De tan flojo como ha sonado el despertador, el contable casi no lo ha oído. La lámpara de la mesita de noche está a tocar de su mano pero no la enciende. Se incorpora, explora el suelo con los pies desnudos para dar con sus zapatillas y reprime un respingo al primer contacto con las frías baldosas. Se queda quieto, escuchando, y comprueba que la respiración regular de su mujer al otro lado de la cama no se ha alterado. Se levanta y echa a andar con pasos cortos y los brazos extendidos hacia delante, buscando a tientas la puerta de la habitación. La abre, sale y cierra tras de sí sin soltar el tirador para evitar el sonido de esta al encajar de nuevo en el marco.
Su mujer no lleva dormida ni dos horas. Ha llegado a las cinco pasadas, la ha oído entrar, nunca coge el sueño de verdad hasta que ella está en casa.
Ahora que no molesta sí que enciende una luz del pasillo y se dirige al lavabo bostezando y rascándose la barriga. Una ducha, un café, y a punto ya de marcharse, mira el aspecto de su traje azul marino ante el espejo, y se ajusta el nudo de la corbata rosa. Lleva los auriculares de su mp3 en las orejas para escuchar las noticias. No osa poner la radio, ni siquiera en la cocina, para no desvelar a la bella durmiente. Saca las llaves que hay en la cerradura, las cuelga de un gancho pequeño en la pared, aparta de delante de la puerta unas botas altas de charol negro y deja el piso cerrando con la misma prudencia con la que antes ha salido de la habitación.
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En la calle enciende un cigarrillo y aspira hondo la primera calada para llenarse del sabor y el olor del tabaco lo antes posible. Nunca le da tiempo a fumárselo entero. Coge el periódico gratuito que le tiende una muchacha que viste un enorme chaleco rojo con el nombre del diario estampado en la espalda, baja las escaleras de la boca del metro y arroja el pitillo, sólo consumido hasta la mitad, en el enorme cenicero que preside la entrada al vestíbulo. Pasa la tarjeta por el lector y se coloca a la derecha de la escalera mecánica de acceso al andén para ceder el paso a otros viajeros con más prisa. Abre el periódico y mientras ojea la programación de televisión oye entrar el tren y empieza a descender los escalones de dos en dos. Al llegar al andén suena la señal del cierre de las puertas y el contable se para en seco al recordar la recomendación de no entrar en el vagón durante el pitido. Pagaría gustoso por poderse fumar un cigarrillo mientras espera el siguiente.
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El metro viene lleno pero el contable entra deprisa y logra escamotear al resto de los pasajeros uno de los asientos que no son para ancianos, embarazadas o disminuidos físicos.
En la siguiente parada entra una joven con un niño en brazos y otro de la mano. Los cuatro ocupantes de los asientos reservados se concentran en su particular actividad: una chica hunde su cabeza en el libro que lee, dos hombres con mono gris conversan con la mirada clavada el uno en el otro sin desviarla ni un milímetro y una mujer con el pelo teñido de color fresa cabecea medio dormida. El contable levanta el periódico para llamar la atención de la mujer con los dos niños y le indica el asiento que deja libre. La mujer apresura al niño que lleva sujeto de la mano y alcanza el asiento murmurando, muy amable.
En la siguiente parada la rampa se acciona con un zumbido y accede al vagón un hombre paralítico. Se abre paso hasta la zona habilitada para las sillas de ruedas, la encaja en el espacio en una sola maniobra y se abrocha las correas de sujeción que cuelgan de la barra. Al contable le gusta el aspecto del paralítico, el pelo un poco largo peinado con cera como en las revistas de moda, el traje oscuro con la raya de los pantalones bien planchada, la corbata clara con caballos pequeñitos del mismo color pero más oscuros, los zapatos negros, impolutos.
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Faltan cinco minutos para que abra el banco y ya hay dos mujeres esperando en la puerta. El contable puede verlas desde su mostrador. Una de las mujeres se acerca a la puerta. El guardia de seguridad extiende un brazo y le corta el paso y la mujer golpea el suelo con el pie y le dice algo al guardia mostrándole su reloj y señalándole la esfera. El guardia mira a la mujer sin decir una palabra. Esta eleva el tono de voz contra el guardia. Suena muy indignada, se queja de falta de consideración.
El contable se levanta, sale del mostrador y va hacia el guardia. Solo falta un minuto para la hora de apertura, tampoco es tan importante si la mujer entra un poco antes. A medio camino se queda parado, rectifica y vuelve por donde ha venido.
A las ocho en punto el guardia se retira de la puerta y permite el paso a la mujer que entra en tromba hacia el mostrador mascullando algo contra el de la puerta y buscando la complicidad del contable. Éste sonríe y le dice a la mujer que el guarda tenía razón, que aún no era la hora. La mujer grita en voz alta que ella es una trabajadora de verdad, de las que cobra por horas, no de esas con vacaciones pagadas como los señores del banco que tienen el culo gordo a fuerza de no moverlo de la silla.
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El director del banco sale de su despacho y se acerca a la mujer, carraspea para llamar su atención y le tiende la mano al tiempo que dice su nombre y su cargo. Le pregunta a la mujer por la causa de su enfado y se interesa por si él puede ayudarla al tiempo que la coge por el codo y la conduce suave hacia la salida. En la puerta encajan una vez las manos y el director vuelve a su despacho sonriendo satisfecho.
Pasará el resto de la mañana consultando la hora y yendo al lavabo para comprobar su aspecto.
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El director del banco termina de trabajar a las ocho. No se queda en la puerta charlando con los empleados y va directo a su coche. Entra, enfoca el espejo retrovisor hacia a su cara y se aplasta con la mano los cuatro pelos teñidos de negro que todavía le quedan en la parte superior de su cabeza. Abre la cartera, comprueba que lo tiene todo y finalmente arranca.
Usa una tarjeta de acceso para entrar en el garaje de una finca antigua a las afueras de la ciudad. Aparca, coge el ascensor y sube a la primera planta donde muestra su tarjeta a una recepcionista con pelo corto y gafas. Tengo cita. La recepcionista comprueba el libro de reservas e indica con la mano una de las puertas que quedan a mano derecha del mostrador.
El director introduce una vez más la misma tarjeta en la ranura y accede a una cabina con dos puertas, una delante de la otra. Se quita la ropa, cuelga el traje y la camisa de una percha, dobla la camiseta y los calzoncillos y los deja sobre una banqueta, descuelga un collar de perro que estaba en la otra percha y se lo pone en el cuello. Pulsa un botón rojo y automáticamente la siguiente puerta se abre y se encuentra con su cara a la altura del pecho de la dominatriz vestida con un corsé que cubre la parte de la cintura hasta el inicio de las caderas dejando al descubierto el pecho y el pubis completamente depilado, calza botas negras con plataforma y dieciséis centímetros de tacón de aguja y lleva una fusta en la mano.
Ella tira de la cadena del collar de perro y él cae a sus pies. Al suelo mierda inmunda. Sí, ama. El director de banco recibe desde suelo, sin revolverse y sin levantar la cabeza, los golpes de la fusta en la espalda y el tacón de la bota que se hunde y retuerce en el interior de su ano. Cuando mana un pequeño hilillo de sangre entre las nalgas del director, ella se retira y va en busca de una cuerda.
De regreso, la dominatriz se sienta sobre el director para empezar a atar sus pies por los tobillos, tira del nudo obligándole a doblar las piernas hacia atrás y ata las manos por las muñecas y acaba rodeando el cuello con la misma cuerda por encima del collar de perro. Encaja un gancho que cuelga del techo en una argolla de la cuerda que aprisiona al director. Tironea dos veces de la cadena que sostiene el gancho y ésta, como por arte de magia, inicia el ascenso del cuerpo y lo deja suspenso a la altura de la cara de su ama. Esta pasea alrededor del ser flotante pellizcando la carne indefensa y ordenando silencio al menor quejido, amenazando con reventarle los cojones a taconazos si vuelve a oír su voz. Entre los pellizcos e insultos, escoge los momentos álgidos de sus exabruptos para tensar la cuerda estirando de uno de los cabos y obligando así a las extremidades del contable a doblarse hacia atrás en un escorzo impracticable en condiciones normales de equilibrio. El reverso del collar de perro se clavar en el cuello del director y la cara se le contrae en una mueca dolor que por esa misma causa es en realidad de goce. La dominatriz observa el rostro encogido que tiene frente a frente y reprime la tentación de presionar más la cuerda. El director está en sus manos, podría castigar más pero no es necesario.
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Son las tres de la mañana cuando la dominatriz llega a casa. Enciende la luz del pasillo, deja las llaves colgadas de la cerradura, desciende de las altísimas botas, la única parte de la ropa de trabajo que usa también para ir por la calle, y las deja junto a la puerta. Camina de puntillas hacia el lavabo y se da una ducha caliente. Sale desnuda, apaga la luz del pasillo y abre la puerta de la habitación con cuidado de no soltar el tirador muy deprisa para que no haga ruido. Camina en línea recta en medio de la oscuridad hasta topar con la cama, sigue su perímetro hasta el lado izquierdo, que es en el que duerme, se mete entre las sábanas y acaricia muy suave, para no despertarlo, la espalda del contable.
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Este relato no es una caja de sorpresas, sino de sobresaltos.
El episodio del metro y el de la señora impaciente del banco quedan un poco descolgados del desarrollo de la trama, en mayor medida cuando al final te encuentras con un broche de cierre tan brillante.
Impecablemente narrado este trajín doméstico-laboral de una jornada cualquiera en un matrimonio cualquiera.
Los caminos de la realidad, al igual que los del Señor, son inescrutables.
Mucha suerte
Sin comentarios… ¿Par qué perder el tiempo, verdad?…
Buen relato, pero con momentos innecesarios. el final es realmente sorpresivo
Corrígeme si he entendido mal, Atalanta, pero creo que hay un lapsus: en el penúltimo párrafo, noveno renglón, dice «las extremidades del contable». Se supone que es el director el que está en la sesión de BDSM.
Es un relato con una narración minuciosa, que va adentrandose en las primeras y segundas vidas de los personajes. Muy interesante y con un final inesperado. Suerte.
He leído el relato de un tirón, me ha gustado la forma en que has ido describiendo todo los movimientos del contable, la rutina de su vida. El final no me ha resultado inesperado, por la pista de las botas, supongo.
Te deseo suerte en el certamen.