La más pequeña. Por Brujapiruja

Siempre quería ser “la más pequeña” y su palabra favorita era “mama”.
Le partieron el corazón titubeando sus primeros pasos y se quedó tan famélico de afecto tantos y tantos años que aceptó como irremediable la andadura en solitario por el camino inhóspito de la decepción y el desamparo. Cumplió las mormas y nunca supo pedir aunque siempre esperaba incrédula y desesperanzada.
Hacia tiempo que dejó a un lado las palabras porque no quería formar parte de esta brutal mentira que es el juego de la vida y se refugiaba en esa altivez distante e intima, digna y protectora, que hacia difícil apreciar su verdadero sentir, tan refulgente, infantil, intenso y dulce como el brillo de su mirada. Solo esos profundos ojos mostraban rabia, picardía, enfado, pena, perdón y amores sin disimulo. Ellos eran el único camino posible para entender el alarido intenso de su tristeza o el regocijo afable de su alegría, pero… ¿Quién escucha una mirada?…

Descansa en paz pequeña mía.

Brujapiruja

Mi reflejo en la luna. Por ISIDRO R. AYESTARAN

Siento la brisa en un mar de silencios
y oigo el susurro del aliento sincero
de un amante lejano que nombra
mi esencia calladamente.

Oigo el murmullo de mil voces
que en una sola aciertan
y comprenden lo que de
este amor y su anhelo se desprenden.

Me aferro al recuerdo honesto
de un pasado apasionado
donde nuestro amor por el otro
era el único significado.

Me reflejo en la luna tras tu recuerdo,
y lloro tu ausencia y añoro
tu presencia en un momento
en que la oscuridad ya es un todo.

Y hoy tiendo mi mano al sentimiento
queriendo morir en el sueño de tus besos
haciéndome sentir que el pasado
es presente, y que el presente

lleva tu mirada evocadora perenne,
tu aroma, tus gestos, tus manías,
tu deseo, tu amor. todo tu nombre.

ISIDRO R. AYESTARAN, 2007

Querida mama. Por ISIDRO R. AYESTARAN


Hola, mamá:
Hace tiempo que no hablamos, lo sé. Hace mucho que creaste esta absurda barrera infranqueable entre tú y yo. Hace tanto, mamá…
Nos hemos convertido en sombras proyectadas en una pared, en el mejor sinónimo del silencio y en un constante nudo en la garganta y el corazón.
Me enamoré, mamá. Y lo hice a conciencia sin pararme a pensar en las consecuencias que podría traernos a nosotras dos. Caí en sus brazos y me rendí ante la felicidad que me proporcionaba estar con él… Por vez primera, mamá, un hombre me hacía olvidar que fui inmensamente infeliz en aquella casa oscura donde papá nos hizo tantas veces la vida imposible. ¿Te acuerdas? Llorábamos juntas, callábamos juntas y nos mirábamos juntas. Y así fue hasta el día en que él desapareció para siempre.
Si de algo debo sentirme culpable, tal vez sea por el hecho de que la balanza se inclinó a favor de mi propia felicidad, tan oportuna, que llegó en el momento justo en que las lágrimas estaban arruinando nuestras propias identidades.
Sé que partir de cero es una cuesta harto difícil, que nos habíamos acostumbrado a mirarnos para comprender el significado de la vida atroz que llevábamos.
Quiero que sepas que no fue mi intención el hacerte daño aunque me doliera el dejarte sola y huir entre los brazos del amor, que te sigo queriendo y que te echo mucho de menos…
Sé que te dejé sola con tu amargura y tu nostalgia de la felicidad… Y sé también que, si me lo permites, el regresar a tu lado dejará de ser una quimera que lloro desde hace tiempo.
Pero compréndeme, mamá. El amor es algo tan poderoso que el dejarte sola no fue más que el producto de largas noches de insomnio.
Le quiero a él y te quiero a ti. Quiero estar con él y quiero estar contigo. Quiero volver a compartir contigo nuestra bahía, sentir juntas la brisa en nuestros rostros y mirarnos a los ojos para sentirnos acompañadas.
Y es que te quiero tanto, mamá…


ISIDRO R. AYESTARAN, 2007