Inescrutables… Por Javito

Yo estaba allí cuando lo retiraron. Por lo visto, llevaba muerto casi un día entero. Sentado en un banco. A nadie le extrañó verlo completamente inmóvil. En realidad, en eso consistía su número: en permanecer estático. Vestido de hombre de hojalata. Sin duda, aquella fue su actuación más memorable.

Pude ver los esfuerzos por meterlo dentro de una funda de plástico. De esas que te dan cuando recoges un traje del tinte. Pero diez tallas más grande. No hubo forma de estirar las piernas. Ni de quitarle las botas con plataforma. Ni el sombrero de copa alta. El rigor mortis había impuesto su criterio. Así que desistieron de cubrirlo. Y en lugar de acostado en camilla, lo colocaron sentado en una silla de plástico, tomada del kiosko del parque. Fueron necesarias cuatro personas para elevarlo a las alturas. Con la cara pintada de gris metalizado. Y una mochila raída abrazada contra su pecho. La Cofradía del Hombre de Hojalata. El señor juez, de mayordomo, supervisando la procesión.

Entonces, justo antes de iniciar la entrada en el templo, comenzó a llover. A diluviar, más bien. Pero nadie se movió de su sitio. Como si las manecillas se hubieran detenido. Hasta los enfermeros permanecieron firmes. Con la silla apoyada sobre sus hombros, de frente a todo el gentío. Alguien comenzó a aplaudir. Luego otro… y otro… y otro… y todos los demás. Mientras, el conductor puso en marcha la sirena de la ambulancia. Y con lágrimas grises bajando por sus mejillas, el Hombre de Hojalata, desde lo más alto, sentado en su trono de plástico, nos dedicó una sonrisa, agradeciendo la gentileza…

Javito

Hablando con la estrella. Por Salvador Pliego

Muéstrame el destello que baja en danza,
la copa en cierzo alumbrando,
el ritmo espectral de tu grisalla
que es pincelada de albatros y tucanes,
el desliz con que caes malabareando
o zigzagueando las formas y dioramas,
ese hato de luz que toca piel y ansias,
que hilaza los dorados pájaros
a las despabiladas nubes
o los ata al crepúsculo de mieles.

Siento que eres la música de un labio
y una ráfaga en topacios prometida,
que orillas a la arena en los rituales húmedos
para verle su baile de colores.

Enséñame tu piel escarlatina
y el brebaje del paisaje
con que dócilmente nos alumbras.
Siento que eres la milonga concedida.

Salvador Pliego
Blog del Autor

Ensayo sobre la ceguera. Por Maribel Romero Soler

Este libro no es nuevo, seguramente muchos de vosotros lo conocéis, sin embargo yo lo he terminado de leer hace escasos días (en formato e-book) y realmente me ha impactado.

Ensayo sobre la ceguera es una novela apocalíptica, en cierto modo deprimente (a mí me ha deprimido), narrada de manera magistral, con excelentes reflexiones y ese punto irónico típico de Saramago que me encanta.

Un hombre se encuentra dentro de su vehículo detenido ante un semáforo. Cuando el disco cambia a verde el vehículo no se mueve. Todos los conductores comienzan a pitar y entonces se dan cuenta de que el conductor está en apuros, golpea los cristales, gesticula… Cuando ya consiguen abrir la puerta de su coche el hombre exclama: ¡Estoy ciego, estoy ciego! Esa ceguera repentina, inexplicable y de origen desconocido se contagia más que una gripe, por tanto no tardan en quedarse ciegas las personas que lo ayudan, el médico oftalmólogo al que acude, los pacientes de la sala de espera… El gobierno tiene que tomar cartas en el asunto y decide internar a los ciegos en las instalaciones de un viejo manicomio y dejarlos allí en cuarentena, sin ningún contacto con el mundo exterior y sin ninguna ayuda externa, solo reciben comida, que dejan a las puertas del edificio para que los propios ciegos salgan a por ella. La situación allí dentro es caótica, nadie ve, nadie conoce el entorno, no saben llegar a un aseo, comienzan a perder los principios básicos de civismo y empiezan a comportarse como animales, haciendo sus necesidades en cualquier rincón, donde les viene a mano. Aquello se llena de inmundicia. El manicomio no tarda en tener más de 200 ciegos, personas de diferente género y condición, honestas y sinvergüenzas. Hay peleas entre ellos, hay incluso muertes. Si deciden acudir a los militares que custodian las puertas son asesinados (órdenes del ejército de que los ciegos no salgan para que no contaminen).

Todo esto lo conoce el lector porque hay una persona, solo una, que no se ha quedado ciega, que es la mujer del médico oftalmólogo, aunque finge que sí para no separarse de su marido, por tanto es internada con él en el manicomio. Los ojos de esta mujer son testigos de todos los horrores. Se producen hasta salvajes violaciones.

Cierto día descubren que no hay militares en las puertas, que no hay nadie vigilando. Consiguen escapar y entonces se dan cuenta de que todo el mundo, absolutamente todo el mundo, está ciego (menos la mujer del médico, que sigue siendo el nexo de unión con la barbarie). Nadie vive en sus casas, la gente va ocupando las casas libres que se encuentra, muchos viven dentro de tiendas, para abastecerse de los productos alimenticios. No hay comida, no hay higiene, no hay luz ni agua, todo ha dejado de funcionar porque nadie ve y la vida no está diseñada para ciegos. Los perros y gatos callejeros se convierten en una amenaza. La inmundicia, los excrementos humanos y la basura se acumulan por las calles, pronto darán lugar a epidemias. La gente muere sin atención médica. Todos están condenados a morir.

El final, que creo que no podía ser otro, es el efecto contrario: del mismo modo que todas las personas se quedaron ciegas, lo que ahora ocurre es que comienzan a ir recuperando la vista, para descubrir la mierda de mundo que han dejado.

Está claro que esta novela es una lección, una invitación a la reflexión porque nuestra sociedad también sufre un tipo de ceguera que no sabemos controlar. Nos muestra los instintos más primarios del ser humano, y cómo en situaciones extremas perdemos totalmente los principios. Lo que cuenta es la supervivencia, a costa de lo que sea.

Muy recomendable.


Maribel Romero Soler
Blog de la autora

Vigilante. Por Juana Cortés Amunarriz

A Vigilante le pusimos el nombre antes de darnos cuenta de que no veía bien. Se chocaba con las papeleras y ladraba a las estatuas de los reyes visigodos. A pesar de su deficiencia era amistoso, y mostraba un cariño indefinido por los brumosos humanos que compartíamos la casa. Si distinguía la personalidad de cada uno –las palmadas sonoras de mi padre, los besos de Sandra, las caricias insulsas de la abuela- nunca lo demostró. Sin embargo, a ninguno nos gustaba bajarlo al parque. Nos avergonzaban las miradas ajenas cuando tras llamarlo, a pesar de tan glorioso nombre, acudía un can de aspecto lastimoso. Vigilante se hizo viejo antes de tiempo; perdió el olfato y alternaba las albóndigas de lata con los trapos de cocina y los suplementos semanales. A Vigilante había que vigilarlo a todas horas.

Al siguiente perro que tuvimos, tardamos tanto tiempo en ponerle nombre, que acabó llamándose simplemente Chucho.


Juana Cortés Amunarriz
Blog de la autora

El otro McCoy. Por Brisne


El otro McCoy

«Recordó a alguien en una obra que había leído que decía algo sobre el duelo. El problema del duelo es que no dura para siempre. O algo así. Ella ni siquiera había empezado. No lo había encontrado aún. Había empezado a buscarlo y, en el proceso de búsqueda, había comenzado a sentirlo, pero sabía que pronto le iba a alcanzar de lleno». 

Voy a confesarles que leo los prólogos. Igual no debería, pero los leo. A veces al principio a veces al final. En este caso lo leí primero, sin entender aún la ironía del título, porque el verdadero McCoy en Escocia -un estado mental- es una frase hecha que habla de lo que es auténtico, real. ¿Quién es entonces el otro McCoy?. Para saberlo tendrán que abrir la maravillosa edición que Jekill and Jill nos presenta y sumergirse en el Jekill and Hyde de Brian McCabe. Eso es lo que hice yo. Abrir y leer. Vagabundear con los zapatos rotos de Pat McCoy, verle vivir cuando estaba muerto, vender a domicilio mirillas, mientras al otro lado de la puerta Yvone, su novia, vive una muerte de mentira o no. Porque en el otro McCoy jugamos con la dualidad, con la vida y la muerte, con quienes somos, con lo que somos, con lo que son. Alcohol que recorre venas, fiestas que de quienes no saben ni quienes son ni a dónde ir. Recesión económica, hambre y conseguir dinero para pagar el alquiler o comparar unos zapatos de segunda mano, de imitación. Edimburgo en postales, en negro sobre blanco. Identidad, rumores, bromas y quizá la decisión última al final de no ser nadie, ni siquiera él mismo, ser otro, el verdadero el real. ¿Quién no se ha despertado el día de año nuevo y mientras los acordes del Danubio Azul llenan la habitación ha decidido que ese es el primer día de su vida? Algo así hace Pat McCoy, una mano que te sumerge en su mundo y luego nos enseña la luz, la de un nuevo año que se abre. El otro McCoy es un juego de espejos, de distorsiones, de vagabundeo. Y yo, que no conocía a ningún escocés me he ido con él, andando y mirando sus reflejos que a veces también son los míos, oyendo esa música que me ha recordado a irlandeses que sí he leído. Porque las lecturas me hacen eso, llevarme a otros lugares y recordar a quienes ya he leído. Me ha gustado muchísimo el Otro McCoy, quizá no sepa explicar exactamente por qué, pero es esa música que tienen algunas novelas, que no son la de un bestseller, pero que a mí personalmente me gustan mucho más. Probablemente no sean libros que se lean de modo masivo, pero es una de esas joyitas que descubres y te emocionan, que subrayas con pasión y que te llenan. ¿No quieren ustedes acompañarme?

Brisne

Brisne
Colaboradora de Canal Literatura en la sección «Brisne Entre Libros«
Blog de la autora

Milagro onírico (o sueños con “soundtrack”). Por Carlos Veloso

Tu Pragmatismo y mi Esperanza continuaban caminando separados solo por unos pasos por el camino de ladrillos amarillos, de pronto pragmatismo alcanzo a esperanza, le toma del brazo y apoya su cabeza en el hombro, mientras se escucha de fondo “Somewhere over the rainbow” interpretado Iz; en ese momento, mi Esperanza deja de pareidoliar mirando las nubes y comienza a recordar las ultimas etapas de este viaje; con un poco de pena recuerda como Pragmatismo convenció a Dorothy para que se quedara haciendo clases de Economía Domestica en la escuelita del pueblo de los Gnomos, a pesar de su opinión, que planteaba que un personaje tan trascendente debiera tener un fin mas digno; se sonrío al recordar como convenció al León Cobarde para que se quedara como domador de un grupo de lesbianas salvajes que regentaban un enorme circo de variedades, a pesar del disimulado disgusto de Pragmatismo por tener que tratar con estas desinhibidas chicas, especialmente con la de mayor edad. El Hombre de Hojalata acepto el puesto de Contable del Circo, al quedar fascinado con el enorme ábaco que se usaba en el carromato utilizado para estos fines, por lo menos eso fue lo que dijo al despedirse, pero Esperanza aun abriga la secreta ilusión de que se embarco en una cruzada para redimir por lo menos a una de las chicas, o a el mismo, de su incipiente homosexualidad con El Espantapájaros. Leer más

Los niños perdidos. Por José María Araus

           Cuando el mago pidió que alguien del público subiera para ayudarle en su  número, el pequeño Martín,  de ocho años, se presentó voluntario. Después de un ceremonioso recibimiento por parte del artista y los aplausos de la gente, el prestidigitador lo metió bajo una capa, y tras unos grandes aspavientos y palabras extrañas, lo hizo desaparecer.

            Martín se encontró volando sobre un desierto, y poco a poco fue bajando a tierra. Sentado en una roca estaba desconsolado, pensando cómo volver, cuando oyó un ruido a su espalda. Un niño rubio  con el  pelo revuelto estaba allí mirándolo, a su lado había un cordero.

?Hola, ¿Tú quién eres? —dijo el niño desconocido.

?Soy Martín. Un mago me hizo desaparecer debajo de su capa y  ahora estoy perdido. ¿Y tú?

 ?Soy el cuidador de este planeta y estoy buscando una planta para que coma mi cordero.

?  ¿Sabes cómo puedo volver a mi casa?

?Lo mejor en estos casos es llamar a Simbad el marino. Pero tendrás que llamarle muy fuerte.

Martín gritó con todas sus fuerzas, y a lo lejos en el cielo apareció un punto que se fue agrandando. Era Simbad que venía volando en su alfombra mágica, y en un momento aterrizó a su lado. Leer más