premio especial 2010

 

May 18

Estaba totalmente abstraído, como en un sopor. Concentradamente… escuchaba. Estaba seguro de oír a lo lejos… un ruido que parecía provocado por una especie de máquina cortadora de pasto, funcionando intermitentemente. El ruido iba y venía. Luego, se fue haciendo cada vez más cercano y potente, convirtiéndose al interior de su mente, en la representación gráfica de una enorme vaca que rumiaba y rumiaba. Algunos segundos más tarde supuso que era este ir y venir de sonidos –al encontrarse unos con otros- lo que producía aquellas indescifrables vibraciones. Poniendo mucha atención ahora, le pareció reconocer notas ejecutadas en piano, guitarras con largos sostenidos, sonidos de teclado al fondo entregando infinidad de disonantes notas pero, todo en un modo discordante producido por la extraordinaria gama de sonidos que parecía provenir de todos lados. De pronto, todo este caos se fundió  en un solo, enorme y maravilloso acorde que, alcanzando un volumen ideal  se desplegó totalmente a la audición, produciéndole una sensación de paz y plenitud que nunca antes había sentido. Esta reciente experiencia le dejó totalmente fascinado, la profusa cantidad de imágenes procesadas por su mente en esos poquísimos minutos, había sido fantástica. Y pensando en ello, fue cómo decidió lo que llevaría a cabo esta misma noche cuando, después de tantos años, culminaría lo que hasta ahora no se había atrevido a ejecutar. Hasta esta noche, cuando todo se llevaría a cabo tal y como lo escuchó: primero el caos y el desorden, más tarde las diferentes alternativas buscando un sentido y finalmente… la acción, desplegándose armoniosamente y con espléndido resultado.

Veinte años… sí, veinte años de matrimonio. Veinte años y parecía ayer. ¡Cómo le costó reconocerlo!… pero, al igual que muchos de sus amigos y conocidos… también se doblegó. De joven se jactaba que a otros sí, a otros… pero a él, a él no. Amaba demasiado su libertad como para que cualquier día viniese un par de femeninas piernas y le envolviesen así como así. Y por largo tiempo mantuvo su palabra. Tenía un buen trabajo y vivía con sus padres haciendo lo que le viniese en gana durante años. Así, ni supo cómo pasó el tiempo… con los amigos, el buen trago, la agradable compañía femenina pero… ¡sin compromisos, pues! La vida es linda así, sin compromisos. Llegas a la hora que quieres, sin que nadie te diga nada, sin tener quien te critique constantemente lo que haces… ¡y lo que no haces! Claro, como todas las cosas buenas, esto también tenía que acabar algún día y… ya cerca de los cuarenta empezó a pensar que a lo mejor no sería tan malo vivir con alguien, solos los dos. ¿Y si encontrase alguna buena mujercita que le acompañase?… tal vez hasta resultaría agradable aunque… siempre había dicho que… pero… ¿y si probara?…

Y lo hizo. Y luego de un par de años comenzó el martirio, el sufrimiento que había adivinado de joven y que le había mantenido soltero por tantos años. Y así, llevaba ya veinte y no sabía hasta cuando podría soportarlo.

Había trabajado rápido en la mañana y esto le permitió, cerca del mediodía unos momentos de reflexión y relajo. En la radio habían puesto aquel tema que, curiosamente se titulaba “Los perros de la guerra” y, desde que lo escuchara no pudo dejar de pensar en su esposa. Y bueno, ahora que lo había decidido, tenía el día completo para preparar todo cuidadosamente, sin dejar cabo suelto, nada  al azar. El plan urdido era perfecto y se le presentaba tan claro que, hasta le parecía ridículo no haberlo pensado antes.

Pasó el resto de la jornada ultimando todos los detalles hasta que llegó la hora de salida y, despidiéndose amablemente de sus compañeros de oficina, se marchó. Mientras cubría la distancia hasta su casa en el incómodo microbús, ensayaba mentalmente los pasos a seguir:

– Llegaré como todos los días y allí estará ella. Luego de su habitual y gélida recepción me servirá la cena. Eso sí, hay que reconocer que en la cocina, la mujer es una maravilla… si hay algo inobjetable en ella, es su mano para la cocina. Insuperable. Sin embargo, no debo distraerme, debo continuar en lo que me ocupa. Primeramente, intentaré un tema de conversación sin mayor trascendencia… como para tantear el terreno; más adelante veré el modo de llevarla donde yo quiero y así, desembocar finalmente y sin que se note demasiado, al terreno propicio donde efectuar el golpe final. Y es allí donde ella, con toda seguridad, luego de aparentar una atención que jamás ha sentido para nada, tomará la iniciativa comenzando con su serie de rutinarias quejas, eliminando de plano toda posibilidad de que la conversación se desenvuelva en tono amigable, o al menos neutral. En realidad, así ha sido en estos últimos años pero… ahora hay una diferencia notable, ahora… tengo un plan. Cuando ella empiece con su charlatanería, la escucharé… quizás hasta con atención, no mucha pues podría despertar sospechas. Y luego… procederé.

Así fue como llegó, puntual como siempre. Cauteloso y en esta ocasión, con mayor cuidado aún. La mujer sirvió la comida, también como siempre. Y se quedó mirándolo expectante, a la espera de sus terriblemente rutinarias  y estúpidas conversaciones. Osvaldo -esta vez guardando silencio- la observaba disimuladamente mientras comía.  Y mientras lo hacía, se le ocurrió que su mujer parecía uno de aquellos impresionantes luchadores de sumo (para empezar, con un peso sobre ciento ochenta kilos), esperando el momento preciso para lanzarse sobre su contrincante con la intención de sofocarlo hasta morir… Bueno, no hasta morir en realidad, al fin y al cabo es sólo un deporte y su finalidad está lejos del asesinato. Luego, él se  imaginó como un domador de fieras, de esos que se veían en los circos de antaño: látigo en mano y una silla en la otra. En una, la provocación a la bestia, en la otra… la precaución, por si acaso. Y ella, como si adivinase sus pensamientos, le observaba curiosamente, cual fiera troquelada que duda aún de sus instintos primarios, carniceros y sanguinarios.

Por un momento sus miradas se encuentran, se miden y calculan. Se produce un silencio que está más allá de cualquier previsión. Es un instante en que podría suceder cualquier cosa, incluso hasta que alguno de ellos cayese muerto allí mismo, sin ninguna explicación… allí mismo. No ocurre nada sin embargo. El momento ha pasado.

Osvaldo calcula entonces que ahora es el instante preciso para llevar su conversación tal como lo ha planeado. Y comienza cuidadosamente:

– ¿Te conté lo que pasó ayer en la tarde, en la oficina, Zulema?… ¿no?… pues, fue de lo más divertido. El “gordo” Pinto se le lanzó a la Julita… en un momento de debilidad tiene que haber sido porque… lo que es la Julita… pero, no sé por qué fue que se lanzó el “gordo”. Lo curioso es que la Julita se quedó sin habla… no supo cómo reaccionar… y se puso a tartamudear. Y el “gordo”, en ese instante se percató de la brutalidad que estaba cometiendo y aprovechó el instante de indecisión de la Julita para hacerse el loco y cambiar rápidamente el tema… ¿Te imaginas lo que habría pasado si hubiese aceptado la invitación?… ¡Hasta ahí no más llega el “gordo”!

Zulema aparenta no prestar la más mínima atención mientras, con un gesto de olímpico desprecio continúa con el ritual de la cena, cambiando los platos a medida que Osvaldo los desocupa. Sin embargo, está pendiente de cada palabra desde que éste iniciase su monólogo.

– ¡Pero la cosa no terminó ahí, no más- continúa Osvaldo. –La Julita se indignó tanto con la actitud del “gordo” que se paró y partió a la oficina del jefe donde acusó al “gordo” de… ¡ACOSO SEXUAL!  Nada menos que de…  ¡acoso sexual! ¿Te das cuenta, Zulema?…

Zulema, como que empieza a captar para donde va la cosa y hace trabajar su cabeza para asumir de la mejor forma posible la situación. Sin pronunciar palabra se pregunta: -¿Hasta adonde pensará llegar éste? Si me sigue hablando de la tal Julita, sabiendo que no la soporto, es porque algo pretende. Voy a dejar que siga para ver qué es lo que realmente espera.

– Por supuesto que el jefe ni la escuchó- continuó Osvaldo. –Pero, al menos se dio el gusto de acusarlo.  Zulema, me gustó la actitud de la Julita- finalizó.

Apenas Osvaldo deslizó su último comentario, y justo en el momento en que se llevaba a la boca una tira de papayas al jugo que Zulema había preparado de postre, intuyó que ahí estaba…

-¿Y de dónde sacaste tú que a mi me pueda interesar algo siquiera de lo que le pase o pueda pasarle a la tal… Julita? ¿Sabes qué, Osvaldo?… ya no te soporto más. No tengo ni idea de por qué te preparo la cena y te espero cuando… ya no existe el más mínimo lazo entre los dos. Pero… esto se acabó, ¡se acabó!… ¿Te serviste el postre?… ¿Todo?… ¡hasta aquí no más llegó la cosa!- explotó Zulema.

Eso era justamente lo que Osvaldo esperaba. Que se iniciara esta ya habitual serie de reclamos, de protestas, de incomprensiones, de todo aquello que ocurría cada noche, cada día. Y ahora claro, se presentaba su oportunidad… la oportunidad que estaba esperando desde que se le ocurrió el plan para terminar de una buena vez con todo aquello.

-¡Veinte años!…  Veinte años y todo… ¿para qué?… ¿para que me vengas a hablar de… la Julita?…- continuaba la mujer.

Osvaldo mientras acaba el postre, simula escucharla en silencio. Paulatinamente, comienza a sentirse un tanto extraño, diferente. No puede definir con claridad qué sucede pero… un leve adormecimiento que nunca antes ha experimentado, una pequeña molestia en el estómago, algo parecido a un leve mareo… Mientras Zulema habla y habla, los malestares parecen ir en aumento. Tal vez ha comido demasiado…

-¿Te serviste el postre?- la voz de la mujer retumbó en su cabeza. Repentinamente advierte que se está sintiendo realmente mal. Con un leve sobresalto se le ocurre que quizás ya no podrá aplicar su plan, su tan acariciado proyecto. La cabeza zumba desagradablemente y entonces… comienza a sudar. Siente la lengua seca y dormida…  Y Zulema que no para de hablar. Cuando quiso llamar su atención la ve dirigirse al teléfono y, sin mirarlo siquiera marcar un número… sin parar de hablar.  Y el dolor de cabeza, las náuseas y el ruido… y Zulema que habla y habla y… una sucesión de imágenes y sonidos sin sentido que pasan por su cabeza. Repentinamente advierte la extraordinaria similitud de lo que está ocurriendo ahora con la música que escuchara en la mañana, cuando fue que decidió concluir todo hoy. Claro, está en la parte en la que no hay ningún concierto, sólo ruido. Y si no recuerda mal, después de toda esta secuencia desagradable, lo que viene ahora es un gran acorde donde todo comienza a armonizar, gloriosa y bellamente… Y ahí está… el acorde pleno y majestuoso.

Un segundo antes de cerrar los ojos para siempre, Osvaldo tiene el instante de lucidez suficiente para comprender que Zulema, simplemente… se le ha adelantado.

143- Papayas al jugo. Por Juvencio Valdebenito, 6.2 out of 10 based on 10 ratings

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6 Responses to “143- Papayas al jugo. Por Juvencio Valdebenito”

  1. Luc dice:

    Excelentes logros en el manejo de los elementos de la trama. Me parece demasiado largo el primer párrafo, el que va dirigido a ubicar al lector. Como en otras ocasiones, hasta en mi caso, a la mínima que se nos presenta tendemos a la sobreexplicación. Conviene mantener bien tensas las bridas de las exposiciones forzadas.
    Dicen que las mujeres tienen desde niñas una sabiduría antigua que nunca llegará a alcanzar ningún hombre hecho y derecho. Tu Osvaldo no sabía esto, es obvio.
    Enhorabuena.

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  2. HÓSKAR WILD dice:

    Las mujeres están siempre un paso por delante, un peldaño arriba. están de vuelta cuando nostros vamos.
    Mucha suerte.

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  3. Antístenes dice:

    Una historia mala y, lo que es peor, mal contada…

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  4. la ciudad dice:

    Simpática historia. las mujeres van un paso adelante de los hombres, como dice Hóskar, yo añadiría que hablan el doble que el hombre.

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  5. minerva dice:

    Es cierto que las mujeres casi siempre pensamos más rápido que los hombres. Me ha gustado la historia, te voto.

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  6. Gárgola dice:

    Historia interesante en líneas generales, pero no entiendo por qué cambias el tiempo verbal, pasando varias veces del presente al pretérito o viceversa.
    En fin, supongo que este asesinato no se contabilizaría en las estadísticas de muertes por violencia de género; aunque de haber sido a la inversa, sí.
    Suerte en el certamen.

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