THANATOS. Por Lorenzo Xairo Roselló

Portada

Sinopsis
Transcurre el año 1956. En la población de Albedril, el empresario de una Funeraria llamada “La buena muerte” acostumbrado desde pequeño a vivir entre ataúdes y lápidas, al ser algo diferente a los demás muchachos de su edad, vive una juventud introvertida, la cual revertirá en consecuencias horrendas, que aunque para él tan normales, resultarán nefastas para sus vecinos y a la vez clientes.
Ya de adulto, después de haber quedado solo en la familia y como buen empresario funerario, monopoliza su empresa haciendo que ésta resulte imprescindible de utilizar. Gran filósofo de la vida, llegará a confundir la realidad con sus fantasías, que desencadenarán una serie de acontecimientos, dignos de ser conocidos, al desafiar todos los estamentos establecidos como normales.
Su infantil destreza con las gubias de esculpir, se convierte en la macabra costumbre de tallar en madera a todos cuantos se iban muriendo en su pueblo, de una forma muy curiosa. Después coleccionará las tallas, que en forma de estatuillas llegan a formar una muy valiosa colección privada.
Su nobleza interior, así como su visión distorsionada del concepto de la vida y de la muerte, hacen de Secundino Uría Muñiz, un personaje que obsta a la jerarquía impuesta, a la costumbre, a la ley incluso, y vituperando todo cuanto le rodea, descarrilará de su propia vía, al cruzar la línea de lo desconocido.
Hasta a un calculador como Secundino se le pueden complicar las cosas, al ocurrir eventos nunca imaginados, de los que hay que salir conforme uno puede. La inteligencia de este personaje, sumada a la visión distorsionada de la realidad, confundirá al ajeno que lo conozca por primera vez, hasta incluso, tendrá que esforzarse para no ser contagiado de su muy particular visión de la vida.
Un sueño que nunca termina, lo embaucará y lo encauzará hacia un destino lógico, según sus razonamientos. La deidad de la cual su subconsciente cree ser discípulo, se apoderará de su personalidad, hasta el punto de instalarse dentro de su conciencia.
Secundino pasará el trance al que será sometido, pero volverá al mismo lugar donde ocurrió todo, y esta vez aplicará sus conocimientos, llevándolos a la práctica, con todos aquellos que le dejaron a un lado. Ahora, aunque con nombre y aspecto diferente, ajustará el pie de rey y devolverá a su único propietario la hacienda robada.
Aquel pueblo que le vio nacer, crecer, trabajar y sufrir; que lo hundió en la desesperación y el abandono, conocerá la venganza de la más cruel de las deidades personalizada en Secundino.
Conocedor profundo de la grandeza de la vida y de la majestuosidad de la muerte, volverá a buscar después de su venganza, el lugar donde verdaderamente encontró la felicidad, pero allí sólo encontrará desolación. La felicidad truncada, provocará la gran decisión de su vida.

¡Qué triste es, cuando uno se marcha, despedirse sólo de sí mismo!

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Homenaje a los ochenta. Por Salvador Moreno Valencia

Años 80Corrían los chupitos como balas del infierno garganta abajo quemando
nuestros esófagos con su endiablado destilado de agave, cuando sonaba, en el
momento álgido de la noche, la canción que todos coreábamos: «El limite» del
grupo de rock La Frontera.
Nos identificábamos con aquellas letras por creernos, a esas horas, en las
que los efectos del tequila nos habían transportado al limite del bien y del
mal, al menos de lo que entendíamos como tal, cercanos a ese mundo que rompe
las fronteras de lo cotidiano, por cotidiano mil veces más absurdo; el
limite, como estar al filo de la navaja o caminar descalzo sobre brasas de
carbón era lo que creíamos entender pensando de una manera libertaria,
desalojados de ataduras y de imposiciones sociales.
Más bien era un lugar imaginario en donde nos hubiera gustado estar en algún
momento de nuestras vidas, dándonos la oportunidad de poder cambiar el mundo
que nos rodeaba haciendo realidad ideas y sueños; entonces el ritmo de la
música y el estribillo de la canción nos otorgaban unos segundos de gloria,
la que en nuestros corazones anhelábamos en los labios ardientes de alguna
hermosa mujer de prietas carnes lanzándonos a la lujuria más descabellada y
atroz por bella e irreal, por estar más cerca del mal que del bien
propiamente dichos como nos lo habían hecho creer nuestros educadores no
laicos dotados de una fe y un doctrina colmada de misterios.
Nosotros éramos hijos de la frustración y el desengaño, adolescentes que
despertábamos en una transición y jóvenes que nacíamos en una democracia que
se acababa de estrenar en un país que salía de un duro trance dictatorial.
Y aquellas canciones de los ochenta con su movida madrileña, como siempre ha
sido, centralizaba un movimiento que hacía despertar a toda la nación en su
capital, quedando el resto del territorio huérfano de cultura y sumido por
muchos años más en la más profunda y negra de las Españas, que todavía, en
algunos pueblos, por desgracia, sigue viva.
Nos llegaba la movida ochentera tarde, casi en los noventa, al menos en
aquélla ciudad que bien comparó un gran amigo mío como la Cuba sin Fidel,
una isla rodeada de montañas, lejana al mundo exterior y cercana al pasado.
Canciones como «El limite» y tantas otras: Lobo hombre en París, Jardín
Botánico, Cadillac solitario, Perlas ensangrentadas, La chica de ayer,
Déjame, Enfermera de noche, Bote de colón, Bailaré sobre tu tumba, Galicia
caníbal, Camino Soria, Juan Antonio Cortes, Groelandia, Yo tenía un novio
que tocaba en un conjunto, Ataque preventivo, El pistolero, Metadona,
Escuela de calor, Huesos…
Y muchas otras sin dejar en el tintero a las que nos obsequiaron sus
majestades satánicas los Rolling Stones, Bob Dylan, Eric Clapton, Tina
Turner, Bob Marley, Nina Simone, Eurithmics, Status Quo, Roxy Music, David
Bowie, Talking Heads, Chris Rea, Leonard Cohen, Pretenders, Dire Straits,
Pink Floyd, Police, U2, Scorpions, Kis, The Chlass, The Ramones…
Todos estos y muchos otros grupos que escuché en aquella isla fueron, al
menos para mí, la salvación, gracias a ellos crecí como persona y aprendí
cosas maravillosas; descubrí de la vida lo dulce y lo amargo y me tambaleé
al limite de aquello que entendía como bien y me acercaba al mal; bailé al
ritmo de las guitarras de la Frontera cuando oía aquel «El limite» dejando
que mi imaginación volase hasta llegar a lugares soñados caminando por ese
fina y frágil línea que separa el mal del bien y viceversa.


© Salvador Moreno Valencia

2-EL EMBRUJO DE SICILIA: MONREALE . Por Francisco Arsis

Mondello

Al día siguiente de haber conocido al matrimonio formado por Bertrand y Sophie, y tras un frugal aunque placentero desayuno, partimos los tres con nuestras flamantes bicicletas en dirección a Monreale, apenas situado a unos 8 kilómetros al suroeste de Palermo. Bertrand había propuesto que visitásemos no sólo aquel bello lugar rodeado de montañas, sino también, y a través de una ruta bien escogida, la no menos emblemática ciudad de Mondello, allí donde los palermitanos solían acudir a menudo para descansar del agotador bullicio de la capital.

Aquellos simpáticos amigos franceses se hallaban en su tercer viaje a Sicilia, con lo que la eterna isla de la Odisea de Ulises no era ya una desconocida para ellos. Mientras me hablaban de sus anteriores viajes, notaba como se sentían atrapados por el embrujo siciliano al observar sus gestos y la mirada brillante de sus ojos. Y algo me decía que yo acabaría sintiéndome igual conforme fuese descubriendo aquellas maravillas de la madre tierra.

La llegada a Monreale se sucedió, para mi dicha, de forma rápida y fácil. Todo lo contrario que el resto de la ruta hacia Mondello, aunque no por ello decayó mi entusiasmo por disfrutar de todo el entorno palermitano. Según me apuntó Bertrand, los árabes que dominaron Sicilia durante los siglos IX y X llegaron a utilizar esta característica ciudad como granero para abastecer al mercado de Palermo. No en vano, durante su reinado dicha capital se convirtió en un importantísimo centro cultural islámico, a la altura de otros como el califato de Córdoba o incluso el posterior reino de Granada.

Sin duda, lo que más me sorprendió fue la sublime contemplación de la catedral monrealense, levantada gracias al insigne rey normando Guillermo II en el año 1174. Un portentoso edificio medieval que, a buen seguro, habrá inspirado más de una epopeya fantástica en la mente de muchos escritores. Por si acaso, un servidor no dejaba de anotar en su pequeño cuaderno todo aquello que le resultaba especialmente relevante, y, desde luego, Monreale daba mucha “cancha”.

Sophie aportó su granito de arena explicándome que, en su anterior viaje, uno de los guías les había apuntado que el famoso escritor Guy de Maupassant, orgulloso de su pasado normando, poco más que veneraba la catedral, así como el propio Monreale, y que muy conocida y anecdótica era una de sus frases sobre el claustro del convento: “Es tan agradable que apetece quedarse en él para siempre”. Imagino que Maupassant se derretía ante la contemplación de la catedral, algo que no me pareció nada exagerado siendo así que yo disfrutaba a mi vez de su inigualable magnificencia. Baste para ello nombrar, por ejemplo, los 4.000 m2 de la superficie de su iglesia, o los 6.340 m2 de increíbles mosaicos repletos de curiosas escenas bíblicas y del propio Evangelio, sin contar con los poderosos ábsides, el mencionado claustro o la hipnotizante fuente moruna.

Antes de partir hacia Mondello siguiendo la ruta prevista por Bertrand, lo que intuía una nueva y apasionante aventura, aún tuvimos ocasión de contemplar, desde una atractiva colina situada en el punto más alto de la ciudad de Monreale, una maravillosa panorámica de la propia Palermo y de la verde y no menos armoniosa llanura llamada por sus habitantes “Conca d´Oro”.

Y así, mientras esperaba una nueva andanza a través de aquellos agradables parajes, no dejaba de repetirme interiormente: “Sicilia, cómo me embrujas”…


© Francisco Arsis

Alguna vez fuimos víctimas del arrepentimiento. Por Alfredo León Barceló

(con adelaida garcía garcía)

cuánta nostalgia percibo
la mirada confundida de aquel pastor que llora por sus ovejas ya perdidas
no pudiendo acostumbrarse a la sombra
convirtiéndose en algo discutible
porque en medio de su dolor él dijo:
este dolor será como el cántico humilde de la cruz
como un ave rota flotando desconocida por la luz que la ha segado
que ahora le come los últimos huesos ante el circo que aplaude su llanto

pobre muchacha
no sabe que todo gira
que todo es balanceable y que la mentira es un plato lleno de sangre
con una pequeña cruz de guano dentro y todos miramos la cara de aquellos dioses
que no la salvaron

pobre muchacha
la mentira en sus huesos hizo su más húmeda casita
llena de todo lo insalvable
porque este dolor pasable es como un grito en la oscuridad de una desierta carretera
por donde deambulan la mierda y su fantasma
pobre muchacha no la salvarán ni los más sagrados rezos ni la manzana
adán y eva se escondieron de ella por temor a la espada
que cuelga sobre sus cabezas

este dolor será como un reloj intemporal
sus manecillas buscan las hojas que se cayeron del árbol sembrado frente al cielo
pero el árbol llora por el fango de sus ramas
desprotegido árbol que se ha quedado esperando
dónde quedó el viento
el agua purificadora aquel julio quince y tantos sueños

pobre muchacha
sus días serán oscuros salgo y el arrepentimiento me lleva de la mano
torpe muchacha
vacía
foco apagado este dolor será un lamento
la lluvia no existe frente a su casa
yo tengo que llamar a mis fantasmas para salvarme del miedo
pero todo es oscuro como estas palabras no encontradas por el viento ni por dios
que ahora baja los ojos apenado

Alfredo León Barceló

EL FORENSE de Lucia Parrilla Sagra

Portada

«Su protagonista es un hombre grande, profundo y por eso mismo, común y anodino
que cumple todos los ingredientes para ser un héroe escondido. Todo va girando en torno
a él pero en el curso de la historia que nos va contando Lucía aparecen personajes en los
que nos deleitamos y de los que la autora consigue que lleguemos a enamorarnos (entre
comillas, claro): Mica Beatriz, Rosa…
(Descripciones minuciosas, auténticas fotografías que consiguen sentir en toda su
intensidad cada lugar, cada sitio, cada suceso)
De la mano de la autora regresamos a la infancia y al “tiempo sin tiempo del niño”
que decía Cernuda. De su lectura aprendemos que, en definitiva, todos somos el niño que
fuimos. Y en el curso del relato vamos contemplando trozos de nosotros mismos: una vida
hecha de sueños grandes pero también de miedos y sinsabores. Desde el inolvidable
amor adolescente hasta la penuria de la desidia.
Es una novela escrita por una mujer que ha conseguido disfrazarse de hombre,
meterse dentro de un alma masculina con eficacia, con la misma maestría con la que Gala
narra desde la voz de una mujer (porque conoce como nadie a la mujer); algo que yo veo
realmente novedoso al menos en la Literatura castellana: entre las escritoras
contemporáneas (desde el grupo de Laforet, Salisach, Martín Gaite, Matute… hasta las
actuales y exitosas Echevarría o Grandes) no recuerdo ninguna mujer que narre desde la
voz de un hombre, con la dificultad que ello entraña. Y eso, sin lugar a dudas, es todo un
mérito»

Presentado por José Manuel Sánchez del Águila

Editorial Desembarco

EL EMBRUJO DE SICILIA. Por Francisco Arsis

Sicilia

Mi destino era Sicilia, isla evocadora de ensueños, allí donde Ulises navegó atravesando sus aguas, cuna de Pirandello y musa a la vez de otros tantos escritores de gran prestigio, desde Lampedusa hasta el poeta Quasimodo. Es tan hermosa que resulta imposible ignorarla, repleta de maravillas artísticas inigualables; impresionantes ciudades, como la bella Palermo, capaz de embrujarte sin remedio; como Siracusa y sus atrayentes ruinas grecorromanas, o la propia Ragusa, ciudad barroca por excelencia, que te embriaga y te transporta a una época en la que todos desearíamos estar presentes, como si de un auténtico viaje al pasado se tratase.

Me encantan los viajes literarios. Siempre lo he dicho. Desprenden un halo mágico, y revivirlos significa viajar de nuevo a esos lugares retratados con la pluma, la que todo escritor necesita usar para transformar todo en una especie de ritual, místico y profundo. El corazón palpita, el recuerdo te embarga, secuestrando tu alma, llevándola hasta allí ipso facto. Y es, en ese instante, donde aquella bendita experiencia cobra vida de nuevo, y hasta la más sencilla anécdota estalla en tu mente, con los cinco sentidos uniéndose y dando paso a un sexto, y con él… todo es posible.

Sicilia es la mayor isla del mediterráneo, con más de 25.000 km2, y casi cinco millones de habitantes. Una tierra fascinante donde las haya, repleta de vestigios de innumerables civilizaciones: sicanos, sículos, fenicios, griegos, romanos, vándalos, ostrogodos, bizantinos, árabes, normandos…

Todo ello terminó convirtiéndola, alrededor del siglo XII en una indiscutible monarquía, tan poderosa como próspera, extendiendo sus brazos incluso fuera de la propia isla, y desarrollando una civilización multicultural única en el entonces mundo conocido.

Mi primera aventura en Sicilia transcurrió en bicicleta. No resultó difícil alquilar una en Bagheria, noble villa situada muy cerca de la bella capital de la “Cuenca del Oro”: Palermo. Por treinta euros diarios fue posible recorrer el entorno y disfrutar de las bellezas arquitectónicas de Cefalú o de Monreale, o jugar a redescubrir aquella linda “dolce vita” de Mondello, en su día un pequeño pueblo de pescadores y que, desde finales del siglo XIX hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial, los ricos europeos escogieron como residencia de verano, gozando allí de una vida repleta de placeres y encantador descanso. Todo ello sin olvidarme de la propia Bagheria, allí donde durante varios siglos existió una fulgurante creación de palacios y villas, por los más brillantes y prestigiosos arquitectos del mundo civilizado.

En uno de esos viajes en bicicleta conocí a una pareja embarcada en la misma aventura que yo. Eran franceses, pero ellos hablaban un poco el castellano, así que no tuvimos problemas para comunicarnos. Se llamaban Bertrand y Sophie. Coincidí con ellos cerca de Bagheira, en un lugar llamado Porticello. Dio la casualidad, además, que se alojaban en el mismo hotel que yo, el Grand Hotel Villa Igiea en Palermo. Había pinchado una de mis ruedas, y ellos se ofrecieron gustosos a ayudarme. Fue una suerte que apareciesen, dado que yo era bastante torpe en este tipo de situaciones, y aunque llevaba una cámara de repuesto, cambiarla se me antojaba harto difícil, por increíble que parezca. Cuando Bertrand terminó, dejándome la bicicleta en perfecto estado, los tres sabíamos que acabaríamos viajando juntos en aquella fantástica semana en bicicleta…


© Francisco Arsis

Giovanni Pico della Mirandola

Portada

Acaba de aparecer el «Comentario a una canción de amor de Girolamo
Benivieni» de Giovanni Pico della Mirandola, edición, traducción y notas de
Oriol Miró, PPU, Barcelona.
Esta edición contiene la primera traducción al
castellano del texto mirandolano, una de las reflexiones más bellas de las
letras del Renacimiento sobre la filosofía neoplatónica, y que en buena
parte no sólo supera en profundidad y elegancia estilística al «De Amore» de
Marsilio Ficino, sino que en no pocos lugares lo corrige directamente.


Información sobre Giovanni Pico della Mirandola