Luis García Montero
Invitado por la Facultad de Humanidades de Albacete, con motivo de la graduación de la novena promoción de alumnos, el poeta Luis García Montero (Premio Nacional de Poesía y Premio Loewe 1994 por Habitaciones separadas, Premio Adonais 1982 por El jardín extranjero) conversó con los lectores de El Día de Albacete.
—Poesía: ¿qué es? ¿para qué sirve?
—La poesía representa una reivindicación de la conciencia humana. Al preguntarnos sobre la utilidad de la poesía soy partidario, en vez de refugiarme en el canto de la inutilidad, de hacer algo más difícil, que es ampliar el concepto de utilidad que se baraja. Esta sociedad ha identificado la utilidad con la satisfacción de utilidades muy primarias, casi animales. Pero el ser humano tiene otra dimensión y es útil todo aquello que enriquece la experiencia humana. Reivindicar la conciencia individual en una época que tiene poderosos mecanismos de homologación de conciencias, me parece muy útil.
—¿Estamos uniformados mentalmente?
—Creo que sí. Lo noto, desde hace tiempo, cada vez que pienso en lo que la gente define como originalidad. Somos todos muy parecidos a la hora de sentirnos originales. Fíjate en las personas que entrevistan por la calle en prensa o en televisión. Al decir lo primero que se le ocurre, de la manera más natural, lo que se hace es repetir aquello que está flotando en el ambiente. De este modo, lo que nos parece original no hace sino someternos al pensamiento establecido. La segunda vez, casi siempre, respondemos aquello que nos hace simpáticos, lo que nos hace quedar bien. A veces se confunde con el arte de la política, de lo políticamente correcto. Pero hay un tercer momento, el momento de las Humanidades, de la poesía, en el que uno pide tiempo para responder lo que creemos que, en conciencia, se debe decir. Me gusta definir la poesía como un género que pide tiempo. Cuanto trabaja con el lenguaje, cuando busca el adjetivo, el matiz, me parece que lo que está exigiendo es pensar las cosas tres veces.
—¿Se esconde, entonces, la verdad en la tercera reflexión?
—La verdad no es un punto de partida, es un punto de llegada. He ido aprendiendo esto con el tiempo. Muchas veces uno escribe con el corazón en la mano y, al ponerlo en el papel, se queda reducido a un desahogo personal. Pienso que es mejor escribir con la cabeza fría porque no se trata de sentir sino de hacer un texto capaz de hacer sentir a los demás. La verdad es conseguir ese texto y no basta con hacer un desahogo básico contando lo que te pasa. Hay que elaborar lo que te ocurre hasta transformarlo en un texto público, en una obra de arte, en algo que le sirva a los demás. Leer más









