
Mucha gente pensará que todo cuanto voy a relatar, a continuación, es fruto de mi desenfrenada imaginación, pero me gustaría que me brindarán un margen de confianza y, por una vez, creyeran en mí.
Todo sucedió el pasado sábado en la noche. Habíamos llegado, mi esposa y yo, al cuarto del hotel, en plena judería de la Medina de Córdoba, cuando echamos en falta mi teléfono móvil. Ya era bastante tarde. La neblina cubría la milenaria ciudad y una luz tenue, proveniente de sus típicos faroles, impregnaba de misterio las estrechas y empedradas callejuelas de la vieja ciudad árabe.
Abrigándome todo lo que pude, salí en dirección a las afueras del recinto amurallado en busca de mi coche con la intención de recuperar mi teléfono, del que, desgraciadamente, no puedo separarme nunca.
El húmedo suelo estaba formado por un sinfín de guijarros, más adecuado, quizás, para el trotar de los caballos que para el caminar de las personas. Me fijé en sus estrechos callejones, en lo sinuoso de su trazado, en sus paredes encaladas y en los portones centenarios y majestuosos que dan acceso a palacetes de familias nobles, cuya historia, en la mayoría de los casos, se remonta a la oscura y triste época de la reconquista y, tras ello, a la expulsión de los musulmanes y los judíos que cambió la historia de la ciudad para siempre.
He de reconocer, en cierto modo, que mi mente se hallaba sugestionada por el hechizo de la ciudad, embelesado en su nocturna y solitaria belleza, cuando, de entre las sombras, surgió a lo lejos, la figura de una extraña mujer que pronto comenzó a pronunciar mi nombre como si me conociese de toda la vida. Aunque no soy muy dado a tales excesos de confianza, me paré a escuchar lo que decía:
-José, José, ven por favor, necesito tu ayuda – dijo tuteándome aquella mujer que, ataviada con un vaporoso vestido, había salido del Callejón de la Luna.
Sin dudarlo, dando rienda suelta al caballero -de la oronda figura- que llevo dentro, me dirigí hacia el callejón por donde se había adentrado la misteriosa dama, cuyo vestido me resultó mucho más antiguo, si cabe, que los que se compran a precio de saldo en los modernos outlet.
-José, José, por aquí, ven raudo, por favor – volvió a chillar la señora, mientras su silueta se difuminaba entre las sombras de una callejuela contigua. Leer más