premio especial 2010

 

May 21

Mosén Pedro abrió la puerta a la comisión de feligreses que encabezaba Juan Diego, formada por el Cojo Pelones, Blas Garcés y dos o tres de los más significados terratenientes del pueblo. Los hizo pasar al despacho de la casa-abadía y les ofreció asientos alrededor de su escritorio. También él se sentó. Lo hizo en la butaca de cuero repujado que se decía había pertenecido al Beato Julián, abate del vecino monasterio de benedictinos, muerto en olor de santidad hacía dos siglos. Desde allí, y basándose en la fuerza mística del aspirante a santo, solía dirimir diferencias de índole espiritual, también a veces material, entre la inregible tropa de parroquianos de Albata. Ya hacía quince años que dirigía la única parroquia del municipio y estaba acostumbrado a entendérselas con aquella masa indomeñable de fanáticos seudorreligiosos. La sabía capaces de vitorear a su virgen favorita y dejar caer sus más fétidos desechos fecales sobre las vírgenes rivales que habían tenido la infeliz ocurrencia de permitir que las adoraran en los pueblos vecinos. Como si de una liga de futbol se tratara, cada comunidad apostaba por lo suyo y tiraba por el suelo todo lo que podía ensombrecerlo o quitarle lustre. Bien sentado, les inquirió:

– Vosotros diréis qué se os ofrece.

– Queremos una rogativa, mosén, para que llueva y acabe la seca.

– Eso, una novena a la Virgen de la Zarzamora para que nos envíe el agua que nos escasea tan de seguido.

Eran varios meses sin llover y las fuentes habían menguado notablemente. Se racionaba el agua, no solo la de regar, sino también la de beber. Y, como no había visos de que el tiempo fuera a cambiar, la única forma de salvar las cosechas era recurrir al viejo truco de rodear a la Virgen con un asedio de rezos y ruegos, un cerco prolongado cuanto fuera necesario hasta que la señora decidiera mirar con ojos benevolentes a su pueblo sediento y le enviara el agua. Desde luego, era un remedio que siempre se había mostrado infalible pues, tarde o temprano, al final terminaba por llover. Incluso en el año 1898 en que la rogativa duró ciento y siete días. Aquella vez se trabajó de firme, pero la constancia del pueblo rezador terminó por ablandar el corazón de la madre, quizá más enojada que de costumbre con su pecador pueblo.

– ¡Hombres de Dios, una rogativa! – respondió el mosén -. ¿Vosotros creéis que eso todavía se estila?

Porque D. Pedro era un cura postmoderno que trataba de pasar mucho en relación con las supersticiones y las beaterías. Estas materias estaban siempre presentes en Albata y se mantenían a mucha honra, incluso dentro del tercer milenio. Para él, que cada día toreaba a cuerpo limpio las ancestrales manías, aquello no era ni más ni menos que una solemne pérdida de tiempo. Pero allí estaban los comisionados para ponerle las cosas difíciles.

– Nosotros creemos que sí. Porque, siempre que ha hecho falta, la Virgen nos ha escuchado.

– Y pruebas tenemos muchas, de veces peores, sin que nos dejara desamparados.

– Pero tú, Pelones – les cortó el mosén – y tú, Juan Diego, y vosotros, si no vais nunca por la iglesia, ¿cómo queréis que se os hagan favores?

– Eso no tiene nada que ver, mosén – respondió el Cojo -. Nosotros dejamos lo de la iglesia para las mujeres, que no tienen otra cosa que hacer. Pero a la Zarzamorica la llevamos aquí dentro, bien guardada – y se pegaba sobre el esternón.

– Sí, ya veo que os acordáis – comentó el mosén -. Hasta cuando soltáis blasfemias la tenéis bien presente. Bueno, pues yo creo que no procede hacer esa ceremonia. El agua vendrá cuando Dios quiera o cuando los vientos cambien, que viene a ser lo mismo.

De todo se dijo en aquel despacho. Durante más de dos horas se prolongó la discusión. El cura fue veladamente acusado de rojo, de masón, de vendido al diablo. D. Pedro estaba ya acostumbrado a aquel trato y no perdió los estribos. Además, le importaba un pimiento que el Sr. Obispo lo enviara a otro destino. Peor que aquel no iba a ser. Sin embargo, las amenazas de disturbios y revueltas callejeras, como aquella vez en que casi se declaró una guerra municipal cuando se trató de cambiar a la fuerza el itinerario de la procesión, terminó por decidirlo a dar su visto bueno para celebrar los actos.

Los buenos de los comisionados, que en el fondo respetaban al mosén por sus acciones desinteresadas en bien de todos, se excusaron por sus palabras fuertes de antes y se despidieron con palmadas de confianza en el hombro y apretones de mano.

– – – – – – – – – –

Al toque de la campana se reunieron los romeros en la plaza Mayor. Con el alba iban a subir hasta la ermita de la Virgen de la Zarzamora para recoger la venerada imagen y trasladarla al pueblo.

Allí estaban las autoridades municipales, reunidos junto a la comisión de organizadores, el Sindicato de Riegos y la Cofradía del Santo Amor de la Virgen. A su alrededor se congregaba el pueblo en toda su composición: chicos, grandes y medianos. Los jóvenes bailando, los adultos comentando graves, los ancianos con paso lento y rezador. Quien podía andar iba a pie, quien no subía en los pocos carros que aún quedaban, en los remolques de los tractores y en algunos vehículos puestos a disposición libre por el Concejo. Los más significados penitentes llevaban sus calzados en la mano o colgados al hombro y pulían con sus pies desnudos el empedrado grisáceo de la plaza. Por uno de los ángulos, se hizo un pasillo y mosén Pedro, junto a sus monaguillos, avanzó hacia el centro siguiendo la Cruz Alzada que portaba el sacristán.

Las autoridades saludaron al párroco y la comitiva se puso lentamente en marcha, enfilando la calle que iba directa al camino de la ermita. Tras la cruz y el grupo de autoridades, se situaron los penitentes. Más atrás se formó el coro de feligresas que comenzó a entonar los cánticos de petición y los himnos que se usaban desde siglos atrás para enaltecer a su Santa Patrona. Detrás de esta cabeza significada, una larguísima cola de romeros iba dejando atrás las casas del pueblo y sus calles desiertas con las puertas entornadas.

La comitiva remarcó de nuevo el camino de la ermita. Cruzando valles y colinas y ascendiendo montañas fue hasta lo más alto. Regresó luego trayendo consigo la venerada imagen en la que ponían sus últimas confianzas.

La instalaron en un altar florido y brillante. Le cantaron, le rezaron, le rogaron. Pasaron días y días turnándose a sus pies, con una demanda continua:

                                                   «Aguas copiosas pedimos,

                                                   Santa Patrona de Albata…»

Dicen que el mendigo importuno siempre saca bocado. Lo que no sospechaban los buenos de los penitentes rogadores era que, en esta ocasión, el mendigo iba a quedar harto.

Al cabo de quince días de ruegos y súplicas, el cielo perdió su habitual azul cegador para formar un mosaico de tonos entre el blanco y el negro. Las primeras gotas, ansiadas gotas, comenzaron a caer haciendo hervir la tierra reseca de los campos y la fe de los rogantes quienes cambiaron sus ruegos por vítores y cánticos de agradecimiento.

Cada día, mientras la lluvia caía incesante, retornaban a la iglesia para festejar y bendecir a su patrona. Tantos días como rogaron, tantos días como celebraron el agua.

 Pero, pasada la primera quincena de aguas copiosas, los rostros de júbilo empezaron a cambiarse en caras preocupadas y pensativas.

Los campos estaban con buena sazón, los árboles estaban verdes, las ramblas estaban llenas. Sí, pero también habían comenzado a caer ribazos, incapaces de soportar la tierra húmeda, se corrían los terreros, se encharcaban los llanos y se resentían las edificaciones viejas.

Quince días más pasados y el agua seguía cayendo, constante como antes había sido la sequía. Ahora las caras ya eran de auténtica preocupación y disgusto. El agua había arruinado cosechas enteras a punto de recoger. La excesiva humedad hacía aparecer plagas de hongos y mohos que estaban casi olvidadas. Muchos caminos estaban cortados y toda la actividad del pueblo parada como consecuencia del continuo diluvio. La gente se desesperaba y andaba por sus casas como animales enjaulados, hartas ya de reparar viejas herramientas y de ordenar utensilios.

El mendigo, después de un largo ayuno, estaba recibiendo unas raciones de comida que lo hacían rebosar por las orejas.

– – – – – – – – – –

Mosén Pedro abrió la puerta a una nueva comisión de feligreses, esta vez encabezada por Evelio Ramón y Miguel el Rufo. Volvió a introducirlos en su despacho y volvió a sentarse en la butaca del Beato Julián, agarrándose fuerte al posabrazos para absorber toda la energía milagrosa. Fue el Rufo quien habló primero.

– Mire, D. Pedro. Yo ya no quería que se hiciera la rogativa anterior pero los otros gritaban más y se hicieron con la mayoría. Ahora la cosa ya está hecha así que no hay más remedio que seguir adelante.

– ¿A qué le llamáis vosotros seguir adelante? – preguntó D. Pedro sospechando alguna burrada solemne.

– Pues, ya que se hizo una rogativa para traer el agua – respondió el Evelio -, tendremos que hacer otra rogativa para que pare. Y sacaremos la Virgen a la plaza hasta que deje de llover.

Si a D. Pedro le hubieran pinchado en aquel momento, de buen seguro que no le habrían sacado una gota de sangre. ¡Qué barbaridad! Anda, pues, Pedro. Oponte a estos energúmenos respaldados por una masa de fanáticos decididos a montar una trifulca a la menor excusa.

Todo se tuvo que invertir, himnos, cánticos, rezos y plegarias. Todo escrito de nueva letra para que donde decía «aguas copiosas pedimos» dijera «pedimos que pare el agua» y así todo lo demás.

Se comenzó la nueva rogativa con la gente cobijada bajo paraguas y chubasqueros y la Virgen a cuerpo gentil aguantando el chaparrón en la plaza.

Y lo más insólito comenzó a ocurrir a partir del tercer día: dejó de llover de una manera repentina. Efectivamente, paró la lluvia, pero, nada más meter la imagen en el templo vitoreada por el pueblo agradecido, el agua volvió a caer tan repentinamente como había cesado. Y de nuevo se paró al llevar la imagen a la plaza. Y de nuevo comenzó a llover cuando se la introdujo en la iglesia. Y así se continuó la lluvia alternada con las detenciones en un ciclo permanente, día tras día.

– – – – – – – – – –

Zoilo Cortés, uno de los periodistas enviados hasta Albata para cubrir la noticia del extraño suceso de la lluvia intermitente, acababa de entrevistar a mosén Pedro. Un sobre, con la solicitud de dimisión dirigida al Sr. Obispo, reposaba sobre la mesa. Zoilo se colocaba su chaqueta impermeable para salir.

– Verdaderamente, esto va e ser motivo de serios y hondos estudios en Roma. Y en los servicios de meteorología también.

– Pues yo no sé si esto funciona. Pero si funciona de verdad, allá arriba – y el mosén miró hacia el cielo cubierto de nubes grisáceas – deben de estar muy, pero que muy perplejos.



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5 Responses to “160- Las rogativas. Por Juan de Mayo”

  1. Luc dice:

    Juan, esta novela corta tiene su punto de ironía perversa, pero creo que un poco más resumida hubiera funcionado igual de bien.
    Con ese argumento como eje de un guión, hace treinta años Berlanga hubiera disfrutado como un indio rodándolo en cualquier pueblo castellano invisible en los mapas, y con Alfredo Landa de mosén.
    Los cuentos bien cosidos edifican un simulacro de realidad que resultan más sólidos y comprensibles que la realidad misma.
    Felicidades.

  2. HÓSKAR WILD dice:

    Lo imagino como una escena dibujada en los áridos campos de Castilla, sin color, con ese grupillo de personajes entrañables.
    Mucha suerte.

  3. Antístenes dice:

    Un relato mal trabajado. Mezcla reacciones y formas de pensar en épocas distintas en sus personajes. En definitiva, un alargamiento insustancial de un chiste que se contaba ya hace treinta años…
    Suerte.

  4. Francis Drake dice:

    Tiene su punto irónico y cómico. Tal vez el ritmo es excesivamente lento al principio y el final precipitado, como si al empezar a escribirlo hubiera necesidad de llenar líneas para alargar el relato y, al final, se cerrara rápido para no rebasar la longitud deseada.
    Buena suerte.

  5. la ciudad dice:

    A mi me gustó este relato, pero más bien me parece el capítulo de una novela costumbrista. felicidades

 

 

 

 

 

 

 

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