AVENTURA EN EL PASADO. Por Francisco Arsis Caerols

Aventura en el pasado

AVENTURA EN EL PASADO
CAPÍTULO I – 5ª PARTE

Lo cierto es que no parecía ser tan mala compañía en el cuarto de los trastos viejos después de todo, me dije. Me hizo gracia comprobar que había colocado el ordenador y la mesa camilla de tal forma que tenía justo enfrente a mi querido viejo armario, con lo que, cada vez que dejaba de golpear con mis dedos el teclado del aparato levantando la vista hacia el monitor, lo siguiente que divisaba más allá de éste era parte de mi imagen reflejada en el espejo del característico armario de luna, y que tras la compra del inmueble había decidido conservar, sobre todo ante las palabras del amable anciano y anterior dueño, Alfredo León.

Las horas siempre transcurrían con gran rapidez para mí cuando se trataba de sentarme frente al ordenador, y encontrándome ya un poco ocioso y dispuesto a abandonar el aburrido trastero, fue también entonces, y sólo entonces, cuando decidí por primera vez echar un minucioso vistazo al interior del armario. Desconocía si en su interior había algún cajón o tal vez sus dos puertas guardaban únicamente espacio para colgar la ropa a través de un perchero colocado en la parte superior, como era lo habitual en este tipo de armarios. Al abrir una de las puertas, la izquierda, comprobé efectivamente que no disponía de cajones en su interior, y a pesar de la oscuridad que reinaba dentro al estar cerrada la puerta derecha, había suficiente visibilidad para verificar que el otro lado también estaba desprovisto de ellos. No obstante, para asegurarme del todo, lo mejor era abrir la puerta derecha y así salir de dudas. Y… sorprendentemente, sin poder dar crédito alguno a lo que estaba viendo, allí, en el fondo del armario… ¡había una doble puerta con pomo incluido!

¿Se debería tal vez a un error en su fabricación y allí se había quedado, dado que al fin y al cabo no era visible exteriormente y para nada afectaba al conjunto del mueble? En cierta manera, eso parecía lo más lógico. Y yo sabía perfectamente, pues lo recordaba de cuando se había trasladado el armario al cuartucho de los objetos desahuciados, que en el revés no había ninguna puerta. Además, una puerta trasera en un armario no podría pasar desapercibida a nadie, eso por descontado. ¿Y qué sentido tendría algo así?

No merecía la pena comprobarlo, pues en aquel momento lo único que importaba era ver qué se escondía detrás de aquella puerta aparentemente falsa. Por unos instantes mi imaginación voló hasta lo indecible pensando en la posibilidad de que tras aquella puerta se escondiesen, por ejemplo, billetes de banco, aunque fueran del año de la polka, o por qué no, alguna posesión celosamente guardada por los anteriores dueños del armario o bien por el señor Alfredo León, su último propietario. De ser así, por supuesto no dudaría ni un segundo en llamar al hombrecillo y hacérselo saber. Indudablemente, no tenía ninguna intención de apropiarme de nada que no fuera mío, pero que pudiera encontrarse allí algo escondido no era más que una suposición o vana ilusión por mi parte, puesto que no tendría lógica que alguien se dejara olvidado algo, de ser importante, en el fondo de un armario. Pero, con gran sorpresa por mi parte, al tocar con mi mano derecha el pomo de la supuesta puerta falsa, inesperadamente comenzó éste a emitir un desmesurado e inhabitual brillo, que hizo que mi mano lo soltase igual que si hubiese estado al rojo vivo, y todos mis dedos ardiesen ante su contacto. ¿Qué significado tenía aquello? Jamás había visto nada igual. Era como si el armario tuviese una puerta falsa interior, pero mágica a la vez, aunque solo fuera por aquel brillo que emitía el pomo inundándolo por dentro, sin necesidad alguna de electricidad. Pero… ¿y detrás de la puerta? ¿Qué habría o podría guardar tras de sí? Aquel juego me gustaba, y casi me sentía como cuando era crío y jugaba junto a mis hermanos a encontrar imposibles escondites secretos en la vieja casa de nuestros padres. Así que decidí hacerlo despacio, con cuidado, abriendo poco a poco la puerta hasta descubrir lo que pudiera hallarse al otro lado. La sangre acudió a mi cerebro de golpe al visionar lo que guardaba aquella increíble y misteriosa puerta falsa.


© Francisco Arsis (2005) del libro «Aventura en el pasado»

AVENTURA EN EL PASADO. Por Francisco Arsis Caerols

Aventura en el pasado

AVENTURA EN EL PASADO
CAPÍTULO I – 4ª PARTE

– No… nada. En fin, sigamos con lo concerniente al piso.
– Claro, por supuesto –dije, cerrando el grifo de las preguntas personales e intentando que el hombrecillo no se sintiera incómodo. Al fin y al cabo, yo no era nadie para entrometerme en nada de lo referente a su vida-. ¿Entonces… cuánto pide por él?
– Justo lo que me costaría un sencillito piso en la zona del extrarradio de Madrid. ¿Qué le parece?
– ¿Lo dice usted en serio? Con mi sueldo no tendría dificultades para obtener un crédito y así poder quedarme con él.
– Pues no se lo piense dos veces, Sr. Andrade. Como le he dicho anteriormente, no se arrepentirá si lo hace.
– Creo que no necesito reflexionar sobre ello. Así que… trato hecho, Sr. León.
– Trato hecho, joven. Y recuerde: piense sobre lo que le he dicho referente a los muebles. Si decide deshacerse de ellos, especialmente del armario, me gustaría no enterarme de nada. Guardo… muy buenos recuerdos sobre ese armario, créame.
– Si quiere, puedo conservarlo hasta que usted se establezca en su nuevo domicilio, y llevárselo entonces.
– No, no, nada de eso. Se lo agradezco, pero si hubiese querido conservar los muebles, o el armario en particular, no le habría dicho que le vendía el piso con todo incluido, ¿comprende?
– Ya veo. Pero dígame, y disculpe mi atrevimiento ante la pregunta que deseo hacerle… ¿dónde piensa vivir hasta que se establezca? Porque yo querría mudarme nada más quede formalizada la venta.
– ¡Ah! No se preocupe por eso. Lo tengo todo previsto. Viviré con mi hermana mientras tanto. Lo justo hasta que yo también me mude, pues estoy acostumbrado a vivir solo y no deseo ser una molestia para nadie. No es que lo fuera para mi hermana, por supuesto. Simplemente es así como quiero vivir, de la única manera que sabría hacerlo.
– ¿Nunca tuvo esposa, señor León?
– Esposa no… pero sí alguien que ocupó mi corazón gran parte de mi vida. Y lo sigue ocupando, a pesar de su ausencia…
– ¿Vive aún?
– No… murió, pero sigue viva en mí, y nunca desaparecerá. Hay que haberlo vivido para comprenderlo, Sr. Andrade.
Quizá… quizá algún día, si surge la ocasión, pueda contarle mi historia. Recuérdemelo un día que coincidamos y tengamos más tiempo. Será un placer.
– El placer será mío, Sr. León.

Apenas quince días más tarde había tomado ya posesión de la vivienda. No tuve demasiados problemas para decorarla, y aunque deseché finalmente los muebles que dejara el Sr. León, decidí quedarme, al menos por algún tiempo, el armario de luna al cual el venerable anciano había tenido tanto aprecio. No sabría decir a ciencia cierta el porqué de aquella decisión. Quizá el hecho de que el hombrecillo se empeñara en conservarlo toda su vida, de alguna forma hizo mella en mí, contagiándome esa atracción por el viejo mueble. ¿O quizá fue algo más?
Como el característico armario no hacía juego con el dormitorio que había adquirido, lo primero que hice fue trasladarlo al acogedor cuarto trastero que había dispuesto como tal, en el último rincón de la vivienda. En realidad no era demasiado grande, y los cuatro operarios encargados de traerme los muebles adquiridos no tuvieron inconveniente alguno en ocuparse de ello. No obstante, parecían expertos en el presumible valor de estos objetos y dos de ellos me apuntaron, sin preguntarles siquiera, que quizá fuera posible que si me decidiera a tasar dicho armario, me diera una grata sorpresa. Bien mirado, no tenía mal aspecto, y realmente había algo en él que te invitaba a contemplarlo con gusto, y así llegué a pensar que mi decisión era acertada y que no condenarlo para siempre era lo mejor que podía haber hecho, y más ahora sabiendo que probablemente tuviese cierto valor. Sin embargo, como quiera que una vez colocados en mi proyecto de trastero aquellos artilugios, enseres y demás objetos que casi nunca utilizaba o que, de alguna manera, no merecían formar parte de la zona habitable de la vivienda, ya no tenía necesidad de aparecer por aquella habitación, el armario de Alfredo León pronto quedaría relegado al olvido.

Pasaron varias semanas, y durante aquel tiempo el mencionado trastero permaneció cerrado a cal y canto, hasta que un día, en una de esas frías tardes sabáticas de invierno, casualmente la del entonces primero de enero de 2005, entré nuevamente para colocar allí mi viejo y destartalado ordenador, aprovechando la reciente compra de un portátil de última generación. Obviamente, aquel ya casi olvidado cuarto estaba dotado de un par de enchufes, como cualquier otra habitación, con los que poder acoger a todo aparato electrónico que se preciase, por lo que el pobre ordenador podía pasar perfectamente a ser desahuciado y desterrado de por vida al último rincón de la casa, sin tener así que deshacerme de él por completo. Por desgracia, sabía que una vez colocado el ordenador encima de la mesa camilla, que también formaba parte del cuarto, era más que probable que nunca más volviese a utilizarlo, pues mi costumbre cuando siempre dejaba algo en el trastero era olvidarme totalmente de su existencia. Pero ya puestos, ¿por qué no probar qué tal se estaba allí trasteando el viejo Pentium II con pantalla de catorce pulgadas? Al fin y al cabo, aquella parecía una respetable forma de rendirle un sincero homenaje de despedida al pobre ordenador que me había estado acompañando los últimos ocho años. Y no fue sino entonces cuando, aquel primer día del recién estrenado año, y al echar un pequeño y rápido vistazo al entorno del trastero una vez sentado frente el ordenador, reparé de nuevo en que allí estaba mi casi olvidado amigo el armario del Sr. León.


© Francisco Arsis (2005) del libro «Aventura en el pasado»

La Comunidad Valenciana y el guirigay nacional . Por Enrique Arias Vega.

Portada

Texto de la solapa.
“El articulismo es un vicio”, afirma el autor en el prólogo de este libro. “Como el consumo de drogas, el juego o el sexo —argumenta con humor Enrique Arias Vega—, puede convertirse en una psicopatía que enganche a su practicante y ya no le permita escapar de ella”.
Para verificar ese aserto tan rotundo como discutible hay que leer los artículos aquí recopilados bajo el título de La Comunidad Valenciana y el guirigay nacional y que han sido publicados en una veintena de diarios españoles entre 2004 y 2006.
En el mismo tono distendido e irónico de su introducción, nos sigue diciendo el autor que “si los artículos recopilados en este libro no logran el nivel de excelsitud que uno quisiera, pienso modestamente que en ocasiones se acercan a él; aunque sea por chiripa”. “Lo importante, con todo —concluye—, es el fresco social que muestran de los problemas y las inquietudes que existen en este momento en la Comunidad Valencia, así como en lo que antes se denominaba España —ahora se buscan complicados eufemismos para no llamarla por ese nombre— y en el ancho mundo, cada vez más global y a la vez más próximo, al que pertenecemos”.

Enrique Arias Vega, periodista y economista, diplomado en Stanford (USA), lleva más de treinta años en el oficio del periodismo. Sus artículos han aparecido en la mayoría de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundo, de Nueva York. Entre otros cargos, ha sido director de El Periódico, de Barcelona, El Adelanto, de Salamanca, y de la edición de ABC en la Comunidad Valenciana, así como director general del Grupo Zeta.
Hoy día combina sus colaboraciones en prensa, radio y televisión —entre ellas, con Canal Nou— con la creación literaria, habiendo obtenido varios premios en ambos menesteres. Los más recientes han sido el nacional de periodismo gastronómico Álvaro Cunqueiro (2004), el de Novela Corta Ategua (2005) y el de periodismo social de la Comunidad Valenciana, Convivir (2006).
Ha publicado, entre otros, los libros Valencia a comienzos del Siglo XXI (2004) y Salamanca y otras divagaciones sin ánimo de revancha (2005), la novela El Ejecutivo (2006), Ir contra corriente (2007) y una recopilación de semblanzas bajo el título de Personajes de toda la vida (2007).


Enrique Arias Vega

ICI PARIS Memorias de una voz de libertad. Por Harmonie Botella

JUlian Antonio Ramírez
Oración a Julián Ramírez. De Harmonie Botella

Cuando las hojas del añoso almanaque fenecen
en las reminiscencias veladas de la historia oprimida,
en las mentes opacas del pasado aletargado y turbio
y en el recuerdo nublado de una memoria silente,
invoco a estos dos exiliados mayores,
reservados y dolidos
que todos las noches, en una vieja casa de campo,
a la luz de un tembloroso candil buscaban febrilmente,
el sonido de tu voz y el canto atormentado
de la tierra añorada.
Tierra ultrajada, viuda e infecunda
que lloraba a sus muertos
y a sus hijos abandonados al martirio injusto
del degradante exilio,
a la perdida de sus señas de identidad en
unas lejanías sin futuro.
Tu voz, Julián, cada noche despertaba, en los ojos
de estos dos emigrantes, mis abuelos,
la llama ahogada del amor a su país
—apresado en unas redes,
tramas sempiternas de la ceguedad y del absolutismo.
Tu voz, Julián, evocaba el sufrimiento del exilio íntimo
de los que tuvieron que huir y de los que padecieron
—en su España del alma
——la censura,
——— la tortura,
———–la paz perdida.
Hoy, estés, donde estés, desde que renunciaste a los tuyos,
el día que tu elegiste para marchar silente a otras tierras,
el 14 de Abril, el día más bello de la primavera,
para reunirte con Adelita, con tus amigos
y tus compañeros de Gurs
ayúdanos a mantener vivo el recuerdo
de este pasado olvidado
para que la sin razón de la indiferencia y de la aberración
no nos conduzca por los senderos de la ignominia.
Julián acuérdate de nosotros, queremos la paz, la justicia,
la felicidad danzando en los ojos de nuestros hijos.
Cuando inicies tu nuevo programa de radio,
ahí donde te acogieron,
habla por favor de la España de la democracia,
que aún no ha encontrado su camino
pero que ya no quiere vagar por senderos equivocados,
——-atajos de traición y muerte.
Habla Julián de la paz, del perdón, del amor
y del recuerdo.

Harmonie Botella. 14.04.07.

ANUESCA y la COMISIÓN CÍVICA DE ALICANTE
le invitan al
Homenaje a Julián Antonio Ramírez
Casa de Cultura de El Campello
Domingo 17 de Junio, 19:30 h.

Colabora Librería Compás. Universidad de Alicante.

TORTUGAS Y LIEBRES. Por Pandora/Esteruca

Hoy, precisamente hoy, no ayer, ni mañana, ni Dios dirá, he aprendido que, a veces, hay que desandar lo andado para seguir avanzando, que no siempre se va hacia delante, que la mayoría del tiempo lo pasamos intentando avanzar pero con la torpeza inequívoca de un equilibrista ciego e impaciente… Y así es imposible no darse de bruces.
Hoy he aprendido que, a veces, es preferible mirar hacia atrás y decir me equivoqué, y tender la mano, pero no para ayudar, sino para ser ayudado.
Hay quien se empeña en llegar el primero a la meta como liebre de cuento. Pues yo hoy he decidido ser tortuga, señores, y hacer el camino despacito, y de rodillas, si hace falta, y entretenerme a recoger las flores que me voy encontrando, pues ése es realmente el premio. Y, cuando llegue a la meta y las liebres se rían de mí porque llego tarde y en último lugar, les enseñaré mis bolsillos, rebosantes de flores, y les diré sonriendo que vuelvan a sus casas, que vuelvan a sus vidas, y que, cuando se pongan de nuevo en camino, recuerden que el viaje se hace amargo en soledad.

Pandora/Esteruca

Luis Landero. Por Ricardo Pérez Hernández

Luis Landero Luis Landero
«La literatura es un acto de entrega: hay que dejarse la piel»
Debutó literariamente en 1989 con ‘Juegos de la edad tardía’, obra que fue saludada con los dos premios literarios de mayor relevancia: el Premio Nacional de Literatura y el Premio de la Crítica. Recientemente ha publicado ‘Hoy Júpiter’. Visita Albacete para participar en el VI Encuentro Provincial de Clubes de Lectura.

—En alguna ocasión ha mencionado que la primera obligación ética del escritor es ser pesimista y la segunda sobreponerse a ello; sin embargo el gran público consume novela de postura estética. ¿Vivimos un tiempo de indecisión? ¿Necesita la novela nuevos referentes?

—Efectivamente, vivimos un momento de indecisión y la novela busca, constantemente, nuevos horizontes. Existe una gran insatisfacción que se palpa por muchos lados y hay una búsqueda desesperada de esa felicidad que se vende en tiendas, en la televisión… en modelos de este tipo. En el fondo, creo que todo se resume en una gran pobreza de espíritu que la gente detecta: vivimos una gran crisis espiritual. Parece que estemos a la espera de un nuevo Renacimiento; quiero entenderlo así, pero me parece que estamos tocando fondo con tanto mal gusto social, tanta injusticia en el mundo y tanta estupidez generalizada.

—Usted ha asentado la felicidad sobre tres ejes: salud, no tener necesidad de pensar en el dinero y disponer de tiempo libre. ¿Es Luis Landero un hombre feliz?

—Sí, desde esta perspectiva sí. Para mí, el tiempo libre es lo principal. Cuando la gente dispone de dinero lo emplea en adquirir tiempo, que es el mayor lujo que existe aunque luego no se sepa qué hacer con él porque aceche el tedio por todos lados. La gente se aburre enormemente; de hecho el gran enemigo del hombre es el aburrimiento, el tedio y, más allá, descubrir que la vida no tiene sentido porque cuando dejas de estar ocupado y te quedas sin nada que hacer dices: bueno, ¿y qué hago yo aquí?

—Es suya la afirmación que asegura que cuando uno lee se adueña de las vidas ajenas para hacerlas propias. Por lo tanto, ¿resulta inevitable dejar parte de la vida propia cuando se escribe?

—Claro, es inevitable. El escritor es alguien que recorre su camino y llena sus alforjas con todo tipo de observaciones, escuchas y lecturas, pero también se vacía en parte con la escritura. Yo entiendo que la literatura es un acto de entrega, hay que darse y dejarse la piel en ello. Decía San Agustín que con sentir basta.

—Usted defiende que el escritor es un observador nato.

—El escritor es en gran medida un excelente observador; yo lo repito a menudo a mis alumnos, les impelo a que observen porque lo demás vendrá por añadidura. Pero para observar es preciso cierta soledad, ensimismamiento, concentración, reposar la mirada en las cosas… algo que no todo el mundo está dispuesto a dar porque resulta costoso.

—El modo de vida que llevamos no parece que favorezca este proceso.

—Efectivamente. Hay una imagen de gran belleza que cuenta Nietzsche sobre un hombre que mira durante dos horas seguidas el mar, contemplando, quizá pensando o quizá dejándose impregnar por las cosas. Considero esto de una sabiduría extraordinaria. En Oriente cultivan ese arte de fundirse con el mundo, mirando, deleitándose y renovando la capacidad de asombro. La manera de que no se muera el alma, de que no se marchite la mirada, consiste en descubrir a diario las cosas cotidianas. Leer más

AVENTURA EN EL PASADO. Por Francisco Arsis Caerols

Mondello

AVENTURA EN EL PASADO
CAPÍTULO I – 3ª PARTE

– Entonces… ¿dice que me hará un buen precio? ¡No pretenderá engañarme! –exclamé, casi a la defensiva.
– ¡Oh, válgame Dios, no! ¡Claro que no! Mire, yo quiero mudarme a un pisito pequeño, a ser posible en las afueras de Madrid. Estoy cansado de vivir con tanto bullicio alrededor. Esta ciudad se ha vuelto más imposible que nunca, y a mi edad yo solo quiero descanso y silencio, mucho silencio. No es que la vivienda que deseo vender sea muy grande, pero a mí me sobra tanto espacio. Usted es joven, y quizá no pueda entenderlo, pero cuando llegue a mi edad, lo comprenderá. Ya verá como para entonces piensa como yo.
– Ya veo – dije, pensativ0 -. Pues no se hable más, ¿a qué esperamos?
No tenía demasiado claro el asunto, y también me desarmaba un poco aquella curiosa irrupción en la inmobiliaria, dirigiéndose casi al instante hacia mí tras haber prestado tanta atención a la conversación que mantuve con el vendedor. Si se trataba de un timador… Pero no, podría ser demasiado viejo para andar con esas tontunas; aunque hoy en día, uno ya no se podía fiar de nada ni de nadie. Casualmente, la vivienda no estaba lejos de la inmobiliaria, así que apenas tuvimos que cruzar algunas calles hasta llegar a los pies de la finca. Incluso el anciano me sorprendió por la agilidad con que daba sus pasos, de una forma muy peculiar y graciosa que me recordaba aún más, si cabe, al carismático actor, mientras ya casi llegábamos a la emblemática ronda de Atocha, una de las grandes arterias de la capital de España. Parecía increíble que al final fuese posible, después de todo, el establecerme en un piso del centro urbano de Madrid, algo fuera del alcance de la mayor parte de sus ciudadanos, bien fuese por los precios desorbitados que había en el mercado o por la escasez de venta de viviendas de este tipo en aquella zona de la ciudad.
Al entrar en la vivienda quedé sorprendido por lo espaciosa y a la vez sencilla que parecía por dentro, y como quiera que la fachada no me había dado demasiado buena impresión, para nada aventuraba lo que el edificio escondía en su interior. Aparentemente tendría unos ciento treinta metros cuadrados, y atención especial merecía el hecho de que el piso tuviese escasos muebles, dando la sensación de contener lo justo para una forma de vida modesta y quizás un poco sobria. La cocina no estaba en muy buen estado y el cuarto de baño era demasiado pequeño, aunque quizá con alguna reforma bien podría ampliarse utilizando parte del espacio de la habitación contigua.
– Como verá, no es gran cosa, pero con un poquito de mano aquí y allá, puede convertirse en un lugar muy acogedor para usted –comenzó a decir el hombrecillo-. Yo la tenía muy descuidada, pero es que a mi edad ya no me apetecía reformarla. ¿Para qué? Además, siendo más joven, cuando aún trabajaba, no vivía aquí todo el tiempo, así que digamos que no le dedicaba toda la atención necesaria.
– Comprendo – dije seriamente -. Es posible que tenga razón. De todas formas, yo tampoco soy muy complicado a la hora de amueblar el lugar donde voy a vivir. Hasta puede que si decido quedarme el piso, conserve alguno de sus muebles.
– Estará en su derecho. Por supuesto, todo va incluido en el precio de la vivienda, aunque ya veo que usted lo ha dado por hecho.
– Es verdad, discúlpeme, no lo había pensado – dije avergonzado -. Como usted no había dicho nada al respecto, creí que…
– No, no se preocupe – dijo el anciano, cortando mis palabras -. Es más, le comentaré. Tenía claro desde el principio que en cuanto vendiese el piso no me llevaría nada de aquí, a pesar del cariño que pudiese tener por alguno de los muebles, en especial el armario de luna que hay en uno de los dormitorios. Lo conservo desde que compré la casa que en su día estuvo aquí ubicada antes del edificio que usted puede ahora contemplar, hace ya más de sesenta años.
– ¿Quiere decir que todo este bloque de pisos es de su propiedad?
– Bueno, digamos que… – el anciano interrumpió sus palabras, dudando si seguir o no con la respuesta a mi pregunta -. Está bien, se lo contaré. Verá, en realidad yo compré allá por los años cuarenta la casa que antes existía en este mismo lugar, con el fin de convertirla en mi residencia habitual. Su dueño había fallecido recientemente, sin herederos, y la finca salió a subasta, por lo que yo gané en la puja. Sin embargo, al poco tiempo de adquirirla pude observar que después de todo no estaba en demasiado buen estado, y decidí derribarla para construir una nueva. En realidad no la derribé totalmente, aunque sí hice enormes reformas. Por ejemplo, la casa anterior ocupaba casi el triple de espacio que la que posteriormente quedó en su lugar, pero decidí sacar el máximo provecho y vender los metros cuadrados que me sobraban, invirtiendo el dinero en aquello que me pareció más adecuado en su momento. Con el progreso llegaron los enormes edificios compuestos por bloques y bloques de pisos, y cómo no, también llegó el turno a esta parte de la ciudad. Hace ya unos treinta largos años una constructora nos planteó comprar los terrenos, derribar todos los edificios y así dar vida a estos bloques de viviendas que usted puede ahora contemplar. A cambio, a mí y al resto de los hasta aquel momento dueños de los terrenos, nos ofrecieron varios de los pisos y una buena suma de dinero. Al fin y al cabo yo me dedicaba a algo parecido, y al contrario de lo que pudiera pensarse, saqué pingües beneficios de aquella operación. No obstante, hice lo que usted tenía pensado si optase por quedarse con la vivienda; es decir, conservé algunos de los muebles de aquella casa que me resultaron más atractivos y cómodos para mi nuevo hogar, y así me establecí definitivamente en esta vivienda que ahora quizá pase a sus manos, entre ellos el armario del que le he hablado con anterioridad y que fue el único que sobrevivió todo este tiempo.
– ¿Y el resto de las viviendas? ¿Ya no son suyas?
-Mis sobrinos se encargaron de deshacer todo cuanto yo he logrado en esta vida. Sólo me quedaba este piso, y fíjese, incluso deseo venderlo también, aunque ya le he explicado las razones.
-¿Y sus hijos? ¿No tiene hijos? – pregunté un tanto extrañado.
-No… pero he querido a mis sobrinos tanto o más que si hubiesen sido hijos míos, a pesar de lo que han hecho finalmente conmigo. Si supieran…
El anciano se detuvo ante estas últimas palabras. Parecía como si intentara morderse la lengua, evitar contar algo de lo que pudiera después arrepentirse.
– ¿Qué? – alcancé a decir.


© Francisco Arsis (2005) del libro «Aventura en el pasado»