Doppelgänger. De Arianna Bañuelos Zetina

La autora

Nació en la ciudad de México el 28 de junio de 1985, lugar donde ha vivido toda su vida. Actualmente, cursa su último año de estudios en la Licenciatura en Relaciones Internacionales por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey.

Su formación profesional la ha llevado a la búsqueda incesante de diversos textos y culturas, de ahí que la poesía como voz humana le resulte ser el encuentro más transparente con la historia.

Aunque ha rescatado a los contemporáneos de su país y de América Latina en particular, la poesía le parece un camino individual: primero empieza hablando el alma y después se configura la persona; en este sentido, las voces no son imitables.

La poesía como medio de expresión ha estado presente en etapas cruciales de su vida, sobre todo porque le ha acompañado a desentrañar múltiples fantasmas de su infancia. El recorrido pasado con encuentros sanguinarios y maniáticos desenlaza en sus palabras un remedio curativo y una oportunidad de resiliencia. Cuando se dió cuenta que la palabra era un don, no dejó la pluma en su soledad.

El libro.-

“Doppelgänger: El Espejo Malvado”, es el primer poemario que publico, aunque no el primero que haya osado escribir. Decidí compartir esta experiencia literaria porque, a diferencia del resto de mis obras, encontré que en sí misma lograba su cometido inicial: darle cabida a la esperanza. La búsqueda desgarradora de este camino me llevó a un lugar silencioso y obscuro, donde mi necesidad por encontrar la luz se hizo cada vez más necesaria. En esta ocasión he triunfado al evitar encontrarme con la muerte, y ésta es la única razón que puedo ofrecerle al lector.

“Doppelgänger: El Espejo Malvado”, reflejo de la traición, bipolaridad interna de todo hombre, es la representación externa de la guerra (nuestro mundo real). El término “DOPPELGÄNGER”, adoptado por el novelista Jean Paul en 1976 es adaptado en este poemario como constante de los sentimientos humanos en un ciclo anacrónico que se repite: un fantasma que únicamente promete soledad y lentamente conducirá a la auto-destrucción. A través de las voces protagónicas de un clásico: “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde “ (Stevenson, 1886) este poemario ofrece un encuentro con el ser humano en dos facetas contradictorias, que a la vez reflejan una semblanza biográfica de mi autoría. En medio de este camino, la libertad es un paradigma a resolver; resulta en un emblema de las cuestiones esenciales de la vida: contradictoriamente, “cuando mueres, comienza la vida”.

/Mi espejo interior me dice que he de cambiar / cambio / levanto los brazos al cielo / bendigo

las nubes / me marcho y sigo estando en el mismo lugar / cuando nazco muero /muero y renazco….

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¿Cuándo nos vamos a Alemania, mamá?. Por Felisa Moreno Ortega

A mi hijo Juanma, de cuatro años, le ha dado por aprenderse los colores de las diferentes banderas. Una de sus favoritas es la de Alemania. Negro, rojo y amarillo, repite contento mientras me persigue por la casa.

– Mamá, mamá, ¿cuándo nos vamos a Alemania?- pregunta por enésima vez.

-Mañana, hijo, mañana- contesto yo, como siempre.

– Vale- dice ilusionado y se marcha sin insistir.

Con una sonrisa en los labios pienso en lo fácil que es contentar a un niño. Imagino que para él mañana puede ser cualquier día del resto de su vida y por eso no se agobia, no tiene prisas. Mañana regresará con su pregunta y mi respuesta será la misma: mañana.

COLECCIÓN: COSAS DE NIÑOS
Felisa Moreno Ortega
BLOG DE LA AUTORA

Vecina. Por Coscobil Fernández

Quiero pedir perdón a todas esas personas que escriben tan maravillosamente bien, y por atreverme a ocupar un espació en éste Canal, que no merezco. Creo que algunos les hará hasta daño en la vista lo mal que hago éstos escritos.

Pero también tengo que dar las gracias a Una vecina que estoy segura que Dios o “Tú” me la pusisteis en el camino, me dio la oportunidad de poder a través de éste Canal sacar mi alma que la tengo hecha jirones . Gracias a ella ya le estoy dando algunas puntadas y algunos trozos ya están unidos.

Y sobre todo. Gracias por dejarme después de muchos años poder llorar por mi “piloto”.

Un beso muy grande “Vecina”

Coscobil Fernández

Descubriendo el mundo. Por Mercedes Martín Alfaya

En el Pingüinario de Hielo de Selwo Marina, donde trabaja mi madre, nació a finales de junio un pingüino Rey. Ella me ha contado que es muy bonito y que podré verlo cuando cumpla cuatro meses y se incorpore al resto de pingüinos. Hasta hace poco, los únicos animalitos que yo conocía, además de los perros y los gatos, eran las gallinas, los patos, los conejos y los pavos reales; los veo por las tardes cuando voy al parque de La Paloma a montarme en el tobogán. Sin embargo, ahora, he descubierto a los pingüinos que lucen muy elegantes con sus trajes de fiesta; a los delfines que bailan sobre el agua y a los leones marinos, que tienen unos bigotes grandes y aplauden cuando están contentos.
Yo creo que los delfines ya me conocen, porque cuando les tiro besitos ellos saltan del agua haciendo piruetas en el aire; luego van hasta sus cuidadores en busca de caricias.
Ya me voy enterando de cómo funciona el mundo y todas las cosas bonitas que hay en él. Por ejemplo, me gusta mucho la luna, que es una pegatina blanca que hay en el cielo y que se llama “Luna”. Y las estrellas, que son como las de la sopa pero con brillo. También, me gustan las flores, aunque todavía no distingo bien los colores, pero huelen muy bien. Y los árboles, que saludan agitando sus ramitas. Los bichitos que más me gustan son las hormigas. Las dejo pasear por mis brazos para que me hagan cosquillas y luego las llevo hasta el hormiguero para que vuelvan con su mamá. También hay cosas que no me gustan, claro, como esos bichitos que se cuelan por mi ventana y me pican en las piernas; o algunas medicinas que saben a rayos.
Por cierto, esta mañana, mi padre se ha dedicado a buscarme guardería para el invierno. Dice que ya tengo que empezar a ir al colegio para aprender las letras, como el pez que vimos en la pecera, que movía la boca diciendo: O-A, O- A. Los peces son muy listos.

texto y foto: Mercedes Martín Alfaya
(www.tallerliterario.net)

¿QUIEN TIENE LA CULPA?. Por Coscobil Fernández

Es tremendo como no dejan en paz a todas esas personas que murieron en accidente de avión y a todos sus familiares. ¿No se dan cuenta que no dejan que las heridas se vallan curando y al mismo tiempo están provocando en otras personas que se abran otras heridas que estaban cerradas? ¿No importa el sufrimiento?

Por favor dejarlos en paz y al mismo tiempo “dejarnos en paz”.

Todos los medios de comunicación lo único que les importa es saber quien tuvo la culpa. Y yo les contesto. La culpa la tiene ese maldito avión. Esas malditas máquinas que creemos hacer tan perfectas y que nos creemos que las dominamos, y eso es mentira. Las máquinas terminan ganándonos, cuando más confiados estamos.

A mí también me hicieron culpable de tú muerte, tenían que buscar una justificación y la más fácil fue atacarme sin piedad y hacerme responsable de tú accidente.

Era muy joven, demasiado para tener tantas cosas. Tenía salud, un buen físico, un hijo precioso y un marido extraordinario, el más extraordinario del mundo y yo me sentía llena de orgullo. Y eso no se me perdonó.

Uno de mis muchos fallos (Quizás por mi tremenda juventud) fue el no ocultar mi felicidad ni el orgullo que sentía por ti. Pero tenía tantas razones para admirarte. Quizás hoy con los años nadie habría notado ese sentimiento.

Eras uno de los mejores pilotos que había entonces. Eras requerido por muchos sitios porque eras el mejor en la modalidad vuelo sin visión. Cuando te llamaban para realizar éstos trabajos. Yo me sentía Orgullosa.

En alguna ocasión, estando en el aeropuerto te enterabas de alguna avioneta que se perdía entre esas tremendas montañas no dudabas en coger tú avión para salir a su encuentro y acunarlos hasta dejarlos encima de la pista, ya que les dabas más serenidad y mucha más seguridad, que las indicaciones que les podían dar desde la torre de mando. Yo corría al aeropuerto a esperarte, casi siempre regresabas cuando se ponía el sol, y tengo en la retina gravada esa imagen. El sol al fondo recortando la figura del avión y Tú bajando de él con el mismo ceremonial de siempre. Dabas un salto a tierra te llevabas la mano a tus labios y depositabas un beso en su ala y terminabas dándole un saludo militar. Con éste ritual le dabas las gracias y al mismo tiempo le demostrabas a ese avión cuanto lo querías. Yo me sentía orgullosa.

Cuando participabas en los campeonatos de acrobacia aérea, casi siempre conseguías un premio tus “tirabuzones” en el aire (como yo definía esos giros) eran los mejores y cuando te entregaban tú trofeo, yo con nuestro hijo en brazos. Le decía entre risas y besos ¡Es Papá! ¡Ha ganado! Y nuestro niño contagiado de mi alegría reía y me besaba también. Después corrías hacía nosotros y me entregabas el trofeo abrazándonos los tres y con nuestras tres caras rebosando felicidad saludabas a todos. Yo me sentía orgullosa.

Y claro ahora lo entiendo, tanta felicidad, tanta juventud, era un insulto y creo que casi rallaba en el delito y eso jamás se me ha perdonado.

Una mañana al levantarnos abrimos la ventana y vimos un día tremendamente claro con un cielo azul precioso sin una nube, y una limpieza en el aire increíble, respiramos profundo y al mismo tiempo dijimos los dos, ¡Que día tan maravilloso!, nos reímos a carcajadas por haber coincidido en la misma frase. Y te fuiste. Te fuiste a demostrarles a todos que eras el mejor piloto. Pero ese avión que tu adorabas (que hubo momentos que me hizo sentirme celosa), ese avión que tú dominabas, que según tú, formabais un equipo perfecto y que tantos momentos te hizo feliz. Esa máquina que tanta confianza te inspiraba, te traicionó y te precipitó a tierra acabando con tú vida.

Yo no tuve sicólogos para superar tú muerte, al contrarío vinieron todos, familia, amigos… todos, a decirme. TÚ TIENES LA CULPA DE SU MUERTE. Yo no daba crédito a lo que pasaba. No entendía que con el desgarro tan tremendo que yo tenía en el corazón estuviera oyendo esas cosas. Pregunté ¿Por qué? Y me contestaron. Que te alentaba con mis risas, que te daba estímulo con el orgullo que demostraba hacía ti. En definitiva que yo había provocado tú muerte. Comprendí que me hacían culpable por sentir un gran amor y gran admiración por ti, y que en ningún momento intenté disimular. Y con esos sentimientos que yo sentía, te fomentaban tus ganas de volar. No me dejaron explicarles las veces que te pedí que dejaras de volar que aunque te admiraba, sufría sobre todo cuando realizabas ciertos vuelos. No me dieron opción a defenderme, me condenaron. Y desde entonces con resignación cumplí mi condena. No llorarte delante de nadie, por miedo a que alguien me dijera. ¡Tú tuviste la culpa!

Y hoy al pasar muchos años y destapar mi herida, pido perdón a todo el mundo, si yo con mi admiración y mi amor te llevé a la muerte. Pero tengo que pedir perdón por algo más grave. A pesar de los años, sigo sintiendo la misma admiración y el mismo orgullo. Doy gracias por haber podido vivir al lado de un hombre tan extraordinario.

Coscobil Fernández

Recordando… Por Brujapiruja

¡Mamáaaa… ven corriendo!
Mira, Willi Fog, «…que se juega con honor la vuelta al mundo…» y La abeja Maya… jaja
Heidi ¡ahhh! «…abuelito dime tú…»
¡Anda los Mosqueperros! «… uno para todos y todos para uno…»

Por la puerta apareció el pequeño cantando atraído por esas canciones alojadas cómodamente en la memoria y después su padre y los cuatro volvimos a recordar entre risas esos años, cuando llevaban pañales y correteaban por la casa, tomándose la papilla de frutas frente al televisor.

«Érase, una vez,
un planeta triste y oscuro,
y la luz
al nacer,
descubrió
un bonito mundo de color»

Por un instante, habíamos viajado en el tiempo recordando y compartiendo otras muchas anécdotas que están vinculadas a esas imágenes y a esa música.

«…ven con nosotros, ven, lo pasaremos bien…»

Pincha en la imagen para ver el video.
Brujapiruja

Esta tristeza mia. Por José Antonio García Pérez

Abrió la ventana de sus reflexiones y alcanzó a ver que afuera se deslizaba tímida y cansina-mente su tristeza. Reconoció su terciopelo, plagado de motitas de polvo azul. Lo vio con esa mirada que era el reflejo de su mirada y escuchó el murmullo de su voz suave, a ritmo de blues. Estiró su brazo para que se le subiera. Ahí está con él, envuelta como bufanda. Le rodeó también con su aroma: otoño tardecino. Y así, sentados, meciéndose en el vaivén de los re-cuerdos se fundieron sin importar cuándo ni cuánto se tolerarían.

José Antonio García Pérez
México