Con Sentimiento. Por Alfonso Fierro

Max Ernst- Men shall know nothing of this.jpg

– No me quiero levantar.-
– Claro que sí Periplo.-
– No, no quiero Anuencia.-
¡Qué feo cuarto era ese! Todo sucio y a punto de pudrirse, quedaban pocas cosas ya. No se puede decir que estos pocos muebles decoraban el cuarto pues estaban tan rotos y feos que solo hacían el cuarto parecer más triste y oscuro de lo que ya de por si era. Un mueble que servía como escritorio (antes por qué ahora ya estaba carcomido), un ropero que no se usaba pues ya no tenían ropa que guardar, y una cama grandísima y muy vieja, con un hoyo en medio, la cama estaba cubierta por un colchón grande y deshilachado. Todo estaba lleno de polvo e insectos. Sin embargo, en medio de la habitación había una lámpara muy nueva y en perfectas condiciones que por azares del destino fue a caer ahí.
Aquí es donde vivían Periplo y Anuencia, un par de desolados que alguna vez habían sido reyes de algo y hoy eran los reyes del desastre y el caos.
– Te lo repito Anuencia, ¡No me quiero levantar!-
– Pero va a venir Peripecia y vamos a hacer algo increíble.-
Se callaron los dos nuevamente, como solían hacerlo siempre. Ya no hablaban mucho desde que había llegado la lámpara aquella. Claro que la lámpara misma no tenía mucho que ver con que Periplo y Anuencia ya casi no hablaran, pero a estas alturas del partido, ya nada tenía que ver con nada.
La puerta se abrió de golpe y entró una mujer. Su estado era tan deplorable que el otro par de vagos parecían listos para un baile de gala. Tenía el pelo largo, casi hasta la cintura pero era un poco calva de arriba y sus vestimentas consistían en un par de harapos, rasguñados y llenos de hoyos. Además, llevaba los pies descalzos y llenos de sangre.

– Hola – dijo Peripecia – ¿Cómo están?
– No me puedo levantar. Más bien, no quiero. –
– Déjalo Peripecia, es un vago ¿Qué vamos a hacer hoy? –
– Hice una obra de teatro y la vamos a actuar. Así que, manos a la obra. Pónganse ahí y empecemos ya. –
– ¿Cuál es el diálogo?
– El diálogo lo hacemos nosotros Periplo no seas idiota.-
Periplo: Anuencia, tu tienes nombre de niña.
Anuencia: No es de niña, también es de niño. Como en Italia que Andrea es nombre de niño.
Peripecia: Anuencia es nombre de niño-niña.
Periplo: Yo también quiero ser niño-niña.
Anuencia: Yo no soy niño-niña.
Peripecia: Yo sí soy niña.
Periplo: ¿De dónde salió esa lámpara?
Peripecia: Se las trajo un niño-niña.
Anuencia: Como en Italia.
(Silencio)

©Alfonso Fierro

AVENTURA EN EL PASADO. Por Francisco Arsis Caerols

Aventura7

AVENTURA EN EL PASADO
CAPÍTULO I – 7ª PARTE

Unas facturas encima de uno de los sillones delicadamente bordados y forrados de terciopelo azul celeste, también con fechas situadas en torno a la segunda mitad del año 1915, delataban el nombre del dueño, un tal Marco Vassallo. Al hojear de nuevo uno de aquellos periódicos, fechado el jueves día 30 de diciembre, de nombre La Gaceta Gráfica de Madrid me di cuenta de que en una de las páginas aparecía una fotografía con su nombre y una dedicatoria. Por lo visto, se trataba de un conocido periodista, colaborador de dicha publicación, que había fallecido de una rápida y terrible enfermedad. Las cosas parecían no pintar demasiado bien, pero mi curiosidad era tan grande que no podía pensar en regresar al trastero ni por un solo instante. Entonces me percaté de que en aquella habitación había una nueva puerta, y empecé a comprender que lo más probable era que, al cruzarla, me llevara tal vez al resto de lo que parecía ser, con toda seguridad, una casa por completo distinta a la mía. Sin pensármelo dos veces alcancé el pomo de aquella otra puerta, y nada más tocarlo, de inmediato noté como si una ligera sacudida invadiese todo mi cuerpo, algo extraño, electrizante, aunque en realidad tampoco le di demasiada importancia, tantos eran los continuos sucesos inexplicables que se estaban produciendo. Y, tal y como había imaginado, ante mí tenía lo que parecía ser una antigua y a la vez enorme mansión, que por su aspecto delataba no tener nada que ver con las viviendas actuales y que me estaba dejando totalmente perplejo, casi tanto como la vista que me había ofrecido, instantes antes, el otro lado de la ventana de la primera habitación surgida a través de la puerta falsa del ahora ya, sin duda alguna, asombroso armario.

Así pues, me dediqué a recorrer casi por entero la casa, exquisitamente amueblada como yo jamás había visto antes. La puerta de entrada me imponía un tremendo respeto, y no tenía intención de abrirla hasta no tener plena conciencia de dónde me hallaba y la razón por la que allí estaba. Llegué a la conclusión de que lo mejor era, al menos, regresar y comprobar si mi casa seguía estando o no en el otro lado. Pero al llegar frente al otro armario que yo había cruzado para entrar en aquella extraña mansión, una nueva sorpresa hizo que mis ojos se abrieran como platos, dejándome estupefacto por completo. Al observar la que se suponía mi imagen reflejada en el espejo situado en el centro del mueble, descubrí que la que en realidad tenía frente a mí era otra idéntica a la de la fotografía vista en el periódico, es decir: la de aquel periodista llamado… ¡Marco Vassallo!

Alcancé de nuevo el ejemplar de La Gaceta Gráfica de Madrid fechado el 30 de diciembre de 1915, visualizando justo la página donde había visto el óbito de aquel tipo y… ¡había desaparecido de forma misteriosa! Todo: la foto, la dedicatoria, su nombre…

Como quería cerciorarme de que la imagen que había visto en el armario era la de aquel individuo y no la mía propia, y que no estaba en medio de ninguna extraña alucinación, me coloqué de nuevo frente al espejo del enigmático mueble, confirmando lo que instantes antes habían captado mis ojos. Yo… ya no era yo, ahora era aquel otro, quien al parecer acababa de resucitar a través de mí sin que yo alcanzara a comprender cómo había podido suceder algo semejante. Su fino bigote, aquel pelo corto repeinado y engominado hasta lo indecible, aquella extraña cara que nada tenía que ver con mi rostro… No digo que no pudiéramos tener cierto parecido, pero aun así nadie sería capaz de reconocerme tras aquella máscara. Y entonces comprendí en qué momento se había producido aquella transformación. No había sido al cruzar la puerta falsa del armario, sino en el instante en que decidí salir de la habitación. Recordaba a la perfección la leve sacudida en todo mi cuerpo, igual que una descarga eléctrica aunque apenas perceptible, como cuando te daba corriente algún cable o un enchufe de cualquier aparato eléctrico, sin grandes consecuencias. Al instante, abrí de golpe el armario esperando hallar la puerta de regreso en su interior, pero con gran misterio ésta… ¡había desaparecido! Me sentí aturdido, sobrecogido, mientras mi mente comenzaba a desvariar, dejándome caer en la silla como mejor pude e intentando encontrar alguna explicación plausible. Y al fijarme con mayor detenimiento en el segundo armario por el que había irrumpido en la extraña habitación, y que naturalmente formaba parte de ella, comprendí parte de la verdad. El armario no era sino el mismo que se encontraba en el trastero, solo que ahora formaba parte de esta otra habitación, como si se tratase de alguna puerta a una cuarta dimensión o algo parecido. Así que en realidad no eran dos armarios, sino uno solo, y por el cual había cruzado de una habitación a otra. ¡Me hallaba, sin lugar a dudas, frente a una sorprendente puerta del tiempo!

En aquel momento llegaron hasta mi cerebro ciertas inquietantes preguntas. ¿Conocería aquel hombrecillo, el Sr. León, la existencia de dicho armario, y cómo no, de la mansión en la que me encontraba? ¿Estaría tal vez frente a una recóndita puerta del tiempo, a pesar de que mi mente se negaba por completo a pensar que algo tan increíble, extraño y desconcertante como aquello pudiese en verdad existir?

Continuará…

© Francisco Arsis (2005)
Del libro “Aventura en el pasado”

Maltrato familiar. Por Ángel Alekhine Juárez Sotelo

RIP

Escena 1 (en un bar, hombres hablando, varios vestidos de uniforme militar)
Arturo (gordo, algo corpulento) levanta su vaso de cerveza para tomar. Lo deja de nuevo en la mesa. –Cuándo me vas a dar lo que me debés del arma, le dice al otro que tiene en frente. Renuente, rechaza que le debe algo, le dice que el arma no sirve, que le devuelva el dinero. La discusión se va acalorando más, debido al estado de ebriedad. Un amigo del adeudado llega y le dice a su compañero que no se deje de ese militar tal por cual. Arturo se levanta enfurecido. –Cómo que hijueputa…, les grita antes de tirárseles encima. Se van a los golpes, pero los llegan a separar. –Te voy a matar, cabrón, le gritan a Arturo. –Vení, pues, le grita y saca su arma, y le da en el estómago al tipo. Todos salen del lugar corriendo del lugar en una gritería. Unos amigos arrastran a Arturo fuera del lugar.

Escena 2 (una mujer, Marina, durmiendo en su cuarto)
Marina está durmiendo cuando se levanta asustada por los fuertes golpes que le dan a la puerta. Rápidamente se levanta, medio dormida y exaltada. Al ir a la puerta, ve a su hijo pequeño (5 o 6 años) en la puerta de su cuarto. –Es papi, mi amor, andate de nuevo a la cama. Los golpes no cesan. Al abrir, es Arturo. –A la puta, por qué te tardaste tanto, le dice a su mujer. Entra tambaleándose y en su vaivén bota algunas cosas; se acuesta en su cama y le gruñe a Marina. Esta se acerca y le quita los zapatos, el arma y un cuchillo los coloca en la mesa de noche. Lo desviste y le pone una calzoneta. Luego ella se acuesta con cara de preocupación.

Escena 3 (desayuno Marina y su niño)
Marina está preparando el desayuno. El niño, sentado a la mesa, está listo con el uniforme de estudio. Anda moviéndose por la cocina. Está viendo la cacerola y mira que el niño no se manche la camisa. Arturo llega acabado de levantar, en calzoneta, con cara de malhumor. –Dame café y huevos, le ordena a su mujer. –Sí, ya voy, le responde, solo le ordeno la lonchera al niño. Suena el teléfono y ella contesta. Es una amiga. Se pone a hablar con alegría. Después de unos segundos, el hombre mira su reloj. Marina sigue hablando. Enojado Arturo le grita: ¡a la gran puta, a qué horas me vas a servir el café! Ella, asustada, le dice a la amiga que le va a volver a hablar. Al colgar, ella le dice: ya te he dicho que no hablés así enfrente del niño. –Yo hablo como quiero, pendeja, le grita y se levanta furioso.

Escena 4 (puerta del colegio del niño, niños entrando, Marina está hablando con un religioso)
Marina se despide de su hijo con un beso y se vuelve al religioso. –Fíjese que el papá ya está inaguantable, yo ya no sé qué hacer y tengo miedo que en alguna de sus rabietas nos haga algo a mí o al niño, relata afligida la mujer. –Hermana, acuérdese de la virgen, encomiéndese a ella, ella le va a dar las fuerzas para sacar adelante su matrimonio. –No, mire, es que si usted lo viera; yo creo que lo que mas me conviene es pedirle el divorcio. Desde que no consiguió el ascenso y anda metido en no sé qué negocios, no hay quién lo aguante… este matrimonio no va para ninguna parte. Y el niño, cómo va a quedar. –Pero cómo se va a retractar, le dice muy serio el religioso, de lo que le prometió a dios y a la iglesia. Va a destruir su familia y va a romper su relación con dios. Prepotente el religioso se retira, por la llamada del timbre, y Marina queda un poco turbada. Leer más

Vº CERTAMEN LITERARIO «CARMEN DE MICHELENA» Por Carmen María Camacho Adarve

Carmen Muchalena

BASES
Con motivo de la celebración del 8 de marzo, “Día Internacional de la Mujer”, se convoca el V Certamen Literario de Relato corto y Poesía “Carmen de Michelena” con el tema: MUJER.

Pueden participar todas las personas con residencia en Andalucía, a partir de los 10 años, siempre que sus obras se presenten escritas en castellano.

El tema versa sobre el papel de la mujer en nuestra sociedad.

Se puede presentar un trabajo por modalidad, Relato corto ó Poesía, indistintamente, con la condición de que sea original, inédito y no premiado en ningún otro certamen.

Se establecen las siguientes modalidades:

Primer premio en Poesía
Primer premio en Narrativa o Relato
Premio especial para niñ@s en edad escolar (de 10 a 14 años), en la modalidad de relato o poesía. A efectos de valoración y calificación primarán criterios de creatividad argumental y didáctica, y de eficacia divulgativa.
Los trabajos se deben presentar por duplicado en tamaño DIN A4, mecanografiados por una cara, con un máximo de 30 líneas por página, en ningún caso se superarán las tres páginas.
El plazo de presentación de los trabajos se inicia el 26 de abril y finaliza el 30 de julio del 2.007.
Los trabajos se deben remitir por correo certificado a la Asociación Cultural “El Yelmo”, apartado nº 42 de Beas de Segura – Jaén, indicando: V CERTAMEN LITERARIO DE RELATO CORTO Y POESIA “CARMEN DE MICHELENA”, indicando la modalidad. Además, es preciso adjuntar los siguientes datos o documentos (incluidos en un sobre cerrado): Autoría, Título del trabajo, Fotocopia del DNI, Dirección y Teléfono.

El jurado se reserva el derecho a la modificación parcial o total de las bases, y estará compuesto por galardonados en anteriores ediciones del certamen, así como representantes de la Delegación de Cultura de la Junta de Andalucía, del Instituto Andaluz de la Mujer, Asociación Cultural “El Yelmo”, Área de Cultura de la Diputación Provincial de Jaén, Ayuntamiento de Beas de Segura, y medios de comunicación.

El fallo del jurado es inapelable, pudiendo declararse desiertos los premios si, a su juicio, ninguno de los trabajos presentados hubiesen alcanzado la calidad suficiente.

Los autores de los trabajos premiados formularán una declaración por escrito en la que manifiestan su consentimiento explícito, para que la Asociación Cultural “El Yelmo” de Jaén pueda reproducir y difundir, total o parcialmente, su obra a través de los soportes más idóneos.

La presentación a la convocatoria supone la plena aceptación por parte de los/las participantes de todas las bases que regulan el concurso. No serán admitidos los trabajos que no reúnan los requisitos establecidos en las mismas.

Los premios consistirán en seiscientos Euros por modalidad, relato corto y poesía. Y el Premio Especial para niñ@s en edad escolar (de 10 a 14 años) estará compuesto por material cultural valorado en 300 euros.

©Carmen María Camacho Adarve

AVENTURA EN EL PASADO. Por Francisco Arsis Caerols

Aventura en el pasado

AVENTURA EN EL PASADO
CAPÍTULO I – 6ª PARTE

Tras abrirla, parecía que me encontrase frente al hueco de un nuevo armario completamente idéntico al anterior; pero además tras sus puertas lo que podía divisar era… ¡otra habitación! Tan impactante resultó para mí, que de inmediato regresé sobre mis pasos sin pensármelo dos veces, alejándome del mueble igual que si hubiese visto un fantasma en su interior. ¿Qué estaba ocurriendo en el trastero? ¿Acaso me estaba volviendo loco? ¿Cómo era posible si detrás del armario lo único que había era una clásica pared de ladrillo como cualquier otra? ¿Estaría soñando? No, no señor. Yo sabía perfectamente cuándo estaba, al menos, completamente despierto, y ni siquiera necesitaba pellizcarme para darme cuenta de ello. Eso faltaba, que encima perdiese la noción del tiempo. El corazón me latía a marchas forzadas, como jamás había experimentado en la vida. Estaba claro que, antes de volver a abrir aquella puerta, necesitaba cerciorarme por completo de que detrás del armario sólo estaba la dura, corriente y habitual pared de ladrillo, sin puerta falsa alguna. Desplacé como pude al menos unos centímetros el armario, lo suficiente para tener perfecta visión del entorno, poder así palpar la estucada pared color salmón del trastero y comprobar en efecto que allí resultaba imposible que existiese otra habitación escondida y mucho menos, puerta falsa alguna. La única que había, y si a pesar de todo no era imaginación mía, era la del misterioso armario de luna. Era cuestión de abrir de nuevo esa intrigante puerta y afrontar con la máxima prudencia lo que asaltase mi vista en el momento de hacerlo. Mis manos temblaban al acercarse al pomo porque desconocía qué podría encontrarme al otro lado, no fuese una puerta directa al infierno, sin posibilidad de regreso. Una vez más apareció el característico brillo al sujetar el pomo y, asustado y a la vez excitado ante los acontecimientos que estaba viviendo, decidí abrir de golpe la puerta falsa y adentrarme sin más en el interior, dispuesto a afrontar lo que me deparase aquella recién iniciada mágica aventura. Al cruzar las puertas del nuevo armario, éstas se cerraron de golpe tras de mí, pero tan absorto estaba en la contemplación de aquella extraña sala que ni siquiera me molesté en observar si dicho armario era idéntico también al anterior en su aspecto exterior. Lo que tenía ante mí ocupaba toda mi atención, tan extraño y sugerente era lo que podía ver en aquel instante. Sin duda se trataba de una habitación escrupulosamente decorada, con antiquísimos muebles pero a la vez muy bien cuidados y colocados, aunque la nota discordante en cuanto a orden pudiera referirse, la daba el hecho de que estuviese repleta de periódicos y revistas por todas partes. El mobiliario, curiosamente se parecía al de aquella antigua casa de mis bisabuelos, y que mis padres terminaron vendiendo siendo mis hermanos y yo muy pequeños. Al reparar en el reloj que había colgado en una de las paredes de la habitación, que incluso parecía más antiguo que el de mis bisabuelos, y que aún conservo, comprobé que marcaba exactamente las siete de la mañana, cuando recordaba a la perfección que tan solo hacía un instante, en el trastero, no eran sino alrededor de las siete de la tarde. Al fijarme con mayor detenimiento en el entorno de la habitación, a pesar de que aún me sentía desconcertado ante tan increíble visión, observé que una de las ventanas que daban al exterior de lo que se suponía debía ser parte de la ronda de Atocha, parecía estar entreabierta. Al asomarme, descubrí con estupor que era incapaz de reconocer nada, absolutamente nada de la calle que aparecía tras la ventana. Aquella no podía ser la ronda de Atocha, ni siquiera alguna de las calles que rodeaban al bloque de pisos en el que yo vivía. Las casas que ahora podía divisar eran desde luego muy antiguas, y no recordaba que en el centro de Madrid pudieran encontrarse todavía edificios como aquellos. Además, la calzada estaba por completo empedrada y llena a su vez de raíles que semejaban a los que los tranvías de principios de siglo utilizaban para desplazarse por la capital, mientras que unas curiosas y redondas farolas pendían en los laterales de las casas. Eso sí, a juzgar por la hora que figuraba en el reloj de pared, no era nada extraño que la calle estuviera completamente vacía. En cambio, el olor de pan recién salido del horno era más que evidente. No recordaba ningún horno situado cerca del piso.

¿Qué significado tenía todo aquello? ¿Dónde narices me encontraba? ¿Acaso habían colocado algún decorado de principios del siglo XX y se disponían a rodar alguna película? Pero, en cualquier caso… ¿Cómo podían haber transcurrido doce horas así, sin más? Por supuesto, lo primero que pensé era que aquel reloj no funcionaba bien, y que marcaba tal vez una hora distinta a la real. Sin embargo, una rápida ojeada a uno de los periódicos comenzó a sembrar mi mente de dudas, pues al comprobar la fecha de edición de dicho ejemplar observé con evidente sorpresa que ésta correspondía… ¡al mes de noviembre de 1915! Y no sólo aquel ejemplar, sino que todos, absolutamente todos, estaban fechados ¡en el año 1915!

Continuará…


© Francisco Arsis (2005) del libro «Aventura en el pasado»

«La inmediatez». Por Julio Mulero González.

La inmediatez

«La inmediatez»

Todo yo soy de la inmediatez de tus manos.

Todo yo, que perfilo con este rotulador malgastado
El perfil indeleble de tus manos, me suspendo de amor,
desapruebo de amor y termino muriendo de amor
cuando tú te levantas y me dejas a medio de tus manos.

A medio tú, cuando el resto es lo que soy y lo que siento,
y quizás en un momento incluso en que daría la mitad
ya no existen ni siquiera los trazos de tus dedos.

Todo yo soy de esta inmediatez contigua y desmelenada
Y de esta carne transparente en que faltan tus manos
en la que echo tanto de menos el roce inmediato,
sin paros ni reparos de tu roce y el mío juntos.

En la mitad de nada, así, acaso entre dos pliegues, otros
Y después, quizás nada por lo que continuar mi aventura
De nadar boca arriba y capuzarme incluso en tu boca.

Todo yo entre la inmediatez absurda de tus manos
Casi echándote y echándote tanto y tanto de menos
Que ya no sé qué sentido tiene perfilarte en mi cuerpo
Ni repasar con mis dedos la insonoridad ésta de tus manos
Ni sentir en modo alguno la caricia ausente,
Los besos ausentes y tu bien-estar ausente
A mitad de todo
incluso
de rubricar con tus manos una caricia en mi cuerpo.


© Julio Mulero González.

Malas palabras. Carmen María Camacho Adarve

AntonioGamoneda

Las palabras escritas de aquella desconocida galopaban a latigazos por mi sangre, como cullillos afilados.
En contacto con el aire, cobraban formas de panes secos y duros de tonos enmohecidos y olores ocres.
Dañaban desde el mismo momento en que rozaban el papel blanco cruzando distancias que me separaba.
Me producían un dolor intenso insoportable.
Se habían cruzado las palabras en mis textos, en las aceras, de la ciudad corriente.
me habían elegido sus palabras a para descargar su ira, entre un centenar, un millar anónimas palabras que recorrían en el mismo instante todas las calles.
La mala impresión inicial y la repulsa inmediata de aquellas palabras confirmaba al contemplar la imagen espantosa de la ladrona de palabras, veía aquella figura ante ojos, con curiosidad y repugnancia, recreándome morbosamente sin ser capaz de evitarlo, en cada uno de las consonantes: un olor nauseabundo de vocales, grasientas, envenenadas, enmarañadas, no lucían, como un abrigo oscuro y destartalado, pantalones con los dobladillos descosidos, en los que las palabras se tapaban unas otras calzado zarrapastrosas en los pies, sandalias mediocres…
La ladrona de palabras las encadenaba en una retahíla de sin sentidos, palabras atropelladas y entremezcladas. Despotricaban, insultaban, gritaban, alzaban las manos en señal de reclamo a algún poder supremo, siempre se dirigían a mi, mortificándome indinitas a lo largo de mi camino.
La brusquedad del encontronazo me habían atrapado me mantenía inmóvil, anclada a aquella baldosa del suelo;
en ese diminuto pedazo de mundo que parecía querer que yo habitara desterrada siempre
Las palabras como hojas afiladas de cuchillos empezaban a producirme una sensación de rigidez seguida por un hormigueo insoportablemente intenso y dolorosos calambres.
Al principio, intente analizar la situación, mantener algún tipo de calmada perspectiva, resultó imposible.
No entendía que clase de imperativos irracionales son suficientes para arrastrar a una persona a perder el control así, abandonándose por completo, los imperativos, los gerundios, me encadenaron a paranoia para alejarme de la realidad, cotidiana de mi realidad.

¿Cuándo se rompe el hilo finísimo de las malas palabras que nos ata a la cordura, en qué momento distes a la ladrona de palabras, carta blanca? ¿Dejaste a otros? – entrometerse – en el ritmo de tu corazón- ¿en tu existencia?

Las malas palabras continúan creciendo, como la mala hierba, empezaba a resultar insoportable.
Aún así, seguía sin hacer absolutamente nada.
Me limitaba a observarlas perpleja, sin alcanzar la velocidad de los epítetos, de los gerundios, imperativos…
Debía tomar una decisión.

Opte por escucharlas.
Opte por dejarlas correr.
Opte por permitirles desahogarse, gritar, jurar, maldecir, llorar, arrodillarse, arrastrarse, suplicar, callar, esbozar una sonrisa maliciosamente leve, y tras años, los más largos vividos, Al abrir mis tres baúles de palabras buenas
Comencé a reír a carcajadas.
Reía con entusiasmo, como ríen los niños, con la frescura que la vida me arrebata. Reía con la felicidad que da la libertad, la vida, la verdad. Al abrir mis tres baúles de palabras buenas –horrorizadas- huían las palabras malas
Mi risa era magia en estado puro esortizaba a las malas palabras y muchos de los que un día se apartaron de aquellas calles de una ciudad cualquiera, contagiados, se marcharon sonriendo.
Me fui con mis baúles repleto de carcajadas con las gentes sencillas.

©Carmen María Camacho Adarve