«Todos los días deben ser vividos con la intensidad desesperada de una sed desértica, con la paciencia santa de una madre que espera, con la alegría contagiosa de una hija que juega, con la gratitud inmensa de un amigo perdonado que a ti llega, con la humildad sencilla de un sabio que medita, sonríe, calla y observa.»
Los últimos estertores de la noche agonizan en la brisa y una luz inesperada sorprende al cielo en su desnudez mientras el sol va pintando gotas al rocío y el paisaje renueva sin pausa sus tonos…
Un torbellino de vencejos desvela el silencio de la hora y lejanos alimoches prestan sus blancos a la altura, mas de improviso, todo se incendia de amapolas y cientos de botones de oro se esparcen por los prados.
Poco a poco, los minutos despiertan mil aromas dormidos y el campo se recrea en sus notas de frescor mientras los más altos tilos desperezan al viento insinuado y la hierba relame sin pudor sus jugos…
El aire se llena de fragancias del saúco y el día se encamina hacia su verde plenitud cuando surge la voz del cuco de las entrañas del bosque y la mirada verdea sin remedio sus iris.
Por fin, el mediodía se extasía en sus azules y la tierra esboza un guiño sensual
Siento ya el cansancio de la piel.
Un rumor de adelfas se afana entre mis huesos
hilándome el tobillo con el aire,
con ese rastro de vida que me queda
para aprender a llamar a la muerte por su nombre.
Damasco es una madrugada tibia entre mis pies,
un ajetreo rojizo que gime como loco
las palabras serenas de la filosofía,
el silencio de un dios que nos absorbe
en la infinidad serena del abrazo
y va creciendo despacio entre la arena
como nace una flor; una palabra; o un recuerdo.
Yo también fui feliz en las tierras lejanas de mi infancia,
un azahar fugaz en que aprendí
que el mundo se mueve por impulsos de tiempo
y Dios descansa en la quietud entre dos golpes
como en mis versos gravita la supervivencia,
o la fe que hoy me adhiere la muerte entre los huesos.
También amo la imperfección humana del amor,
los enigmas furiosos del abrazo
que reducen los cuerpos a ceniza,
los velos de Laila y de Zainab,
la belleza inflexible de esta tierra que habito
y el labio sin carne que me besó la infancia.
El labio puro. El amor puro
que no precisa pretextos donde extenderse,
que no se adhiere a mí porque es yo mismo y me justifica…
Esta tarde tan angosta y larga
las cúspides del cielo de Damasco
se apoyan en los hombros de mi poesía
haciéndola pequeña y penetrante, como un bocado de maní,
como el recuerdo, como el silencio de un Dios
que me dirá los nombres de mi muerte.
Se imaginó lo que pasaría. Ella le daría su teléfono. Él la llamaría dos días más tarde. Irían a ver una película. Después elegirían un buen restaurante para cenar. Entre plato y plato sus pies se entrelazarían bajo la mesa. Un beso daría paso a otro. Concluirían la velada en casa de él. Tendrían sexo tan apasionadazo que asustarían a los vecinos y harían añicos los muelles de la cama. En una decisión impulsiva se irían a vivir juntos, pensarían en tener hijos y formarían una familia. Se hipotecarían para el resto de sus vidas y tendrían dos niños; Javier y Álvaro. Él la engañaría con su secretaria y ella terminaría sola, sentada en un tajo de la cocina, embutida en una toalla, apurando ebria una botella de champán y comiendo centollos que partiría con un martillo.
De repente, veía cómo las fichas que formaban el complejo puzzle que era mi vida encajaban. Tenía esa visión global y mágica que dotaba de sentido a todo lo sucedido. La mirada de Dios, pensé. La mirada del gran ser que conoce todas las cartas escondidas en todas las mangas.
Tiene su encanto leer a cinco columnas eso de “Estado de alarma”. No se puede negar que es un pedazo de titular. Hace a la gente sentirse viva, da la falsa impresión, como todos los grandes titulares, de que algo muy fuerte va a pasar. Qué se yo, como si estuviéramos a punto de que se armara por fin la gorda, y se liara una buena, y hace soñar con que luego, por fin, el orden -el Orden original- devolverá el equilibrio a la galaxia y seremos todos felices y lustrosos como funcionarios de la Junta o así.
Luego, claro, no pasa nada. Y si pasa no importa, como decía mi maestro. Porque no es por aguar esta fiesta semi levantisca, y como justiciera que uno nota en el ambiente, pero es que algunos llevamos en estado de alarma ya un buen trecho del camino, a lo mejor unos cuantos meses, igual hasta varios años, y sabemos que pasar, pasar, nunca pasa nada y que cada palo aguante su vela.
Yo llevo, sin exagerar, tres años en “Estado de alarma”, y mi particular Unidad Militar de Emergencias mental hace tiempo que está prestándome ayuda humanitaria, porque es que no levanto cabeza, se me han caído todos los palos del sombrajo y a cada paso que doy descubro el avance de la pobreza, el desencanto y la depresión entre más gente, más empresas, más barrios.
Yo mismo, no lo oculto, soy muy pobre y no hace tanto era clase media.
Voy casi tan a peor y estoy tan desencuadernado como la mismísima España, y vive Dios que no soy, ni de lejos, de los que lo está pasando peor. Muchos sabemos mucho de lo que es estar alarmado, señora, esa mezcla de hiper actividad e incapacidad para moverte cuando ves que se agota el oxígeno.
Así que cuidado con venirnos ahora con vuestro “Estado de alarma no puedo irme de puente que dolor que pena”.
Lo que sucede es que hasta ahora teníamos a más de medio país a salvo del contagio de la ruina, siquiera de respirar su hedor, de tiznarse con su mugre, de padecer con sus lamentos. Medio país largo que veía esto de la demolición de España, de su ser y su hacienda, como una cosa de pobres que llenaba los telediarios, como ruido de fondo, mientras ellos seguían a lo suyo. De puente a puente y tiro porque me lleva la corriente.
Qué se le va a hacer, siempre hay un pobre dando la lata en el telediario, no hay motivo para sentirse amenazado. Pero resulta, señora, que el pobre de pronto soy yo, o es su hijo de usted, o es su vecinísima del tercero duplicado. Y en verdad os digo que pronto será imposible no vernos ni saber de nuestros estados de alarma.
Algunos descubren ahora la alarma, a cuento de una preciosa batalla entre la crema de esa media España que ha vivido en le mejor de los mundos posibles, y unos cuantos de los suyos, de los que todavía “pueden”, de todos esos marianos que oyes, es dar las cinco de la tarde del viernes y ya están rumbo a las chimbambas con toda la familia a cuestas, porque yo lo valgo y el que que no pueda que se alivie sólo, hombre ya.
Y ahora voy yo con mis cinco euros en el bolsillo y me asusto de vuestra alarma, y me compadezco de vuestra desesperación. Ya te digo.
Porque aquí va siendo hora de empezar a hablar de lo mío y de lo vuestro, de los unos y los otros, de los de dentro y de los de fuera, de los que gozan trabajo, dignidad, justicia y privilegios, y de los que nos estamos comiendo los mocos mientras os vais de puente toda la familia a Nueva York, que en Navidad la ponen muy bonita, chico.
A mí vuestro estado de alarma me llega un poco tarde, me coge un poco de perfil, y me le suda desde aquí hasta Pamplona.