premio especial 2010

 

May 30

Esta mañana he tenido que madrugar. Antes de que llegaran los niños había que quitar la nieve de la puerta de la escuela y abrir un poco de camino para evitar  caídas dolorosas. Hacía tiempo que no nevaba tanto pero el frío intenso de la última semana parecía amenazar con alguna fechoría. Empezó a nevar ayer domingo por la tarde, y a las ocho de la mañana de hoy la capa de nieve continuaba creciendo. Si estos primeros días de 1941 ya eran duros por sí mismos, más lo son con los latigazos de esta furiosa climatología.
Me llamo Jaime Garcia, tengo veintinueve años y ejerzo de maestro en el pequeño pueblo de La Coromina, en la provincia de Barcelona, desde hace cinco. Durante la Guerra Civil mantuve la escuela en funcionamiento y una vez terminada y acatadas las nuevas normas de enseñanza al capricho de los vencedores, logré continuar.

El día, a pesar de la nieve, era triste, con el cielo tapado y una blancura demasiado apagada para resultar bonita. Ya había abierto una franja de un metro de ancho que iba desde la puerta hasta la verja exterior cuando he visto, difuminada entre la densidad de los copos que caían sin cesar, la silueta de alguien que se acercaba pisando la nieve de manera tan prudente como segura. Era Emeterio Salinas, jefe local de Falange.

– Buenos días García – me ha dicho levantando la mano derecha al más puro estilo fascista.

– Buenos días, don Emeterio. Qué nevada, ¿verdad? –

– Sí – ha contestado, seco.

– ¿Qué le trae por aquí tan temprano?

– He venido a hablar con usted.

He dejado de apartar nieve con la pala y me he incorporado por completo, mirando a don Emeterio con rostro interrogante y, dándome la vuelta, me he dirigido al interior de la escuela sin decir nada. Salinas me ha seguido.

Ya dentro de la clase, apoyado en mi mesa,  he levantado la vista asumiendo la dudosa bondad de la visita.

– Usted dirá.

– Un amigo me ha comentado que su hijo le contó que hace unos días se llevó todos los niños de excursión, a ver cómo el río “Aigua d’Ora” desembocaba en el Cardoner.

– Sí. Ya hace tiempo de eso. En otoño. Estudiábamos los ríos y como lo tenemos aquí cerca, pensé que sería una buena idea que pudieran ver una desembocadura.
– En cambio – ha proseguido Salinas, que parecía no escuchar mis explicaciones – mi amigo le preguntó los principales afluentes del Duero y no supo de qué le hablaba.

 En seguida me he percatado de sus intenciones.

– Creo que es más lógico que primero conozcan los ríos que pasan cerca de sus casas – he dicho con tono defensivo.

– Lo que es lógico no lo debe decidir usted. Creo que los temarios que aceptó hace dos años son bastante claros – decía don Emeterio, ignorando mis argumentos.
He estado a punto de iniciar una discusión sobre la enseñanza pero, a tiempo, he podido vislumbrar su inutilidad.

– Vaya al grano, don Emeterio. ¿Que me quiere decir?

Con déspota parsimonia ha sacado un papel de la parte interior de  su chaqueta.

– Envié un informe al Gobernador Civil y él lo remitió al Ministerio de Educación recomendando tu traslado. El viernes llegó la orden al Ayuntamiento y me lo han dado a mi por si quería tener el placer de entregárselo – me ha dicho con cruel cinismo.
 – ¿Un traslado? Pero,  ¿porqué lo ha hecho? – he preguntado reteniendo la rabia interior que se apoderaba de mí por momentos – Hace cinco años que dedico las veinticuatro horas del día a la enseñanza de los niños de La Coromina.

– Por eso mismo, ya es hora de un cambio de aires. En la provincia de Palencia hay un pueblo llamado Herrera de Pisuerga que se ha quedado sin maestro. Le esperan a usted el miércoles por la mañana. Y ya de paso conocerá uno de los principales afluentes de Duero. Buen viaje, García.

Y con este falso cumplimiento se ha puesto el sombrero y ha salido de la clase sin cerrar la puerta, al ver que llegaban los primeros niños rebozados de nieve, más por las bolas que se habían lanzado que por los copos que seguían cayendo. Todos iban tapados con tanta ropa como tienen, y apenas entrar algunos se han apresurado a vaciar de nieve los zapatos agujereados y así evitar la hipotermia de algún dedo.

 Me he sentado en mi mesa sin saludar a ninguno de los niños que poco a poco iban llegando a la escuela. Se me había caído el mundo encima. Tenía todo el lunes para encajar la situación, dejar la escuela en condiciones para el maestro que llegara y despedirme de todos. No he hecho grandes amigos en La Coromina, pero creo que me he convertido en un maestro  popular y todo el pueblo me aprecia. Pero, ¿y Dolores? Apenas hace dos domingos que, saliendo de la iglesia, conseguí compartir con ella un paseo de diez minutos ante las miradas complacientes del algunos vecinos y la presencia, ocho o nueve pasos por detrás, de su madre. Con diferencia, el mejor rato desde mi llegada a La Coromina. En cuanto llegara la primavera tenía previsto pedir permiso a su padre para salir con ella y, aunque  faltan meses, ya tenía elegida la ropa que ponerme y pasaba largos ratos ensayando el discursito que pensaba soltarle. Pero ahora todo se iba al traste. Todos los planteamientos de vida entera que me había montado en dos semanas se esfumaban de repente por el capricho de los caciques.

 He pasado casi toda la mañana en silencio. Mandaba trabajo a los niños y volvía a sentarme para zambullirme otra vez en esa corrosiva tristeza que me hacia aflorar mis instintos mas agresivos.

– Si le hubiera soltado un palazo cuando lo tenía delante …

 A la hora de salir he pensado que no podía dejar marchar a los niños y niñas sin despedirme. No hacerlo, solo significaba revelarse contra todo ignorando a los únicos que no tenían ninguna culpa. Hacerlo, en cambio, era doloroso.

 – Escuchadme un momento – dije mientras empezaban a recoger plumas y libretas – Os tengo que decir algo muy importante.

Todos se han quedado en silencio. Yo también. Mirando los rostros inocentes he recordado que fue más o menos a su edad cuando decidí que de mayor sería maestro. ¿Vocación, quizás? ¿Puede una vocación desgarrar un sueño de vida?

 – ¡Ni hablar!

He cogido mi chaqueta mientras los niños continuaban expectantes a aquello tan importante que les tenía que decir.

 – Abrigaos bien. Hace mucho frío – he dicho finalmente.

 La cara de decepción se ha apoderado de ellos. Esperaban recibir alguna noticia del tipo «mañana no habrá clase» o similar. Todos han ido saliendo mientras los  miraba sabiendo que no les volvería a contar nunca más qué ríos son más importantes, o cuáles son las cordilleras que más les interesan. Todos aquellos niños volverán a clase, pero yo no.

Al mediodía ha dejado de nevar y en el cielo han empezado a aparecer tímidas pinceladas de color azul. He decidido que dedicaría la tarde, y si era necesario, la noche, a luchar para poder seguir al lado de Dolores. Renunciaría a ser maestro y buscaría la manera de poder quedarme a vivir y trabajar en La Coromina.

 Lo primero ha sido ir a pedir trabajo a la mina de potasa. Pagan poco, pero la empresa es grande y crece. Me echarían del piso que ocupo, reservado para el maestro, pero ya entraría como huésped en casa de algún vecino, o alquilaría alguna habitación. Mis condiciones de vida, ya bastante duras por sí mismas en estos años de posguerra, empeorarían, pero el solo hecho de poder seguir cerca de Dolores lo minimizaba todo.

Mi problema, sin embargo, era que no tengo  experiencia en ninguna de las tareas relacionadas con la empresa minera.

 – Ven mañana- me ha dicho un encargado, después de rogarle trabajo como si fuera limosna – Empezarás de aprendiz en la carpintería.

 Ser aprendiz significaba cobrar casi nada, pero lo más importante era poder entrar. Una vez dentro, ya intentaría ir progresando hacia empleos menos duros y más valorados haciendo valer mi capacidad intelectual.

 Por otra parte, debería posponer la visita al padre de Dolores y continuar el «cortejo puntual» una temporada más, hasta haber conseguido algún ascenso que me asegurara una economía suficiente para poder aspirar a casarme con ella y poderla mantener.

El maestro dejaría de serlo, pero seguiria viviendo en La Coromina. El maestro era inocentemente feliz.

El sol, que ha logrado asomarse justo antes de esconderse, ha dado paso a una noche serena que ha comenzado a congelarlo todo. Las calles nevadas de La Coromina se han endurecido y el peligro al lastimarse ha hecho que casi todo el mundo se cerrara en casa y se acurrucara cerca del fuego, apurando leña para no tener que salir a buscar antes de que se funda la espesa capa de nieve que cubre los bosques de alrededor. A mí me queda muy poca, pero la estaba haciendo quemar con suficiencia consciente de que esta seria mi última noche en este piso.

– El que venga, que se busque la vida – pensaba.

 Alrededor de las ocho, hace apenas un rato, estaba ordenando mis cosas para preparar un incierto traslado hacia no sabía dónde, cuándo alguien ha llamado a la puerta.

– ¿Quién es? – He preguntado con voz enérgica, asustado, consciente de la rareza de una visita a estas horas y con las calles en estas condiciones.

– Soy Dolores – ha dicho una voz detrás de la puerta.

Con el corazón latiendo con fuerza exagerada, más que el día del paseo, me he levantado corriendo a abrir. Cubierta de bufandas y pañuelos para protegerse del frío y al mismo tiempo pasar desapercibida, Dolores no se atrevía a entrar  y esperaba en el rellano de la escalera, temblando y con los ojos húmedos.

 – Sólo he venido a despedirme – ha dicho con voz insegura.

Sonriente y cogiéndola de la mano la he invitado a entrar, cerrando la puerta tras ella. Con tanta educación y respeto como me permitía la inesperada situación, la he ayudado a desenvolverse la cabeza hasta dejar su maravilloso pelo castaño a la vista. No me lo podía creer. Estábamos los dos solos en mi casa. Nadie nos vigilaba y la tristeza que acompañaba a Dolores se esfumaría al saber la decisión que había tomado.

 – Mañana empiezo a trabajar en la carpintería de la mina, Dolores. No me voy. Me quedo en La Coromina – he dicho, contento, esperando en ella una reacción alegre.
Dolores se ha sorprendido, me ha mirado y ha echado a llorar desconsoladamente sobre mi pecho, cogiéndome los brazos con rabia y apretándolos contra su cuerpo.

– No llores. Todo saldrá bien y podremos continuar juntos – decía yo.

 – Mi padre no quiere que hable contigo – ha dicho sollozando.

– Ya le convenceremos, no sufras.

 – Ayer por la tarde me comprometió con otro hombre.

Esto me ha paralizado. Asombrado, no sabía qué decir mientras Dolores continuaba con su llanto amargo y doloroso.

 – Da igual. Lucharé por ti. No me daré por vencido – he dicho con inconsciente valentía.
– ¿No lo entiendes? – ha dicho ella – Me han comprometido con el hijo de Emeterio Salinas. ¿Quieres luchar contra él? Te han trasladado para quitarte del medio. Vete Jaime. Aquí morirás de pena. Olvídate de mí y de La Coromina y empieza de nuevo.

 Me ha besado en la mejilla, dejando una lágrima como único recuerdo y se ha marchado sin volver a mirarme.

 El maestro no dejará de serlo. Dejará La Coromina y se convertirá en el maestro de unos niños que tienen la suerte de vivir al lado de un río importante.



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7 Responses to “227- El maestro. Por Udura”

  1. HÓSKAR WILD dice:

    Pues parece que cundió el ejemplo. Los chavales de hoy se saben de carrerilla los ríos que hay a cuatro kilómetros a la redonda, pero si les nombran el Danubio piensan que es un ente de Avatar.
    Mucha suerte.

  2. la ciudad dice:

    Hermoso relato, me ha gustado mucho y me ha entristecido, me recuerda a queridos maestros de mi instrucción primaria. felicidades Udura

  3. Antístenes dice:

    Menudo «panfleto»… Ni que estuviese usted haciendo méritos…

  4. Catamarán dice:

    Querido maestro LOGSE, «revelarse contra» va con b. 😉
    Qué malos los de Falange.

  5. Luc dice:

    El relato tiene un aire de confesión personal de todo punto respetable, un andamiaje de prosa hormigonada con recuerdos sentidos, metidos a presión en cada párrafo de la cumplida retrospección histórica.
    Sea cual sea la orilla del río desde la que la juzguen tus lectores, lo importante es que me parece que te debes haber quedado a gusto.
    Así que, enhorabuena.

  6. minerva dice:

    Las inmensas ironías de la vida son, que todo ha dado un vuelco y ahora sucede lo contrario con los nacionalismos y separatismos. Pero aún más escarnecido.

  7. Luzzz9 dice:

    Hola Udure.
    Las despedidas siempre son tristes aunque el maestro sea
    «inocentemente feliz».

    ¡Suerte!. Un saludo

 

 

 

 

 

 

 

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