Valencia en Blanco y Negro. Por Julio Cob Tortajada

Sucedía en la Baja Edad Media, en los años en que los monarcas hispanos andaban a trompazo limpio cosa frecuente entre los reinos cristianos de entonces, ambiciosos como eran por ampliar sus dominios. No obstante, lo que más les unía era su afán de combatir al invasor moro, tal y como sucedió en Navas de Tolosa, allá por el año doce doce. Cuando no era el uno, lo era el otro, y siempre andaban a la greña utilizando todo tipo de estrategias sin despreciar la de los enlaces matrimoniales, a la que tantas veces recurrieron utilizando a sus hijos, aquellos de los cristianos reyes.

Pedro el Ceremonioso, el rey segundo de Valencia y cuarto de Aragón, amuralló la ciudad de Valencia para defenderse de Pedro de Castilla, al que unos llamaban el cruel y otros el justiciero. Y se lió la “guerra de los dos Pedros”, y que a su término, el monarca aragonés considerara a Valencia como dos veces leal. Ello, no fue óbice para que el Ceremonioso ayudara a Enrique, “el de las mercedes” -el bastardo que luchó contra su propio hermano el Rey deseoso por robarle la corona- en el destronamiento de su hermanastro, lo que posibilitó la entrada de los Trastámara en Castilla y años después también en Aragón, según se acordó en Caspe en ocasión de inteligente lance, y que pasó a la historia como el famoso Compromiso que lleva su nombre. Un Trastámara magnánimo, Alfonso, dio los mejores logros a la Corona de Aragón, gracias a la fuerza económica de Valencia y su Siglo de Oro, por lo que quedó enormemente agradecido a nuestra ciudad, cuyos presentes están patentes en el interior de nuestra Catedral.

De la Valencia amurallada y por una de sus puertas –no sabemos por cuál de ellas- el humanista Luis Vives huyó a Brujas, cuando pintaban bastos y las cosas no las tenía muy claras. También los moriscos tomaron las de Villadiego en contra de su voluntad, pero en este caso, sin la necesidad de franquear las murallas porque su lugar de trabajo estaba en la huerta, allende de ellas. Era el tiempo en que el italiano Antonio Manceli dibujó para la posteridad el plano de Valencia, como antes lo hiciera el flamenco Anton van der Wyngaerde, dibujo éste hecho por encargo de Felipe II, a quien llamaban el prudente.

Y que un siglo después también lo hiciera el “capellá de les ralletes”, Vicente Tosca, quien recorriendo todas las retículas de la ciudad desde la calle de Serranos donde sus ojos vieron la luz por vez primera, plasmó su plano enrocado en las murallas, las que sin duda le daban facilidad para su pertinaz tarea. Gracias a su trabajo, se rescataron a la posteridad sus calles estrechas, sus viejos conventos e iglesias, muchos de ellos desaparecidos. Plano que tanto nos iba a ayudar hoy en día para conocer mejor nuestra ciudad, la de aquellos años de entonces.

La murallas resistieron al francés invasor en su primera intentona, pero cuando años más tarde la industria de la seda entró en crisis, ahora diríamos desaceleración, a falta de subsidios de paro y prestaciones por desempleo, Cirilo Amorós, el munícipe, se decidió a pedir permiso a su reina Isabel II para derribar las murallas, las que ya asfixiaban a la ciudad. Y con ello, procurar los necesarios jornales para la mucha gente en paro que angustiada existía.

Valencia abierta entonces, necesitó de más puentes, pues sólo existían hasta entonces los que daban frente a sus puertas; y con ellos y a ellos gracias, fue creciendo la ciudad. El ferrocarril, el Ensanche, las nuevas grandes vías, su paseo Valencia al Mar: al que ser quiere llegar aunque sea a paso lento, la América Caps y la Formula Uno. Todo un siglo y medio en el que el encanto del blanco y negro es vencido por la magia del color, la que con la máquina digital crea sus mejores encuadres.

Pero todo esto no tiene ningún valor si en nuestra prepotencia olvidamos lo que fuimos, tiempos del que sólo el blanco y negro da su mejor testimonio: el mayor de nuestros legados y del que debemos disfrutar.

“Valencia en blanco y negro” es una muralla abierta circunscrita en este Blog. Pero que se ofrece desprendida a quienes gusten de ello, al igual, que también abierta a cualquier colaboración, por lo que les quedara siempre agradecida. Nace cuando se cumplen dos años desde que empezara su andadura “el bloc de jotacob”, celebrado ahora como cualquier festejo de un cumpleaños feliz y con la ilusión de que sean muchos en los que pueda seguir creciendo.

Julio Cob Tortajada

http://elblocdejota.blogspot.com
Valencia en Blanco y Negro- Blog

El Espíritu Eterno de Elena Jiménez. Por Rafa Boixch

De metáforas está el mundo servido así que holga decir que navegaba en internet cuando tropecé con el objeto virtual de marras. La cuestión es que topé con uno de estos fenómenos que, sin llegar a ser mediáticos puros ni inducidos bajo repetición imposible por los medios de comunicación, arrastraba un largo historial de visitas y enlaces en el todopoderoso y omnipresente Google. Allí estaba, esperándome en http://www.elespiritueterno.es, la web oficial que ofrecía copias gratuitas de un desconocido libro para mí hasta ese momento. Para mi sorpresa se bajó un ejecutable en mi ordenador la mar de mono que resultó caducar en pocas semanas casi sin previo aviso y que me dejó el amargo sabor de la miel en los labios de lo que sabes perdido justo cuando ya no puedes hacer nada.
Una trepidante Marina Mun, pianista que deleita no solo con su virtuosismo sino con su belleza. Un despiadado Erich Kennen que resulta ser el producto individual de una psicología social decadente y errónea, sin la maldad retorcida que conlleva. Un Françoise reprimido, una Deray dicharachera, Picasso más humano y divertido que nunca, Cocó Chanel vista desde los ojos de la digna indignación… Y un trasfondo extraordinariamente detallista marcado por la Guerra Civil Española y la II Guerra Mundial, acabalando con las últimas esperanzas de muchas personas en esa época.
Lo que más me ha llamado la atención de esta lectura inconclusa que pienso terminar es que está enfocado para el entrenamiento de la comprensión lectora en adolescentes a partir de 16 años: bienvenidas sean todas las propuestas en estos términos porque falta hace al mirar atrás y ver las generaciones de estudiantes que me siguen víctimas del fluctuante sistema educativo de este país.

Rafa Boixch

Más tareas cotidianas.(Para toda la semana). Por Mercedes Martín Alfaya

Recoger nuestras lágrimas y devolverlas a los ojos.

Sacar de paseo a la tristeza.

Conversar con la distancia.

Recuperar el olvido.

Plantar historias en los caminos despoblados.

Acompañar al silencio.

Jugar con las palabras.

Hacer pompas de jabón con las palabras que nos hieren.

Recuperar el universo prodigioso que habitaba en la niñez.

Pintar corazones en la corteza de los árboles.

No coleccionar hojas del almanaque.

Desayunar con la vida.

Añadir puntos y aparte a los enfados.

Tumbarse sobre alfombras de amapolas.

Hacer cosquillas a la nostalgia.

Dejar que las nubes se posen en los ojos.

Guiñar a las estrellas.

Esperar los días en la ventana con una flor entre los dientes.

Dormir con los sueños abiertos.

Limpiar de vez en cuando los faros de mirar el mundo.

Escurrir la envidia.

Llamar al amor por su nombre.

Dejar que la lluvia se descuelgue en los tejados.

Pensar lo que se dice antes de decir lo que se piensa.

Frotarse la lengua con miel.

Memorizar el nombre de la gente que nos hace reír.

Hablar bajito.

Mira el mundo como si fuera nuevo.

Morirse sólo de la risa.

Volver a intentarlo.

Mercedes Martín Alfaya
(www.tallerliterario.net)

¿Por qué llamar castellano al español? (3) Por Santiago Tracon

La situación actual de desconcierto y conflicto entre el español y las otras lenguas de España (catalán, vasco y gallego), denunciado en el “Manifiesto por la lengua común”, empezó hace más de treinta años, y tiene su origen en una dejación política, fruto de los pactos forzados de la transición democrática. Se inició con Suárez, y luego siguió Felipe González, Aznar (tuvo ocho años para reorientarlo) y ahora Zapatero. Ningún gobierno ha querido analizar seriamente el problema (siempre negado) y buscar una solución plenamente democrática. Unos han pensado que el tiempo todo lo arreglará; otros que el remedio puede ser ya peor que la enfermedad. Lo cierto es que no es fácil encarar el problema, pero lo primero es reconocerlo y analizarlo. Sin embargo, no se hace. ¿Por qué? ¿Por qué no se puede hablar con libertad sobre el tema? Este hecho es ya de por sí un síntoma de que algo pasa.

Conozco especialmente la situación de Cataluña (vivé en Barcelona más diez años), y Pujol ha sido, sin duda, el verdadero artífice de una estrategia fríamente calculada, a la que Tarradellas, como se sabe, se opuso pero no pudo evitar. Claudicó Suárez (el mayor escándalo fue el caso “Banca Catalana”, algo que ninguna democracia debiera haber tolerado) y en ese momento unos cuantos intentamos llamar la atención sobre lo que ya entonces empezaba a repugnar a cualquier demócrata: que se impulsara el uso oficial del catalán con métodos de exclusión e imposición. Redacté entonces (1981) un Manifiesto que se acabó conociendo como el “los 2.300”, pues lo hicimos público al obtener ese número de firmas. Su contenido básico venía enunciado en el título, “Por la igualdad de derechos lingüísticos en Cataluña”, y defendíamos fundamentalmente dos cosas: el derecho a la enseñanza en español para los padres que lo desearan, así como el bilingüismo oficial y efectivo en el ámbito de la administración pública. Nada contra el catalán, nada contra la enseñanza en catalán, nada contra el nacionalismo, nada contra nada ni contra nadie. La respuesta fue un torrente de insultos, amenazas y el rebrote del terrorismo de Terra Lluire, con atentados incluidos. Algún día contaré esa triste historia.

Hoy vuelve la historia con este otro Manifiesto (antes, Ciutadans/Ciudadanos, y cientos de plataformas intentando lo mismo). ¿Se puede seguir acusándonos a todos de fascistas, lerrouxistas, imperialistas, etc.? Es tan estúpido y falso como aquello de “rojos” y “masones”.

Pero dejemos el lado político del asunto y centrémonos en el sociológico y psicológico, que es sobre el que a mí más me interesa reflexionar.

Sociológicamente, en Cataluña no ha habido hasta ahora ningún problema real de convivencia entre el español y el catalán. Salvo minorías radicalizadas, la mayoría comprende que no vale la pena ningún enfrentamiento por motivos lingüísticos, que afectaría a un tejido complejo y muy extenso de relaciones sociales, familiares, económicas y de todo tipo, urdidas durante varias generaciones. La mayoría, además, no rechaza el aprendizaje del catalán, ni que sus hijos aprendan bien esta lengua, ya que la consideran, entre otras cosas, un medio útil para asegurar su futuro laboral.

Si esto es así, ¿por qué el nacionalismo se ha vuelto tan intransigente en la inmersión lingüística y la imposición del monolingüismo? Sin indagar en otras causas, voy a aventurar una que resultará escandalosa para algunos: porque los nacionalistas no confían en su propia lengua. No confían en la capacidad de su propia lengua, el catalán, para atraer a los hablantes del español hacia su uso espontáneo, coloquial y cotidiano. Y es precisamente esto lo que ellos quieren y necesitan: que el medio lingüístico dominante y mayoritario sea catalán, que “se pueda vivir y sentir en catalán”, como dicen. Adelanto, para que se entienda bien mi postura, que yo entiendo perfectamente este problema psicológico y sociolingüístico, que no lo desprecio en absoluto, y que no me parece ni artificial ni secundario. El problema está en buscar una solución antidemocrática y en falso. Me explicaré otro día.


(Foto: R. Esteban)
Santiago Tracon – Blog

MUJER EN EL ESPEJO. Por Cecilia Prado

Fugaz se vistió la dama, de rostro oval en el espejo. Yo apenas cogí tiempo de voltearme y atisbar la fina tela gris que subía por el blanco de su espalda.

La conocí de frente, con su vestido gris arremolinándose a sus piernas con el viento, caminando hacia a mi o hacia ninguno. Pero sucede que su rostro oval reflejado en el espejo cerraba los párpados. Y entonces el vestido fino resbalaba en la insensatez de nuestras mentes, y nos dejaba entrever su cuerpo como un cisne blanco asesinado en la mitad de la noche. No era lo que se dijera una realidad lisa y llana, como quién diría. Soñábamos con las puntas de los dedos estirados como besos, como garras que horadaran la tierra, como estrellas palpitantes de estertores.

Pero para que nadie piense mal y se me entienda, relataré todo tal y como fue desde el principio. Yo estaba tendida con los pies desvelados por la fiebre (era el comienzo de la infamia). La dama oval acercó su espejo de muñeca distraída y los dos se miraron riéndose, como si les picara la avispa de la risa. Luego mis calcetines de colegiala aplicada se salieron cual dos guantes y los dedos de mis pies tintinearon, desafinados de frío, como un piano desdentado.

Entonces me levanté para no verla porque consideraba impropio dirigirse a una mujer sin rostro. Ella, intuyendo mi premeditado desdén, comenzó a golpear el piso con sus firmes zapatos de tacón. No me volví. Continué escuchando a través de la ventana el tierno canto de los corazones desbocados. Era un canto arriesgado y monótono que de a ratos se acercaba mucho al zapateo de la diva.

Me giré para sorprenderla y arruinarle de una vez todos sus planes pero ella me soltó, desvergonzada y tranquila, que si quería ser una artista de verdad, debía intentar no ser tan previsora.
Luego se recostó en mi lecho de espaldas a mi y una sombra oscura se esbozó en el muro. Ví su brazo estirarse por arriba de mi cuerpo y alcanzar una delicada campanilla de luz. De la otra mano y a la altura del cuello sostenía el óvalo con adentro su cara; la cual, por una razón absolutamente misteriosa para mí, sólo se atisbaba en el espejo. Agitó varias veces el bronce y el tañido cristalino bastó para que un simun de confetis de papel se le tirara encima sedientos de sus aires.

Media hora después oía pasos que venían del pasillo. Sonaban a pequeñas gotas de lluvia golpeando contra el cristal; supe así, y gracias a acuciar mucho el oído, que mamá subía en puntillas las escaleras de mármol. Avanzaba lenta y pausadamente por la larga pendiente, sosteniendo en un plato mi impudor. No eran estos motivos infundados: parecía adivinar los febriles aleteos del pez cuando salía, igual que su muerte menguante y despaciosa.

Al cabo de unos momentos (para mí lentísimos), mamá entraba en la habitación sin llamar y destapaba triunfal la bandeja redonda; por suerte en el fondo del plato sólo había su cara que, con grandes ojos de sapo, me indagaba fisgona y desconfiada como siempre. Al parecer el pez se habría esfumado en el aire o habría simplemente desaparecido ante la absorta pregunta de todos. Yo seguía recostada en la cama y era tal el tormento que sentía por su inoportuna y maliciosa presencia, que me imaginaba un termómetro gigante atravesándome de lado a lado el corazón. Mi aciago no se hizo esperar: cuando el médico me oscultó, tosí dos veces y su cabeza giró al pronunciar la gravedad del asunto. Yo me sentía feliz en mi desdicha y no entendía muy bien por qué tanto alboroto. (para todo esto de la dama oval ni rastro)

Mis hermanas subieron de prisa al presentir la desgracia y con cuerpos inclinados se probaron mis vestidos. –Mejor –pensé –que se los lleven todos. ¿para qué los quiero? Mi cabello se ha vuelto blanco nieve y mi cuerpo joven y esbelto ha envejecido cien años de tristeza. . Ilda la más avispada de las tres, se rozó unas gotitas de perfume en las orejas que se le quedaron azuladas como flores. Las dos murmuraban en voz baja y sonreían como ajenas, sólo el médico se apiadaba de mi cuerpo con sus manos pesadas e insistentes. –¿Siente algo, aquí?, ¿Siente algo, aquí? –me preguntaba. Yo seguía quieta y muda asustada por tanto devaneo y me dejaba hacer. Con un ojo custodiaba a mis hermanas, con el otro miraba la pared oscura y sentía una grandísima tristeza. Esperaba con ansias enfermizas la llegada de la dama oval y ya no reparaba en el eclipse de su rostro.

De pronto la mano del doctor se estiró más de la cuenta, introduciéndose en la blanda herida y por un segundo temí partirme en dos. De la roja puerta saltó el delgado pez que se quedó largo rato palpitando convulso ante la triunfal vista de todos, hasta que al fin cesó. ¡Nada! Lo dicho: nada. Al coger el espejo en mis manos descubrí con asombro y horror, que había perdido la cabeza.

©Cecilia Prado
Foto:»LA INICIACIÓN» ÓLEO SOBRE LIENZO (0.97 m. x 0.70 m.) Cecilia Prado

CREPUSCULOS. Por Isidro R. Ayestarán

Cuenta la leyenda, que el príncipe del amor, mientras aguardaba a su princesa, le cantaba por la noche a las estrellas. Sólo así, su luz le guiaría por el sendero que llevaba hasta su alcoba…

Con este poético preludio, presento CREPUSCULOS, una metáfora sobre la soledad y el amor encarnada en once personajes que navegan a la deriva por las calles de la ciudad, entre imágenes envolventes de decadencia y deseos de un mundo mejor.

«Where the streets have no name», interpretada por U2, pone banda sonora a mis imágenes.

© Isidro R. Ayestarán, 2008
NOCTURNOS www.isidrorayestaran.blogspot.com

¿Por qué llamar castellano al español? (2) Por Santiago Tracon

Los nacionalistas dicen: español no, porque eso supone excluir a las otras lenguas (catalán, vasco, gallego), que también son españolas. A primera vista parece un argumento muy integrador, acorde con eso de la España plural. Pero veamos:

1) Resulta sospechoso que quienes basan toda su acción política en diferenciarse lingüísticamente de España reivindiquen que su lengua es también española. Parece que aquí hay gato encerrado.
2) Resulta incoherente reivindicar en este caso un adjetivo cuando se niega el sustantivo, España, cuyo término se ha sustituido por el de “estado español” hasta en contextos inverosímiles.
3) ¿Por qué se supone que llamar español a nuestra lengua es negar algo a las otras lenguas, excluirlas o no considerarlas? Al decir español yo no voy en contra de nada ni de nadie, sino que trato de usar la palabra más apropiada para referirme a un hecho, una realidad lingüística al margen de toda connotación política o ideológica. Presuponer lo contrario es un ejercicio malévolo o paranoico.

Enfoquémoslo desde el otro lado. ¿Hay alguna razón de peso para llamar castellano al español? ¿Porque nació en Castilla? Veamos de nuevo:

1) Todas las lenguas han surgido en zonas geográficas concretas. Unas pocas, por razones históricas, lingüísticas y políticas (todo a la vez, no por una sola razón) iniciaron un desarrollo que dejó atrás su origen territorial para extenderse y hasta universalizarse, convirtiéndose en un idioma nacional o transnacional. El español surgió del castellano, pero muy pronto se convirtió en la lengua de la mayoría de los hablantes de la nación-estado llamada España. Es un hecho, no un supuesto. Este hecho llevó consigo la desaparición natural de unas lenguas y la pervivencia también natural de otras. Y lo mismo que aquí en todo el mundo, y a lo largo de toda la historia, desde el latín al francés o el alemán.
2) La mayoría de estas lenguas, al convertirse en nacionales, pierden su nombre originario para asumir la nueva realidad lingüística. El francés no se llama franciano ni parisino, ni el italiano toscano, ni el catalán barcelonés. ¿Por qué ir contra la historia y la realidad y llamar castellano al español?
3) Volvemos a las razones políticas. Para defender su lengua, los nacionalistas se ven empujados a diferenciarse del español, a limitarlo, a reducir su dimensión territorial y su importancia lingüística, cultural y política. Necesitan también, y consecuentemente, deslegitimarlo, desprestigiarlo como lengua común, útil y también necesaria para la cohesión política de España. Si le llamamos castellano estamos diciendo, de paso, que no es la lengua de Cataluña, ni la de Galicia, ni la del País Vasco, etc. y que, por tanto, no existe una lengua común, sino simplemente un Estado constituido por varias naciones y que, como tal, puede dejar de serlo en cualquier momento.

Vienen a cuento todas estas reflexiones a propósito de ese “Manifiesto por la lengua común” que estos días ha vuelto a poner de relieve el lío en que nos hemos metido y nos hemos ido dejando meter, cediendo en el uso de determinadas palabras.
(Proseguiré)

Santiago Tracon – Blog