premio especial 2010

 

May 13

Es bien sabido que Pérez fue el auténtico descubridor de la penicilina en su pequeño laboratorio de Tal-Tal. Y que López en su esfuerzo sostenido, nunca descubrió nada, pero que estuvo cerca de ser citado profusamente en los anales de la ciencia.

Que Pérez, con su estilo indisciplinado, diríase que indiferente, iba acumulando toda clase de proyectos en beneficio de la ciencia, que no se molestaba en difundir más que en su pequeño círculo natal. Los hallazgos parecían buscarle: un musgo blanco en el arnés de su burro que rozó por casualidad y que al llegar la tarde terminó por cicatrizar una porfiada herida de su pierna. Una planta que un forastero le dejó como pago a su hospitalidad y que resultó ser la cura para la más porfiada de las jaquecas. Un charco donde cayó ebrio durante uno de sus regresos a casa, cuyo barro estaba conformado por una sustancia que hizo sanar de la noche a la mañana los hematomas en las piernas causados por la caída. Porque a Pérez le gustaba la fiesta y se la pasaba de juerga. Le gustaba canturrear con los amigos y tocar la guitarra. Recitaba poesía arriba de las mesas y más de una vez debió ser rescatado de dormirse borracho en un charco, luego de caer de su caballo.

López, quien se llamaba a sí mismo “hijo del rigor”, pasaba noches metido entre mecheros, trípodes, balanzas y pinzas metálicas, mezclando, probando, aplicando, anotando resultados en su grueso cuaderno. Cada noche devolvía minuciosamente los objetos a su lugar, las vitrinas quedaban cerradas con sus candados, los cajones en perfecto orden y López con la sensación de que sus avances no lo conducían a nada importante. Hasta ahora sólo había dado con una crema que aliviaba las molestias causadas por sus hemorroides.

López y Pérez, como es debido, se enamoraron de la misma mujer. Esa tercera que los acompañaba en la preparación de exámenes, se fijó en Pérez. Se enamoró de Pérez, de la poesía que recitaba y de sus permanentes e ingeniosas ocurrencias. Pero como Pérez era pájaro sin nido, se casó con López, tuvo hijos con López, cocinó y lavó para López, abandonó la facultad por decisión de López aunque él supo desde siempre que ella nunca dejó de pensar en Pérez. Que Pérez todavía la amaba y que siempre la amó a su manera. Pero López la desposó, anotándose un pequeño triunfo en la dispar competencia.

Hasta ahora López se había mantenido en una postura digna. Tenía bajo control, los malos instintos que le afloraban hacia Pérez, aprendida bien de memoria la lección acerca de los castigos destinados al pecado capital de la envidia. Después de todo, muchos de los hallazgos de Pérez, lo tenían a él de contraparte, canalizando su carácter impulsivo, ayudándolo a ordenar los destellos caóticos que según López, Pérez no comprendía del todo. Pero cuando Pérez le habló de cierto hongo que destruyó las bacterias de un cultivo que observaba en su laboratorio, López perdió la compostura.

Presintiendo el alcance de tal descubrimiento, se enfureció al pensar que había sido hecho en aquel insignificante lugar, desordenado y normalmente sucio. Preguntó los detalles a Pérez, como si no tuviera importancia y poco a poco fue confirmando lo que intuyó: que estaba en presencia de la historia y que el Pérez entraría en sus archivos sin merecerlo. Por primera vez, aceptó su invitación a beber.

López pagó la primera, la segunda y la tercera ronda. Brindaron por los viejos tiempos, por los años en la facultad, por los profesores memorables, por los amores perdidos (durante este brindis se miraron fijo el uno al otro, por varios segundos) y por los amores encontrados. Entonaron himnos de el equipo deportivo de Tal-Tal, hicieron bromas sobre la panza de Pérez y las ojeras de López. Brindaron por los hijos de López – ahijados de Pérez – y ya completamente ebrios, por la belleza innegable de Marcia, por su inteligencia, su sensualidad y sus amplias caderas. Cuando los detalles del cuerpo de la esposa de López fueron afinándose en boca de Pérez, López se apuró a invitar a una cuarta ronda de cervezas.

López ofreció llevar a su amigo Pérez. En el estado en que se encontraba, dijo, no podría dar un paso más sin su ayuda. Cuando llegaron, Pérez, tambaleante, le pasó las llaves. López lo llevó en andas hasta su cama. Le quitó el grueso abrigo, los zapatos, lo tendió y lo arropó con las frazadas de lana. Pérez roncaba ruidosamente y López supo que era el momento. .

Caminó hacia el laboratorio de Pérez. Cuando prendió la luz se encontró con el lugar en desorden que ya conocía. Miró hacia todos lados, con calma. Sobre la mesa se encontraba el cuaderno con las anotaciones de Pérez. Lo abrió. Fue a las últimas hojas. Leyó Placa de Petri, Staphylococcus aureus, lisis bacteriana, hongo antibiótico y esbozó una sonrisa amarga. Tomó todas las hojas que encontró sueltas, guardó cada papel que estuviera escrito, revisó entre los libros, hurgó entre los anaqueles, vació las cajoneras y los estantes. Cuando estuvo seguro de que ya no quedaba nada, metió todo en una maleta vieja, propiedad de Pérez y se largó.

Cuentan que López robó todo el dinero que ahorraba, desde hace más de veinte años, con su esposa. Que viajó a la capital y desde ahí tomó contacto con su antiguo maestro. Que le contó de su descubrimiento de manera atareada y confusa y que el viejo científico lo invitó a encontrarse con él en Inglaterra. Cuando lo halló, estaba ansioso por compartir las anotaciones. Quería saber cuál iba a ser el impacto, qué medidas debía tomar, a quién tenía que acudir. El corazón le latía a golpes, podía oírlo, podía sentir la presión azotando su pecho. Su profesor, a quien tantas veces había asistido en las más complicadas cátedras, le replicó con voz pausada:

– ¡Ah! Interesante, igual a lo de Fleming. ¿Lo conoce? Tal como decía… ¿cómo se llamaba el joven ese, amigo suyo en la Facultad?…Pérez, claro, como decía Pérez, los descubrimientos están en el aire. Flotan por todos lados. Y ya ve, apenas con unos meses de diferencia… ¿Todavía está usted casado con Marcia?

114-No es lo mismo ser López que Pérez. Por Maite Plaza, 5.6 out of 10 based on 9 ratings

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4 Responses to “114-No es lo mismo ser López que Pérez. Por Maite Plaza”

  1. Luc dice:

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    Debes haber conseguido que Fleming se revolviera en su tumba con esta revisión no autorizada (obviamente) y encantadoramente cotilla de una peripecia científica tan trascendente. Mucha suerte.

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  2. Antístenes dice:

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    «…Y que López, (COMA) en su esfuerzo sostenido, nunca descubrió ALGO..». «Círculo NATAL», ¿se refiere a los padres, la comadrona y el ginecólogo?… No sigo, pero le deseo suerte…

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  3. HÓSKAR WILD dice:

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    Efectivamente, no es lo mismo Luc que Antístenes; quiero decir, López que Pérez.
    Mucha suerte.

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  4. la ciudad dice:

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    Debe estar buenísimo tu cuento Maite, ya conseguiste el debate entre tres grandes.

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