Si sólo por variar o por la importancia de los asuntos hubieran roto con la costumbre de las cosas dichas a medias y los sobreentendidos; si hubieran vislumbrado la posibilidad del equívoco y, sin temor a aquello que la luz tiene de grosero, hubieran hablado con claridad; si hubiesen dejado al menos por esta vez los rodeos y los eufemismos para mantener una charla limpia, clara, feroz; ahora no habría, acaso, llaves apretadas ni papeles arrugados.
Pero era mucho tiempo de aquello. Y de alguna manera esos vericuetos -el rodear un concepto nombrando todo aquello que está en sus fronteras pero dejándolo innominado, el reemplazar con frases larguísimas las palabras más simples, todas esas cosas dichas a medias o no dichas- habían forjado un frágil equilibrio en el que se podían querer y sentirse a salvo.
O quizá fuese que como los dos trabajaban con la precisión querían dejarla afuera de su pequeño mundo lo más posible, cerrar las persianas a la encandiladora luminosidad de los significados definitivos para que sólo pudiese entrar por sus rendijas el tenue resplandor de las ideas vagas. Hacer un nido de silencios y humedades, de guiños cómplices y botellas vaciadas, de canciones compartidas y libros regalados sin dedicatorias o con dedicatorias mínimas y elusivas.
O acaso sólo fuera la costumbre, el largo tiempo de no decir, de no poder decir casi nada de lo que los unía. Pensaban -aunque ninguno fuera a confesarlo- que si no usaban la palabra amor, la única que importaba, podían también prescindir de las otras.
Quizá fuera otra cosa. Como que veintitantos años antes -cuando aún eran muy jóvenes y las palabras limpias, prácticas y feroces eran su reino- en plan de decírselo todo habían fracasado y no querían volver a perderse.
Lo cierto es que sus conversaciones solían ser como acertijos. Acertijos perdidos en viejas revistas cuyas respuestas debían ser buscadas en números posteriores y olvidados. Siempre suponían, entonces, un acto de fe: creer que hablaban de lo mismo.
Lo primero que la mujer vio al salir de la llovizna y entrar al bar fue el almanaque con la foto del Mudo. Miró con incredulidad y bronca un número, una fecha, que se alejaba peligrosamente del presente, separándola a ella de la tranquilidad de sus certezas y preocupaciones habituales, dejándola encerrada en un pensamiento recurrente. Sacudió la mujer su cabeza, como tratando de alejar el pensamiento de ahí donde se había alojado y las pocas gotas de la lluvia que se le habían enredado en la cabellera enrulada.
Buscó después unos segundos por las mesas -entre los tipos grises inclinados grisáceamente sobre los pocillos de café, las parejitas de manos entrelazadas y miradas vidriosas, los amigotes ruidosos que discutían la perfecta formación de la selección de fútbol y el sonido de la radio que llegaba desde el mostrador- hasta que comprendió que por una vez había llegado primero. Consultó su reloj, faltaban tres minutos. La mujer sabía que la puntualidad del hombre le impedía llegar antes de la hora fijada tanto como después.
Eligió entonces una mesa como la hubiese elegido él: lejos de la ventana pero desde donde pudieran ver la calle, por uno de los espejos de atrás de la barra.
Ver sin ser vistos, pensó. Pensó: lo público y lo privado.
Sonrió tristemente y al sentarse automáticamente buscó la cigarrera de cuero en su bolso pero, como una trampa, encontró antes el papel. Lo miró un instante apenas, y volvió a guardarlo, arrugándolo en la urgencia. Llamó al mozo, el índice y el pulgar casi tocándose -un café- olvidada ya de las ganas de fumar.
El mozo se acercaba con la taza, el vaso y la jarrita con agua, cuando el hombre entró por la puerta lateral. Por eso, mientras la mujer vaciaba un sobre de azúcar en el café y lo revolvía, no lo vio acercarse, no lo vio caminar hasta ella entre los tipos grises, las parejitas de manos entrelazadas, los amigotes ruidosos y el sonido de la radio. Vio la flor sobre la mesa antes de percibir el perfume del hombre. Y encontró al hombre después que al perfume.
No será una orquídea, dijo el hombre, no será una rosa, pero es para vos.
La mujer sonrió, ahora sin la tristeza anterior. Acarició la flor con la punta de los dedos sin levantarla de su lugar sobre la mesa, junto a la jarra con agua.
Hermosa, dijo para decir gracias.
El hombre llamó al mozo y pidió un café doble. Ella se puso a jugar con su pelo. El hombre pensó que aunque no fuera más que por eso toda la historia -hasta las peores partes, incluso el haberla perdido para volver a encontrarla cuando ya era ajena- había valido la pena, que sería capaz de mil locuras sólo por verla jugar con su pelo enrulado en la mesa escondida de un bar alejado.
Secretearon un poco sobre las tazas, acercando sus manos hasta casi rozarlas pero sin hacerlo, mirándose fijamente, con el comienzo de lo que entendieron como una sonrisa rasguñándoles la comisura de los labios y el brillo de los ojos.
El hombre retiró las manos -en uno de sus dedos de la izquierda una franja de piel más blanca hablaba a gritos, gritos que la mujer parecía no escuchar, de la ausencia de un anillo largamente usado- para sacar el último cigarrillo de un paquete de Jockey. Lo encendió, el hombre, dejó el paquete sobre la mesa y dio una pitada profunda. El equilibrio justo, dijo bromeando con el sabor áspero del tabaco y con el paquete vacío y rojo más que con la mujer. Cuando el aroma del humo azul se expandió entre los rostros y sobre la mesa, todo el cuerpo de la mujer se contrajo, se replegó contra sí mismo. Por favor, dijo llevándose la mano a la boca, siento que me revuelve el estómago. Disculpá, se excusó el hombre, extrañado pero sin preguntar, mientras apagaba el cigarrillo.
Bueno, dijo después, ¿vamos a dejarnos de vueltas y vamos a encarar el asunto o vamos a seguir haciendo de cuenta que no está pasando? Estaba esperado que empezáramos, dijo la mujer, ya sabés cómo soy. El hombre la miró un momento aferrado la taza de café casi vacía ya y dijo que no quería apurarla, no después de todo el tiempo que tenían en común, pero que sentía que unas etapas terminaban y otras arrancaban y que había que ponerse a tiro con la realidad. Ya sabés lo que dice el viejo, dijo la mujer y su voz temblaba al hablar, no hay que confundir lo real con la verdad. De eso hablamos justamente, la interrumpió el hombre, de ajustar la realidad y la verdad por una vez. La mujer volvió a hacer la seña que significa café y dijo que tenía miedo. Mucho miedo, dijo la mujer. El hombre sonrió francamente y le tomó las manos entre las suyas antes de preguntar si ella pensaba que no iba a haber miedo, susto, una cagazo padre, vamos, ante aquello que estaba sucediendo. La mirada de la mujer se endureció un poco ante la sonrisa pero no retiró las manos: claro que sabía que iba a tener miedo, ya era una mina grande y aquello que estaba sucediendo daba vértigo siempre, pero se iba poniendo peor y peor con los años. ¿Peor?, preguntó el hombre. La mujer siguió como si no lo hubiese escuchado: y cuando los acontecimientos finalmente se desatan a esta altura del partido es simplemente aterrador, dijo.
Llegó el café. Otro, pidió el hombre. Quedate éste, dijo la mujer, yo no lo quiero, me arrepentí, prefiero un Coca. Y dirigiéndose al mozo agregó: y un tostado, por favor. El hombre no hizo ningún comentario, como si un café o una gaseosa fueran una misma cosa, y volvieron a lo que estaban hablando: el miedo, lo que planeaban hacer y no. Cuando el mozo volvió interrumpieron de nuevo la conversación y el hombre dijo que deberían haber sincronizado los pedidos. Ya sabés cómo es esto, dijo la mujer, cuando es un buen momento para uno a veces no es un buen momento para otro y cuando es un buen momento para todos suele ser demasiado tarde. ¿Fatalismo de las seis de la tarde?, preguntó el hombre intentando volver a la sonrisa con una suerte de burla cariñosa. Fatalismo de fines de octubre, dijo la mujer con la mirada dura y perdida en el almanaque, ya sabés, hay cosas que cambian todos los planes. Pero también está el resto, dijo el hombre, los planes que cambian todas las cosas, las cosas que no cambian nunca, y el resto de nuestras vidas. Nuestras vidas, repitió. Hay más que nuestras vidas en juego, dijo la mujer. Ahora fue el rostro del hombre que se ensombreció, por primera vez en la tarde, y como un acto reflejo miró -recordó, comparó- la franja de piel más blanca en su dedo y la discreta argolla dorada en la mano de la mujer. Ella no percibió esa mirada porque la suya había vuelto, recurrente, a un número, una fecha del almanaque con la foto del Mudo.
Pero pensé que algo como esto era lo que queríamos, lo que de alguna manera habíamos fantaseado todos estos años, dijo el hombre. ¿Esto?, preguntó la mujer asombrada, ¿ahora? Quizá ya sea un poco tarde para todos, ¿no crees? No sé si queremos esto ahora, en caso de que en algún momento haya sido posible, dijo. Entonces, dijo el hombre y no dijo más. Entonces, dijo la mujer, tomando sin mirar la mano sin anillo del hombre, necesito que me acompañes en lo que decidí, aunque no sea lo que esperabas, para que después podamos seguir con nuestras vidas tal y como eran. Tengo miedo, dijo, tengo mucho miedo. Pero no puede ser que el miedo nos frene, dijo el hombre. Dijo: no esta vez. La mujer contestó que no podía ser de otra manera. Repitió: no me dejes sola. Yo no te dejo sola, contestó el hombre, digo más, estoy más dispuesto que nunca a ir hasta el final, juntos. Es tarde, dijo la mujer. ¿Tarde?, preguntó el hombre perplejo, ¿cómo va a ser tarde? Ya sabés, no me estoy poniendo más joven, dijo la mujer, te pido que comprendas. Que comprenda, repitió el hombre y no pudo seguir.
Sobrevino un momento de silencio en la mesa, un momento que fue del sonido de la lluvia de la calle, de las voces de mesas vecinas, del débil murmullo de la radio que llegaba desde el mostrador.
Necesito que me acompañes en esto, dijo la mujer. La voz del hombre, que volvió a mirar el anillo dorado en la mano de la mujer, sonó distinta cuando dijo lo siento, pero ya te dije que se trata de poner de acuerdo lo real con la verdad, y hay cosas que cada uno debe arreglar por sí mismo.
No, dijo la mujer, vos sos un hijo de puta.
La puteada sonó como un portazo y después no sirvieron ya las palabras, aunque hablaron un poco más hasta el momento en que, unos pocos minutos después, se levantaron los dos dejando sobre la mesa -testigos mudos- la gaseosa y el sándwich intocados, la taza vacía, el paquete de Jockey y la flor. El hombre pagó la cuenta y preguntó si entonces eso era todo. La pregunta rebotó entre los sonidos de la tarde -tipos, parejitas, amigotes, radio, lluvia- hasta perderse en el aire sin respuesta. Salieron del bar al mismo tiempo, sin mirarse, y, bajo la llovizna persistente, desanduvieron la calle en sentido opuesto.
Ahora, separados apenas por unas cuadras, el hombre aprieta en su bolsillo, inútiles, las llaves del departamento que alquiló para que se fueran a vivir juntos; en el fondo del bolso de la mujer, arrugado, el papel con el turno para el médico que le practicará el aborto se aplasta contra la cigarrera de cuero.
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Si las mesas de los cafés pudieran hablar…
Mucha suerte.
Kike: si mantuviéremos siempre un diálogo franco tal vez el mundo sería mejor.
Un abrazo: Abeja.
He llegado al párrafo quinto y no pasa «algo»… Suerte.
Kike: yo pude terminar de leerlo todo, creo que es lo único que puedo decirte
Escribir bien sobre lo que ha de leerse entre l´ineas, lo que nunca lleg´o a decirse o entenderse por completo, es todo un reto al alcance de pocos.
Enhorabuena.
Ay, Antístenes. Has llegado al párrafo quinto y no pasa «algo»… Esa construcción no hay un español decente que la diga y no lo corran del pueblo a cantazos. Ya se ha hablado bastante de la doble negación en castellano y su fuerza enfática. La española, cuando niega, es que niega de verdad.