-¿Qué necesita? – dijo, a modo de saludo, la dama de ceño fruncido, apenas asomando a la puerta entreabierta que aún nadie había llamado.
No tenía fuerzas para responder esa pregunta, pero los ojos de la joven, desechos en visiones de llanto, sangre y polvo parecieron hablar por ella.
-Adelante – respondió entonces la señora ceñuda de platinado cabello recogido, un poco más cortés.
Mientras ingresaba en aquella vivienda prohibida, que tantas veces había imaginado de niña, la joven descargó su morral en un golpe seco de brazos agotados. Es una habitación de barro, acogedora. Cuatro cilindros de un rudimentario tejido opaco rodean un prisma imperfecto de piedra, poco más alto que los asientos, sobre el suelo de tierra apisonada. El espacio también tiene cuatro aberturas: la de entrada, cubierta con un bloque de cañas tan juntas que no filtraban luz alguna del exterior y las otras tres ponen distancia a espacios continuos, cada una con prolijos lienzos claros a modo de cortinas.
La dueña de casa le acercó uno de los cilindros para que tomara asiento, había notado cómo las piernas de la peregrina temblaban, huesudas y sucias, apenas sujetas al piso por un par de sandalias de esparto. Ese calzado la delataba como hija de pastores, del Valle Perdido. Gracias a las leyendas que la dama misma había hecho rodar, durante décadas ningún ser de aquel bajo se había animado a visitarla. Y mucho menos una jovencita.
La muchacha, en cambio, no reparaba en sus sucios miembros inferiores sino en el ardor de su espalda, nacido en días de cargar el morral y sus penas. Juntó un instante las pestañas cubiertas de tierra (ya no le quedaban lágrimas). Le pidió agua a la señora.
Del cuarto de la izquierda la dama platinada le trajo una vasija pequeña, de zapallo ahuecado. Mientras el líquido fresco, reparador, le daba sabia a su lengua de madera seca, la peregrina recordó que estaba frente a la Madre del Alto, como la llamaban los pastores, protectora de la vertiente y del bosque espeso del norte, aquel donde la joven jamás había estado, ni quería conocer.
Segura e inspirada, llenó de aire sus pequeños pulmones y se dispuso a contarle de su aventura a la Madre: Primero había llegado a la orilla de la ciénaga, esa que el ganado tanto teme y que marca el final del valle para los más chicos. Allí, escondida entre unas matas, esperó al Duende Gris. Cuando en el cielo hubo más puntos blancos que espacios negros, como cuenta la tradición, apareció la criatura.
La joven contuvo el relato un instante, aguardó el asombro de la dama, o al menos un fingido reto como el que le hubiese dado el abuelo Chana. Esperó, pero la señora, tan ceñuda como siempre, hacía silencio.
-Apenas llegó, el Duende Gris me dijo que cruzara el cañaveral con cuidado de no ser vista, siguiendo la señal de mi pecho, y que pidiera refugio en esta casa – La señora tenía ahora la vista clavada en la puerta de caña, pero parecía que la estaba escuchando con atención, por eso la muchacha continuó – Es por una semana o algunos días, hasta que las bestias se vayan del bajo, le ayudaré en las faenas domésticas, sé conseguir alimento, la puedo acompañar y defender…
-Defender… como lo hiciste con tu familia – dijo quien ahora miraba los ojos húmedos de la joven y, tal vez, un poco más allá.
-No pude defenderlos –intentó explicar la de piernas huesudas- ellas, las bestias, hacían silencio, como siempre y entraron sin llamar a nuestro refugio esperaron un momento como si trajeran algo que decir, pero sin motivo alguno atacaron a mi padre, a mi madre, a mi hermano… – dejó caer la cabeza entre sus dedos, intentando borrar la escena que había visto desde un agujero entre las paredes de piedra. Nadie sabía por qué mataban de aquella manera, esperando un momento y luego tan rápido, siempre de frente.
-Debes marcharte, hija, sigue tu camino. No está aquí la protección que buscas – dijo la mujer que continuaba de pie.
-Pero el duende…
-Esa criatura no sabe lo que dice… ¿acaso usted pudo ver con claridad el rostro de las bestias? – la Madre no podía contar lo que sabía, era una antigua promesa de fuego, pero también quería ayudar a los pastores.
-No. Apenas escuché sus pasos, vi las sombras grandes. Fueron muy rápidas. Sí sentí un chillido, como de espadas saliendo de su estuche… después los gritos de mi familia. No quise ver más, corrí…
La dama interrumpió el relato. Abrió aún más sus ojos de cielo y puso su mano blanda sobre los labios de la joven. Cuando estuvo segura de que la niña haría silencio, la tomó de una mano y con la otra alzó el robusto morral, con una fuerza que no correspondía con su delicado talante. Peregrina y bolso se quedaron en el cuarto del agua. La muchacha del Valle se sintió tranquila cuando sintió entre sus dedos las frías cuentas de una especie de collar que la dama le había entregado antes de volver al cuarto principal.
Más ceñuda que nunca, contestó al rasguño de una caña en las cañas de la puerta:
-¿Qué necesita? – impostó antes de abrir, aunque sabía que afuera había tres criaturas, no una.
-Necesitamos quedarnos – una voz de trueno, pero cansada, retumbó en el agua de la batea, en la habitación continua.
La Madre abrió pero aclaró con firmeza mientras entraban: “Deben marcharse pronto, este ya no es su lugar”.
-Ya hablamos de esto antes, no tienes motivos para ofenderte, ya te explicamos que somos diferentes al resto: tenemos el poder de la sangre de nuestro padre y… el de nuestra madre – respondió una segunda voz, todavía más ronca.
Pero ella debía enseñarles que todas las criaturas sobre la tierra son iguales, por eso retrucó:
-El talento mayor que han descubierto en ustedes se ha convertido en viruta. No puedo recibirlos. Deben respetar hasta al ser más débil y descubrirse tal cual son ante los hombres.
-Perderíamos el poder, como lo hizo nuestro padre antes de morir, atacado, en el fango de la ciénaga – esta vez era una voz más aguda, nasal, casi femenina – Intentamos acercarnos a los pastores, como nos pediste, para avisarles que se acerca la sequía, pero sus pensamientos de horror activan nuestras garras. Lo sabes, está en nuestra naturaleza atacar cuando una criatura teme de nosotros, no podemos evitarlo.
La Madre dio una vuelta alrededor de la piedra donde los tres estaban sentados y, para simular tranquilidad, tomó asiento en el cuarto cilindro tejido. Antes de hablar cerró los ojos un instante y luego miró, uno por uno, con piedad de madre a sus tres vástagos de sangre. Les dio la respuesta que sólo ellos entenderían con satisfacción:
-Vayan por agua hasta la vertiente del alto. Sus cántaros están afuera.
Cuando las voces de las bestias se oían lejos, ella regresó donde estaba la muchacha atenta, con su morral entre las piernas y el collar enroscado en ambas manos. Le confió por primera y última vez su sonrisa de Madre, llenó una vasija con líquido fresco y la metió en el bolso de la joven.
-Cruza el cañaveral, camina con cuidado de no ser vista, no corras, y cuenta a todas las criaturas el secreto que ya conoces.
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Hay bestias y bestias. Y las segundas, son peores que las primeras, sin duda.
Mucha suerte.
Entienda primero, al menos, el significado de las palabras que escribe. Los diccionarios suelen ser útiles. De ortografía y sintaxis, ni le digo… Yo, de usted, simplemente me plantearía escribir otro… Tras adquirir los correspondientes diccionarios, claro…
Seguramente yo soy muy bestia, pues no entendí ni jota.