premio especial 2010

 

May 21

Maldita sea, el sol me deslumbra y no puedo verte. Esta mañana, cuando preparé mi atalaya, el cielo aparecía plagado de nubes; cómo adivinar que despejaría en sólo unas horas. 

Sí, eres tú, acabas de llegar, tu paso lento y desganado me indica que las cosas no van bien. Pobrecita, me gustaría acercarme, situarme a tu vera para escuchar y asentir ante tus quejas. No puedo, mi sitio es este y no debo moverme. 

Ya te sientas; pero ¿qué haces?, la madera del banco está empapada, anoche no paró de llover, te mojarás el abrigo. Ya no hay remedio, lo cierto es que no parece importarte demasiado. 

Por fin, una moneda en mi cesta, mis músculos lo agradecen, aunque no me apetezca demasiado sonreír. 

Hoy llevas el pelo recogido en una coleta, como el primer día que te vi. Aquel mediodía el trabajo andaba flojo. Recuerdo que, mientras buscaba por el parque un pequeño entretenimiento que me permitiese concentrarme y olvidar el dolor de todo mi cuerpo, tú apareciste. 

El grupo de muchachas con las que hablabas trabajaban un par de calles más abajo del parque, en un pequeño supermercado. Cada mañana acudían a la zona de los bancos en su hora de descanso, sus risas, la algarabía que las precedía, provocaba que los transeúntes las mirasen dejando escapar una sonrisa de complicidad; quizás al recordar sus años de juventud, la sensación del primer trabajo, la alegría del primer sueldo. 

Entre todas ellas te descubrí. Tu cuerpo delgado y menudo amenazaba con perderse dentro de un horrible uniforme de trabajo, las mangas arremangadas y los pantalones, fruncidos con un prieto cinturón, te concedían un aspecto ridículo. Me recordabas a un mal disfraz de carnaval. Pero no fue tu ropa la que hizo que me fijase en ti, lo que cautivó mi mirada y mi atención fue tu sonrisa sincera y confiada, como la que brota de una niña pequeña ante la cabalgata de los Reyes Magos, mezcla de vértigo por lo que se avecina, algo desconocido, inquietante, e ilusión por los cambios y los regalos que el futuro nos regala. 

Tu forma de moverte, tus gestos, la rojez de tus mejillas ante las bromas de tus nuevas compañeras, la ausencia total de maldad en tu mirada, la certeza de que bajo esas ropas indecentes se ocultaba un alma y un cuerpo perfecto, me obligaron a esperarte todos los días desde mi altillo, a buscarte y a desearte sin descanso. 

La rutina se mantuvo durante semanas, llegabas con tus amigas, reías, comías tu almuerzo, descansabas un ratito y te alejabas de mi vista, mientras yo, preso de mi trabajo, debía limitarme a contemplarte sin pestañear. En ocasiones la fortuna me sonreía y una moneda bienintencionada me permitía regalarte mi mejor actuación, con la esperanza de que mi arte te deslumbrase y te fijases en mí. 

Hace un par de días, en un acto de valor extremo, me coloqué cerca de vuestro banco y pude, por primera vez, deleitarme con el suave murmullo de tu voz. Las palabras que escuché inundaron mi corazón de rabia y rencor.  

–   No debiste contestarle así -te recriminaba una compañera.

–   ¿Es que quieres que te despida? -apuntillaba otra.

–   Pero lo que me dijo… -tratabas de justificarte, mientras tu dulce rostro dejaba de sonreír y se empañaba por las lágrimas.

–   Vamos, no seas tonta, ese tipo de cosas nos las dice a todas -te reñía una tercera-, pero nunca pasa de la ahí, solo son palabras, no debes darle tanta importancia.

–   La forma en la que me miró y me tocó la espalda me dio asco -murmuraste con pudor, sin alzar los ojos del suelo.

–   ¿Y no te dará más vergüenza el no poder pagar este mes el alquiler? -le cuestionaban a coro dos de las chicas.

No pudiste o no supiste contestar, tus manos pequeñas y huesudas taparon tu rostro tratando de ocultar y negar lo sucedido. 

Al día siguiente apareciste sola en el parque, una pequeña bolsa de plástico en la que sobresalía tu uniforme y la tristeza de tu rostro me sirvieron para conocer el final de aquella conversación. Al verte, mi cuerpo deseaba correr a tu lado para consolarte, para decirte que tenías razón, para pedirte el nombre de aquel mal nacido y poder darle su merecido; aunque no pude hacerlo, mi sitio estaba en otro lado. 

Y ahí estás hoy, con tus pertenencias apretujadas en dos descoloridas maletas, sola, triste y confusa, incapaz de comprender el motivo por el que tu futuro se torció de repente. 

Te levantas, recoges tus cosas, y … ¡te acercas! ¡Te diriges hacia mí! Con calma rebuscas en tus bolsillos hasta dar con un precioso tesoro, una pequeña moneda que colocas a mis pies. Este es mi momento, respiro hondo y con todo el amor que brota de mi ser, te dedico mi mejor actuación. En mis años como mimo jamás alcancé tanta perfección en mi rostro y en mi cuerpo como en ese instante. Lástima que tus pasos no se detuviesen para contemplarme, y que la rosa que con tanto cuidado seleccionaba cada mañana y escondía en mi sombrero, con la esperanza de poder regalártela, yazca sola y desconsolada en un suelo húmedo y sucio.



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4 Responses to “158- El silencio. Por Huma”

  1. Luc dice:

    Un atinado andamiaje para sostener otra revisitación del mito de la bella y la bestia (aquí de la bella y el mimo, que en esencia da igual): el amor imposible de un desheredado con el corazón liviano (y con toda la pinta de comer aire) por una muchacha humilde, pobre pero honrada.
    Ay, la magia del amor platónico, una hermosa prestidigitación de los sentidos.
    Otro cuento con un itinerario presente-pasado-presente, que cierra donde empezó, y escrito a base de párrafos cortos: el esqueleto perfecto para una lectura oxigenada.
    Como comentario de estilo, mejor no pasarse con los lugares comunes (ya sabes, «cautivó mi mirada», «suave murmullo de tu voz», «inundaron mi corazón de rabia…» «tu dulce rostro», «un precioso tesoro»).
    El relato me gusta mucho, Huma. Buena salida, buena carrera y buena marca.

  2. HÓSKAR WILD dice:

    Tiene un toquecillo de amor imposible que me recuerda, vagamente, a otro relato. Tal vez del año pasado.
    Mucha suerte.

  3. Antístenes dice:

    Una historia aceptable, demasiado extensa y que, en todo caso, por la forma en que se narra, no consigue transmitir ese «halo romántico y melancólico» que se deja deducir.
    Suerte.

  4. la ciudad dice:

    Historia bella…

 

 

 

 

 

 

 

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