
Siempre quería ser “la más pequeña” y su palabra favorita era “mama”.
Le partieron el corazón titubeando sus primeros pasos y se quedó tan famélico de afecto tantos y tantos años que aceptó como irremediable la andadura en solitario por el camino inhóspito de la decepción y el desamparo. Cumplió las mormas y nunca supo pedir aunque siempre esperaba incrédula y desesperanzada.
Hacia tiempo que dejó a un lado las palabras porque no quería formar parte de esta brutal mentira que es el juego de la vida y se refugiaba en esa altivez distante e intima, digna y protectora, que hacia difícil apreciar su verdadero sentir, tan refulgente, infantil, intenso y dulce como el brillo de su mirada. Solo esos profundos ojos mostraban rabia, picardía, enfado, pena, perdón y amores sin disimulo. Ellos eran el único camino posible para entender el alarido intenso de su tristeza o el regocijo afable de su alegría, pero… ¿Quién escucha una mirada?…
Descansa en paz pequeña mía.

Brujapiruja







