9. Por Javier Revolo

Me despertó el camión de la basura. Los lunes por la mañana llegan a una hora indecente y tengo que aguantarme porque vienen a hacer su trabajo o simplemente -esto puede ser más veraz- porque no me puedo quejar. El hecho es que, ya que estaba despierto y con pocas
ganas de meterme a la ducha, decidí ver las noticias en mi canal favorito. Aquí empieza el serio problema que voy a tratar de describir y que, espero, entiendan.
Mi televisor es un aparato moderno (no los voy a cansar con descripciones) le di al “power” del control remoto y se encendió, pero en lugar de aparecer en la pantalla el nueve, que es el canal que siempre veo y que está programado para aparecer primero, apareció con la misma programación, el canal 8 -que, por cierto, no hay ningún canal 8 o no lo había hasta ese momento-. Cogí el control remoto y busqué el número nueve pero !!no lo encontré!!!

observé cuidadosamente el dispositivo y no lo podía creer, me puse a contar los botones, a rascar un poco a ver si había pasado algo y el nueve estaba oculto de alguna forma.

Cambiaba los canales y siempre, después del 8, aparecía el 10. Miré el reloj de la pared y comprobé con horror que también faltaba el nueve. Fui al baño y traté de tranquilizarme, me dije no, de ninguna manera, esto es un sueño y tengo que despertar. Claro, cuando dices eso en sueños puede que de resultado y despiertes, pero en este caso todo lo que sucedió fue que la realidad de mi entorno me informaba que estaba absolutamente despierto. Corrí a llamar a mi madre a su móvil, tenía que empezar marcando… bueno, desesperado cogí mi agenda y en todas partes donde debía ir un nueve había un ocho, irremediablemente. Llamé marcando el ocho y contestó mi madre. Hablamos un rato, le expliqué lo que me pasaba y me pidió
que me tranquilizara. Pero acto seguido dijo algo que me puso los pelos de punta. No sabía de qué hablaba. ¿Un número que se llama «nueve»? Corté por desesperación, pues sabía que iba a ser peor si seguía hablando con ella.
Una calculadora. Un calendario. Libros de matemáticas, páginas numeradas, en fin, todo y nada, no había rastros del nueve por ninguna parte. Cuando hacía operaciones con la calculadora me daba cifras «correctas» con múltiplos de todos los números, menos del nueve.
Se me ocurrió una cosa. Salí a la calle y le pedí a un chico que pasaba me hiciera el favor de contarse los dedos de la mano… no exagero, el chico salió corriendo. Un hombre que estaba cerca me miró extrañado y preguntó, oiga, señor ¿le pasa algo? tiene mala cara. Mire, no tengo tiempo para explicaciones, pero necesito que me haga un favor, cuente los dedos de su mano, de ambas manos, uno por uno. Y pasó algo horroroso, empezó por tocarse la punta del meñique con el índice de la otra mano, y contar: cero, uno, y así hasta el diez. El 9 había desaparecido para siempre.
Entré a la cafetería de mi amiga Manuela y me senté derrotado, ella estaba detrás de la barra, le pedí un cortado y que me dijera dónde estaba el nueve. Ella sonrío como si no hubiera dicho nada fuera de lo común, se dio vuelta para preparar mi pedido y cuando me puso el café, me dijo: en tu mente.


Javier Revolo
Sydney, Australia

Blog del autor

Vivir el presente. Por María José Muñoz García

Anoche vi un programa de TV en el que se hablaba de múltiples enfermedades y trastornos de origen neurológico y psiquiátrico.

Contemplé como esas personas a las que le hacían los reportajes eran valientes para poder enfrentarse y hablar libremente de sus miedos y dificultades, como verbalizaban acerca de las dificultades que les acarreaba el tener una vida sin la libertad deseada.

Como la mente puede jugarte cuando quiera una mala pasada.

Cada caso me dejaba sorprendida porque ahí no existen las clases sociales, no existe discriminación alguna….. te toca y tienes que luchar para poder vivir lo mejor posible con tu vida.

Contemplaba como es vital para esas personas tener a alguien cerca para poder llevar mejor “su mochila” y como también a la vez estas personas incapacitan de alguna forma la vida de sus acompañantes.

Todos los casos que salían me han llegado hasta tal punto que me he sentido en cierto modo «egoísta» cuando pienso en mejorar mi vida, porque al ver este tipo de cosas que existen, que están en la calle, que para quien lo padece es su día a día, te dejan un poco tocada.

También por otra parte no se si para apartar de mi la culpa, he dicho “claro si no intento yo mejorar mi vida quien lo va ha hacer por mi?”

No se si tendré razón o no, pero pienso que cada uno tiene que intentar vivir y mejorar su vida, dejando a un lado las dificultades que se le presenten sea cual sea su tipo.

Pienso que siempre se puede cambiar algo, lo importante es saber en que dirección hacerlo.

El pasado trae momentos vividos, el futuro no existe, solo el presente y hay que vivirlo.

María José Muñoz García

Blog de la autora

Inclusión/exclusión. Por Miguel Pérez de Lema

De las tres revoluciones posibles, la revolución política, la revolución social, la revolución tecnológica, sólo se ha quedado atrás la primera.

Vivimos en un régimen político hueco. La democracia se ha desnaturalizado y se ha convertido en eso, en un régimen. Un régimen excluyente para cada vez más millones de ciudadanos.

El régimen democrático se defiende acudiendo a sus valores fundadores, al papel mojado de sus constituciones, para sostenerse. Pero ha renunciado a cumplir sus objetivos, y ya sólo es una forma de tiranía, que se autojustifica y traza una línea fronteriza: dentro/fuera.

La sociedad post democrática, en la que vivimos, es una nueva sociedad de castas. Castas intocables (incluidas) que se nutren del resto (excluidos). La casta de funcionarios, la casta de los políticos, la casta de los poderes económicos en connivencia con la casta política, la casta de aquellos que gozan algún privilegio legal (subsidios, compensaciones) que fue legítimo en su origen pero va dejando de serlo a medida que nuevos ciudadanos con iguales o superiores capacidades ya no tienen acceso a esos derechos.

Las élites intelectuales atrapadas dentro de las masas que van quedando excluidas, empiezan a tomar conciencia de su diferencia. La clase media productiva, hasta cierto punto acomodada, está siendo esquilmada y empobrecida en un proceso continuo. Y por debajo de ellos, ha surgido un nuevo proletariado de inmigrantes y jóvenes, al que sólo le espera la miseria y la desprotección, incluso teniendo empleo.

Los abundantísimos mecanismos de ingeniería social y depreciación moral que velan por la estabilidad del régimen democrático, han sido hasta ahora eficaces. Los nuevos proletarios carecen de la vieja conciencia de clase que hizo poderosos a los proletarios de otras generaciones.

El individualismo ha logrado que, efectivamente, el nuevo excluido, el expoliado, se sienta sólo e impotente ante el mercado. Y aun más, ha logrado que el nuevo proletario excluido, el miembro de la clase media esquilmada, no se reconozca a si mismo y crea, gracias a las puntuales compensaciones que le provee el consumo, que participa de la democracia en igualdad de condiciones con las castas incluidas en ella.

O quizá, que si bien no han alcanzado ese estatus de privilegio, este es accesible. Y esto puede decirse de aquellos que han tenido algún momento de reflexión, de la élite intelectual, que supone una minoría frente a la inmensa masa acrítica de excluidos que sienten los síntomas de su exclusión pero son incapaces de diagnosticarla.

La degeneración del ideal de la democracia en una cleptocracia hiperburocrática de castas, la desigualdad sistematizada, no son suficientes para promover una revolución política. La abulia de la sociedad, la puerilización y el embrutecimiento controlado de los individuos, y un nivel mínimo de prosperidad, hasta ahora, lo evitan.

Lo evitarán hasta que el edificio del sistema de castas se colapse. El régimen durará mientras dure el ensueño del consumo. Pero el hambre aviva el ingenio. Y en una situación de desempleo masivo y sostenido, de empobrecimiento de las clases medias, de ausencia de oportunidades para la juventud, parece inevitable que las masas excluidas comiencen a tomar conciencia de su situación. A exigir su inclusión.

La historia nos ha enseñado la virulencia y la rapidez con la que las masas excluidas, una vez que se inicia un movimiento revolucionario, se suman a quien se postule como mecanismo de inclusión. El modelo de la revolución francesa triunfó por ello. Y se repitió en las revoluciones comunistas, fascistas, socialistas, anarquistas, islamistas, del S. XX.

Si como hemos dicho, la revolución social y tecnológica ya han sucedido, es posible que se produzca una revolución política. Sería necesario que antes se produjera una crisis económica mucho más intensa y duradera que la actual, y más tarde, la aparición de algún movimiento político oportunista de inclusión, que asista a las masas.

Lo deseable sería que la democracia fuera capaz de regenerarse, de volver a sus orígenes, y a funcionar como un sistema incluyente plural, y no como la tiranía de castas que ha devenido. Eso evitaría el estallido de procesos revolucionarios, que suelen ser violentos, y el advenimiento de sistemas incluyentes oportunistas, que suelen ser totalitarios.

Veremos a ver.

Miguel Pérez de Lema
Proscritosblog

Niyomismalosé.De Megan Maxwell

EL LIBRO
Premio Seseña 2011
Con veinte años una cree en princesas y en amores para toda la vida. Eso le pasó a Nora. Se enamoró de Giorgio y se casó con la idea de que había encontrado su verdadero amor. A los cuarenta años ese supuesto amor, al que Nora había cuidado y ayudado a ascender en su carrera, sin pensar en el daño que le puede ocasionar, la deja por una mujer más joven y comienza una nueva vida.

De pronto Nora se ve vieja, gorda, con hijos, desfasada, sin trabajo y, lo peor de todo, cree que su vida ha terminado. Pero gracias a su mejor amiga, que es la positividad en persona y que la anima a asistir al gimnasio y a retomar las riendas de su vida, todo cambia. De pronto Nora abre los ojos y se da cuenta de que a pesar de que Giorgio la ha dejado, ¡sigue viva!

El destino, ese gran caprichoso que a veces nos amarga o nos endulza la vida, le depara a Nora muchas sorpresas. Sorpresas, amores e ilusiones que nunca imaginó.


La autora

Megan Maxwell nació una fría tarde de febrero en Núremberg (Alemania). Es hija de española y americano, aunque siempre ha vivido en Madrid con su madre.

Pasó su niñez en una casa rodeada de mujeres. El carácter de todas ellas, y la fuerza que su madre le infundió, le dejaron algo muy claro: nadie regala nada y el que quiere algo, debe luchar por ello.

Como Megan siempre dice: «Para mí escribir es soñar». Por eso escribe, sueña, inventa y crea historias sobre mujeres de rompe y rasga. Mujeres dispuestas a luchar por lo que creen y a demostrar que eso de que son el sexo débil está obsoleto y anticuado.

Durante años trabajó como secretaria en una asesoría jurídica, escuchando los problemas de los demás, hasta que un día decidió hacer algo con su propia vida y se lanzó a la piscina dispuesta a conseguir su sueño: publicar sus novelas.

Imagine Ediciones

La Red Social. Por François Pérez Ayrault

?No tengo cuenta en Twitter, ni en Facebook. No tengo notoriedad pública alguna que compartir, como tampoco tengo necesidad alguna de compañía. Mantengo la de Linkedin, por una cuestión de estética profesional y para no hacerle ningún caso, ni obtener ningún resultado, ni bueno ni malo. Ninguno.

Me huele a bluff. Y si me equivoco me da igual, no tengo apego alguno a tener razón. Me adaptaré, lo he hecho cientos de veces.

Tuve cuenta en Facebook y me di de baja en dos meses, hasta que vi la cantidad de tiempo que me absorbía y la sensación de vacío que me dejaba. A falta de mejor preparación y una gestión más eficiente, se me agregaba gente que quería ser amiga mía sólo por compartir un apellido poco frecuente. Y yo, como un gilipollas, aceptaba: se me llenó el Facebook de gente con la que nada tenía que ver. Aparecían antiguos amigos de empresas en las que trabajé, de mi remota juventud, del colegio…Me daba cuenta de que su misión vital, como la mía, terminó en aquel tiempo; y que, saber de ellos hoy es como ver un programa de recuerdos de la tele de los setenta con Kiko Ledgard, Torrebruno y los Chipiritiflauticos, una sonrisa y poco más. Y seguía agregándose gente sólo porque teníamos amigos comunes, como si eso fuera marchamo de garantía para una posible amistad futura.

La red social, como su propio nombre indica tiene una capacidad de expansión ilimitada e irrefrenable y, por consiguiente, ingobernable. Al final, si uno quiere obtener los mayores réditos de su uso, debe dedicarle todo su tiempo de trabajo, más el de su familia, más el libre, si lo tiene, además de robarle las horas al sueño y gastarse una pasta en colirio. Y como elegir es renunciar, si uno elige red social, renuncia a sí mismo.

Y yo no estoy dispuesto.

Las redes sociales huelen a bluff. Pasarán un par de años y surgirá otra revolución tecnológica que aparcará a estas y creará otra moda fugaz e irrelevante para mayor gloria de los accionistas de las telecos.

Y a mi me pillará resistente y fuera de juego.

François Pérez Ayrault
Proscritosblog

A ti que sufres por otro. Por Marcelo Galliano

Yo sé mujer que sufres porque aquél se ha marchado,
te abandonó de pronto como ese invierno helado
-el que antes de alejarse con su brisa dolosa
te deshojó los labios cual pétalos de rosa-.

Sé bien que por las noches lo lloras tristemente
anillando tu almohada, y, apasionadamente,
vistes la mesa grande -un lirio, una azucena-
augurando que, acaso, vendrá para la cena.

Y escribes cada verso soñando que él lo escucha
y te muerdes la boca cuando piensas que es mucha
la ansiedad que transmites y temes espantarlo…
(¡Miedo a que no retorne! ¡No poder regresarlo!)

Y acaso te preguntes cómo es que yo te entiendo,
cómo sin que lo digas tu lamento presiento,
cuál es el cruel idioma que en tu silencio advierto,
que me cuenta tu llanto, tu sufrimiento cierto.

Es que también –te digo- transito por la vida
buscando esa persona que me dejó esta herida,
y aunque te suene esto a un falso “déjà vú”
debo decirte ahora: la persona eres tú.

Y no soy –reconozco- nadie para explicarte
que amar no tiene reglas, ni siquiera es un arte,
es una alondra loca que cruza el firmamento,
que se posa en tu vida sin decirte “lo siento”
(y luego parte rauda volando hacia la nada
y uno se queda solo. con el alma marcada).

Por eso me he atrevido yo a escribirte estas cosas
pues es que la existencia no es sólo las preciosas
caricias que nos llegan rozándonos la cara,
es también sufrimiento que sangra, que no para.

Pero si me permites quiero decir que acaso
no se me ocurre ahora que haya un mejor ocaso
que culminar los días amando impunemente,
soñando en el recuerdo que guarda nuestra frente.

Por eso si una tarde te enteras que me he ido,
que me perdí en la lluvia, que me agüé en el olvido,
tú dile, al que pregunte, que cumplí la consigna
de querer sin reparos grabándome el estigma,

que me esfumé en el aire de algún río, en la vera,
aguardando el milagro de alguna primavera,
o que morí de tanto preparar esa hora
en la que tú vinieras a endulzarme la aurora.

?Asociación Canal Literatura
Marcelo Galliano
Blog del autor.

Dígame: ¿no le cabe la menor duda?. Por Carmen Posadas

Carmen Posadas
Mi compatriota Jorge Drexler, al que no conozco pero admiro mucho, tiene una canción que dice «el mundo está como está por culpa de las certezas». Por su parte, Leonor Benedetto, a la que no sólo admiro, sino que quiero porque es gran amiga, va un paso más allá y dice que deberíamos incorporar la sospecha como asignatura opcional en los colegios. ¿Ambas ideas les suenan raras? No es extraño, vivimos rodeados de contundentes opiniones, de irrebatibles certezas, de `verdades´ que nadie pone en cuestión. Desde los políticos, que nos abruman con su evangélica seguridad sobre qué es lo mejor para la humanidad (léase, por ejemplo, Bush), hasta la publicidad que nos vende que si tal crema nos hará rejuvenecer veinte años o tal colonia nos convertirá en irresistibles al sexo opuesto, todo son certezas. Certeza es también que Fulano le pone los cuernos a Mengana porque así lo afirma un tontaina de esos que se ganan la vida despellejando al prójimo en televisión. Y que Zutano es un ladrón porque lo dice el periódico. Y que Perengano es pederasta porque lo jura su vecina del quinto que lo sabe de muy buena tinta, y así podríamos seguir hasta el infinito. Porque una de las perversiones del mundo moderno y de la libertad de expresión es que a nadie le cabe la menor duda respecto de nada. Curioso realmente, porque ha sido la duda, y no la certeza, la que ha conseguido que la humanidad progrese. Si el hombre primitivo no hubiera puesto en duda lo que su destino parecía depararle, no habría salido siquiera de la caverna. La duda ha hecho progresar la medicina, ha impulsado los grandes inventos y ha escrito también las más bellas páginas de la literatura. La certeza, por su parte, es madre de varias catástrofes. Obviemos las certezas religiosas, que tanta sangre han hecho derramar y siguen haciéndolo, también las políticas, que crearon monstruos de tan distinto signo como Hitler o Stalin, y hablemos de las certezas cotidianas, de esas con las que uno tiene que lidiar todos los días. Por ejemplo: con nadie es tan difícil convivir como con una persona segura de sus cuatro ideas tontas. Porque, para colmo, está orgullosísimo de ellas. Para más inri, «ser fiel a sus ideas» es algo de lo que todos se vanaglorian porque, naturalmente, sus ideas son incuestionables. El mundo siempre ha tenido que luchar con esta doble condición del ser humano, la duda y la certeza, pero hasta el momento afortunadamente había ganado la duda, porque la duda es inteligente y la certeza, más bien estulta. Sin embargo, ahora los medios de comunicación están alterando este precario equilibrio con sus certezas precocinadas. Creo que fue Goebbels, el ministro nazi de propaganda, quien dijo que una mentira mil veces repetida acaba convirtiéndose en una verdad, y desde luego él sabía muy bien de lo que hablaba. Por eso, no me parece descabellada la idea de Leonor de instaurar en nuestras vidas y en la de nuestros hijos la duda, o incluso la sospecha. La sospecha ante lo que nos quiere vender la publicidad con sus mentiras piadosas. También ante lo que nos cuentan los telechismosos sobre la vida del prójimo, e incluso poner en solfa esas verdades que uno da por buenas por el simple hecho de que «lo ha dicho la tele o el periódico» (incluido, naturalmente, este artículo que usted lee ahora). Pienso que tal vez sería buena idea que en las escuelas hubiera un cierto debate sobre lo que nos cuentan a través de los medios. ¿Será verdad tal noticia? ¿Tendrá razón tal político? ¿De verdad se vuelve uno más guapo por usar tal colonia o más joven por ponerse tal crema? ¿Me creo lo que afirma Perengano en su programa de televisión? Comprendo que con el debate que hay ahora sobre la enseñanza no esté el horno para nuevas iniciativas, pero creo que sembrar la duda también es enseñar a pensar. No sé, se me ocurre. En 1936, Heinrich Himmler, en un documento recogido en los Archivos Kaplan, decía que para crear un mundo mejor «todo líder de las SS deberá adoptar niños radicalmente puros y educarlos en la línea del pensamiento nacionalsocialista». Desde luego, a él sí que no le cabía la menor duda.

Carmen Posadas
Fuente: XL Semanal
Página Web de la autora.