La lluvia. Por Amanecer


De repente se ha puesto a llover, como tú dijiste que lo haría ¿ recuerdas?.
Mientras veía caer las gotas, mientras las veía mojar mi cristal no he podido menos
que recordarte. Mis ojos se ha perdido entre las nubes buscando…¿ quien sabe?. Y
allí, entre aquellas grises nubes estaba nuestro bar. Nuestro bar, las dos copas, tu
inseparable cigarro, tus manos dando forma a aquellas pajaritas con las que dabas
vida a las servilletas, mis preguntas, tus respuestas, nuestros miedos…
He recordado cuando me dijiste que para ti la lluvia siempre era una señal de
esperanza, de ánimo, de aliento. Me contaste que le lluvia siempre viene para
limpiar. Que cuando la veías caer pensabas que esas gotas, sin duda, venían a
llevarse algo de tu vida, de tus días. Algo que te preocupaba, que te incomodaba,
algo que te impedía sonreír. Con esa tímida sonrisa tan tuya. Que te encantaba
mojarte con la lluvia, que para ti era algo así como purificarte…Que renacías. Por
eso nunca usabas paraguas.
Me contagiaste esa afición tuya a la lluvia, hiciste que me enamorara de ella, como
de otras tantas cosas que aprendí a ver a través de tus ojos. A día de hoy sigo
enamorada de la lluvia, sigo disfrutando con su tacto.

¿Y tú?. La ultima vez que te vi, ambos estábamos en un bar. Te vi entre aquel mar de
caras al fondo del local pero mientras yo me acercaba a ti , tú te dirigías a la
salida, dispuesto sin duda a irte. Te alcance en la puerta , un hola, un beso, unas
preguntas rápidas…Apenas me dirigiste unas animosas frases que contradecían lo
oscuro que vi en tus ojos. Fuera llovía, y así te lo indique brindándote un guiño
cómplice. Tu asentiste, musitaste una disculpa y saliste a la calle…Abriendo un
enorme paraguas.

Amigo mío…no he vuelto a saber de ti. Pero hoy la lluvia me ha traído tu recuerdo.
Y me he encontrado deseando que en este instante estés en la calle, mojándote.
Limpiándote, purificándote. ¿ Cuando dejaste de amar la lluvia?

Amanecer

Feria de Frankfurt: en el interior de la Babel de Papel. Por María José Rosete


Ha pasado un año desde que una amiga descubri ó un anuncio de Maghenta buscando autores noveles.Un a ño de descubrimientos: la ilusió n de publicar, la de conocer otros autores, la de descubrir la novela en estanterí as y escaparates, la ayuda prestada por los medios de comunicació n y por personas de otros ámbitos sin conocerme y las opiniones de las personas que ya han le ído «Sombras en el coraz ón».
Y ahora la visita con la editorial a la Feria del Libro de Frankfurt.
Es la primera vez que asisto a una feria de estas características, y conociendo la fama que la precede, confieso haber esperado con impaciencia estos días. Diez pabellones conforman dos kilómetros y medio de creatividad expuesta a los ojos de los visitantes.

Todo el proceso implicado en la creación de un libro se puede encontrar en la feria; los impresores, que lo proveen de cuerpo dándole el papel de distintos gramages; los diseñadores gráficos de las portadas y contraportadas, que le proporcionan el vestido; los escritores hablando de sus experiencias y sus obras; las editoriales encargadas de publicarlas; los agentes literarios, puente entre el autor y las editoriales; los distribuidores, encargados de la logística; los medios de comunicación, expertos en la difusión; los traductores, portadores de la varita mágica de la comprensión lingüística; y , por último, el sábado y el domingo, los lectores, para quienes en realidad es todo este despliegue de medios y circunstancias.

Los lectores (entre los que activamente me incluyo), son al fin y al cabo los que deciden si el libro llegará a la pubertad o si tendrá la suerte de envejecer acompañando a varias generaciones.

La mayor aventura de un libro al transformarse desde el pensamiento a la materia, es recorrer el mayor número de manos dispuestas a atravesar sus páginas con deleite.

En los stands, la actividad es muchas veces frenética según la hora; intercambio de catálogos, citas concertadas, nuevos clientes, y el deseo en la mente de todos de encontrar ese libro nuevo, esa buena historia esperando ser descubierta.
Diálogos de esgrima con el brillo de acero en los ojos entre los agentes literarios y los vendedores de historias, forjando el destino de las novelas.
De la enorme cantidad de libros ofertados, no todos tendrán la oportunidad de llegar a nuestros ojos.
Esto da lugar a motivo de reflexión
Y el descubrimiento de los libros como expresión viva, como mestizaje compartido, una formula de entender la vida; dialogo abierto entre mentes que la mayoría de las veces solo difieren en la estructura, pero no en la forma de ver las cosas y sobre todo de ser.

María José Rosete

Hace días que no te encuentro. Por Amanecer


Hace días que no te encuentro, que apenas te siento junto a mí, como una brisa que apenas me roza. Esta mañana he ido en tu búsqueda a esa ciudad en la cual te conocí. ¿Cuanto hace de aquellos? ¿Tanto? Si, seguro que sí. Llevas tanto tiempo en mi vida, que ya ves…
He recorrido esas calles buscándote en cada rincón. En cada sombra que deja el sol en las esquinas, esas sombras que nos refugiaban del sol infernal del verano. En cada portal donde se ocultan los amantes, y donde nos escondíamos para contarte mis confidencias. En el susurro del viento entre los tejados, esos tejados a los que trepábamos para ir a mundos nuevos. En la tenue luz de las solitarias farolas que desprenden una claridad que a veces daña, pero que nos iluminó mil juegos que inventabas para mí. Y no te he encontrado.
La villa me ha cantado tu ausencia, mezclada con el rumor de las fuentes en las cuales tú me enseñaste a escuchar músicas creadas solo para nuestros oídos. Y me he sentido sola, muy sola. Mis labios se han abierto intentando emitir una llamada, pero solo han exhalado un suspiro, sabedores de que siempre que viniste a mi encuentro fue por tu voluntad. No porque yo te llamara. He intentado volver a ese mundo idílico que siempre sabías ponerme ante los ojos. Pero sin ti, sin tu fuerza, sin tu animo, sin tu aliento, me es imposible encontrar el camino. Sin tu sabia mano para guiarme solo hay brumas.
Ignoro porque te has alejado de mí estos días. O acaso me he distanciado yo, empujada por esta tibia rutina que sabes que aborrezco. No sé si has sido tú o yo quien ha puesto este muro de distancia. ¿Acaso importa? No sé. Yo solo quiero volver a encontrarte. Quiero que vuelvas a reflejarte en mis ojos, hoy algo apagados por no saberte. Quiero que tu calida presencia dé calor a mi alma, que está helada de no poder refugiarse en ti. Quiero que me brindes la pizca de locura que solo tú sabes darme y que tantas veces me rescató del naufragio en días de tormenta.
Si me lees, si me escuchas, si me presientes, regresa. Porque este mundo sin ti, amiga Fantasía, se me esta haciendo insoportable.
P.D. A la Fantasía, sin la cual yo no sería capaz de avanzar

Firmado Amanecer

Los cromos de la discordia. Por Toño Rodríguez


J. mira sereno pero estoico, con la barbilla elevada igual que un faraón de alguna colección egipcia inacabada, probablemente comenzada en una época de paso como septiembre o enero, mira (decía), al nuevo subarrendador del quiosco de la esquina, ésa donde confluyen tres líneas eléctricas, cuatro tuberías de saneamiento y algún que otro semáforo. La mirada de J., desafiante aunque honesta, se mueve mientras que su propio cuerpo se mueve también, por iniciativa de una fuerza extraña que le hace alejarse de ese quiosco totémico, a lo largo de la acera levantada y de nuevo tapada por las últimas obras en la ciudad. La mirada se mueve para mantenerse inprimada sobre la mirada del quiosquero, que también le mira ahora como diciendo yo-no-puedo-hacer-nada-más, mientras el padre, de paternidad reprogramada, desintoxicada, reclasificada como no conflictiva, se repite a sí mismo ‘debes decir no’ una y otra vez, una y otra vez. J. compara en este mismo momento, en el que su padre se cruza y esquiva el hombro de alguien que ha amado y odiado en la misma semana y habitación de hotel, compara (decía), la altivez de su cabeza con la fuerza que ha secuestrado sus movimientos, para después echarse a llorar, como si su destino fuese un motor de compresión impulsando el circuito de sus lágrimas.
Los cromos de la discordia son de marca-imagen Panini, ahora aglutinada en el holding de Marvel Entertainment Group, en este momento exacto participado por inversiones privadas, tan privadas que no han de aparecer en el presente folleto.
Stoichkov no ha aparecido en ninguno de los tres sobres que el padre ha comprado a J., en serie no repetida de sensaciones de alegría-condescendencia-arrepentimiento en el quiosco totémico de la esquina concurrida.
V. sí ha visto pasar por la mesa de formica esmaltada de su despacho varias veces la tez tensa y oscura del carismático jugador. Suponemos, solamente por otorgar un grado-red al microrrelato, por intentar colocar entre las orejas del ávido lector una fórmula matemática inviable por compleja, que una de esas tuberías comunica, pongamos, el quiosco y la oficina de V. Más sencillo parece, sin embargo, conectar ambos puntos de la megalítica y horriblemente distribuida ciudad mediante un camión de reparto contratado por Marvel Entertainment Group, que puntualmente martes y viernes, deja nuevo material de coleccionismo moderno en esa y otras esquinas, con quiosco incluido.
En su despacho V. selecciona y maqueta cromos de la colección de la temporada 1992-1993 de la Liga de Fútbol Profesional. Observa los datos de demanda elaborados por él mismo semanas atrás, justo dos meses después de la primera distribución de la colección, en colegios y parques de la zona, que lo llevan a un nuevo resultado del análisis matemático concreto que alterará las proporciones de cromos en circulación, para supravalorar los tres ejemplares con el rostro agitanado aunque casi plástico de Stoichkov que V. guarda bajo su mesa, y que podrá intercambiar en trueque por prácticamente lo que desee un martes o viernes cualquiera, en un patio o parque cualquiera, después de que el azar haya cumplido con su cruel trabajo y los ojos de J. y sus enemigos en la lucha por el cromo creen un vínculo indestructible, de una sustancia entre metálica y gelatinosa cual médula ósea urbana, que atará por la cintura y la entrepierna a todos los niños con el hombre que los visita con cromos, al trabajador del quiosco y a todos los padres ciegos de serenidad, y que rodeará el quiosco totémico una y otra vez, una y otra vez hasta impedir que abra y provocar que no pueda competir con los grandes quioscos de la plaza, mientras que J., ya hecho hombre y apostado en una cola infinita de hombres sin rostro, con la mirada perdida y un fajo de formularios a modo de nuevos cromos entre los brazos cruzados, esboza una sonrisa cuando recuerda la visión onírica del cromo de Stoichkov tocando su mano, otorgándole una fuente de luz que eliminaba sus entrañas y extremidades, haciéndole volar por encima de los cúmulos y perder la referencia del horizonte, un cohete de luz hacia el cielo, un cromo supersónico sin billete de vuelta, un trampolín hacia el superhombre de Nietzsche, en resumen: una fotografía de su espíritu que le llevó donde ningún hombre, incluido él mismo, volvería a estar jamás.

©Toño Rodríguez