«La Vida es como una vieja alfombra,
por mucho que la sacudas de mañana,
nunca la dejarás totalmente vacía de polvo».
***
«La magia de un poeta es,
hacer bailar su pluma al son de la música
que sale de su alma.
Por eso, mi música es desgarradora.
Por ello, mi pluma se desahoga
bailando enloquecida a un ritmo frenético…»
***
«Ser solo un rayo simple
y ambicionar todo el sol
alimenta la soberbia».
***
«Yo te lloré lágrimas de ríos,
de mares y lagos inmerecidos,
en tu larga ausencia.
Se que no volveras».
***
«Desearía fundirme en ti…
vestirte un traje de saliva y sudores….
hacer de nuestros cuerpos
el más bello poema jamás escrito…»
***
«En la boca,
donde las lenguas danzan
en erótica
y encendida caricia,
te transportaria
a mil cielos
de sensaciones placenteras».
***
«Se marchitaron
las flores de la ausencia…»
***
«Vociferan los borrachos
por los rincones del viejo bar…
suena un rayado disco de Janis Joplin…
los yonquis se extasian en el baño
y las putas se pintan por penúltima vez…
corre el alcohol por las venas…
…es, la autodestrucción…»
***
«…La noche sabe a jazz,
oscura como el alma sombría
de quien sueña despierto.
La noche sabe a whisky,
a barras empapadas
de sudores y alcohol.
La soledad me reconforta:
la noche siempre sabrá a jazz,
a sudor y alcohol….»

(De Josep Esteve Rico Sogorb. – Fragmentos de poemas de sus libros «Retales para un collage inacabado» de Imprenta Romeu, Valencia 2005 d’ Estudiants Valencianistes de la Politècnica EVP y «89 poemas de los 90» 1990 y «Estas son nuestras ruinas» de Ediciones Frutos del Tiempo, Elche, 2005)
Diego Jesús Jiménez. Por Ricardo Pérez Hernández

Diego Jesús Jiménez participó en la primera sesión del ciclo ‘5 poetas otoño’ que se celebra en la Facultad de Humanidades hasta el 29 de noviembre. Premio Adonais y Nacional de Poesía, entre otros distinguidos galardones, el maestro conversa con los lectores de El Día.
—Numerosos poetas cuentan de sus inicios poéticos que no fue tanto buscar la poesía como que ésta los encontrara a ellos. ¿Qué tiene de inevitable la poesía? ¿Cómo se produjo en su caso ese encuentro?
—En un principio empiezas a escribir por que la gente te quiera, te admire, estas cosas que son inmediatamente olvidadas cuando te das cuenta de que la escritura es otra cosa y que no se trata de eso; quieres expresar alguna emoción que permanezca un poco en el tiempo y, entonces, escribes y es algo inevitable. No se escribe adrede un poema sino que llega un momento en el que se dan ciertas condiciones con las que notas que quieres expresar algo con intención de que permanezca en el tiempo, y comienzas a escribirlo. Yo he tenido la impresión de ser, en cierto modo, ‘medium’ entre lo que se llama poesía y el papel en blanco. Tengo a veces esa sensación de estar entre las dos cosas.
—La palabra es la herramienta, la base de las construcciones literarias. ¿Cómo hay que acercarse a ella?
—El poeta lo que necesita son palabras vividas, no cualquier palabra, Las palabras deben ser palabras vividas por ti. Me ha sucedido un caso muy curioso con un poema que estoy haciendo de mi época de Barcelona. Hay un momento en que necesito palabras catalanas… manda la cosa narices.
—¿Porque es el contexto lingüístico en que vivió aquella experiencia?
—¡Claro! Porque ese sonido no me lo da otra cosa que aquella palabra. Necesitas tus palabras, esas con las que has convivido. Somos lenguaje, no somos otra cosa, y aquello que tú eres es lo que surge luego en el poema: la palabra, el vocabulario, las imágenes en las que tú consistes. Muchas veces no eres consciente de esto hasta que no sucede el poema.
—Tanto en su poética como en el principio de esta conversación ha hecho usted mención al tiempo y la perdurabilidad. ¿Cómo una lucha contra la fugacidad el mismo tiempo?
—Vamos a ver… vamos a desaparecer todos, esto… es relativo; puedes durar unos años más después de tu muerte porque alguien lea el poema y le gusta, pero nada más, eso se acabará. Llegará un momento en que ni poesía ni historia; según vamos en el mundo en que estamos…
—¿Cree usted que la poesía está abocada a la muerte? Es que si esto es así, ya lleva con los estertores…
—Sí, claro, lleva siglos. Tal vez se explique porque el lector es también creador. Todo aquello que escribimos atraviesa el centro de la memoria, del mundo y las cosas que cada uno tiene. Y crea. Puede hacer una lectura muy similar a la de otra persona, pero difieren. La lectura es siempre un acto muy personal. Al arte se asiste; si el arte no dijera todo lo mismo, lo podríamos contar: podríamos contar el llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías… y eso es un disparate. Podríamos contar las Meninas de Velázquez, o la música… una sinfonía de Beethoven… nos tomarían por locos. El arte nos va a decir siempre algo muy personal porque es nuestra la lectura que estamos haciendo del texto y nos capacita para volver a imaginarlo.
—Dice que el lector, al leer el texto, se hace dueño del poema, lo vivifica y vuelve a crear. ¿Cómo animar a quienes no tienen hábito de lectura poética, a los jóvenes que tienen por descubrir la poesía?
—Hay que leer. Hay que leer mucho. En alguna ocasión me comentan los profesores: «estos chicos es que no leen». Yo les respondo «hazles escribir». Cuanto tengan que expresar algo y vean en el mundo en que se meten escribiendo quizá les dé por mirar algo. Yo creo que es bueno escribir para aficionar a la lectura. Si yo fuera profesor pondría redacciones todos los días.
— ¿Cómo valora la salud poética en España, especialmente la de las generaciones posteriores a la suya?
—Hay muchos poetas muy buenos y muy distintos. Mediáticamente, aparecen siempre los mismos nombres, no sé por qué razón; al pobre Antonio Gamoneda lo han descubierto hace diez años más o menos; no sabía nadie quién era. Me gusta mucho Carlos Mestre, creo que es un poeta magnífico; Vicente Valero también me gusta; Julio Martínez Mesanza. El mismo García Montero tiene algunos poemas que están bien. Carlos (Marzal).
— Escritores jóvenes ¿qué recomendaciones podría darles?
—El verdadero poeta lo que hace es intentar extraer la poesía de la realidad, no verter poesía sobre la realidad porque lo que se hace es una poesía literaria. Hay que mirar la vida con ojo poético. Embadurnar con poesía la realidad es muy fácil, lo hace cualquiera con lecturas y un poco de sensibilidad. El camino contrario, extraer poesía de la realidad es lo complicado. Además, no hay que tener ninguna prisa en publicar; ninguna. Hombre, yo publiqué un libro y a los catorce años publiqué otro; esto ya es demasiado, pero no hay que tener prisa. Decía Pepe Hierro en una ocasión – y tenía toda la razón – que el libro, cuando está terminado, si lo guardas y lo publicas después, envejece, el libro ya no es el mismo. Si lo publicas no pasa nada pero si lo guardas en tu casa y se nota que es de otro tiempo. Pero no hay que tener ninguna prisa.
Ricardo Pérez Hernández
(Publicado en El Día de Albacete)
Foto: ©ricardoperez.wordpress.com
Pedrito el piruleta. Por Isidro R. Ayestarán

A Pedrito le llamaban “el piruleta” desde los tiempos del colegio. Siempre estaba dispuesto a ser el primero en caer de rodillas a cambio de unas monedas para comprarse algo durante los recreos. Y no se le daba nada mal. Claro, que en el terreno de la inexperiencia de entonces, el más listo siempre cabalgaba sobre el tonto de turno. Luego, con el devenir de su vida, a Pedrito le rompieron el culo y el alma en prisión, donde fue a parar tras una carrera de fondo donde competía con otros similares en eso de viajar a la deriva en las autopistas sin asfaltar del mapa de la vida.
Pedrito salió a la calle con cuarenta años. Y el espejo ya no le devolvía ninguna imagen suya. Ni tan siquiera algo desvirtuada. Le dio la espalda como todos aquellos a los que conoció a lo largo de su corta vida. Escasa, sí, pero intensa en decepciones, mala fortuna y bofetadas constantes. La primera se la llevó por amanerado. La última, por morder cuando un cliente andaba despistado. Y entre ambas, las de siempre de su padre, sus hermanos, sus enemigos y sus compañeros de celda.
A Pedrito “el piruleta” siempre le llamaron usando el diminutivo, por eso de la semejanza con su propia persona y el papel que desempeñaba desde que salía el sol hasta que la luna le mandaba a hacer puñetas. Siempre se le podía ver en las escaleras de la iglesia San Francisco, aprovechando los días de mercado en la Esperanza para vender pañuelos de papel que robaba previamente en el supermercado de la esquina. Más tarde, al anochecer, era ornato clásico en la horizontal de Sotoliva, donde los coches pasaban de turno ante la hilera de chaperos desvencijados incapaces de satisfacerse siquiera a sí mismos.
Un día, Pedrito “el piruleta” oyó hablar de las noches de sexo furtivo en Piquio, entre palmeras, luces verdes y el mar como banda sonora a los suspiros con que la brisa y la marea deleitaban a los invitados nocturnos. Y para allá que cambió su itinerario laboral. Pero le duró poco, porque a los que son como “el piruleta”, el infortunio les persigue con guadaña y malos augurios de futuro.
Una noche, Pedrito “el piruleta” durmió la vida sobre las rocas de un acantilado, tras un palizón propinado por tres “anónimos” de los que se identifican cuando piden colaboración ciudadana. Y es que siempre se rumoreó que el pobre desgraciado, en uno de sus constantes intentos por zafarse de la mala suerte, se hizo amante y confidente del otro lado de la ley. Aquel donde se sigue ninguneando a los que, como Pedrito “el piruleta”, son deshechos de la sociedad caciquista que impera aún entre nosotros por mucho que las encuestas hablan de modernidad y tolerancia.
Nadie se hizo eco de aquello, y ni tan siquiera pudo descansar para siempre como mandan los cánones porque nadie reclamó el cadáver. Sólo alguien que le conocía escribió unas breves líneas que el periódico local se negó a publicar en la sección de necrológicas.
Al cabo del tiempo, una persona anónima trajo al recuerdo la imagen de Pedrito “el piruleta”. Un joven lloroso, de espaldas a la vida y al objetivo de una cámara fotográfica, se encontraba en el estanque del Retiro. Aturdido y confundido por lo desvirtuado de su presente, se dejó inmortalizar en sepia para evocar a alguien que fue tan desgraciado como él.
Y al igual que Pedrito “el piruleta”, cuando los pensamientos dejaron de hacer juego con sus interrogantes sobre la vida, se levantó lentamente para reanudar su rumbo hacia ninguna parte.
“Adiós, Pedrito”, le dije.
Pero no me oyó. Los aviones militares que poblaban el cielo madrileño aquel doce de octubre ensordecieron aquel momento de evocación, aquel necesario paréntesis en el que un cruce de miradas trajo una sonrisa cómplice para constatar, por suerte, que hasta los desgraciados tienen su bocanada de aliento compañero aunque sea en la distancia

© Isidro R. Ayestarán, 2007
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MARIO VARGAS LLOSA.-EL ESCRITOR RESUME SU CONFERENCIA. Por Mercedes Martín

Escribir una novela
Mario Vargas Llosa
25 y 27 septiembre 2007
Me propongo en esta conferencia describir el proceso que sigue en mi caso la elaboración de una novela. Desde que, a partir de algunas imágenes de la memoria, surge en mí un fantaseo que es como la semilla de la cual irá brotando con el tiempo una historia, hasta que meses o años después todo ello cuaje en una novela. Trataré de mostrar los problemas formales, de lenguaje y estructura, que debo siempre afrontar para dar a los personajes y situaciones una máxima visibilidad y dotar a la obra de una apariencia de total autonomía. Utilizaré, claro está, para ilustrar este proceso ejemplos de mis propias novelas, principalmente las últimas. Demás está decir que mi exposición no tendrá un carácter académico ni científico, será lo más llano y directo posible, mucho más un testimonio personal que una conferencia magistral.
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Estuvimos en la conferencia de Vargas Llosa, Clara, Enrique, Ramón (el profe) y yo. El escritor nos pareció una persona sencilla, cercana y cargada de humanidad; como si hablara para un grupo de amigos. Nos gustó esa forma de explicar cómo escribe sus novelas; al menos a mí me ayudó. Él dice que no le gusta escribir, que lo que le gusta es corregir. Que vuelca todo lo que lleva dentro en el papel, así, sin pensar, como si fuera una urgencia. Entonces, descubre un revoltijo sin sentido, y que eso es lo que le gusta, darle forma a ese revoltijo hasta que va apareciendo la novela. Al escuchar esto, se me vino a la cabeza el escultor Miguel Ángel, y su forma de ir sacando de la piedra lo que esta lleva dentro.
Cuando terminó la conferencia nos hicimos una foto con él, la tengo enmarcada en mi dormitorio, dicen que los sueños deben colocarse cerca para no perderlos de vista. Algún día quiero ser tan buena escritora como usted, señor Vargas Llosa.

Besos a todos.
Mercedes Martín.
MOLINA FOIX Y ‘EL ABRECARTAS’. Por Josep Esteve Rico Sogorb

Albricias, pues. Nuestro conciudadano y paisano, el escritor, crítico, guionista y articulista ilicitano Vicente Molina Foix, ha sido recientemente galardonado con el Premio Nacional de Narrativa que concede el Ministerio de Cultura por su novela ‘El abrecartas’, un libro que según la crítica ha sido considerado ‘la primera gran novela del siglo XXI en español’ , reconocido como tal por los institutos de enseñanza Media de Galicia y que como bien afirmó el afamado filósofo y escritor Fernando Savater ‘no se te cae de las manos nunca, es adictivo’. Como ‘colega’ en las lides literarias y periodísticas y lógicamente como ilicitano – a pesar del ‘pique’, de las envidias, de la competitividad y de los celos que existen en el mundillo literario – me congratulo de este galardón y me satisface que un nacido en Elche sea premiado con esta distinción cultural, de suma importancia a nivel estatal, máxime cuando Molina Foix ha estado toda su vida y está, ejerciendo de ilicitano divulgando el nombre y la imagen de nuestra ciudad en artículos, viajes y proyectos como teatro o cine. La trascendencia del premio no radica en esos 15.000 euros de dotación – que le vendrán muy bien a nuestro paisano galardonado ya que a nadie le amarga un dulce y más de esa clase – sino en que es un reconocimiento público oficial del Gobierno de ámbito territorial estatal.
Molina reside en Madrid desde hace años – como otros ilicitanos, entre los que cabe destacar al periodista Vicente Verdú – aunque aprovecha para venir a su Elche natal siempre que sus compromisos se lo permiten, especialmente en fiestas de agosto. No todos los ilicitanos escritores, compañeros de fatigas literarias y periodísticas, pudimos trasladarnos a la capital del Estado ni tuvimos oportunidad de abrirnos camino y lograr la fama y el éxito como Vicente Molina Foix en Madrid. Suerte, esfuerzo, constancia, buenas relaciones y contactos o el ser un privilegiado o una excepción, el caso es que nuestro laureado paisano sigue triunfando y cosechando éxitos desde Madrid. Al Premio Nacional de Narrativa hay que sumarle el ‘Premio Salambó’ que concede desde Barcelona un grupo literario de 15 prestigiosos escritores y los galardones ‘Barral’, ‘Azorín de Novela’ y ‘Herralde’. La obra de Molina Foix, ‘El Abrecartas’, es una colección de correspondencia epistolar – cartas muy personales – entre Federico García Lorca y un amigo de la infancia, quienes repasan la historia de España en el siglo XX con una mezcla de personajes reales y ficticios, héroes y antihéroes que Molina homenajea en un permanente juego de espejos. Para el autor no se trata de una novela histórica, sino que la historia es un personaje más, que con su trazado va marcando la vida de las personas a las que se sigue a lo largo de las páginas del libro como los célebres escritores Vicente Aleixandre, Miguel Hernández – cuya vida y muerte trágica ocupan un importante episodio -, Eugenio D´Ors, María Teresa León, Rafael Alberti, José María Castellet y la ficticia Setefilla Romero. ‘El Abrecartas’ entrecruza la historia reciente de España con las historias privadas de todo tipo de personajes como novela coral cuyo mayor acierto es la fusión de la realidad con la ficción, su gran apuesta y su mayor mérito. Enhorabuena a Molina Foix por el premio. Les invito a que lean ‘El Abrecartas’ y juzguen…
Josep Esteve Rico Sogorb
Escritor, blogger y periodista (articulista-columnista)
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Adagio. Por Isidro R. Ayestarán

Hoy no vengo hacia Ti para rezarte, sino para contarte la profunda herida que yace en mi alma. Sólo te pido que no me cierres las puertas de tu morada, que no me alejes de tu lado ni mires hacia otra parte únicamente porque no me comporté como debí hacerlo… Te lo pido porque eres Tú el único con quien puedo charlar en estos momentos. Mi único aliento. El brazo donde reconfortar el terrible desconsuelo de mi corazón… Por eso te pido que me escuches…
Tengo un hijo que se llama Alberto, aunque eso ya debes saberlo. Que de crío éramos felices, que nos reíamos mucho estando juntos y que yo le veía crecer con orgullo de padre sabiendo que algún día sería un hombre de provecho…
Hace unos meses me confesó sus sentimientos hacia otro chico y yo, escandalizado y profundamente decepcionado, lo eché de casa, de mi vida, y de mi mundo. Y él, con lágrimas en los ojos, salió del hogar dando un portazo terrible que presagiaba un punto final perenne. Pero no fue el único que derramó una lágrima.
¿Qué hacer? Desde entonces no he vuelto a verle pese a que he estado tentado a ir a la calle donde vive con su novio para, aunque fuera por unos segundos, verle a distancia, saber que sigue bien, que tiene buen aspecto y que, a pesar de mi repulsa por aceptar su forma de ser, sigue sabiendo lo que es pintar una sonrisa en su rostro, en esa carita tan párvula aún y ya tan humillada por continuos rechazos, como el de su propio padre.
Dime, pues, cómo debo comportarme. Mis días ya no tienen sentido porque siento que me falta una parte importante para reanudar el camino que un día inicié de la mano de mi niño… Soy consciente de los valores que yo aprendí de mi progenitor y que esos mismos ideales, considerándolos los únicos válidos en la vida, debía transmitírselos también a él. Eso me enseñaron tus ministros, tus representantes, tus estandartes…
Pero ahora quiero hablar cara a cara contigo, sin intermediarios ni terceros que confundan mi angustia y mi temor por perder a mi chico para siempre… ¿Y si fueran ellos los que están equivocados? ¿Y si fuera de verdad que el amor es lo único que importa en este mundo y que mi niño tiene todo el derecho a enamorarse de quien le haga realmente feliz?
Te lo pregunto, porque desde hace días siento la necesidad de ir a buscarle, de estrecharle entre mis brazos, comerle a besos y decirle que no me importa con quien esté, con quien viva y a quien ame. El es mi chico, mi Berto, el niño al que acunaba de pequeño y a quien enseñé a meter goles entre los palos de la portería de la cancha del barrio…
Don Nicanor me dice que Alberto eligió un camino lejos de Dios y que tiene que asumir su error… Pero dime Tú hacia dónde debo mirar en estos momentos, porque mis sentimientos y mi amor de padre miran hacia donde se encuentra él…
No te preocupes por no darme una respuesta inmediata. Yo seguiré viniendo todos los días a encenderte una vela. El calor que ella desprende se parece tanto a las sonrisas que mi niño me regalaba cada mañana…

© Isidro R. Ayestarán, 2007
www.isidrorayestaran.blogspot.com – NOCTURNOS
ARRABAL. Por Isidro R. Ayestarán

No quieres despertarme. En silencio, vas recogiendo tus cosas, te vas vistiendo lentamente, como queriendo dar a entender que no tienes prisa por volver a una vida que te ha desfigurado por completo. Una vida, mala vida de arrabal, a la que llegaste muy joven tras haberte saltado la infancia que toda niña debe tener.
Yo sigo dormido al otro lado de la cama. En realidad, me dormí enseguida, tras haber vertido en tu cuerpo abandonado mi esencia y el ímpetu de una vida dedicada al trabajo duro, también desde muy joven.
Creo recordar que me dijiste que tenías tres hijos a los que cuidaba su abuela mientras te dedicabas a ganar algún dinero para llevar al hogar; que el padre de esas criaturas murió en la cárcel, donde dio a parar tras haberse dedicado plenamente no sólo a machacarte, sino también a traficar con estupefacientes llevándose consigo al mayor de tus hijos… Sí, me lo contaste mientras viajábamos, fundidos en un solo cuerpo, lejos de la habitación del hotelucho al que me trajiste.
Yo apenas te conté mi vida. Tampoco da para mucho, la verdad… Y creo que no llegamos siquiera a decirnos nuestros nombres. Aunque eso ya es lo de menos. Con mirarnos a los ojos, sabíamos que la fragilidad de cada uno era una constante que se volvería a dar en el instante en que repitiéramos en algún otro encuentro furtivo. Otro de tantos…
Ahora, mientras la luz del amanecer se filtra a través de la persiana de nuestra habitación, tras haberte vestido, respiras el aroma de las caricias y los besos que te di horas antes. Y asientes tristemente con la mirada. Todos olemos igual, piensas. Todos llevamos el mismo aroma de fracaso impregnado en nuestra piel.
Te levantas de la cama, me tapas con la sábana para cubrir mi cuerpo desnudo, y tras una última mirada, recoges el dinero que te dejé sobre la mesita de noche. Lo guardas celosamente en tu bolsa de aseo y sales de la habitación sin hacer ruido. Con esa misma intensidad con que las que son como tú, caminan por la vida.
Su mala vida de arrabal.

© Isidro R. Ayestarán, 2007
www.isidrorayestaran.blogspot.com – NOCTURNOS
