Manuel Redes Tejedor contaba solo quince años cuando aprendió a apreciar para si, bajo el tenaz amparo de sus milenarios, filósofos y guías espirituales favoritos, el arduo, e imperecedero valor de la soledad. Durante un año, hasta los dieciséis, solo deseo sentirse absolutamente puro, fuerte, lleno de espacios emocionales vacíos. Imaginaba su voluminosa alma inundada con diminutas burbujas plateadas de éter, allí nada mas, donde los otros parecían portar, densas sustancias amargas. Y porque no habría de pensar asi, acosado como mantenía a diario, por un mundo al que observaba siempre, atrapado bajo un sutil manto de tristeza. Toda una compleja carga que afligía hasta el cansancio cada una de sus fibras juveniles. Librarse de esas emociones seria su objetivo de vida, ese era el, y asi seria la cosa. Ya iba en diecisiete la cuenta de sus veranos vividos cuando culmino sus estudios de bachiller y decidió marcharse lejos de su hogar paterno, y todo, para encontrarse a si mismo. Pronto comenzaría a construirse, erigirse, levantarse esa imagen que anhelaba en un futuro ver. Desde ya se imaginaba, como a partir de un adecuado momento preciso, cuando su transformación fuera dada por concluida, y el podría observar cada mañana, y en las noches, envuelto en curiosidad, plantado frente algún espejo circular (que era esa su forma geométrica favorita), el adolescente rostro madurado, con el fino cincel de la meditación en soledad, la única dama que de ahora en adelante, aceptaría como consejera. Eso tampoco podría ponerlo en duda jamás, a partir de ese momento, solo tendría oídos para escuchar los ecos de su alma, bellamente acompañados por el melodioso arrullo de la naturaleza como orquesta de fondo. Sin darle paso a temor alguno, empezó a embarcarse en un retiro rápidamente planeado, uno que incluía dejar a un lado a su novia Marlen; a Jaime y Rocío sus padres, a su fiel perro Ram, y a Adán y Bernardo sus mejores amigos desde cuando estuvo mudando dientes en el preescolar. Sin atender las lágrimas de su madre y el abrazo tembloroso de su padre, pidió las llaves de la cabaña de su difunto abuelo, una muy linda, pequeña y acogedora que estaba ubicada sobre la cima de una meseta verde coronada por un pequeño lago de aguas cristalinas y cubierta siempre por un delicioso clima templado. Cuando fue a despedirse de Marlen, le sugirió a la desconsolada chica, que velando por mantener firme su de ahora en adelante, futura amistad, no debía sugerirle que tuvieran sexo, el, conservaría su viril virginidad intacta como prueba de la fortaleza de carácter con que investiría su alma. La hermosamente esbelta muchacha, de fina piel blanca, y profundos ojos azules, se limito aceptar sus pretensiones con un simple gesto de cariño que consistió en besarle las rojizas mejillas al chico mientras ella con torpeza intentaba ponerse sus negros pantys. A sus amigos, solo les dejo un par de cartas.
Lleno una caja con semillas de toda clase de verduras, vegetales y frutitas que calculo podrían crecer con facilidad en la atmosfera silvestre donde se instalaría. Como deseaba evitar viajar acompañado de un absurdo peso, dejo sus amados libros que cambio por un pequeño portátil donde grabo todas sus lecturas preferidas en formato pdf. Su madre le obsequio parte de los utensilios básicos necesarios para su aventura, su padre un hacha, muchas mecheras de gas, y la promesa de que iría a visitarlo cada dos meses hasta que desistiera el proseguir su osadía y enfilarse en los senderos adecuados para un muchacho de su edad. En la primera de las visitas, don Jaime le entrego un pequeño modem, auriculares, micrófono y antena, devolvió la cámara, todos, artefactos con los cuales podría estar en contacto con su familia, y el acepto gustoso aunque indicando que solo seria mientras lograba mantener una aptitud mas positiva con su nueva vida, eso si, guardando para sus adentros, que en esos primeros momentos de cambio, era mejor entablar conversas con algún viejo conocido, el que fuera mas apremiante, que intentar escuchar palabras indescifrables entre los silbidos del continuo viento cuando azotaban las frondosas ramas de los árboles, o esperar las posibles revelaciones mágicas que pudiera comunicarle las lechugas, zanahorias, cebollas, fresas, moras y demás formas de vida con las que intentaba entrar en conexión para mejorar las posibilidades de existencia de su espíritu. Cuando las hormonas invadían con deseos lascivos su ingenua curiosidad, con rapidez se desidia por correr entre senderos construidos al paso de las hormigas, o darle un numero incontable de cruzadas de lado a lado al lago en su sección mas angosta. Tuvo como amigo a unos peces que parecían entender su nuevo estado vegetariano al punto de perder el miedo de permanecer a su lado mientras nadaba. Cuando su libido solo descansaba, se contentaba con deambular entre veredas aspirando con fuerza los aromas de aquellos parajes, y si las nubes y el clima lo permitían, dormía arropado bajo el firmamento nocturno para observar las estrellas.
Era un domingo después de siete meses desde su partida cuando se decidió a comunicarse con sus viejos y casi olvidados amigos, comenzó a enviar email a Adán, Bernardo y Marlen, aparte de las conversas que solía tener con su madre los sábados en la tarde cada quince días. Y fue su ex novia quien escuchándolo hablar del campo con un aire de esplendor y adoración quien le sugirió escribiera todo aquello que vivía para compartirlo con otros. El acepto. Comenzó a enviarle a Marlen las interminables frases con que describía su interacción con aquellos mundos desconocidos e irreconocibles por otros, el tenia ojos nuevos. Le puso nombres como Edith, a la flor amarilla que crecía en un trozo de madera que servia de marco a una de las ventanas, Renoa el pez mas grande que sabia habitaba el lago, Dulcinea era la madrugada y Merian el rocío que le acompañaba. Era toda una comunidad, y el no sentía dolor, nadie en sus paisajes tenia dolor, la forma marchita de la muerte era solo transmutación. Asi pasaron diez años y a Manuel se le dio la fabulosa idea de volver al universo dejado atrás, incluso, tenia allá guardado, el dinero que había logrado conseguir enviando sus extensos escritos através de la red global del Internet. Había mecanografiado de todo un poco, desde la franqueza en la naturaleza de las plantas y vegetales, hasta del sexo entre semillas, todo abarcado en una colección de libros llenos de sensualidad, escritos por el genio que había dotado de gracia y personalidad casi humana a esos reinos carentes de alma pero inundados de fuerzas y esplendor. Había conquistado asi sin pretenderlo el mundo de las ciudades, los campos llenos de campesinos educados que velaban por el medio ambiente, los hombres trabajadores de fabrica, las laboriosas mujeres y los despistados jóvenes, todo sin haber habitado el entre ellos por mucho tiempo. Aprovechando una visita de don Jaime regreso sin avisar a la ciudad. Su madre lo contemplo admirada, era otro muy distinto al hijo que había despedido y jamás se atrevió en acompañar de cerca ni en las fechas especiales cuando era el padre quien iba a verlo, todo eso, por respeto a su inicial decisión. Ahora el, lleno de una seguridad indescriptible comenzó a caminar por las calles, sonreía y la gente parecía sonreír con el.
Permanecía estático en una banca de un parque observando parejas y familias pasear, cuando una hermosa joven de tez blanca y fascinantes ojos azules se le acerco dándole un beso en la boca, Era Marlen, el pudo reconocerla por su voz, ella le llamo Reynaldo y el desconcertado opto por mantenerse callado haciendo solo gestos de afirmación con su cabeza, ella traía en sus manos uno de sus escritos para pedirle a Reynaldo que lo recitara con la misma gracia y esplendor con que solía hacerlo cada vez que se encontraban. El callaba y ella sin notar nada raro, era la que a cada vez terminaba por continuar leyendo. Cuando el verdadero Reynaldo apareció en escena, la chica casi se desmaya. En ese instante, Manuel, apresuro en presentarse y toda la situación volvió a tomar un rumbo lleno de cordialidad. Al atardecer, de vuelta a la casa de sus padres se acerco al espejo, y cual no seria su nuevo e intenso miedo, cuando al repasar cuidadosamente sus rasgos, se encontró un rostro similar al de Reynaldo, el nuevo novio de Marlen. Salio deseando no volver a ver su cara por mucho tiempo, y evitando reencontrase esa misma noche con Marlen como había prometido, se dirigió hasta donde los padres de Adán y Bernardo le confirmaron ahora vivían ellos. Al estar parado frente a sus viejos amigos y escucharlos hablar como suponía solo hablaba el, observo las rápidas transfiguraciones de sus rostros en el nuevo rostro que reconociendo como propio, el espejo le presentara. De nuevo sentía el miedo recorrerle las entrañas. Callado los siguió hasta un café donde solían leer en voz alta y acompañados de guitarras los versos tónicos de sus libros, y siendo sacada a flote su identidad, no pudo evitar salir frente al publico conformado por unas cincuenta personas, le pidieron hablar, pero indico con señas que algo estaba obstruyendo el flujo de su voz, entonces paso otro hombre al escenario, también se llamaba Manuel, vestía de forma similar a como estaba el vestido y su cara era similar a la de Reynaldo. Pero si estiraba levemente sus labios como señal de alegría, nadie negaría que sus rostros eran iguales, igual a el cuando sonrío temeroso frente al espejo al atardecer.
Al retroceder y ver de frente a todos aquellos que hasta ese momento solo lograba observar de espaldas, fue mayor el sobresalto al notar las semejanzas que lucían todos a su nuevo rostro, hombres y mujeres, todos se parecían a el y el se parecía a ellos. Hasta se podía sugerir que aquellos eran el y hasta mejores, porque el, aunque de mucho había escrito, ya no recordaba con tanta precisión lo que de el mismo tenia que saber. Se sentía apenado y aturdido.
Hasta para Adán y Bernardo, con los días, su presencia resultaba innecesaria, si había algo nuevo por decir debía volver hasta ese mundo donde se había formado el Manuel que ahora ellos amaban. Sobre ese tema hasta sus padres estuvieron de acuerdo con los antiguos camaradas, igual podían hallar otros Manueles quizás mejores y mas refinados para hablar como debía hablar el Manuel de los libros. Y como negarlo, cuando en cada espacio donde se respiraba con respeto un aire intelectual, había quien tomara su lugar, incluso su mama le solicito el permiso necesario para sacar las cosas de su cuarto, el cual se iba a arrendar a otro joven, uno que venia desde un lejano pueblo para educarse en su lenguaje, tal y como su amado hijo, el que escribía libros, lo había hecho por si mismo, en un lugar remoto, sobre una meseta que tenia un hermoso lago encima. Luego de meditarlo con profundidad, satisfecho por un lado de haber borrado del mundo un poco de todo aquello negativo que le hizo retirarse, decidió hacer algo para si mismo. Esta vez, se marcho hasta a un desierto, con escasa agua y muchas serpientes transitando en las noches. Allí vivió por otros diez años. Sin hablar con nadie, sin escribir nada, guardando para si todo lo que el eco de su alma le comunicaba, hasta que el espejo le contó que había cambiado. Ahora sabia lo que su intuición antes le había señalado, que si permanecía en silencio, solo sonriéndole al sol que era el mismo siempre, jamás se confundiría con nadie, jamás podría volver a tener miedo de su propio rostro puesto en unos desconocidos. Ahora era el feliz dueño de unas facciones que ya consideraba mejores, menos ingenuas, nada santurronas como el anterior Manuel, ahora si, poseía un poco de la rudeza de un hijo de la tierra junto a su infinito deseo de huirle al dolor.
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Redondo, completo, de esos relatos que te enganchan desde el primer párrafo.
Mucha suerte.
Un relato escrito de forma infame, sin más comentarios.
Va a necesitar muchísima suerte…
Lo único que puedo decirte es que me armé de valor y decidí leerlo todo…
No sé qué me extraña más, si algunos relatos o algunos comentarios.
JA, ja, ja, impresionantes comentarios, muy grandes. ja, ja, ja.