Llamada en espera. Por Isidro R. Ayestarán

Mientras duermes la resaca de la soledad

yo recorro aquel lugar por donde paseábamos juntos.

Mientras naufragas en el alcohol de mi abandono,

mi nudo en la garganta lleva tu nombre.

Mientras deambulas por tu pequeño salón,

yo voy a la deriva por esta inmensidad desértica.

Mientras te hundes en lágrimas de desamor,

yo te nombro en el silencio de mis abrazos.

Mientras te lanzas despierta a la calle,

voy a por ti a través de esta distancia.

Mientras te echo de menos,

algo crece más rápido en mi corazón.

Mientras aguardo tu llamada,

voy dictando a las nubes mi nuevo poema de amor.

Mientras compruebo que ya no llegas,

le pido al dios del viento que te lo lleve en forma de huracán.

Mientras soy yo quien llora ahora,

tú preguntas: «¿por qué me dejaste?».

Mientras me bebo esta nueva soledad,

Le pido al barman tres piedras de hielo.

Mientras se consumen…

vuelvo a nombrarte de nuevo.


© Isidro R. Ayestarán, 2008
NOCTURNOS www.isidrorayestaran.blogspot.com

Nocturna. Por Flora Isela Chacón

Subió el largo cierre de las botas y contempló su figura en el pedazo de espejo que aún pendía de la pared. Se puso unas gotas de perfume, se persignó, abrió la puerta y se entregó a la no-che. Sus pisadas resonaron seguras a mitad de la calle. Nadie podría haber dicho que moría de miedo.

Flora Isela Chacón
México

Duda moral. Por Felisa Moreno Ortega

La mujer levantó la piedra y allí la esperaba el alacrán, tratando de dominar su miedo lo cogió con las pinzas y lo depositó con sumo cuidado dentro del frasco. Después caminó en silencio ajena a la lluvia, gruesas gotas de tormenta que calaban su fino vestido veraniego. Entró en la casa y bajó al sótano. Colocó el frasco en la estantería. Decenas de botes similares albergaban criaturas de la misma especie. Esperaban un veredicto. Cloe aún tenía una duda moral. Ninguno de aquellos había sido el que inoculó el veneno en su pequeño bebé, causándole la muerte. ¿Es toda una especie responsable de los actos de un individuo?

Felisa Moreno Ortega
BLOG DE LA AUTORA

El árbol de Tobías. Por Patricia Odriozola

Lo plantó delante de su ventana para verlo siempre. En verano, sin duda, le daría algún fruto. En otoño se despeñaría en hojas ocres, amarillas. En invierno la desolación del follaje le daría paso al sol tibio y bienhechor. En primavera volvería a ser una estupenda promesa, los brazos inflamados de savia, las yemas rebosantes de un verde por venir. Las semillas caerían en la tierra y la fecundarían; el pequeño roble, en algún momento, devendría en bosque. Esa tozu-dez propia de las cosas vivas, esa manía de sobrevivir: la coordenada donde el árbol y él eran una misma existencia.

Patricia Odriozola
Estados Unidos de Norteamérica/Argentina

Descansando olímpicamente. Por Brujapiruja.

Han sido días intensos centrados en el deporte olímpico, las ceremonias de apertura y clausura, los deportistas y anécdotas de cada uno de ellos y los resultados, tantas veces inciertos pero siempre emocionantes.
El antiguo partido de 1984 de la selección de baloncesto, recordando la anterior final olímpica, descubrió a los más pequeños que triples por entonces no existian. ¡Sorpresa!

Hemos visto lágrimas, tristeza, tensión, alegría exultante, despedidas, récords imposibles, lesiones, ímpetu y miles de ilusiones pugnando por concretarse. La cara y la cruz del éxito o el fracaso, la decepción de quien se encontró a otro mejor y el reconocimiento final a los ganadores.
Nos hemos sentido cómplices (sufriendo como siempre) de esas emociones, españolas o no, del cotidiano esfuerzo jugado a una baza, miles de horas de duro entrenamiento, privaciones, desalientos y rutinas ensayadas a base de empeño, objetivos claros y metas a conseguir.

Ahora queda un pequeño vacío tras tanta cita deportiva, aunque seguiremos el tenis, la vuelta, la fórmula uno y por supuesto el futbol (Balonpie). El resto, la nueva programación no augura cambios sorprendentes, sino más de lo mismo: poca imaginación y mucha exhibición de morbo y miseria.

Bendito descanso olímpico entre el esfuerzo, el orgullo, el tesón, el compañerismo y esos valores tan “trasnochados” que nos hacen recordar que, a pesar de todo, hay un recondito lugar en cada ser humano que puede convertirlo en excepcional.

Queda ver las repeticiones… pero ya forman parte del recuerdo. Habrá que esperar a Londres 2012.

Brujapiruja

Ella es así. Por Mercedes Martín Alfaya

Mi abuela me llama “tesorillo” y me ha dicho al oído que soy un cachito de cielo, por eso estoy tan contenta en la foto.
El mes que viene cumpliré dos años y ya tengo que ir pensando en cambiar los pañales por el orinal; la cuna por la camita y el cochecito de paseo por el de San Fernando (un ratito a pie, otro andando…, y el resto en brazos). También necesito un cepillo de dientes nuevo, no porque esté usado, sino porque me compraron uno para que me familiarizara y nos hemos hecho inseparables; hasta limpio los zapatos de mi padre con él.
Dice mi abuela que como ya no pintorreo las sillas con el lápiz, ni le abro el cubo de la basura al perro para que coma lo que quiera a escondidas, pues que me hará un bonito regalo de cumpleaños; sospecho que será un cuento o algo didáctico (mi abuela es así).

No voy a hacer tarjetas fashion anunciando el evento, ni reservar sitio en ninguno de esos locales donde te montan unos cumpleaños de ensueño. Yo prefiero pasar el día en casa, con mis amiguitos, enseñarles mi cuarto y ver alguna peli de muñecos. Mi madre nos preparará una papilla de fruta, unos batidos con pajita y unos globos de colores. También podemos hacer pompas de jabón y correr tras ellas por el piso, o bajarnos al jardín de la urbanización y revolcarnos en el césped. Yo creo que no hace falta mucho para pasarlo bien. He puesto una condición a mis invitados, que no traigan regalos. Mi madre ya no sabe dónde meter tanto juguete, así es que… sería un derroche.

Bueno, voy a mirar el calendario otra vez; ya falta muy poquito. No se cumplen dos años todos los días. Dicen que nací el 10 de septiembre, a eso de las seis de la tarde y que mi abuela montó un pollo gordo porque ya habían pasado tres horas y no la habían dejado subir al “nido” para verme, mientras que otras familias sí que habían visto a sus niños. Y que, cuando asomé tras la mampara como un lechoncillo rojo e indefenso, mi abuela se besó los dedos y los pegó al cristal, mientras yo hacía mohines de queja porque todavía no me había acostumbrado al mundo. Luego, mi abuela se sonó la nariz y atravesó el pasillo en silencio con los ojos mojados. Seguro que se había resfriado, porque es muy bruta; dijo que no se movía de allí hasta que yo naciera y así lo hizo. Después de dos días enteros deambulando por los pasillos del hospital, por fin mi abuela y yo nos conocimos hace dos años (ya mismo).

texto y foto: Mercedes Martín Alfaya
(www.tallerliterario.net)

La sirena de la calle cubo. Por Isidro R. Ayestarán

Se la podía ver todas las mañanas en los aledaños de la calle Cubo, rodeada de bolsas de plástico donde llevaba todas sus pertenencias, con la mirada perdida en el recuerdo y el pasado, y un sempiterno cigarrillo en la comisura de los labios. Y silencio. Siempre rodeada de silencio.

Dicen quienes llegaron a conocerla en sus buenos tiempos, que había sido musa de un poeta torturado y decadente, maldito en sus escritos y reflejo de la tristeza de muchos… Un pigmalión oscuro cuyo único éxito había sido el haber creado al personaje por el que aquella vagabunda sería siempre recordada. «La Sirena de la calle Cubo» fue el personaje que superó a la persona, devoró a su creador, y se instaló en la memoria de los lectores taciturnos de los cafés de luces oscuras y pianola como música de fondo.

Los cinéfilos la comparaban con la gitana de «Sed de mal», la obra maestra de Welles; los más intelectuales, con la musa de Dante o del propio Leonardo; los compositores, realizaban sus nocturnos a través de los versos que ella había inspirado; los transformistas la imitaban sobre sus escenarios, ante miradas atónitas que naufragaban entre copas sucias y alientos jadeantes…

Y el recuerdo se hizo silencio con los años… anclado en la memoria de la muerte de su poeta, quien la había abandonado prometiéndole un amor eterno envuelto en mil caricias certeras a su corazón y su mirada. Un Poeta Yacente sobre la superficie de la bahía, cuyo cuerpo flotaba junto a sus últimos versos incompletos: «el mundo no me ha dejado que te demuestre lo mucho que fuiste para mí, mi aurora boreal, mi todo y mi sueño de amor, mi inspiración eterna, mi mejor poema…»

El agua que acabó con su mentor, se hizo lágrimas en lo profundo de su corazón, empapando su mirada y su voz hasta la afonía y la melancolía…

Tuvo un perrillo al que paseaba de noche por los jardines Pereda; una mirada de reojo que se escapaba hacia el paseo marítimo, y muchos gatos en su última habitación alquilada. Fue desahuciada por caseros y médicos, por amigos y admiradores que se alejaban de esa persona estrafalaria que paseaba su mundo y su escasa ropa en bolsas de plástico por toda la ciudad… Por todos menos por un nuevo poeta, que llorando un amor perdido por esos mismos jardines, reconoció en aquella mirada silenciosa a la musa por excelencia de sus versos favoritos. «Tú eres la Sirena de la calle Cubo», le dijo. «Y tú otra alma errante que camina sobre lágrimas sin sostenerse apenas» contestó ella.

Y ante dos cafés en un local de madrugada, se contaron sus vidas y sus desamores, sus escasos aciertos y sus constantes fracasos, el tiempo que hacía que un espejo no les desvolvía una sonrisa tímida o cómo el cero a la izquierda llevaba sus nombres y apellidos.

«La Sirena de la calle Cubo» murió en la cama de ese nuevo poeta, en el lado que él reservaba siempre a su recuerdo y a aquella personita especial que había desparecido recientemente de su vida. Y mientras miraba aquel rostro inerte, con los ojos abiertos aún posándose en su recuerdo y su silencio, el joven musitó unas breves palabras antes de besarla en los labios:

«Después de todo, el Cielo me está dando la razón mientras mi cuerpo se hunde en el mar de la bahía… Su luz me dice que ha entendido el inmenso amor que sentí por ti…»


© Isidro R. Ayestarán, 2008
NOCTURNOS www.isidrorayestaran.blogspot.com