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1/3/2005

105. Libros vivos
por Alejandra Pauli

Y el verbo se hizo carne
y vivió entre nosotros
Juan 1:14

La vida era la luz de toda la gente
Juan 1:4

Un sordo estertor de libros fue lo primero que Ana y Carlos escucharon al abrir la puerta de su casa tras unas largas vacaciones. Encendieron rápidamente la lámpara de la entrada para separar la luz de las tinieblas, afinaron el oído y esperaron a ver si no se trataba de una alucinación auditiva. Entonces les llegó el sonido de nuevo, esta vez con absoluta claridad. Se miraron el uno al otro sobrecogidos, temerosos de que fuera lo que temían y sin cruzar palabra tiraron el equipaje en el umbral, corrieron hacia el fondo de la casa a través del elegante corredor, que les pareció larguísimo por la angustia, y al final titubearon unos segundos frente al inmenso portón de la biblioteca antes de abrirlo de par en par con un firme empujón.

El quicio de la puerta dejó escapar un chirrido, agudo, lento, aterrador. Ana y Carlos se hundieron en una segunda oscuridad, aún más profunda y tenebrosa. El deslizó la mano cuidadosamente sobre la pared derecha hasta dar con el interruptor, y una pálida claridad se derramó sobre los estantes. Ante sus miradas incrédulas se impuso un espectáculo tan dantesco que tuvieron que apoyarse contra la puerta para contrarrestar el vértigo del horror. Durante su ausencia muchos libros habían sufrido daños quizás irreversibles por falta de caricias. Allí yacían con las páginas gravemente desatendidas los tomos de Plutarco, Virgilio, Lope de Vega, Víctor Hugo, Shakespeare, Tolstoi, Stendhal, Poe, Rulfo, Borges… Ana se atrevió a formular la pregunta que ambos hubieran preferido evitar.

-¿Será que… todos?-
-Esperemos que no- fue la respuesta de Carlos.

Sin perder un segundo se apresuraron a abrirlos uno por uno, a tocarlos, a sopesarlos, a acariciarlos, a leer fragmentos repitiendo a veces entre labios y siguiendo cada línea con el dedo índice, que es como más les gusta a los libros que los lean porque así les hacen cosquillas los niños. Los bajaron delicadamente de sus lugares, les sacudieron el polvo tóxico del olvido, abrieron todas las ventanas para que les entrara el perfume revitalizador de sus ancestros los árboles, les dieron masajes de resurrección en el sillón de leer, en la mesa del estudio y hasta en un escritorio improvisado con cajas de cartón. A los más graves los atendieron en la cama, bajo una luz de neón que permaneció encendida veinticuatro horas al día a partir de ese momento.

Sin concederse un instante de tregua Ana y Carlos leyeron, deletrearon, revivieron líneas mágicas que iluminaron los rincones más oscuros de su imaginación, viajaron a lugares extraordinarios, a ciudades que jamás habían visto, y así llegaron a conocer lo más recóndito del corazón humano. Se extraviaron en intrincados laberintos habitados por Minotauros, escaparon de la tierra de los cíclopes y de la furia de los titanes, visitaron tierras lejanas y misteriosas donde hubo una vez un rey, sucumbieron al hechizo de los castillos encantados, aspiraron la fragancia de los bosques embrujados, contemplaron el mundo desde un globo y a las más exóticas criaturas del fondo del mar desde un submarino, se elevaron hasta el cielo de los ángeles y fueron más allá, miraron la cara oculta de la luna, conocieron los planetas habitados por baobabs y flores caprichosas, tocaron las estrellas de distintos colores, llegaron hasta los remotos confines del universo y aprendieron a conjugar el pretérito imperfecto, el pasado compuesto de todos los aciertos y los errores humanos, y hasta el futuro condicional.

Poco a poco desaparecieron los gemidos, los crujidos, los estertores de las páginas, los aletazos de las hojas moribundas, y fueron reemplazados por aquel apacible silencio de los libros cuando reposan sanamente leídos sobre un estante. Los tomos de Aristóteles recuperaron su retórica, los de Julio Cortázar su desmedido amor por el juego y los de Carl G. Jung volvieron a tener aquel aspecto de niño curioso e inquisidor que los había caracterizado siempre. La casa entera se fue llenando de una chispeante alegría de páginas leídas, de historias recobradas, de voces recuperadas, de cánticos antiguos.

Al cabo de unos días Ana y Carlos habían pasado tanto tiempo dedicados a la labor de resucitar los libros, que se olvidaron por completo de sí mismos. Entonces Ana, quien tenía la constitución más frágil de los dos, cayó desmayada en medio de la biblioteca.

-Creo que se intoxicó de poesía- dijo desde su estante Rimas, narraciones y leyendas.
-A lo mejor se está convirtiendo en una enorme cucaracha- opinó La metamorfosis.
-Lo que pasa es que Ana pertenece a una estirpe condenada desde siempre y para siempre a los desmayos- dictaminó Cien años de soledad.
-Maktub, estaba escrito- opinó solemnemente El Corán.
-Debe ser una cosa pequeña. Las cosas pequeñas siempre tienen importancia; suele ser por las que uno se pierde- diagnosticó Crimen y castigo antes de abrirse por la mitad para bostezar de hambre.

-¡Hambre!- dijo Carlos dándose una palmada en la frente. En ese momento cayó en cuenta que habían olvidado por completo alimentarse, así que apenas ella recobró un poco el sentido le dio de comer y de beber, y luego apuró unos cuantos bocados para no ir a desmayarse él también. Cuando Ana al fin se sintió mejor miró hacia cada uno de los estantes y sonrió feliz al ver a todos los libros en perfecto estado de salud. Carlos le acarició con suavidad la mejilla.

-¿Nos sentimos mejor?-
-Mucho mejor, mi vida. Gracias.

Pero el gesto de paz en el rostro de Ana se transmutó en cuestión de segundos en uno de preocupación. Abrió los ojos de forma desmesurada y dijo:
-Las maletas. ¡Las dejamos en la puerta y se nos olvidó cerrar!
-¡Qué importan las maletas!, a donde vamos a ir, no las necesitaremos- dijo Carlos dejando que ella leyera en el alfabeto de su rostro una intención hermosa e insensata. En ese momento Ana lo comprendió todo y en sus ojos brilló un gesto cómplice. Allí mismo hicieron el amor con metáforas, sin acotaciones ni paréntesis, totalmente ajenos a las nociones del tiempo y del espacio. Por eso no se dieron cuenta cuándo ni de qué manera se fundieron en un rítmico resplandor, en un tibio arpegio de frases hermosas, de parábolas, de versos.

Entonces fue como si convertidos en dos gotas de idéntico brillo se hundieran en la tierra sólida, redonda, atónita y oscura y la atravesaran por completo en el vuelo instantáneo de su sueño, desprendiéndose de ella, haciéndose un destello de fulgor y de pureza camino al resplandor de la vía láctea para confundirse al fin con el susurrante mar lumínico del universo.

Así la vida regresó a la luz y la carne volvió a ser verbo.


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