premio especial 2010

 

May 07

Al cabo de tres meses todavía no estaba acostumbrado a que un lémur, sacara la cabeza de mi jarrón en los momentos más insospechados. Ciertas noches, se escuchaba su paso nervioso deambulando por  mi vivienda, buscando quizás algo que el animal pudiera  reclamar como un tesoro. Abría los cajones de la ropa, hurgaba en el cubo de la basura, sin crear siempre demasiado revuelo de prendas o restos orgánicos; eso es lo que sucedía, al menos, en el comienzo de nuestra relación. Porque con el tiempo se había vuelto más impertinente y descarado, hasta el punto de marcarme con su impronta mi camiseta preferida de color azul —la misma que suelo utilizar contra el insomnio— o incluso, después de abrirme la nevera y manipular algún envase de zumo, que por norma general terminaba derramando, dejaba un rastro en los cristales de las ventanas o el antepecho del armario del salón; todo un pequeño ejercito de huellas y borrones que ensombrecía mi mueble predilecto —usaba tal armario a modo de biblioteca—, o las vistas al jardín. Yo creía que teníamos un pacto tácito con el lémur, por mi parte, no me deshacía del jarrón que tiempo atrás me regaló Marta, y él, se comportaba como un intruso tolerable y no como el diablo peludo en que se estaba convirtiendo.  Pero por lo visto no era así.

            Cada vez me acordaba más de Marta, y algo en mi interior (supongo que ese espacio hueco, esa secreta densidad entre el hígado y el corazón que dejan las mujeres importantes con su marcha) tomaba empeño por crecer, hasta el punto de alcanzar la línea del desbordamiento; el límite no visible entre el calor de la melancolía y el vértigo de la nostalgia. ¿Pero qué podría decirle a Marta? Era ella la que se había marchado, la que un día dijo, «necesito tiempo para pensar las cosas»; y luego, la tristeza bajo el cielo besándome los pasos y el vino cada noche para abrir camino al sueño, y luego, el lémur.  Aunque quizás apareció en medio del proceso. No lo sé.

            El animal se mostraba victorioso con mi nostalgia hacia Marta. Se enroscaba sobre si mismo al fondo de su guarida (eso si no hacía festejos), cuando, por ejemplo, la imaginaba desnuda sobre mi cama, durmiente, plácida y extraña al mismo tiempo, como la proa de una nube enorme reflejándose en el agua. Pero no todo se quedaba ahí. Cualquier intento para borrarla de mi memoria, era saboteado por aquel bicho cuadrumano: si llamaba por teléfono a Silvia o a María con el afán de preparar una cena en mi casa, esa misma noche, él, hacía de las suyas. Si guardaba en un cajón o volcaba el único objeto, que, junto con la pieza de cerámica tomada, yo me había negado a deshacerme, él, hacía de las suyas, y la fotografía (ese pequeño objeto de colores y difuntos), retornaba a su lugar o posición inicial, mostrándome aquel verano del 98, con Marta, a la luz de las calles de Granada.

            El teléfono móvil sonó a media tarde:

—Hola, Álvaro, ¿sabes quién soy?

No le contesté, desconozco la razón a ciencia cierta; tal vez, porque llevaba más de cuatro meses callado, y en ocasiones, uno nunca termina de callar.

—No sé cómo hacerlo, pero quiero que me perdones. ¿Estás ahí?

—Sí. Estoy aquí, Marta.

—Veras… Se que te hice daño… Merecías algún tipo de explicación, algún detalle por mi parte, al margen de que necesitara tiempo… Una llamada quizás. No sé.

—¿Qué te pasa? ¿Qué quieres de mí?

—Te he echado muchísimo de menos, Álvaro.

Callé.

—¿Estás ahí…?

—Sí. Sigo al teléfono.

—Querría regresar contigo, lo he pasado muy mal, alargué la situación hasta hoy por qué… No sé por qué ¡Dios vas a pensar que estoy loca!

—No lo haré, dime, ¿qué estás pensando?

— No sé si decírtelo, Álvaro, veras… Vas a pensar que no estoy bien.

—Dímelo, te tiembla la voz, me estás preocupando.

—¿Sabes qué es un lémur? No lo compré, no me lo regalaron, apareció un día de la nada, y ahora, mientras hablamos, él duerme en el baúl que tú me regalaste.

Pasaron tres años desde entonces. Y aun a día de hoy, los lémures todavía nos visitan, algo dóciles, como perros, que de vez en cuando, te dejan babas en las zapatillas de andar por casa o se comen la flor de las macetas y Marta llora un poco con esas cosas y yo me siento mal, no sea que se vuelva una constante y acaben por mearnos la ropa de calle y el pijama, la felicidad o los relojes.

64- Un parto de la nada, insospechado. Por Silvio Méndez , 6.1 out of 10 based on 14 ratings

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7 Responses to “64- Un parto de la nada, insospechado. Por Silvio Méndez”

  1. Luc dice:

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    Muy buen relato, imaginativo, pulcro en su redacción, lenguaje y ritmo ajustados, metáforas en su punto necesario y, en resumen, de una calidad que me parece singular. Felicidades y mucha suerte.

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  2. Gárgola dice:

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    Relato entretenido y original, aunque a mi modo de ver le sobra la mención a Silvia y María, pues aunque se sobreentiende que son amigas del narrador, tampoco intervienen para nada en la trama.
    Suerte en el concurso.

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  3. Antístenes dice:

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    Nada de comas entre el sujeto y el verbo (soy de un «plan» antiguo). Escriba como si leyera su texto.
    Suerte.

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  4. la ciudad dice:

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    Interesante, original y bien escrito. suerte insospechado

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  5. HOSKAR WILD dice:

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    Me ha recordado un relato corto de la maestra Highsmith. Bien escrito.
    Mucha suerte.

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  6. Ruiz de la Muela dice:

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    Un relato atrayente y nada excesivo. Buen relato. Suerte

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  7. Adafina dice:

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    Un buen relato y muy original. Estupendo

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