premio especial 2010

 

May 12

1. Una lección de historia 

            No se os ve poner interés. Cuando don José se enfadaba cogía su regla y golpeaba a troche y moche. Escalera de color. Nadie escapaba a la quema, ni aun ocultando la espalda contra el que se sentaba en el extremo del banco.                                                              

         No os entra la historia, caballeros; ya veréis cómo os la saco yo… de las costillas.Dábamos, esos días, la historia de los romanos. Sobre todo con los mayores, el bueno de don José se esmeraba para que supiéramos algo de mitología, sin ella no podréis entender a los autores clásicos (de la historia de Prometeo, cuyo hígado era cada noche devorado por un buitre y crecía a la mañana para otro suplicio, sentíamos curiosidad por conocer el final) como sin haber saludado la historia sagrada no os acerquéis al arte, pues muchos cuadros tratan de Holofernes, David, Herodías, y os asustararán como monstruos imponentes, si no sabéis que sus figuras tuvieron vidas como las de Prometeo, Dafne y Apolo, por ejemplo. Se empeñaba en enseñarnos rudimentos de latín a los mayores que luego en el instituto vais a encontraros sin saber el abc. La lengua latina es como nuestra madre, de ella venimos; si ustedes observan el hiperbaton, está ahí el secreto de la intención que ponemos al hablar, y al escribir.

          Al principio de la frase la palabra que el romano quiere destacar, porque la lengua se hizo para el hombre, no el hombre para la lengua.  Vera malorum amicitia non est. Verdadera amistad no existe entre gente malvada. Verdadera, ojo, verdadera amistad. Eso es su lengua.

¡Qué no, su moral!                                                                                                   

         Y contaba el maestro la vida de Séneca, que le habíamos oído ya otros años, nuestro Séneca, que llevó una vida ejemplar y murió noblemente, como Catón de Útica.                                                                        

         Aquel buen profesor creía lo que decía con una sobriedad en sus frases extraordinaria.Comenzaba la historia de Catón recitándonos un poema:

                           

Aquí hemos venido 
para llevar una vida honrada y difícil
          – dijo Catón de Útica –
   
Para dar un paso al frente,
cuando ninguno quiera darlo, 
ante el pelotón enemigo 
            que te va a fusilar.

Los augurios no nos conciernen.
          Suerte o mala fortuna 
no podrán arrancarnos
             una lágrima de gozo, ni una lágrima.
    
Iguales a nosotros son los dioses
            que la Naturaleza sueña crear.

        No tenía mala intuición histórica (en tiempos de la Revolución francesa, también los héroes modernos gustaban ser pintados como Horacios y Catones), pero el poema teníamos que aprenderlo de memoria después, a la vera de un crucifijo y bajo el retrato de un Caudillo que nos daba más miedo que cien pelotones.        

   2.   La gramática del colegio 

    Para entrar al colegio donde estudiábamos Licio y yo había que pasar sobre un tablón de madera con objeto de superar la barrizada que desde el invierno nos esperaba a la puerta.

    Aquel colegio, provisional hasta que se construyeran las nuevas escuelas, estaba en lo que había sido una serrería y carpintería. Separaban sus dos únicas aulas unos paneles de madera: en una de ellas estaba la clase de don José, el profesor de los mayores, que éramos los que pasábamos de los diez y aún no habíamos aprobado para ir al instituto.

    El colegio tenía pocos alumnos y, a diferencia del instituto de Juanjo, las clases eran mixtas, comunes para niños y niñas. Teníamos clases mañana y tarde y aun los sábados hasta mediodía, pero los jueves hacíamos tarde libre.

    Licio y yo faltábamos siempre a la clase del miércoles, que era el día del mercado mayor en la capital de la comarca; y algún que otro sábado y cualquier otro día de la semana en que acompañábamos a nuestros oficiales a los puestos. Así que estábamos como de gira muchos días al año.

   Hoy jueves por la mañana (mientras nos cuchilleamos en clase nuestros planes para la tarde libre) Don José explica gramática.

                –  Decidme los participios irregulares.

                –  De romper, roto.

                –  De escribir, escrito.

                –  De disfuncionar, difunto.

                –  De escupir, esputo.

                –  Bien, bien.

                –  De llover, lloro.

                –  De freír…

                – …rayo de mar. Por qué no; se me ha ocurrido, decía yo.

                   –  De decir, lo dicho. Sois una pandilla de sabios a los que tengo que ponerles orejas de burro. Decía don José, que era un buen versificador y que gustaba leernos poemas que sólo él sabía que no venían en el libro.

 

         

         Qué voz para mi castigo

         levantas por el mercado.

         Qué clavel enajenado

         en los montones de trigo.

         Qué lejos estoy contigo,

          qué cerca cuando te vas…

              (Pausa para recordar)

         Qué alfiler de cactus breve

         asesina tu cristal.

         – Eso es de un poeta que se llama Federico García Lorca.

      No habíamos ni gipao el poema, pero aquel recital no encantaba, y más la voz que ponía don José al decir los versos últimos, una voz susurrada, como para comunicarnos un secreto.

     Hablaba el maestro de los de antes de la guerra en presente. Nosotros nos imaginábamos a Federico García Lorca en el mercado y yo le ponía el rostro de Juan José al ver de lejos a su María Eugenia.

               – Vamos a ver cómo vais de geografía. Repaso.

         En coro.

               – ¿En qué continente, de los cinco, se encuentran los Estados Unidos?

               –  En América.

               – ¿En qué otros continentes no se encuentran los Estados Unidos?

                  –  En Europa, Asia, África y Oceanía.

              – Muy bien.

              –  ¿Qué nos separa de Francia?

                 –  Los montes Pirineos.

                 – ¿Qué otros sistemas montañosos no nos separan de Francia?

                 –  La cordillera ibérica, la bética, la penibética…

              – Vale, es la hora. No se olviden ustedes para mañana de estudiar la lección de historia.                                                                                                                                                                             

     3. ¿Qué nos separa de Francia? 

      Por esos días había llegado a la clase un chaval nuevo. El francés, le decíamos, porque era hijo de emigrantes y había venido de Francia recientemente. Vivía en una casa grande junto al molino, con un patio lleno de alhucemas. Recuerdo que decía tener allí una colección de relojes antiguos y de monedas extranjeras, y esto fue, quizá,  lo que nos hizo amigos de él enseguida. 

       Una tarde nos invitó a merendar en su casa. Por la mañana, en la escuela, le había prestado yo mi cuchilla de sacar punta a los lápices, y esa cuchilla había desaparecido de su estuche. El nuevo se deshizo en disculpas. Siempre sospeché que había sido Licio, el bromitas, quien la había ocultado.

     Las tardes eran ya largas, no recuerdo unas tardes tan interminables como aquellas de la pubertad. Yo entré a la casa de mi nuevo amigo como a un mundo extraño.

     Además del acento distinto de mi nuevo compañero y de su familia, el mundo que se adivinaba detrás, y la casa en sí, cuyo recuerdo aún me resulta indescifrable.

    Qué pena que no pueda evocar más detalles de esa casa y que su recuerdo lo tenga, cómo decirlo, en la punta de los labios sin poder concretarse. Sólo la atmósfera, el silencio, la extrañeza de todas las cosas de la casa, y el aire de las personas que la habitaban como si (después de veinte años en Francia) hubieran vuelto a la casona familiar convertidos en fantasmas. Ya tenía, entonces, esa sensación, que el tiempo no me ha hecho sino agudizar. La proximidad del molino, el tiempo como reposado en esa casa, las tardes muy largas… Apenas recuerdo a las hermanas del chico, que de pronto aparecían como de entre unos visillos; eran mayores que nosotros, que vivíamos aún en nuestro universo cerrado de niños. Allí, por primera vez, ocurrió mi primer pasmo ante la belleza, una belleza indecible; todo lo que es verdadero está más acá de las palabras, dice Cortázar en El perseguidor. Atisbé un mundo de sensaciones que no estaba unido a mi vitalidad sino a algo más acendrado; no unido a mi memoria, sino como un punto que yo miraba a lo lejos y desaparecía al fijar la vista en él.

        ¿Qué nos separa de Francia? Me sigo preguntando…



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3 Responses to “101- Tres historias del colegio. Por Fausto”

  1. HÓSKAR WILD dice:

    Evocación de un tiempo en blanco y negro. Tiempo gris.
    Mucha suerte.

  2. Antístenes dice:

    Lástima de historia… Aparte de algunas erratas ortográficas, soy incapaz de creerme que un niño (y menos varios), ni antes ni ahora se «imaginase a García Lorca en el mercado» ni que sintiese miedo por un retrato de Francisco Franco en una clase de los años cuarenta, ni cincuenta, ni sesenta, ni setenta, ni ahora… En fin, que yo repasaría el relato, porque vaya dos «lanzas» de la política correcta que ha introducido usted…

  3. la ciudad dice:

    relato un tanto farragoso, una revisión por parte tuya, fausto, podría mejorarlo. suerte

 

 

 

 

 

 

 

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