premio especial 2010

 

May 20

Orlando contempla las llamas que devoran su casa, con un sentimiento difuso de alivio. Entre el crepitar del incendio le llegan los gritos de angustia de quienes no han podido escapar a tiempo, antes de que el fuego, rápido y decidido en la conquista del viejo caserío, se apoderase sin remedio de todo el edificio. Mira su obra y ríe en la creencia de que ha derrotado a su enemigo, a ese ser que lo atormenta desde muchos años atrás, que lo acompaña en las turbias horas de la noche, que ha invadido el remanso de la vigilia y que ha terminado por corromper los escasos minutos de alegría o simple distracción que, muy de tarde en tarde, aligeraban su continua opresión de las meninges, el vértigo insufrible del estómago y el temblor convulso de las manos.

El humo se eleva a borbotones por encima de la colina y el fluctuante resplandor de las llamas dibuja en el rostro de Orlando un siniestro baile de sombras. Los aldeanos todavía no han salido de las brumas del sueño ni han comenzado a integrarse a sus tareas diarias y todavía tardarán los vecinos del villorrio, que se asienta en el fondo del valle, cabe el río serpenteante y perezoso que fertiliza la vega, en acudir alarmados con sus inútiles remedios para salvar lo insalvable de la vieja casona que se consume en la ladera del monte.

La suave brisa matutina impulsa el humo hacia la cumbre y refresca el rostro de Orlando que, perdido en el caos de sus recuerdos, borra la sonrisa amarga del rostro y la transforma en un rictus de dolor cuando acuden a su pensamiento recuerdos del tiempo en que, como aspirante a la carrera sagrada, ingresó en el seminario provincial.

Desde muy niño sintió la fuerte llamada de una sólida vocación religiosa. Por eso ingresó como seminarista del mismo modo que el resto de sus compañeros de la escuela se uncieron al arado y a las labores del campo. No podía ser otro el destino de aquel muchacho espigado, casi lampiño, con aquella voz extrañamente ronca para su edad, con la que más que hablar sentenciaba siempre a la mayor gloria y alabanza del Señor. Monaguillo permanente, asiduo a la catequesis, al rosario, a las novenas y a las procesiones del Corpus y de la Semana Santa, nadie en el pueblo dudaba que Orlando, de adulto, sería cura.

Sin embargo, fue en el seminario donde comenzó a sufrir los primeros ataques y la pujanza de la carne que amenazaba su pureza. Las continuas oraciones, las súplicas al Altísimo, las penitencias y las mortificaciones del cuerpo rebelde no conseguían apagar el fuego tentador. En sus delirios, cuando la fiebre le aceleraba el pulso y el sudor lo envolvía con su húmeda aura, descubrió, horrorizado, que lo atacaba “El maligno”. Nunca más lo abandonó aquel espíritu perverso, de perdición, que lo acechaba. Se convirtió en su eterno enemigo. Lo veía en todas partes; en las lecturas piadosas del libro sagrado, en los encendidos mofletes de las aldeanas que podía ver cuando los superiores sacaban de paseo a los seminaristas, en el seno ubérrimo de aquella gitana que amamantaba a su hijo sentada a la puerta de un chamizo y hasta en el calor traicionero de las noches primaverales.

Orlando perdió el control por primera vez una noche, cuando acababa de entrar en el dormitorio, después de las oraciones. El ambiente cálido y prometedor de la noche primaveral convidaba a la alegría y las chanzas sin malicia. Un compañero comentó, entre risas, que Orlando parecía un fauno, que deberían cuidarse de él todas las ninfas del bosque, porque corrían peligro. A Orlando la vista se le tiñó de rojo, notó como si una mano de hierro le apretase la garganta y le impidiese pronunciar una palabra y apretó las mandíbulas, preso de una tensión que amenazaba con provocarle el estallido de la frente. Cogió lo que tenía más a mano, un crucifijo grande de sobremesa, y con él golpeó al otro joven con tal saña que el chico cayó como muerto. Los novicios se apresuraron a sujetar al exaltado Orlando, para que no siguiese golpeando a su víctima. Lo sujetaron con sábanas a modo de sogas y se aprestaron a socorrer al infortunado bromista, tendido en un charco de sangre. Mientras, el inmovilizado Orlando no dejaba de gritar que había expulsado al Maligno, hasta que, finalmente, cayó en una especie de postración próxima al estado catatónico.

Orlando pasó diez años en un sanatorio. Tuvo suerte de que su víctima no muriera y, así, evitó la cárcel o el internamiento de por vida. Los forenses dictaminaron una dolencia que requería largos cuidados y el juez pronunció un fallo en consonancia con ese dictamen. El joven recibía la visita puntual de su madre todos los domingos por la tarde. Él apenas hablaba, saturado de calmantes, exhausto por las sesiones de electro shock, por las duchas a presión, por las exploraciones dolorosas y humillantes y por los interrogatorios de los psiquiatras. Pasaba las horas cálidas del verano sentado a la sombra en el jardín, los días fríos del invierno tras los cristales de la gran sala, ocupado en la contemplación de la caída mansa de los copos de nieve.

Mejoró con lentitud: ya no gritaba exaltado por las noches; ya no se encendía colérico ante una mirada extraña, ni ante un cometario fuera de lugar. El médico le aseguró a su madre que pronto lo autorizaría para que saliese del sanatorio. En unos pocos meses, si los indicios favorables se confirmaban, podría abandonar el centro un fin de semana, unas vacaciones cortas o una temporada y hasta recibir el alta, con la única obligación de regresar cada cierto tiempo para una revisión, cada vez más rutinaria, cada vez más prescindible, cada vez más un mero trámite.

Orlando volvió a pasear, libre, por las calles del pueblo. Ya casi nadie lo reconocía; había cambiado tanto. Sus cabellos, antaño recios, muy negros y encrespados, pendían ahora, lacios, escasos y salpicados de gris. La mirada, inquieta y feroz de su primera juventud, se había vuelto bovina, húmeda y adormecida. Caminaba encorvado y a pasitos cortos, muy al contrario de su anterior marcha airosa y rítmica. Cuando alguien lo saludaba tardaba en responder, como si le costase reconocer a la persona que le había hablado, y lo hacía con una voz insegura, confusa y casi inaudible, como la de un niño algo retrasado, una voz que no casaba con su aspecto de hombre prematuramente envejecido y acabado.

Su presencia por las callejuelas de la aldea o por los caminos junto al río, en las eras, en el bosque próximo y en donde menos se pensaba se convirtió en una costumbre. Los lugareños lo saludaban y luego, mientras volvían a sus tareas, meneaban la cabeza y compadecían a los pobres padres que habían tenido que cargar con la desgracia de un hijo así en su vejez. Orlando, por su parte, ganó algo de color; su piel ya no tenía aquel acentuado tono ceniciento, ni aquella liviandad que la volvía casi transparente. Un punto de color teñía levemente sus mejillas y hasta se diría que su mirada había perdido la indefinición anterior y que parecía concentrarse en mirar a los vecinos con mayor interés. Su madre, sin embargo, lo oyó lamentarse algunas noches y rebullir en la cama, como si alguna pesadilla lo atormentase. Llegó, incluso, a acudir la mujer, asustada, a la habitación de su hijo en más de una ocasión, con la inquietud de si le ocurriría algo, y lo encontró muy agitado, empapado en sudor, pero todavía dormido. Pensó la madre que debía comentarlo con el doctor en la siguiente visita de control, para la que todavía faltaban algunos meses.

Sin embargo, “El maligno” no se había marchado; estaba aletargado y sólo esperaba el momento propicio para mostrarse de nuevo con toda la fuerza que había acumulado durante el letargo. Orlando lo presentía en las confusas imágenes que se le aparecían en sueños, en los lúbricos pensamientos que le asaltaban durante el día y en el impulso que tanto le costaba vencer de tocarse allí donde todo el mal tenía su origen.

El ataque llegó con la misma inmutable seguridad que llegan las lluvias y las tormentas en otoño y con la fuerza devastadora del relámpago que salta entre las nubes cargadas de electricidad. La chispa prendió cuando Orlando vio a una muchacha sola, que segaba hierba en un prado casi oculto por el bosque junto al río. El sol calentaba con fuerza en una de las mañanas más cálidas del verano. El aire se había detenido y costaba respirar en el húmedo vaho que llegaba del amplio remanso cercano. La chica no tendría más de quince o dieciséis años y Orlando no recordaba haberla visto nunca antes por aquellas tierras. Tal vez se trataba de una más de las jóvenes llegadas en compañía de los temporeros que acudían a la zona para ayudar en las tareas de la siega. La muchacha llevaba la falda remangada hasta los muslos, la blusa entreabierta que mostraba un busto poderoso y tentador, el cabello recogido con un pañuelo y las mejillas encendidas por el sol del mediodía. Orlando ni siquiera tuvo tiempo para pensar lo que hacía; “El maligno” se apoderó de su voluntad y guió sus actos como si los hubiese repetido mil veces antes. Orlando saltó de improviso sobre la desprevenida muchacha, la sujetó con fuerza y le rasgó las humildes ropas que vestía, sin hacer caso de los inútiles gritos de socorro o peticiones de clemencia de la chica.

Todo ocurrió muy rápido, en pocos minutos. Al terminar, algo se rompió en el interior de Orlando. Sintió como se le aflojaba la presión de los miembros y como le nacía un gran hueco en el estómago, al tiempo que una oleada de calor le subía a la cara y le erizaba la raíz de los cabellos. Le dio asco de sí mismo y vergüenza por la visión de la chica desnuda, que lloraba tendida boca arriba con las piernas separadas y el provocativo sexo ensangrentado. Sin embargo, como si “El maligno” no le hubiese dejado libre todavía, sino que, por el contrario, se hubiera apoderado irremediablemente de su voluntad, tomó una piedra grande con las dos manos y golpeó repetidas veces, con todas sus fuerzas, la cabeza de la muchacha, hasta acallar por completo aquellos sollozos que parecían acusarlo de su pecado, hasta regresar al silencio ominoso de su llegada al paraje, hasta que sólo el fuerte latido del corazón llenó sus oídos. Luego, se levantó preso de una extraña agitación, miró en todas las direcciones y emprendió un alocada carrera hacia ninguna parte.

Vagó todo el día por los campos. No comió nada durante esas horas. Tampoco quiso cenar lo que le había preparado su madre, angustiada por la tardanza de Orlando en regresar a casa. Cuando se fue a la cama. Orlando no durmió, ni intentó conciliar el sueño. Permaneció despierto, medio incorporado, sin moverse, con la mirada fija en un punto indeterminado y el pensamiento enredado en imágenes vertiginosas de carne desnuda, sol y sangre, y en el recuerdo del sonido del cráneo machacado, envuelto en aquel desgarrado grito final que se trocó en un silencio absoluto, sólo mancillado por el canto de las cigarras.

Se levantó de madrugada, sin hacer ruido y salió de la casa. Fuera le recibió una noche de luna llena, con las estrellas parpadeantes por el bochorno remanente de la canícula diurna. Entró en el cobertizo donde su padre guardaba la gasolina para el generador eléctrico, el que se utilizaba cuando fallaba el suministro de la compañía. Roció a conciencia todas las paredes del edificio, se aseguró de que la puerta estuviera bien cerrada y la atrancó con una barra de hierro. Luego prendió una cerilla y la acercó al último reguero de combustible. Entonces, se retiró unos pasos y se dispuso a contemplar, satisfecho, la rugiente hoguera.



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6 Responses to “154- Orlando. Por Guy”

  1. Luc dice:

    Un extenso relato que descubre las razones de un pirado para cometer maldades bajo un instinto de trueno.
    No sé si hay la coherencia que sería deseable pero, en todo caso, creo que las descripciones son excesivas para narrar dos o tres episodios lindantes con el terror.
    La estructura me parece idónea para el fin; un bucle temporal fácilmente legible y muy bien trabado.

  2. HÓSKAR WILD dice:

    Bien narrado, atrapa. Hay que ver estos aprendices de cardenales. El que no sale pederasta, sale pirómano.
    Mucha suerte.

  3. Ágata dice:

    Te metes, como lector, en la historia, profunda y atroz. Un buen relato y bien narrado. Me ha gustado.

    Suerte.

  4. Cánquel dice:

    UUFFFF. Casi puedes oler el humo de la última hoguera. Bien contado. Me costó un poco al principio, pero reconozco que al final estaba enganchado. Gana en intensidad y en sencillez a medida que lees. muy bien. Suerte

  5. Antístenes dice:

    Del montón, lleno de tópicos. Parece la línea general de un guión para una película de serie «b» de finales de los setenta cuyo protagonista hubiese sido el difunto Paul Naschy…
    Suerte.

  6. la ciudad dice:

    Buen relato, aunque con algunas exageraciones. Una vez más la locura y la cordura agarraditas de la mano. suerte Guy

 

 

 

 

 

 

 

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