
Entre sus brazos.
Vuelvo a ellos.
Avara, estúpida, arrepentida.
Siempre en los brazos.
Caricias de musgo, vello verde.
Vuelvo a sus brazos melancólica.
Vuelvo a su sueño
que es el mío.

Juana Cortés Amunarriz
Blog de la autora

Entre sus brazos.
Vuelvo a ellos.
Avara, estúpida, arrepentida.
Siempre en los brazos.
Caricias de musgo, vello verde.
Vuelvo a sus brazos melancólica.
Vuelvo a su sueño
que es el mío.

Juana Cortés Amunarriz
Blog de la autora

Desgastamos con el uso, ya lo dije, las palabras. Pero cuando se dicen con hondura, cuando salen de muy adentro, vuelven a recobrar la fuerza con la que debieron ser dichas, la primera vez que se dijeron.
Veo el Fin al final del libro. Acabo de recorrer entre los brazos y la esperanza de un abuelo una bella historia, la bella historia jamás contada, una historia que solo me ha enseñado el tobillo, pero que se intuye al terminar. La historia de las palabras y los cuentos. La historia de una niña que pierde las ganas de vivir, y que al perder esas ganas de vivir la someten a todo tipo de pruebas para salvarla, y a la que solo salvará la historia más bella jamás contada. Y en la búsqueda de esa historia su abuelo encuentra lo que quería decirle, por encima de la vida la historia más bella no está escrita en ningún libro, ni es tampoco un cuento. La historia más bella es la vida misma. Y encontrar eso cuesta, aunque uno lo intuya. Y la muerte tampoco es el final, es un principio. Y el dinero tampoco nos da la vida. La vida nos la dan las palabras, porque nombrar, decir y contar es mucho más que leer. Quienes tengan hijos me entenderán a la primera y quienes no los tienen sólo tienen que recordar esas historias gastadas que nos contaban de niños a la luz del hogar o arropados por las mantas en invierno. Historias que sabíamos, mal leídas quizá, pero que nos transportan a otro tiempo, a nuestro tiempo de felicidad extrema, cuando llorábamos por no tener un chupachús pero que fueron nuestros tiempos felices. La historia más bella es una triste y bella historia. Y lo mejor es la evolución de un abuelo desesperado, ver como cambia como empieza a darse cuenta que la vida no es acumular dinero sino acumular historias. Nuestras historias, las que vivimos, las que sentimos, las que se nos pegan a la piel. Las que nos contamos en las noches oscuras, las que nos cuentan en páginas que leemos. Porque leer es vivir en las páginas de libros las historias de otros, es sentir en nuestros ojos historias que otros nos cuentan. Son cuentos de hadas o de demonios pero vivimos en las palabras que nos brindan desconocidos, que conocemos a partir de leerlos. Uno pasea un libro bajo el brazo y lleva dentro lo que otro le cuenta, y en este caso lleva un libro que habla de narrar vidas, vidas de gentes no triunfadoras mendigadas por un triunfador. Historias anónimas que son capaces de salvar una vida, porque la vida es para vivirla y necesitamos que nos cuenten otras vidas a veces para vivir la nuestra o para que nos den un toque en el alma y darnos cuenta que no la estamos viviendo. Contar, leer también es vivir aunque no lo crean. Por eso me ha encantado «La historia más bella», por eso la he leído con una lágrima al borde de los ojos y la he acabado con una gran sonrisa de satisfacción, igual ustedes quieren probar. Sólo han de buscarla y dejar que penetre en ustedes con el dulce recuerdo de la infancia.
Brisne
Colaboradora de Canal Literatura en la sección «Brisne Entre Libros«
Blog de la autora

El sonido del teléfono me sobresaltó, a pesar de que esperaba la llamada. Luis, el camarero, lo descolgó, contestó con un “Buenas tardes”, y tras escuchar un momento, me lo entregó con otro: “Es para ti”. Esperé unos segundos, para no dar sensación de impaciencia, y luego contesté sin poder evitar un temblor en la voz.
?Dígame…Sí, mi amor… Ahora mismo.
A continuación colgué el teléfono. Llamé al camarero, pagué el café a medio consumir y miré dentro de la taza. Aquel líquido, ahora me parecía de un negro maravilloso, como una llamarada negra, como un hermoso mar de azabache. Me pregunté si los posos de aquel café habrían anunciado mi felicidad de aquel día.
Recogí las monedas que me tendió el mozo, y salí a la calle. Iba despacio, dilatando el tiempo en cada uno de los pasos hacia la felicidad. No cabía en mí de alegría cuando entré en el Hotel Palace de la calle del Tilo. El ascensor estaba averiado, pero el paraíso estaba cinco pisos más arriba. Mi corazón palpitaba más aceleradamente a cada piso que subía. Las últimas escaleras, las subí despacio, demorándome, como saboreando la dicha por anticipado. Luego ya, ante la puerta, me paré un instante preparándome para entrar en el cielo que me estaba esperando. Antes de que llamara, la puerta se abrió y apareció, escuetamente, Ava. Me agarró del brazo y me metió en el piso.
Solo mucho después, meses después, años después, repararía en que una vez había estado en el paraíso, y que el paraíso, en realidad, se encontraba en unas escaleras del Hotel Palace.
José María Araus

Descansa tu pijama sin armario
sueña mi farola con tu estrella
de acostarse en la cama del silencio
hasta desvelar de obscuridad la luna
y acunarnos en el noctámbulo baile
del dormitorio, arropados entre almohadas
de fastamas que trasnochan sin descanso
porque tus sábanas duermen en mi vigilia.
Manuel Brescané Muñoz
Ganador de la categoría fotografía del
premio Especial «Tras las huellas de Ibn Arabí»
Nuevo libro:
Letras del buen humor o El Quijote
escondiéndose de este siglo.
Reír complace al alma, conforta al corazón,
relaja la mirada.
Me es grato presentarles esta serie de poemas
y cuentos que no tienen otro sentido más
que el de alegrar y animar. Hay que darse tiempo
con la alegría, y disfrutarla.
Espero les guste el libro y sea de su agrado.
El que guste leerlo puede darle clic a la imagen
de arriba o al libro que se encuentra de lado
derecho del blog. Es totalmente gratuito
y se puede circular libremente entre sus
amistades.
Aprovecho para desearles a todos una
Feliz Navidad y un Prospero Año Nuevo.
Salvador Pliego
Blog del Autor

A Leonida Lari
Sin luz
en el umbral del vacío,
escribiendo.
Ha llegado el momento del gran viaje,
para sentir la vida en sus inicios,
en el deslumbramiento de la nada.
La pasión te llevó hacia el lugar
donde la sombra juega su papel
y consigue sin trabas
la desnudez del ser, en lo infinito…
Ana Muela Sopeña
Blog de la autora

“La amistad es transparencia, /es franqueza, lealtad,/ respeto y sinceridad/ en mutua correspondencia./ Es un néctar, una esencia/ de incalculable valor,/ es el hombro acogedor/ donde el alma se desnuda/ y se convierte en ayuda/ en el momento peor.”
Esta preciosa décima espinela es obra de Antonio Sánchez Marín. Trovador, como él se denominaba. Se denominaba, sí, porque hace apenas unas horas que se nos murió. Para mí, además de un amigo, era un poeta, un poeta capaz de componer perfectas décimas espinelas encuestión de segundos de los temas más peregrinos que le planteases. Lo conocí hace años, cuando decidieron regalarme el nombramiento de “Musa del Trovo” los troveros de nuestra Región y, desde entonces, hemos cultivado una entrañable amistad. Por eso, cuando hace un par de días, su hija me llamó para decirme que su padre había muerto, entendí perfectamente la canción de Alberto Cortez: “Cuando un amigo se va queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo…” Ni lo puede llenar otro amigo ni queremos rellenarlo. Cada amigo, cada persona que llega a nuestra vida tiene su espacio, su luz, su árbol, su viento, su estrella en nuestro corazón. Y cuando se nos va, su espacio queda vacío, pero su estrella sigue brillando en nosotros mientras seamos capaces de recordarlo.
Dice John Donne: « La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque como yo forma parte de la humanidad; por tanto nunca mandes a nadie a preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti”. Siempre doblan por nosotros cuando un hombre muere, pero lo hacen de manera más intensa cuando quién se va se lleva una parte de nuestro corazón.
En esta loca semana de puentes… entre la Vida y la Muerte –no hay más que ver los muertos que han quedado en las carreteras- ante el resultado de uno de los muchos accidentes entre unos jóvenes moteros, cuyas edades apenas sumaban entre los tres cincuenta años, y ya con el vacío en mi alma de mi amigo, no he podido evitar reflexionar sobre la tremenda levedad del ser humano y de cómo unos nos aferramos a la vida, luchando a brazo partido con la muerte, como me consta que hizo Antonio, mientras otros la dilapidan ofreciéndole su cuello a la guadaña de la velocidad, la imprudencia o el alcohol.
Calderón de la Barca, por boca de uno de sus personajes decía que la Vida era “Un frenesí, una ilusión, sombra, una ficción…” Y hasta es posible que el ser humano lo vea en ese mismo orden que lo describe nuestro insigne poeta. Quizá para los jóvenes, los del accidente y otros como ellos, la Vida no sea más que un frenesí, puro arrebato, riesgo, excitación. Aunque eso conlleve que sus padres mantengan de continuo en sus labios una plegaria que intente detener el paso de la muerte ante la promesa de vida no cumplida. Es posible que, pasado ese frenesí, la vida sea pura ilusión: enamorarse, amar, tener hijos, contemplarlos, besarlos… Y, a medida que vamos echando años en nuestras alforjas, nos demos cuenta de que la vida pasa como una sombra a la que no podemos asir, de la que no podemos retener ni extraer a quienes amamos… una ficción, una quimera, un engaño que nos pone frente al espejo de nuestras grandezas y nuestras miserias.
Todos los accidentes del mundo, todos “los puentes” asesinos, todas las enfermedades y catástrofes deberían ser útiles de alguna manera y servir para darnos cuenta de lo frágiles que somos, porque como dice Stefan Zweig: “No basta con pensar en la muerte, sino que se debe tenerla siempre delante. Entonces la vida se hace más solemne, más importante, más fecunda y alegre”. Antonio sabía que la muerte desayunaba con él cada mañana, desde hacía un tiempo, pero a diario la retaba e intentaba ganarle la partida ese día haciendo esas horas más “solemnes, importantes, fecundas y alegres” y, sin perder el ánimo decía: “La Esperanza es la ilusión/ de conseguir lo probable,/ de alcanzar lo inalcanzable; es tabla de salvación./ Dubitativa razón/ que suele pintarse verde,/ es –conviene que recuerde- lo mismo que un clavo ardiendo,/ es, aunque estemos muriendo,/ lo último que se pierde.” Y bien lo sabía él. Pero ¿qué pasa con esos chicos para quienes la muerte es ciencia-ficción porque creen que vivirán para siempre…? Y, por otra parte, ¿quién nos asegura que no vivan de esa trepidante y arriesgada manera porque algo dentro de ellos les dice que lo harán por poco tiempo? ¿Quién?
Entretanto sólo nos queda poner en los labios un deseo de luz y de paz para quienes se nos mueren, mientras los ojos del corazón contemplan el espacio vacío que dejan para siempre en nuestras vidas.

Ana Mª Tomás Olivares
Blog de la autora