Autoretrato. Por Yolanda Sáenz de Tejada

Yolanda Sáenz de Tejada

El sábado, en la exposición temática de Autoretrato de La Casa Pintada, en Linares, había una peana llena de mis folios rosas con este poema.

En la pared, antes de llevártelo, podías leer un cartel que decía lo siguiente:

 

Mi autoretrato son los poemas.

Sin las palabras

soy como un animal sin pelo y

muerto de frío.

 

Y estos eran los versos:

 

Tengo un zapato lleno de chocolate,

tan grande,

que cualquier día

me iré a vivir dentro.

Y un ombligo

escondido en una cueva,

que a veces se cierra y

no deja pasar el aire.

 

Tengo una mata de pimientos,

pero esto ya lo sabes

y no tiene misterio.

Una cabaña entre mis dedos,

que aloja a mis locos del arte,

y un chicle pegado en el libro de quinto

(de matemáticas, por supuesto).

 

Tengo un diario en el último

cajón de mi mesita

que abro desde que tenía 13 años y,

antes de escribir la última página,

lloro un ratito,

recordando a los que se fueron.

 

Tengo un maremoto de lágrimas

en los ojos de las cuencas,

igual que el río Ebro

(aunque el mío se sigue desbordando).

Y tengo amigos "clavaítos" en las costillas,

para poder andar derecha,

sin torcer la boca.

 

Tengo un vinilo de música árabe

que limpio con esmero

(aunque tenga roto el tocadiscos),

y un limonero en el pelo,

que me exprime

la ternura

de los sueños.

 

A veces tengo pereza

y me duermo en las alturas.

Si me caigo,

duele,

pero eso es otra historia.


Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora

Foto:Pedro Jesús Camacho

La huída. Por Luis Oroz Rodríguez

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(Arte Digital) Empty by «kosmur»

  Vayámonos de aquí,
escapemos ahora de nosotros,
de la quietud que somos y nos abre
de par en par
las puertas al adiós,
de lo que espera, inerte, mientras vive,
con precisión de cielo,
la esperanza.

 Huyamos a ese tiempo inexistente
donde existen, sin ser, todas las cosas;
al dolor en la herida del que sueña caerse,
a la risa abisal de los espejos
cuando cambian de mano
tus papeles,
a los cristales rotos que en el suelo respiran
su pasado de manos extendidas.

 Porque estar es un verbo intransitivo donde todo transita,
y es valiente escapar de la propia derrota.

 Mientras todo se mueva a nuestro lado
nosotros estaremos anclados en la huída.
 La vida no será
                                 y entenderemos
cómo puede la ausencia completar los espacios.

 Soy el hombre que encuentra su mirada perdida
y la llena de ti
con tu vacío.


Luis Oroz
Blog del autor

AZCARATE. Por Juana Cortés Amunarriz

Ladis se llevó el dedo índice a los labios, pidiéndole silencio.
 
— No debe de ser fácil morirse, chico.
Ahora el negro había acertado de lleno. Tenía razón. ¿Qué sabía Inaxio de la muerte?
— Además, cada cual tiene sus manías. ¿O no?
A Inaxio no le gustó como le miraba el negro en ese momento. Había algo turbio en su mirada, que no llegaba a entender.
— ¿Cuáles son tus manías, chico? ¿Cuáles son tus deseos?
Ladis, como siempre que bebía, sonreía demasiado. En ese momento, al hacerle esas preguntas tan enigmáticas, le pasó el brazo por los hombros a Inaxio, que se sintió nervioso antes tales muestras de camaradería. No se atrevió a alejarse de él, a retirar su pesado brazo de su cuello. No quería que el negro se enfadara. Le parecía fascinante. Y también… También le daba un poco de miedo. No olvidaba que Ladis llevaba siempre la navaja en su bolsillo. Una navaja que, estaba seguro, utilizaría sin dudarlo si lo requería la ocasión.
— Yo no tengo ningún deseo –dijo levantándose de la silla.
— ¿Cómo que no?
Ladis le agarraba del brazo para impedir que se alejara de él. Ese día el negro estaba más borracho de lo habitual.
— Todo el mundo tiene deseos, chico –dijo Ladis-. Pero algunos no son demasiado buenos, eso es todo.
Cuando el negro le soltó, Inaxio se acercó a la barra con alivio. Nadie parecía haberse dado cuenta de nada. Sólo él. Sólo su corazón que latía con una fuerza inusitada.


Juana Cortés Amunarriz
Blog de la autora

Estos párrafos pertenecen a La última voluntad de Azcárate, novela corta que ha obtenido el segundo premio de El Fungible, certamen literario de Alcobendas.
http://www.enalcobendas.es/noticias/2011/10/03/7767/el-jurado-del-certamen-el-fungible-de-alcobendas-decide-los-ganadores

HEBRAÍSMOS IGNORADOS (o de cómo borrar la influencia hebrea en nuestra cultura) Por Santiago Tracón

Explico a los estudiantes de bachillerato los préstamos que ha asimilado el español a lo largo de su historia. Consulto varios libros de texto y compruebo con sorpresa que en ninguno de ellos aparecen los hebraísmos. Arabismos, germanismos, galicismos, vasquismos… Aparecen préstamos de casi todos los idiomas menos del hebreo.

No es más que una muestra de hasta qué punto el pasado judío ha sido borrado de nuestra historia y cultura, pues no podemos atribuir a ignorancia estos “despistes”. Es igualmente increíble que en nuestros museos de historia y arqueología no aparezca referencia alguna de la presencia hebrea en nuestro país. No ya un mapa de las juderías, aljamas o asentamientos judíos, por ejemplo, sino ni siquiera algún objeto representativo, como alguna januquilla, menorá o mezuzá

Pero sigamos con los hebraísmos. A Covarrubias en su Tesoro de la Lengua Castellana o Española se le fue la mano buscando etimologías (reseñó más de 300 hebraísmos) siguiendo métodos más o menos arbitrarios o fantásticos. Pero, aunque es muy difícil sentar cátedra en cuestiones de etimología, no es difícil encontrar palabras de origen hebreo en nuestra lengua. Por citar algunas:

Hisopo, bálsamo, ébano, ciprés, mina, acacia, aloe, caña, azucena, jaspe, zafiro, esmeralda, esmalte, camello, tórtola, cuervo, escorpión, saco, piña, mazapán, serpiente, júbilo, calamidad, sábado, matarife, pascua, rabino, maná, edén, amén, aleluya, fariseo, sanedrín, sidra, cábala, aceite, semen, etc.

Dejemos de lado los antropónimos, topónimos, apellidos o nombres de ciudades y calles. O los calcos de algunas expresiones, por no hablar de los conceptos, ideas, nombres e historias bíblicas que han pasado a nuestra lengua y cultura. La confusión proviene del hecho de que muchos términos hebreos nos han llegado a través del latín y el árabe (Toledo, por ejemplo, proviene de Toledoth, que nos llega a través de Toletum). Esto crea algunas confusiones, como ocurre con la palabra “aceite”, que casi siempre se considera de origen árabe (de azzayt) y no del hebreo (de zeitim –aceitunas-).

No hace falta ser hebraísta para darse cuenta de que también aquí, en los estudios de la lengua, todavía persiste hoy un prejuicio antijudío, de honda raíz histórica. Lo peor de estos “lapsus” es que casi nadie cae en la cuenta de ellos. Por ejemplo, la misma palabra “alfabeto” se dice que proviene del griego (alfabeta), pero habrá que añadir que el griego lo toma del hebreo (alefbet, las dos primeras letras del alfabeto hebreo).

 

Santiago Tracón
Blog del autor

Si muere… Por Antonia Álvarez Álvarez

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Si muere, lo sé bien, todo termina,

la voz y el pensamiento,

y se van los gorriones de las ramas,

y se apagan los troncos en el fuego;

no habrá colores tibios tras la lluvia,

ni segundos ni tiempo,

ni fuentes entre matas de jarales,

ni flores ni recuerdos;

si se muere, lo sé, se habrán perdido

las campanas y el eco

de las palabras dichas más hermosas,

del más hondo secreto,

ni una lágrima fiel y enamorada

rodará en el silencio;

no habrá luna en la noche ni habrá estrellas

porque ya no habrá cielo,

ni colinas sangrantes de colores,

ni mares ni jilgueros.

Si se muere, lo sé, todo se arroja

hacia un vacío eterno,

la esencia de las cosas, la armonía,

el tenue sol de invierno,

la música del alma y de las tardes,

el trino en los aleros,

el alba que madura en mediodía,

los olores a espliego,

la sombra de tu nombre tras el mío,

la palabra, los besos…

 

Si muere el corazón, mueren las rosas;

si muere el corazón…, mueren los sueños.


Antonia Álvarez Álvarez ©2002

Premio Leonor de Poesía 2011

Ganadora del I certamen «Poemas sin Rostro» 2005
Jurado del IV Certamen «Poemas sin Rostro» 2010

Recitado por: Ana Mª Álvarez Barroso

Virginales. Por Brisne

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» Me acogía en los huecos en los que a mí me gustaba acurrucarme. Para empezar la besaba por todas partes y después empezábamos a pelearnos»

En Virginales nos encontramos con el estreno editorial de Maurice Pons. Son relatos de 1950 pero poco importa, porque las aventuras y desventuras que nos cuentan se sitúan en ese momento mágico de inicio de la adolescencia y salvando las distancias son vigentes hoy en día. Porque todos hemos sentido ese vacío, ese deseo oculto, ese no saber qué es ser virgen, todas esas sensaciones se reflejan bien en los diez relatos que Pons nos enseña como las chicas enseñábamos de modo inocente nuestras rodillas. En todos nos encontramos con la pureza infantil, con la ternura de los niños hacia las criadas, las niñas, con la maldad de niños que son capaces de perseguir a unos enamorados para fastidiarles. ¿Quién no ha hecho eso alguna vez? Leyendo Virginales he revido mi infancia, mis juegos, mi ingenuidad, las maldades -qué no lo eran- que hacíamos de niños. He recorrido esa edad con Balzac, con el naña, con La primera Comunión. He disfrutado como un niño leyéndole a él cuando recordaba momentos juveniles. He disfrutado con todos y cada uno de los relatos, pero sobre todo con Mathilde, con su imaginación desborda, con la maldad que no es maldad, con el deseo de encontrar un paraíso de muertos que viven en medio del desierto. Con eso de que no queríamos hacerle daño, sólo matarla y la traición final, de niños acorralados que confiesan su crimen a los padres. Porque los padres tienen un peso enorme dentro de los relatos, son aquellos que juegan con los niños, y los que los corrigen. Como hacen todos los padres, a veces juegan y a veces regañan. Los padres son los secundarios que no aparecen pero que están dentro de cada relato, la sombra permanente. Los padres pesan en los niños que se hacen mayores, en los que se dan cuenta que ya no son héroes y empiezan a verlos como personas.
Y si los padres pesan, pesa el descubrimiento del sexo, el ver a las mujeres como otro que nos ellos. Ver las ligas el día de la comunión y darse cuenta que un liguero puede ser un objeto de deseo. Y buscar el deseo en todo, en la criada, en la madre enaguas e incluso creer que a las chicas se les caen las bragas, con la risa que da eso, y pensar que las recogen y las meten en la cartera. Son relatos en definitiva que nos enseñan lo que fuimos y lo que serán. Hacerse adulto sigue siendo hoy igual que entonces cuando los niños andaban en pantalón corto y con piedras en los bolsillos. Es lo bueno que tienen los temas universales, el tiempo no pasa por ellos. De «Los mocosos» hizo Truffaut un corto con éxito. No lo he visto, pero no importa, «Los mocosos» es un relato evocador pero real. Leánlo. Merece la pena.

Brisne
Colaboradora de Canal Literatura en la sección «Brisne Entre Libros«
Blog de la autora
Virginales – Tropo Editores – Maurice Pons

Cansados y ojerosos. Por Robert Lozinski

Los queremos despiertos, vivaces y curiosos pero lo único que conseguimos es aumentar cada vez más su hastío. Nuestros hijos no se emocionan ya ante nada.

Vamos a ver. Los libros de textos, por ejemplo, están llenos de dibujos, historietas tipo culebrones con episodios repartidos a lo largo de varias lecciones, jetas sonrientes, tristes o pensativas que deben de indicar el tipo de ejercicio que el renacuajo debe solucionar. En cuanto a los ejercicios, su letra está impresa sobre los colores de un bosque, por ejemplo, y se ve más bien poco.

Los libros de mi época eran más bien feos, con textos que llenaban casi por completo una página, preguntas al texto y un montón de ejercicios de gramática y de léxico. No recuerdo ningún dibujo ni ninguna cara de mono contento que lo único que consigue es distraer la atención.

Vamos, que el estudio era cosa seria.

Hoy día parece haberse convertido en otra cosa: ¿Cómo hacer que los retoños no se aburran?

Miro cada día a los alumnos que tengo delante. Llegan a clase cansados, ojerosos, desfallecidos, sin ganas de hacer nada. Hojean totalmente desinteresados esos libros guapos, que irradian luz, alegría y rebuscado buen rollo. Nada consigue llamarles la atención. Igual están saturados ya de tantos colores, dibujos, luces y pantallas. Igual les molaría más un texro de letra gris sobre fondo blanco. Les haría pensar, imaginar cosas, soñar con otros espacios, quizá más amplios que los que les ofrecemos nosotros, todo a base de morisquetas, payasadas y jueguitos estúpidos.

Robert Lozinski
Es autor de La ruleta chechena
Fotografía en contexto original: Madridiario
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