Romance a Russadir. Por Juan A Galisteo Luque

Allá, desde el Universo,
como una estrella lejana,
mortecina, que del cielo
desprende su luz dorada,
un fantasma misterioso,
cubierto de blanco nácar,
cruza el abismo infinito,
llegando al norte de África.
Le llamarían Russadir,
y después que se alejara,
despertando en su camino
presagios de cien batallas,
sirenas lo acompañaron,
por un mar de espumas blancas,
y ya nunca regresó,
ni hubo signos de esperanza.
Procedentes de Sidón,
Tiro y Carthago, llegaban
naves fenicias de Oriente
y de otras rutas lejanas.
Eran puertos de comercio
y en ellos, entrelazaban
colonias cartaginesas,
que con celo se enfrentaban
por el dominio del mar,
frente a una efigie romana.
Lejos quedaban las huestes
de Anibal y Almilcar Barca…
Escipión el «Africano»
después de vencer en Zama,
cruza firme el Mare Nostrum,
hacia las costas de Hispania,
y a la luz de las antorchas,
se escuchaban las espadas,
romper un timbre sonoro;
¡voces! ¡grito entre las masas!
En un firme promontorio,
Russadir, les observaba
desde el cerro San Lorenzo,
en noches de luna clara.
Dibujada bajo el fondo
de un mar vivo de elegancia,
tus murallones de piedra,
se observan en la distancia,
iluminados de estrellas,
anunciando la alborada.
Un paisaje marinero,
difuminado en el agua,
vislumbra de fantasía,
bajo un cielo sin palabras.
Y tú mientras tanto, en sueños,
hermosa y engalanada,
embriagada de silencio,
con perfiles de añoranza,
te encuentras sola y dormida,
junto a gaviotas y playas,
donde se mueren las olas,
de quietud y de nostalgia.
———

 

Juan A Galisteo Luque
Del poemario: Romances en la penumbra
Derechos registrados
blog del autor.

Nietzsche: la disonancia encarnada. De Andrés Ortiz-Osés

EL AUTOR
Estudió teología en la Universidad Pontificia Comillas y posteriormente filosofía en la Universidad Gregoriana de Roma. Más tarde se trasladó a la Universidad de Innsbruck (Austria) donde se doctoró en filosofía hermenéutica. Ha colaborado con el Círculo de Eranos), del que han formado parte Karl Kerenyi, Mircea Eliade, Erich Neumann, Gilbert Durand y James Hillman entre otros.

Es fundador de la hermenéutica simbólica. De ella se ha dicho que proporciona un giro a la disciplina originaria de Alemania, por el que «la razón clásica se convierte en razón-sentido, una razón sensible o sensual propia de una filosofia sudista, latino-mediterránea e hispano-americana, caracterizada por una razón afectiva»La aportación de Ortiz Osés que más difusión ha tenido entre el gran público es posiblemente la dedicada el estudio de la mitología vasca, así como al llamado matriarcalismo vasco.

La revista Anthropos le ha dedicado un número monográfico. Es miembro de honor de la Sociedad Española de Psicología Analítica. Es director de la colección Hermeneusis de la editorial Anthropos Ha sido profesor de las universidades de Zaragoza, Pontificia de Salamanca y Deusto, donde es catedrático de filosofía.

LA OBRA

El autor ofrece aquí una selección de sus propios escritos revisados, introducidos y enmarcados en torno a la filosofía vitalista de F. Nietzsche, interpretada como una nueva «ilustración romántica». Su símbolo sería Zaratustra, situado a modo de Hermes mediador entre Dionisio el rival y Apolo el racional. Esta obra explicita la genial definición nietzscheana del Hombre como «disonancia encarnada», al tiempo que expone la relación paradójica entre la vida y la muerte, la alegría y el sufrimiento, lo bueno y lo malo, la verdad y la mentira, lo divino y lo demoníaco. El libro es una revisión hermenéutica de la filosofía de Nietzsche, valorada no sesgadamente, sino desde una perspectiva de conjunto de carácter transversal y coimplicativo, reinterpretando la nietzscheana «voluntad de poder» como voluntad de valor. En su Epílogo, el filósofo wittgensteniano Isidoro Reguera pondera la originalidad y sabiduría de Ortíz-Osés, estableciendo un diálogo radical con el pensamiento contemporáneo en torno al sentido (pos)nietzscheano de la existencia.

ISBN-13: 978-84-92759-30-9
PRECIO: 22,00 EUROS
FORMATO:  20 X 17,5 CM.
PAGINAS: 380 PÁGS.
Asociación Canal Literatura
COLECCIÓN: BIBLIOTECA GOLPE DE DADOS
Edición: Libros del innombrable

Los ojos de la India. Susana Negro

El libro.-
La India vive con desconcierto el avance de la colonización británica sobre sus tierras. El cultivo del algodón, el comercio de especias, tejidos y otras artesanías son el modo de vida de muchas familias que verán, impotentes, cómo se diluye el control sobre sus propiedades y sus oficios en favor de los ingleses, decididos a imponer sus propias reglas.

El clan Prakachiralli, sin embargo, se mantendrá fiel a su férrea tradición. Kantal, la matriarca, depositaria de esas tradiciones, es la encargada de transmitirlas, así como de buscar alianzas y concertar los matrimonios más favorables para sus descendientes entre las familias que pertenezcan a su misma casta.

Savitri, incorporada a la casa Prakachiralli como prometida de uno de los varones del clan, cuando solo contaba seis años de edad, se transformará en una viuda de por vida al morir su futuro marido. Es entonces cuando Kantal decide enviarla a servir a la mansión del matrimonio Barwick, una pareja de opulentos ingleses llegados a la India para explotar la producción de tintes.

De esta suerte, Savitri se convierte en testigo y cómplice de la pasión que acabará con la calma aparente que disfrutan sus amos gracias a su situación privilegiada, asentada en mitad de un mundo y unos personajes que bregan por sostener su identidad y sus creencias.

Las revueltas, la lucha de castas, la incomprensión entre dominadores y dominados, el lujo y la suntuosidad que amenazan la sencillez de la tradición hindú… Tal y como sucede en novelas legendarias como la clásica Pasaje a la India, de E. M. Forster, o la más reciente El Dios de las pequeñas cosas, de Arundhati Roy, Los ojos de India nos relata un periodo fascinante de la historia universal en el que la cultura mítica de todo un país se ve atrapada y amenazada por el pensamiento pragmático y nada conciliador de los colonizadores.

La autora
Escritora.Docente.
Profesora en Historia con cargo de Asistente en la Cátedra de 4° año de Historia Argentina -Universidad de Belgrano- Buenos Aires 1993.
Congresos, Jornadas y Seminarios de Historia -Universidad de Belgrano- Buenos Aires 1993.
Docente de Historia y Educación Cívica en el nivel de Enseñanza Secundaria, en diversos colegios de la Capital Federal 1995.
Clases de Historia Universal en Institutos Privados 1995.
Talleres de Historia y Letras el presente.
Directora del Instituto de Cultura Integral (ICI) -Buenos Aires 1990.
Jurado en los III y IV Certámenes de Relato Breve Almiar-Margen Cero, Revista digital de Madrid.
Directora de La Barca de la Cultura.

Autora de la novela «El pescador de cangrejos» publicada en el año 2008

Planeta -Temas de Hoy, saca a la venta esta novela  el 11 de enero 2011, en formato papel y electrónico, en España.

Tormenta de deseo. Por Germán Gorraiz López

Llevo toda la tarde
buscando tu aliento,
recogiendo tu estela,
nublando mi cielo,
suplicando tu llanto,
embriagando mi boca,
desandanto tus pasos,
reeanudando mis suspiros,
aullando tu nombre,
entrecortando tus silencios,
anudando mi miedo,
desatando mi cólera,
rasgando tus entrañas…
y recordando tu expresión
al inundar mi vida.Asociación Canal Literatura

GERMÁN GORRAIZ LOPEZ

mifaldadecolegio. Por Yolanda Sáenz de Tejada

Yolanda Sáenz de TejadaHace unos meses y a través de facebook y de este blogvida, comenzaron a navegarme amigos de mi adolescencia que me han revuelto un poquito el corazón. Digamos que me han empapado de cosas lindas…
Y el otro día, en Andújar, cuando estuve con Mª José y con Pepe, me gustó recordar nuestros corazones jóvenes galopando en moto por la carretera de la sierra y cada día me encanta ver cómo van apareciendo a través de mensajes, chicos y chicas de mi pandilla de cuando nos comíamos el mundo a trocitos y nos declarábamos a escondidas…
Y saber que me leen y que viven mis poemas, es todo un regalo.
Entonces quise hacer un poema que resumiera mi pasado y mi futuro unidos por un espacio común al que llamo amor (Nunca me gustó quedarme en el ayer, sino avanzar con las experiencias que he tenido).
Así que este poema se lo brindo a todos mis amigos y amigas de Andújar, de esa tierna adolescencia en la que éramos tan frágiles que casi nos partíamos y en la que nos enamorábamos a chorros de la vida.

Me gusta la gente que da la cara
pero también la que se esconde
detrás de mí para que yo la proteja.

Cuando era niña,
odiaba el
uniforme del
colegio y,
antes de volver
a casa,
saltaba en los
charcos
para ensuciarlo
(ojo, que lo
hice hasta
los catorce años).

Mi madre
(yo creo que
lo sabía)
me decía
siempre lo mismo:
no te preocupes,
cariño,
que secamos
todo
(braguitas incluidas)
en el brasero.

Por eso hoy,
cuando has vuelto
roto de
trabajar y
con tanta
lluvia en el
cuerpo,
te he susurrado
mientras te
desabrochaba
la camisa blanca:
no te preocupes
cariño,
que lo secamos
todo
(piel incluida).
Yo soy
tu brasero.


Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora

Civilización y venganza. Por Marcelo Galliano

Será así nomás, como dice Liliana, que uno porta los colmillos y las garras sin darse cuenta, con ese aire tan racional de la corbata, de la nariz royendo libracos en la calle Corrientes, del Gancia de las seis, siempre con hielo, y en penumbras, y con un autor latinoamericano por empezar.
Así es como todo pasa, según ella, y uno pierde… Qué sé yo lo que dice que uno pierde, pero está bien segura de que uno lo pierde.
A veces le pregunto si le molesta que sea el mismo, con esas manías íntimas, con el café de la sobremesa, mis discos, mis lecturas. Es entonces cuando me intriga, cuando me chista con tibieza porque la nena sigue convaleciente, cuando junta mis labios con dos dedos como maleando una arcilla tibia, cuando me dice que en realidad no soy el mismo… Casi siempre me adormezco feliz de sus ocurrencias, de su percepción minuciosa. He llegado a sentir que puede diferenciar y nominar cada gota de lluvia, reconocer los diferentes ángulos de abertura de una rosa minuto a minuto.
He llegado a temerle, tal vez no a ella, pero sí a su forma de escrutarme, a su manera de descifrar mis cambios, de añorar las irrecuperables virtudes que yo no termino de anotar como perdidas.
Tantas otras veces, también, me he empecinado en demostrarle lo contrario. Casi lo logro aquel abril…
No olvidaré aquella cabaña cercana a Masai Mara que elegimos para rasgarnos el sayo que Buenos Aires nos ponía día a día. El perfume que nos inundaba, esa falsa sensación de haber quebrado la continuidad del aliento agitado del ruido, ese follaje desnudo ante nuestro ojos siempre vestidos, la intimidad de esa lejanía… donde decir taza era escuchar la palabra taza, donde abrir la puerta era oír la madera carraspeando.
Sé que llegamos a pensar que la irracionalidad de lo simple nos invadía, que una vida sin bosquejo previo se nos ofrecía con la piel en celo; casi nos convencemos esa noche en que nos mordimos los labios en la oscuridad de las estrellas encendidas, en que nos buscamos sin el reparo del horario, del almanaque, de las cuentas por saldar. Luego, un amanecer por las hendijas, ella entre mis brazos, un río claro que aún ciego de almohada no pensaba buscar, una brisa intrusa y un silencio. Sí, un silencio…, cuando el sol ya debía haber perturbado a … ¿la nena? Sí, sí, está bien… está en… No, no está en su cama…
No guarda mi memoria la forma en que salí. Veo, en cambio, aún hoy, la escena aquella: el alba rojiza, los árboles mudos… y la chiquita gateando delante del tigre…
Cuando Liliana, aún semidesnuda, apareció a mi lado y observó lo que pasaba, sólo atiné a amordazarle la boca con mis dedos; fue un segundo… menos, en el cual mis manos volaron a su rostro, imposibilitándole gritar. Sabía que un veredicto de muerte pendía sobre mi hija y que sería consumado al mínimo susurro. Transpiré, mi aliento se quebró mientras seguía milímetro a milímetro los movimientos del felino y de mi chiquita. Mi mujer vibraba, yo también, comencé a sentir frío, a medir cada rodeo del animal, a escuchar en mis sienes cada paso de la bestia como una pulsación lenta, una especie de timbal amplificado que latía en mi cabeza, como si un reloj sideral marcara los ralentados segundos de una sentencia eternamente lentificada.
Caminó, observó, olió… En un instante fatal sentí que su cabeza se acercaba a la frente de mi criatura. Mis yemas húmedas resbalaron del rostro de Liliana y su lengua –acaso también involuntariamente asesina- lanzó un grito que el animal respondió con un fatal movimiento de su garra, con el que cercenó una mejilla de la nena deshebrándola como un papel mojado.
Veo la sangre, sí, la veo, aún siento el olor, los alaridos desesperados de mi mujer corriendo a ensuciarse de ese rojo espeso, a tomar a esa muñeca rota entre sus palmas buscando una explicación, y el animal, quizá tan inocente como todos, huyendo ante el griterío.
Aún rememoro, en mis brazos, el peso del arma que tomé todavía entre llantos sin repuestas. Mi hija agonizaba, y mi esposa tironeaba de mi camisa rogándome que no fuera. No la escuché, no reparé en sus súplicas. Escopeta en mano salí a buscarlo, acaso con la falaz excusa de evitar otra muerte, ese argumento que, cegado de odio, ni yo mismo creí.
Caminé sin rumbo, olfateando la nada como un asesino patológico dispuesto a fagocitar su víctima, adivinando pisadas, intuyendo aromas perdidos entre arbustos.
Temblé al verlo. Advirtió mi presencia y se alejó unos pasos de la cría que parecía cuidar con esmero, acaso adivinando mi intención de arreglar cuentas, y el peligro que aquello implicaba para su hijito.
Lo vi acercarse ofreciéndome su vida, me afirmé, apreté las muelas hasta sentirlas pulverizarse en mi paladar…
Ya en la mira, giré imprevistamente, y en una venganza que aún me enorgullece, apunté al cachorro, y se lo asesiné delante de sus ojos.

Asociación Canal Literatura
Marcelo Galliano
Blog del autor.

Infancia. Por Ana Mª Tomás Olivares

 

La infancia

no es más que la ausencia

de montones de momentos.

En su brevedad

habita el asombro sin frontera,

la verdad pura:

vendaval de inocencia,

intacto y vulnerable

libro abierto

a la tinta verde de los días,

Infancia es tiempo verbal

incompleto:

presentes de futuros y

futuros perfectos…

-anfitriona de sueños, algarabía y deseo-.

Es caricia que siempre se recuerda,

beso de agua de la fuente del parque,

sabor a miel de los higos primeros…

Zarza incombustible de la vida,

que no precisa nada

para alimentar su fuego.

Asociación Canal Literatura
Ana Mª Tomás Olivares
Dama Literatura 2009
Blog de la autora