El sueño del escribidor. Por María del Mar Hermoso

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Siempre en el recuerdo
se esconde la llave del futuro,
pues no son nuestros hijos
más que la vaga sombra de sus ancestros;
lo que soñamos siendo niños
es el pan de nuestros nietos;
son sus palabras
el eco de nuestro acento;
y sus amores,
el arrullo de nuestros besos.

Cuando el escribidor sueña,
ríe el niño,
piensa el padre,
y recuerda el abuelo.
Y así supimos que todas las Penélopes
siempre tejen su tapiz a contraverso;
que un instante de
 «esplendor  en la hierba»
 también puede ser eterno;
 que la muerte de su amante
 «paró todos los relojes,
  desconectó el teléfono»;
  y que mientras un capitán pirata
  surcaba alegre
mares y océanos,
 Baltasar y Blimunda
se amaban en su propio universo.
                                                      
   
 Tú, que eres narrador sin aliento,
 que al sonido de tus palabras
 compones la música del sueño,
 esculpes otros mañanas
 y das esperanza al deseo;
 tú, que el porvenir adivinas
y que en nuevo tornas lo viejo,
cuéntanos otro cuento,
mece las olas del tiempo
 y sana al corazón enfermo.

* Los versos entrecomillados fueron escritos  respectivamente por los poetas W. Wodsworth y W.H.Auden.

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María del Mar Hermoso
Derechos registrados

Incertidumbres. Por Francisco Gragera

Son las 6,30 de la mañana de un primero de Agosto de algún año.Ana salió de casa acompañada de una amiga para hacerse una biopsia en el Hospital.
Su analítica no es del todo buena, ya que le han detestado una puñetera proteina que campa suelta alrrededor de la médula y puede en cualquier momento tocarle el riñón. Estoy asustado.
Los que entienden de palabras inútiles, la clasifican prosaicamente como Galmapatía,!vaya putada.
Soporto un largo año en ésta controvertida realidad que me ha convertido en un ser huraño, agresivo y mordaz, que no aguanta que su campañera de viaje comparta a semejante bitxito
El tren de mi vida se puso en marcha un frío Octubre del 44, roto por los caminos polvorientos, vías muertas, y esperando encontrar la estación de llegada, donde dormir mis quejíos.
Pero no quiero deshacerme de los amaneceres dónde ella cabalgaba en caballo negro, con un trote calmoso que recorría la playa de mi vida en un desnudo de olas que cosquilleaban sus descalzos piés y los lamían en un baile ritual de espuma,salitre y algas.
Desde una roca y escondido en el rebufo de una inmensa ola, su perfume me llegaba envuelto en sus cabellos dorados.
Nunca supe expresarme entre las paredes de nuestra casa, que eras mi último e íntimo escondite, y jamás te dije que eras mí último refugio, para no terminar en el sin retorno de un mar perdido.
Todo este cuento real apaga mis silencios, pero necesito que mi utópica vida, se llene de tus proteinas perdidas, y hagan una medula unida al espigón del puerto en dónde no exista el nunca,jamás.

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Francisco Gragera

Contigo aprendí. Por Brisne

?“Pero aquello era distinto, parecía no haber unas reglas concretas y , por primera vez en su vida, se dio cuenta que la gente realmente disfrutaba en una fiesta”

Leyendo la novela de Silvia Grijalbo no he podido evitar pensar en el amor, en el desamor, en el despecho y las cosas que hacemos por ello.
No me gustaría destripar el libro, pero han de saber que es un libro de amor, de amores que llenan el aire como si love in the air fuese su banda sonora. Es un libro que habla del amor y el lujo; el amor y el crack del 29; el amor y las dudas; el amor y Mª Luisa; el amor y Cuba; el amor y España. Los diferentes modos de vida de una sociedad y otra allá por 1930.
Pero también he visto una mujer capaz de reinventarse a sí misma, de crecer y tomar las riendas de su propia vida, y quizá sea esto lo que más me ha gustado de la novela. Y es que me he imaginado a esa mujer en 1930 renunciando a un matrimonio ventajoso y creando su vida de la nada. Supongo que es una mujer muy especial y se nota. La autora confiesa que es un libro sobre su abuela, todo lo biográfico que la ficción permite.
Creo que a ella el libro le ha servido para recuperar su pasado y enfrentar su futuro. A mí, me ha servido para reencontrarme con una vida que no conocía, el lujo de las fiestas en EEUU y España, la sociedad cubana abierta, divertida y dispuesta a dar el gran salto, el crack del 29 y los parados en La Quinta Avenida, los matrimonios por conveniencia, que se vea natural vender el amor a cambio de estabilidad. Y frente a esa sociedad Mª Luisa es capaz de cambiar su destino con una decisión imagino que terrible y montar un negocio propio. No parece tan complicado, pero lo es.
Es un libro veraniego, perfecto para llevar a la piscina, sin muchas complicaciones y con una historia quizá conocida, quizá previsible pero que funciona muy bien. No en vano ha recibido el Premio de Novela Fernando Lara. Supongo que es uno de esos libros que se venden bien y que pese a lo conocido nos hablan del tema perfecto: el amor y nos plantean las dudas de qué haríamos nosotros por el amor arrebatador. Necesitamos enamorarnos, unos más y otros menos. Nos gusta que nos cuenten esas historias de lujo y de amor, de cartas que se pasan por debajo de la mesa y que las criadas recogen y van a llevar a una dama en camisón de Balenciaga tumbada en la siesta. Nos gusta imaginarnos la vida del lujo newyorkino, pensar en el Central Park de entonces, cuando eran pocos quienes se alojaban en el Astoria, en el color turquesa y en los moños perfectos, arreglados por una peluquera cada día que salían. Nos gusta ver bajo un cristal que no conocemos. Incluso imaginarnos allí tumbadas, recibiendo halagos y bombones.
Gustamos de comparar sus vidas y las nuestras.
Aunque solo sea por descubrir esa mujer, merece la pena leer el libro.

Premio de Novela Fernando Lara 2011
Editorial Planeta

?Brisne
Colaboradora de Canal Literatura en la sección «Brisne Entre Libros«

Blog de la autora

Elogio del mundo rural tradicional. Por Santiago Tracón

?Ángela Trancón Galisteo

«Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron por nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella ventusosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío» (I. XI).

Así empieza el discurso de don Quijote a los cabreros, que, por cierto, no viven en la Mancha, sino entre «altas montañas», donde hay pastores enamorados como Grisóstomo, que muere de amor por el desdén de la hermosa Marcela. Sus amigos, para asistir al entierro, se coronan la frente con guirnaldas de «tejo» o «ciprés», y cada uno lleva «un grueso bastón de acebo en la mano». Árboles, como se ve, nada manchegos. Es llamativo cómo los cervantistas se han tomado al pie de la letra las referencias manchegas y han ignorado todos los datos que nada tienen que ver con la Mancha, como son estos parajes montañeses, cercanos al «lugar» de cuyo nombre no quiere acordarse Cervantes.

Hace poco un amigo, Paco Rodríguez, me envió un enlace (que no logro copiar aquí) en el que se analiza el mundo rural tradicional por parte de Félix Rodrigo. Me pareció de sumo interés. Contiene un conjunto de polémicas afirmaciones que, por radicales, resultarán escandalosas para muchos. Tienen que ver con esa «edad dorada» a la que don Quijote considera «dichosa»: la del mundo rural tradicional, hoy totalmente desaparecido, proceso de destrucción que precisamente comenzó ya antes de Cervantes (con la derrota de los comuneros) y que llevó a cabo de modo decidido la llamada revolución liberal. El franquismo le dio la puntilla con sus planes de desarrollo.

Félix Rodrigo pone del revés la historia que nos han contado, demostrando cómo el Estado nació para destruir esa sociedad rural, imponiendo sus normas y valores. Se atacó sistemáticamente a un modelo económico y social que se basaba en la defensa de la propiedad comunal, el concejo, el trueque, el igualitarismo y una relación equilibrada con la naturaleza. La industrialización, el carlismo, la guerra civil y hasta el maquis adquieren, desde esta perpspectiva, una interpretación nueva que merece ser pensada y discutida.

Lejos de cualquier idealización, el discurso atrevido de Félix Rodrigo defiende una verdad que nos obliga a reescribir gran parte de la historia que nos han contado, llena de mentiras, engaños y tergiversaciones insostenibles. La vida rural española, especialmente la del noroeste, basada en un modelo comunal, no era ni pobre, ni atrasada, ni los campesinos ignorantes, brutos y torpes, tal y como intelectuales, liberales ilustrados, progresistas y jacobinos nos han repetido con engreído desprecio e ignorancia. Ni la cultura española, ni la enorme riqueza de nuestra lengua y literatura hubieran sido posibles sin esa pujanza de la cultura rural.
Basta consultar los informes del Marqués de Ensenada para comprender que esa imagen del atraso y la ignoracia nada tienen que ver con la España del siglo XVIII, por ejemplo.

Quienes todavía conocimos parte de esa vida rural tradicional comprendemos bien la nostalgia de don Quijote. Tampoco nos extrañan las palabras de Marcela, la bella pastora que vivía en las Montañas de León: «Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos: los árboles de estas montañas sin mi compañía; las claras aguas de estos arroyos, mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos» (I.XV). El modelo patriarcal en el que actualmente vivimos tiene mucho más que ver con el código civil napoleónico, mal llamado liberal y progresista, que con la sociedad rural tradicional. Lástima que la Iglesia, con su control de las conciencias, y la monarquía,que acabará imponiendo el Estado, lastraran las posibilidades de ese modelo rural. Hoy viviríamos en un mundo totalmente distinto.

Santiago Tracón
Blog del autor

(Foto: Raúl Esteban)

Techo de cristal. Por Carmen Posadas

?Carmen Posadas
Hasta ahora me había resistido a hablar de ese dilema femenino que se ha dado en llamar el techo de cristal. Me refiero a la invisible barrera que impide que las mujeres alcancen las metas profesionales para las que están capacitadas. El carácter de invisibilidad, según leo en un texto sobre el tema, «viene dado por el hecho de que no existen leyes, ni dispositivos sociales ni códigos visibles que impongan a las mujeres semejante limitación». Sin embargo, algo ocurre para que, a pesar de que el número de universitarias supera con creces el de universitarios, pese a que las notas de las chicas suelen ser mejores que las de los chicos y están consideradas trabajadoras mejores y más responsables que ellos, a los máximos puestos ejecutivos solo llegue del uno al tres por ciento de las mujeres. Otras cifras son igualmente desalentadoras. Hablan de que la diferencia salarial entre unas y otros es de un diez a un treinta por ciento menor, a pesar de que las mujeres trabajan más que los hombres en casi todos los países. Si, como digo, hasta ahora me había resistido a hablar de esta inquietante cuestión, no es porque me parezca baladí, muy al contrario. La razón es que no estoy de acuerdo con el diagnóstico que hacen las propias mujeres del porqué de este fenómeno. Por lo general suelen atribuir las causas a razones tales como que las estructuras de las empresas son jerárquicas, con hombres ocupando casi todos los puestos y eligiendo, por ende, a otros hombres para trabajar junto a ellos. Hablan también (y esto sí que asombra) de que el hecho de que nosotras seamos más afectivas «puede entrar en contraposición con el mundo masculino, donde los vínculos humanos se caracterizan por la racionalidad y con afectos puestos en juego mediante emociones frías, esto es, menos intensas, más indiferentes». Algo que es tanto como decir que somos unas histéricas y neuróticas en el trabajo. Otras de las razones que aducen y con las que no comulgo tampoco es que las mujeres -tememos- ocupar posiciones de poder. Algo así afirmaba nada menos que Simone de Beauvoir en una frase que Vargas Llosa recordaba en estas páginas hace solo unas semanas. Según ella, nosotras deseamos ser discriminadas porque en la discriminación encontramos algún tipo de comodidad que nos exonera de la responsabilidad de ser libres e independientes. Yo creo que esta aseveración tal vez fuera cierta a mediados del siglo pasado con más de la mitad de las mujeres sin preparación para ganarse la vida, pero no lo es ahora, sesenta años más tarde, por fortuna, de modo que habrá que buscar la explicación en otro lado. A mi modo de ver, el problema radica en algo tan elemental como nuestro orden de prioridades, en lo que estamos dispuestas a sacrificar y en lo que es intocable. Y eso tan innegociable tiene un nombre que no es -matrimonio- ni -estatus- ni ninguna de las zarandajas romanticonas que se nos atribuyen, sino simplemente -maternidad-. Eso explica, por ejemplo, por qué hay más universitarias que universitarios y por qué las mujeres trabajan mucho mejor que los hombres durante los primeros años de su vida laboral. Mientras la prioridad es estudiar y trabajar somos las mejores. La complicación viene luego, cuando el reloj biológico empieza a señalar que ha llegado la hora de tener hijos. Entonces, ya no hay puestazo de campanillas que valga, ni consejo ni bonus millonario. Todo pasa a un segundo plano si interfiere con el deseo de ser madre y ocuparse de los hijos. Por eso creo que todos los esfuerzos que se realicen para acabar con el famoso techo de cristal tienen que ir dirigidos hacia la conciliación. Y eso no significa, como muchos piensan, dar la posibilidad de trabajar menos horas por menos dinero, lo que inevitablemente nos convierte en trabajadoras de segunda clase. Significa, por ejemplo, racionalizar los horarios para que una mujer pueda trabajar las ocho horas de rigor y no llegar a su casa a las diez de la noche. Algo tan sencillo y evidente, pero difícil de conseguir, porque las inercias son siempre complicadas. Algo, por cierto, que nadie nos va a conceder si nosotras no luchamos por ello.

Carmen Posadas
Fuente: XL Semanal
Página Web de la autora.

Exististe. Por Ana Mª Álvarez Barroso

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Sé que exististe un día, un día de verano,
de calor esponjoso en andenes amargos,
cuando las voces eran ecos de mil presagios,
vértices de un encuentro fundido en un abrazo.

Sé que exististe un día de un Madrid desolado,
de museos y parques, de música, teatros,
tú eras hombre de piedra, yo muñeca de trapo,
tú piano sin notas, yo poema en tus labios.

Sé que exististe un día, pues de ese día guardo
tus lejanas palabras de amor no musitado,
tus marmóreas caricias, tus tardíos abrazos
y un retrato borroso en el que ambos estamos
sonriendo a un extraño futuro, tan lejano,
que fue más que imposible llegar a concretarlo.

Sé que exististe un día de ocaso marchitado,
un día en el que juntos reímos y lloramos,
abrimos nuestros cuerpos, y el corazón cerramos
a un pasado presente de amor inacabado.


Ana Mª Álvarez ©
Blog de la autora