole vueltas a lo mismo y que somos repetitivas en nuestros deseos. Es decir: lo quiero, lo quiero y lo quiero…

Pero yo he conocido a hombres maravillosos que son igual de obsesivos que yo (que me reconozco tan pasional que si algo deseo, es el camino más corto a mi propia debilidad) y he visto a mujeres que organizan su cerebro para dejar de pensar en lo que no consideran una necesidad.

Yo no sé qué es lo mejor, la verdad, me gustaría ser de los dos pero por ahora, me quedo en la que me habita, esa que se muere a chorros por algo o por alguien y que se dispersa en mitad de una reunión para sentirse amada o saber que, en algún lugar, esa persona no puede dejar de pensar en mí…

Aunque, y lo reconozco, siento una profunda envidia por los que organizan su cerebro y son capaces de diferenciar entre necesidad y deseo. Más que nada, porque vivir así, como ellos, es más fácil.

 

A veces me gustan
 las tardes desastrosas,
me recuerdan a mí.
MARÍA MONJAS


Pensarte,
a cualquier hora
de mi mundo,
mientras nado
o mientras cocino,
mientras conduzco
mi unicornio o
mientras te
leo y
(con riesgo de morir
de amor)
dejo de
de latir.

Pensarte
mientras
los golpes
de mi órgano
bomba
atraviesan mi
esternón y
mientras
los músculos
de mi cintura
se tensan
(y casi revientan)
al oír tu
voz.

Pensarte
dormido en el
sofá y
sin querer
irte sólo a
la cama
(es decir,
sin mi).

Pensar tu olor y
tu piel,
tus camisas y
tus abrazos
(y tus besos con
lengua de
primera vez).

Pensarte,
últimamente,
es lo único
que hago…

Debería
formatear mi
disco duro y
olvidarte.
Pero qué jodida
fui siempre
para la
informática
(y para la razón).


Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora

Jueves. Por Ana Mª Álvarez Barroso

Otro jueves que pasa en el fiel calendario,
otra tarde de charla, de café, de sonrisas,
del juego de los niños, de la brisa en el rostro,
de miradas que hablan y de labios que callan.

Otra tarde de ocio en día de descanso,
compartiendo el instante sin preguntarnos nada,
quizá, íntimamente, deseando otro jueves
u otra tarde de asueto de un festivo cercano.

Pero ayer, ayer jueves, no fue un jueves cualquiera,
fue algo más que una tarde templada de febrero,
fue la inquieta presencia de un duende entre las manos,
fue cascabel sonoro que repica en el alma.

Nunca una despedida unió tanto dos almas,
unió tanto dos cuerpos que apenas se rozaron.
Tus labios y los míos se encontraron, furtivos…
a la felicidad, ahora, hay que llamarla jueves.

Ana Mª Álvarez Barroso © 2010
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Amores y novelas por San Valentín. Por Felisa Moreno Ortega

Creo que esto del amor, y lo digo porque dentro de una hora nos querremos un poquito mas, puede asemejarse a escribir una novela. Al principio, todo son impulsos, palpitaciones, deseos… La idea surge, bulle en la cabeza, nos tiene ensimismados, como un primer beso inesperado. Apenas hay tiempo para reflexionar, es hermoso ese bullicio que nos come por dentro, ese deseo de estar a todas horas con nuestro enamorado, o siguiendo con nuestro símil, escribiendo sin cesar, comidos por la fiebre del momento.

Más tarde llegan las dudas, el tiempo todo lo va enfriando, ¿esta idea era tan buena? ¿es ésta la persona con la que quiero compartir mi vida? Surgen los problemas, las tramas que no se desarrollan como quisiéramos, los personajes que no actúan como habíamos planeado; las discusiones, los distintos puntos de vista, los enfados…

Llega el momento del esfuerzo, de trabajar para seguir construyendo lo que con tanta ilusión iniciamos, nadie dijo que fuera fácil escribir una novela, ni mantener una relación.
A veces nos dejamos llevar por la idea romántica de que todo es inspiración, que las musas nos susurran al oído la historia y que nosotros nos limitamos a contarla. A veces, el cine, la canciones, la literatura nos hablan de amores improvisados que surgen del aire y que de él viven, que flotan en las nubes, ajenos a los problemas terrenales, al desgaste que suponen las fricciones de cada día, el roce de dos identidades, casi siempre, muy diferentes.

Y luego, cuando comprendes que el esfuerzo será continuo, cuando entiendes que no puedes bajar la guardia ni dormirte en los brazos de esas musas inconscientes e inconstantes; cuando intuyes que al amor hay que alimentarlo como a un animalillo doméstico, indefenso y dependiente, es cuando consigues estar más cerca de conseguir eso que anhelabas, que nunca llegar a alcanzarlo.

No sé si esta tontería que se me ha ocurrido es apropiada para tan señalado día, ese 14 de febrero que vive deslumbrante en las estanterías de El Corte Inglés, que huele a perfumes caros y cenas opíparas. No sé, será que estoy enzarzada en mi novela, arañada por las dudas y que eso me hace reflexionar. Sin embargo, no dudo de lo que siento por la persona que tengo a mi lado y sé muy bien que soy afortunada.
Esta entrada, aunque la leerá otra gente, tiene un único destinatario, un muchacho que me regaló rosas por San Valentín, hace ya diecinueve años. Es mi forma de darle las gracias por seguir luchando a mi lado.

Felisa Moreno Ortega
Blog de la autora

Amor seguro por S.Valentin. Por Ana Mª Tomás Olivares


Me encanta que estés aquí. Ya sabes cómo me ha gustado siempre saber dóndes estabas, tus entradas, salidas… conocer a tus amigos, tus compañías… sobre todo las femeninas. Qué sí, que tú mucho decir que no pasaban de “capillitas, capillitas” y que yo siempre la catedral, pero, la verdad, las mujeres llevamos muy mal que haya otras mariposas alrededor de nuestra flor, aunque no dejemos de reconocer que, muchas veces, no pasa de ser un capullo y no en el sentido floral, precisamente. Me gusta. Me gusta que estés aquí. Me gusta hablar contigo y contarte las cosas que he hecho sin que parezca que es más importante el fútbol que ponen en la televisión… Por Dios… tanto fútbol con eso de tantos canales. Y tú, encima, que con tal de ver correr a un montón de tíos detrás de un balón, siempre te ha dado igual que fueran dos equipos de la cochinbamba o del chichinabo. ¿Sabes, amor…? He encargado un tarta de moka, tu preferida, para pasado mañana. Sí ya sé que nunca recuerdas nada, pero el lunes es san Valentín. Ahora parece que este santo tiene que ver algo con papanoel: tooodos los escaparates están llenos de cosas rojas, que si bombones, que si lencería, por cierto, me he comprado un conjunto de sujetador y braga de lo más chachi, rojo, claro. Y no por nada del Valentín, que menudo tostonazo dan para que compremos cosas, no, simplemente porque me ha gustado mucho… mucho. Ay, picaruelo, te crees que no me di cuenta de cómo mirabas a la vecinita mientras, la muy pelandrusca, recogía sus bragas del tendedero y te sonreía como invitándote, y su madre desde detrás que si buenos días, que a ver si le digo a tu mujer que vengáis a tomaros un café… ¡un café! ¡una mierda! Si ya lo decía mi abuela: “si no hubiera alcahuetas no habría putas”. Que sí, que sí, que no hace falta que me digas que no tuviste nada que ver con la nena, menuda nena, eso, más que una mujer es un brasero encendido todo el día, que te vi cuando salías de su casa y llevabas la culpa escrita en tu cara, pero no te lo dije, a fin de cuentas sería reconocerme una soberana cornuda, pero, como por suerte, los cuernos, si no tienes calcio suficiente, no terminan de romper nunca, pues es una ventaja porque así no se enteran tus amigas. Claro, siempre y cuando no pase lo que le pasó a la pobre de Pepita, qué bochornazo que se encontrara en el mismo hotel con la hermana de su marido, claro, cada una con su amante, pero las dos se dedicaron a quitarle la piel a la otra dando cuatro cuartos al pregonero. Qué poca discreción. ¿Ves? A mí jamás se me ocurriría desprestigiarte por muchas canitas al aire que anden por ahí. Te quiero tanto amor mío que, francamente, no creas que me importa que estés aquí. La verdad es que desde que sé que tu cuerpo está aquí, en este cementerio tan bonito, no imaginas lo bien que duermo cada noche sabiendo, por fin, dónde estás y quién te está comiendo. Bueno, mi amor, me voy que todavía tengo que pasar a darme un masaje exfoliante, quiero tener la piel preciosa cuando estrene ese conjunto tan tentador.
Asociación Canal Literatura
Ana Mª Tomás Olivares
Dama Literatura 2009
Blog de la autora