No matéis al gorrión. De Antonio Medina Guevara

El libro:

«No matéis al gorrión» es una historia de amor que va más allá de la muerte. Un pueblo con la naturaleza a flor de piel, una calavera de plata y dos jóvenes amantes, Antonio e Isabel. El odio fratricida, el despertar sexual, el bosque exuberante, los secretos de los masones… Una novela deliciosa, emocionante y trágica a su manera, ambientada en la oscura España de la posguerra, pero con una mirada romántica y una rara y hermosa sensibilidad.
El autor

Antonio Medina Guevara
Su niñez, dentro de los míseros tiempos que corrían, fue perfecta. Sus primeros andares por la vida no podían ser mejores: campo, naturaleza y, sobre todo, libertad. A los doce años se trasladó a Granada para entrar en un internado, con una beca de estudios que entonces sólo podían disfrutar algunos privilegiados. Allí empezó Bachillerato a marchas forzadas y gracias a Don Ramón, su gran maestro, tuvo la oportunidad de aspirar a desarrollar carrera.
Más tarde, en 1967, su familia decidió trasladarse a Barcelona. Sin embargo, nunca se despegó del pueblo ni alejó de su memoria aquella tierra. Se considera admirador de la Generación del 27 y del 98, lo cual queda reflejado en sus textos.


Antonio Medina Guevara
Ediciones Atlantis

Te leerás en mi pergamino. Por Verónica Victoria Romero Reyes

En aquel féretro, sin ira ni agua ni día aparente,
se inhumaron los afanes que me predestinaron
a una gloria que no fue más que polvillo de pena.
Me robaron, me torturaron. Viva me mataron.

Llega el frío y no hay bufanda que proteja mi garganta
del improperio de la carraspera y el escozor de palabra,
ni guante alguno suaviza la piel cortada de unas manos
que se quedaron vacías de abrazos, besos y canciones.

Te leerás en el pergamino de la oscuridad sin sombra,
te leerás en la servilleta sin fondo de rápido garabato,
te leerás en el verso sin rima que con delirio te nombra,
en el tiempo sin hora, en el alma, en lo eterno de justo rato.

Mi alma es el escrito renglón
donde tintero es pensamiento,
tinta negra es rara emoción
y letra hilvanada el sentimiento.

Y nunca hubo más en mí
que ese verso, de tonta mano,
que hace credo una razón de vivir.

Te leerás en el pergamino de cada fustazo,
en un amarillo papel que aparece en un cajón,
en el margen roto azulado de un cruel arañazo
y en la piel azorada que recubre mi corazón.

Te leerás en mi pergamino.
Andarás mi camino.

Pero, cuidado, no todo son rosales…

Podrías herirte con mi espino.


Verónica Victoria Romero Reyes
Blog de la autora
De tu voz la travesura.
Derechos registrados.

Agonía del estío. Por Germán Gorraiz López

Agonía del estío

La hora sestea en la hamaca del mediodía y una brisa encendida dibuja inconclusas estelas de un boceto de tormenta.

Imperceptiblemente, cientos de manos han desparramado un tablero de cúmulos nimbados por el azul infinito y ya la atmósfera se abochorna sin remedio y los charcos transpiran por todos sus poros…

El sol enardecido arremete de nuevo contra las reminiscencias del verde e incendia los latidos de la tarde convirtiendo los campos en una amalgama de sudores y de jadeos de la sombra, pero la agonía es breve, pues densos nubarrones desandan ya sus pasos y el paisaje se hunde sin remedio en claroscuros.

Sin interrupción, se inmolan las últimas claridades en un mar de sombras y la tormenta avanza con las velas desplegadas. Mudas chispas recorren con celeridad un espacio de iones y un trueno herido aúlla su dolor al viento desatado.

Los relámpagos entrecortan sus silencios y la vida detiene la respiración…, luego, gruesos goterones desempolvan una  estación que desentumece lentamente sus amarillos mientras los rayos sucumben en lo alto y en un momento dado, el cielo muda su expresión y la tierra se embriaga de verde.

Murió el estío en mi corazón…

Germán Gorraiz López

Memorias de un ascensor. Por Maria José Moreno

María José Moreno

Mi vida ha sido un continuo bajar y subir, ja, ja, ja; nunca mejor dicho. Lo mismo estaba en el cielo, bueno, en el quinto piso para ser más exactos, con una alta dosis de omnipotencia y narcisismo, que en el mismísimo submundo de la más despreciable autoestima, es decir, en el sótano. En este sisifiano trabajo que he realizado durante más de cien años, y del que no me quejo, vaya por delante, me ha tocado lidiar con una sinfin de personas, cada una con sus cualidades y defectos, o sea, de su madre y de su padre, como está mandado.
De entre todas, recuerdo, porque mi memoria no se ha resentido en absoluto, aquellas que de alguna u otra forma han dejado huella en mí. En este sentido en primer lugar se sitúan los niños de la vecina del segundo; unos cafres, que nada más entrar dejaban sus mocos pegados en mis pulcros cristales, que Juan, el portero, con mucho esmero y papel de periódico lustraba durante un buen rato hasta dejarlos con el brillo justo: ni más ni menos, ahora están perfectos, solía decir. Cómo olvidar a la Lolita, la hija de D. Genaro, el del cuarto, que cada vez que entraba a solas en la cabina, me enseñaba sus largos y prietos muslos cuando intentaba ponerse la costura de las medias en su sitio y que con gran habilidad conseguía antes de que entrara algún vecino. Nada igualable a Benita, la criada de Doña Susana, del tercero izquierda, que entraba con el cesto de la compra y dejaba durante un buen rato un espantoso olor a cebollas, que me asqueaba, y que gracias a Juan que echaba el spray con olor a lavanda medio se soportaba. Don José, militar retirado, gustaba de mirarse en el espejo para colocarse bien el sombrero y a la vez sonreía satisfecho con lo que veía, aunque yo soportaba cada vez más peso porque tras su retiro, año a año, cogía cada vez más kilos, que yo, como era mi obligación, soportaba sin que mis engranajes protestaran lo más mínimo. Un señor es un señor y yo he sido un ascensor de mucha categoría. Bueno, continúo con mis batallitas; mi preferida era doña Carmina, la vecina del quinto, cada vez que entraba frotaba mi barra dorada produciéndome un enorme placer y la dejaba tan limpia que cualquiera podía mirarse en ella. Doña Virtudes, que en paz descanse, la pobrecilla era muy mayor y usaba siempre el asiento tapizado en terciopelo rojo y mientras bajaba o subía suspiraba presa de la congoja que da el saber que estás en la recta final de tu vida. Y en esa misma recta me encuentro yo, bueno, ya ni recta, solo un punto. Dentro de unos instantes me desmontarán para colocar un joven colega de acero y cristal, muy moderno. Tengo que reconocer que he llevado una buena vida, rutinaria, pero bueno. Qué le vamos a hacer, me jubilan, hay que dar paso a la juventud. De manera que me dispongo a dar mi último viaje ¿quieren subir conmigo?

Asociación Canal Literatura
Maria José Moreno
Blog de la autora

Infinitesirrima del Galán descortés al hermano de la amada que observa desde el balcón. Por Aldo Ferrari Calderín

Hey paje, ramaje de mal paisaje, a la del lindo visaje dile que no se me raje y que presta baje, que vine en carruaje de fino plumaje a jalearle el relaje con genio brebaje. Tú, sí tú, celaje de peor paraje, avisa a la del suave ropaje que traje ambage sin nimio rebaje que no admite viraje para darle rodaje en un viaje que obvia el pasaje. Mira que atraje el coraje al postín de alto voltaje, no acepto ultraje, mejor que me agasaje si no quieres que taje del paisaje tan cariacontecido ramaje.
Asociación Canal Literatura

Aldo Ferrari Calderín

megustóloquemás. Por Yolanda Sáenz de Tejada

Yolanda Sáenz de Tejada

Lo que más me gustó
no fue su cuello
excitado
(a la altura justo
de mis labios),
no.
Ni sus besos de
volcán que
me revolcaban
la vida.
Tampoco…

Lo que más me
gustó no
fue su piel
de serpiente y
de miel
(adaptada a mis
curvas en
la cama y en
la tierra),
ni sus regalos
elegidos a
conciencia,
como si fuera
un mago
rey…
no.

Lo que nunca
podré olvidar son
su olor y
sus palabras,
esas con las que
me cosía
vestidos de
vida y
que me
ponían nerviosa
hasta la
muerte.

Esas que ahora,
que se ha ido,
son las que me
hacen dar vueltas
sobre mí misma
como una
loca,
pariendo poemas
sin medida
para gritaros
que lo que
más me gustó
de él
fue
él
mismo.


Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora