Rosario se despertó con una incómoda sensación de entumecimiento, de transición de un mundo nebuloso del que no recordaba nada a otro no menos extraño, pues estaba una habitación totalmente ajena e incluida en una perpetua vuelta, una rotación que desataba la nausea y un dolor muy agudo en las sienes. Echó un vistazo a la estancia tratando de recomponer lo que había vivido, pero su memoria tenía una laguna enorme, no podía recordar. Al menos, la sensación de rotar desapareció pronto. La habitación era poco acogedora, de otro tiempo, austera, sobria, blanca, de muebles oscuros e imaginería católica. De pronto, se hizo consciente del ruido de la ducha, que llevaba unos minutos haciendo de banda sonora. “Algún cliente” -pensó forzadamente por tratar de tranquilizarse. De pronto cayó en la cuenta de que estaba desnuda y al oír un soez carraspeo que sonaba a garganta de viejo buscó la manera de vestirse por no verse expuesta a lo desconocido, o más preciso, a lo probablemente olvidado. La ropa estaba en el suelo, desperdigada. Rosario no pudo sofocar un suspiro de desesperación cuando vio que sus bragas estaban rotas, así como su camiseta. Al oír el paso tranquilo de aquel hombre, se puso a toda prisa la falda de cuero y la chaqueta, subió la cremallera y metió las bragas con el resto de su ropa destrozada en el bolso.
Por la puerta entró un hombre serio, grave, elegante y viril, de unos 65 años, a tono con la casa, con el pelo cano y mojado, camisa blanca y pantalones beige, con cinturón negro. En un gesto probablemente rutinario, cogió un ostentoso reloj y lo colocó en su muñeca.
-Buenos días Rosario.
-Hola -Rosario estaba confusa hasta el extremo ante tanta naturalidad.
-¿Café?
-Bueno -también trató de mostrar naturalidad, como defensa, aunque tenía la panza revuelta y un café prometía centrifugarla más aún con la ansiedad.
Él la miraba mientras se ajustaba el reloj, serio, como en una liturgia.
-No recuerdo nada, ¿bebí mucho?
-No, no mucho.
-¿Entonces?, es muy extraño, nunca me había pasado esto-en efecto, Rosario, ni en sus años de servicio, ni en los de ocio etílico había tenido una experiencia como aquella que, en realidad, siempre le había evocado un recurso dramático absurdo en las películas, ¿quién se levantaba con alguien con el que no recordaba en absoluto haberse acostado?
-La drogué -contestó muy tranquilo, como si su respuesta no fuese exactamente la que era.
-¿Qué?
-Que te drogué.
-Está bromeando.
-En absoluto.
-Voy a llamar a la policía.
-No es muy prudente. Ahí está el teléfono.
La cabeza de Rosario se disparó, ahora iba a una velocidad pasmosa, “es mi reacción ante el peligro”. Estaba segura de que estaba ante un psicópata, lo había visto en aquel programa científico que seguía desde que llegó a España, le había marcado mucho y tomó nota del comportamiento de estos sujetos como medida de prevención, útil para su oficio y para ella, que no solía tomar precauciones. Conocía su frialdad, su falta de empatía. Tenía que analizar la situación. En tensión, no apartaba la vista de él, que se miraba en el espejo mientras se perfumaba con una colonia de olor muy intenso.
-¿Qué va a hacer?, ¿qué va a hacerme?
-Nada.
Rosario tomó el teléfono lentamente esperando una reacción de aquel hombre. Sería rápido aunque fuera viejo, al fin y al cabo, había sido o era militar, lo supo analizando las fotografías, y ella relacionaba la actividad del ejército con el vigor. Sin embargo, se mantuvo tranquilo. “Quizá haya desconectado el teléfono”, Rosario no acertó a pensar en su propio teléfono móvil, presa de la tensión de la situación.
El teléfono funcionaba.
-Oigo el tono, funciona.
-Lo sé.
-¿Por qué está tan tranquilo?, voy a llamar a la policía.
-Tiene todo el derecho.
Presa de nuevo ante lo inesperado, confusa, Rosario pensó en voz alta:
-No…No me sé el número de la policía.
-Yo tampoco.
El sonido de los borbotones del café brotando en la cafetera desde la cocina interrumpió el extraño silencio. El hombre se levantó con la misma parsimonia de toda la mañana para ir a por el café, dando por entendido que ella entendería su salida. Pese a ello, Rosario buscó la tranquilidad a corto plazo.
-Eh. Espera…
-Julio.
-Julio. ¿Vas a matarme?
-No.
-Ya me calmo, ya me calmo.
Mientras Julio iba a la cocina, Rosario trataba de respirar más profundo y más lento, lo cual era un contrasentido, porque su corazón estaba disparado y sin control. Observó con más detalle aquel lugar. Encima de la mesa escritorio había una fotografía en blanco y negro de Julio joven, con una mujer de pelo liso, muy maquillada, y ambos están sonrientes. Tienen unos 25 años. Rosario se abandonó por un instante observando la fotografía, casi en calma.
-¿Con leche y azúcar?
La fotografía calló a la cama, inmediatamente Rosario recuperó su estado alterado y volvió a colocarla en su lugar.
-El café, ¿le gusta con leche y azúcar?
-Sí, gracias.
Julio trajo una bandeja, los cafés en sus platos, la leche, aparte. Sirvió el café de Rosario, que estaba sentada en la cama, Julio tomó el suyo, negro y sin azúcar, de pie, sin variar el gesto. Rosario lo sorbió y se sintió agradecida de tener las manos ocupadas ese breve lapso.
-Se estará preguntando qué hace aquí, doña Rosario.
-Sí-dando otro pequeño sorbo.
-Intenté violarla.
Rosario escupió el café en un acto reflejo y sintió ahogarse, otra vez la calma perdida.
-¿Qué?
-Intenté violarla.
-¡Ay madrecita, ay madrecita!
Julio seguía mirándola ceremonioso, con gesto adusto. Rosario sopesaba qué hacer, quizá el café caliente en la cara como ataque.
-Eres un psicópata y me vas a matar.
-No voy a hacerla daño.
-Le creo, le creo -consiguió pronunciar haciendo un esfuerzo por calmarse.
-No, no me cree,
-No, es verdad, no le creo, ¿qué quiere de mí?
-Pues…
-Es… ¿está drogado el café? -Rosario tuvo un momento de lucidez cautelosa, a destiempo, pensó.
-No.
Como un gesto de buena voluntad, Rosario bebía pequeños sorbos.
-Pe… pero si soy prostituta.
Julio varió su mirada por primera vez aquella mañana, miró al suelo mientras expulsaba el aire sonoramente por su nariz.
-No… no hacía falta.
Julio se sentó en la cama, aunque lejos de Rosario, que lo miraba expectante.
-Siempre he sido desconfiado, y además ahora soy viejo. Y usted. Usted tiene cojones, para ser una mujer.
-¿Qué?
Julio volvió a posar su mirada en el suelo, para después clavarla en la fotografía.
-Isabel. Ella fue la única luz de mi vida.
Rosario, totalmente descolocada, miró de nuevo a aquella fotografía, que intuía evocada a diario.
-Era latinoamericana, como tú. Mujeres fuertes, cuando os dejan. Ella era de Colombia.
Rosario sabía que su barrera estaba a punto de perder la razón de ser.
-Tendría tu edad, en la fotografía. Esperábamos un hijo. O una hija. Hmm. Ella quería una hija -Julio tenía los ojos vidriosos, aunque mantenía su expresión-. Un día de servicio en Rota, un golpe en el coche y ya. Las dos. Y yo me quedé aquí.
Aquel inesperado atisbo de ternura fue como un terremoto en Rosario, que inundó sus ojos. Julio tragó saliva.
-Amo la vida. Pero desde aquel día, mi virilidad murió. Ya hace cuarenta años. No tuve más ganas de mujer. Alguna vez, en la legión, pero… Nada. Hasta anoche.
Mientras Julio le contaba cómo, de entre todas las mujeres impresionantes del club, se había fijado en ella por la manera temeraria con la que se manejaba en aquel ambiente cargado, esa atmósfera sexual de hombres a pesar de las mujeres. Ella iba reconstruyendo su noche. Recordó haber localizado en Julio una figura paternal, su padre ausente, recordó entonces haberlo pensado la noche anterior cuando aceptó ir a casa de Julio, rompiendo sus normas y las de su jefa. ¿Qué le iba a decir Magda, su psicoanalista de esto?, “¿es que todo lo que nos pasa tiene que ver con nuestros padres?”
-Incluso me besaste, Rosario. Estaba excitado, encendido, como un tigre. Era la primera vez en cuarenta años que iba a poder. Estaba vivo, así me sentía. Pero, no pude. Por alguna razón, sólo podía si pensaba que tú no querías. Una broma del subconsciente.
Los dos tenían la mirada perdida en algún punto del suelo. Rosario, con los ojos empapados, casi sumergidos en lágrimas aspiró muy profundo y espiró sonoramente, dejó su café en la mesa, tomó el de Julio que, confuso y pasivo, la miraba a los ojos. De pronto, Rosario se sentó de rodillas frente a Julio y le cogió las manos y las colocó en sus muñecas.
-Viólame.
-¿Qué?
-¡Vamos, viólame!-le dijo colocando las manos de Julio sobre sus tetas -yo finjo, viólame.
Julio apartó las manos muy confuso.
-¿Estás loca?
-¡No me violes!-Rosario gemía dramáticamente, como en una mala actuación de una comedia mientras volvía a colocar las manos de Julio en su cuerpo -vamos Julio, hazlo, ¡eres un macho!
Julio, enérgico y preciso, apartó sus manos y levantó la voz.
-¡Soy un caballero!. No voy a violarte.
Rosario detuvo su actuación y se sentó en la cama
-Siento lo de ayer. Me estoy haciendo viejo. Pero aún tengo ganas de vivir.
Julio se permitió su primer gesto de ternura en décadas y se tumbó sobre el vientre de Rosario, abrazándola. Consiguió llorar al fin. Rosario le consoló y sintió que alguna pieza encajaba en su interior, como si se ordenase. En el otro lado del cristal, el sol del invierno bañaba cansado las calles de la ciudad.
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Un capítulo de telenovela…
¿tienen algo de malo las telenovelas?
Tu relato se deja leer, es ameno. suerte
No creo que las telenovelas en sí tengan nada de malo, pero no veo qué relación tienen con mi relato salvo que, y ahí hay un prejuicio, la chica sea latinoamericana. Gracias la ciudad.
estoy convencido que hay un montón de historias reales parecidas a éste, encerradas en sórdidas habitaciones de hoteles sucios.
Mucha suerte.
un relato valiente y conmovedor…Suerte Silvestre!