¿POR QUE ME HAS ARREBATADO EL SUEÑO? Por Isidro R. Ayestarán


Sola.
Expulsada de tu mundo y avocada a un sendero gris y áspero donde constantemente me pregunto por qué me arrebataste el sueño de quererte.
Triste.
Llorando unas lágrimas que llevan tu nombre y que me recuerdan a cada instante el bienestar de tus abrazos.
Seca.
Repudiada de todo placer por este exilio mío de no ansiar otro cuerpo y otra fragancia que no venga de ti.
Oscura.
Alejada de la luz de tu mirada y refugiada en un mundo de tinieblas donde recordarte es la tortura y anhelarte es mi castigo.
Una sombra.
Vagando por mil nostalgias donde la ausencia de tu amor es la identidad de mi alma.
Herida.
Porque miro hacia atrás en un intento por hallarte y el espejo me devuelve mi imagen deformada por esta soledad.
Muda.
Carente de un te quiero y una caricia certera que de vida a este corazón mío que camina lentamente por el sendero de una agonía exhausta.
Muerta.
Porque sé que sin ti no quiero seguir, no quiero soñar, no quiero recordar…
Un único latido.
El que me trae la imagen de tus ojos en un sueño arrebatador que te llevaste muy lejos de este mundo nuestro donde, en lo profundo de mi alma, me dejaste sin el “nosotros” para convertirte en una referencia ya pasada.
Ahogada.
Porque el eco de tu voz al decirte que me dejabas me transportó a un oleaje imposible de amarguras y tristezas.
Una lágrima.
La que vierto en un intento por tenerte al convertirte de nuevo en persona, y tu persona, en alguien que me siga dando vida al decir que me ama.
Y ahora,
desde mi mundo hostil, después de haberte hablado de mí, dime…
¿por qué me alejaste de tu amor sincero?
¿por qué me has arrebatado el sueño?


ISIDRO R. AYESTARAN, 2007
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EL ANGEL DE LA PRINCESA LAPIDADA. Por ISIDRO R. AYESTARAN


Hola Princesa:
Permíteme que te llame así a partir de ahora. Es algo que te mereces después de haber leído tu carta, aquella misiva que me escribiste mientras le gritabas al mundo tu impotencia, tu rabia y tu incomprensión. He de decirte que aquellas tus últimas palabras las tengo grabadas a fuego en mi alma y en mi corazón, y que es mi empeño el transmitirlas al resto del mundo, a todos los seres humanos de bien que aún pueblan este mundo podrido y carente de sentimientos y que lloran, junto a mí, por tu horrenda muerte, por tu aciago destino, por tu cruel tormento y por tu corta vida. Muy corta, mi princesa. Excesivamente corta…
Me dices en tu carta que te encontraste rodeada de aquellos que, apenas unas horas antes, te habían sonreído al saludarte, te habían besado en las mejillas mientras te preguntaban por tus cosas, te atusaban el pelo y te hacían carantoñas. Y que tú allí, entre todos ellos, comprobaste con miedo y angustia que fuiste acusada y sentenciada por gente carente de todo juicio que te apaleaban sin piedad alguna y que iban descargando en tu frágil cuerpo de diecisiete años golpes terribles y certeros que ibas soportando a medida que la respiración se te iba acortando… Llegaste a sentir, incluso, las primeras piedras sobre tu cabeza al tiempo que los latidos de tu corazón se movían a un ritmo peligroso que anunciaba un final tardío de horrorosa agonía. Pero todo eso no fue lo peor, princesa. Ni sus gritos de odio, ni su fanatismo arcaico ni su ira incontrolada pudieron con la terrible desilusión que sentiste al comprobar cómo tu propio padre, acompañado de tus hermanos, también estaba allí, con todos ellos, siendo cómplices de tan macabro final. Y entonces, la sangre que cubría tu rostro dejó paso a las lágrimas que terminaron por nublarlo todo en tu alrededor. Aquello fue lo definitivo, princesa. Aquello sí fue el final…
En alguna parte del mundo, mientras tú morías a manos de tu pueblo, las nubes descargaron granizo y fortísimas tormentas; en las playas, el oleaje llegaba a su destino de manera incontrolada; incluso la noche llegó mucho antes en zonas que aún no la esperaban… Y es que algo cambió para siempre en el mundo en aquel preciso instante en que tú te convertiste en un ángel que lloraba soledad mientras los tuyos justificaban tu asesinato en nombre de su falsa religión y sus absurdas creencias. Todo mentira, princesa. Aquello en lo que creen y adoran de manera incontrolada y, según ellos, fervorosa, no es más que el sinónimo del egoísmo y la mezquindad elevada a su más alto exponente.
Y también te confieso ahora que te tengo a mi lado, junto a mi paraíso de nubes celestes, que todo mi interior lloró también en ese preciso instante. Te lo digo ahora, princesa, mientras te retiro el flequillo que te cubre la cara y observo tus maravillosos ojos al tiempo que me dedicas una sonrisa sincera y amable. Quizá por eso, juntos, nos convertiremos en el muro infranqueable que se interponga entre los verdugos y sus víctimas. Y no nos importará en qué parte del mundo tengamos que actuar y los motivos por los cuales un ser humano ha de sufrir vejaciones, humillaciones y maltrato en el mundo a causa de su forma de ser, su religión y su pensamiento político.
No, princesa. No volveré a permitir que una vida se resquebraje a causa de este mundo loco que tiene el odio y la insensatez como único estandarte; un mundo que llama a sus habitantes a matarse los unos a los otros en nombre de las fronteras, de sus dioses, de sus religiones… Un mundo execrable que consiente y calla el que una princesa de diecisiete años muera salvajemente machacada a golpes por su familia y su pueblo.
Desde mi nube celeste, separo los brazos de mi cuerpo, humillo la mirada por la vergüenza que siento, y me interpongo entre sus piedras y tu cuerpo, entre su odio y tu miedo, entre su ira y tu mirada apagada y perdida.
Quisiera devolverte la vida que te arrebataron, pero me conformo con tener tu alma en mi nube al tiempo que me miras con un brillo especial en esos ojos que ellos no pudieron marchitar para siempre.
Sólo te pido que aguardes un instante a este tu ángel. En un rincón perdido del mundo oigo los gritos de una mujer desesperada que sufre el mismo castigo que tú. He de ir junto a ella, colocarme en el centro de la plaza, y extender los brazos para que todo mi cuerpo reciba las piedras de sus verdugos.
No te preocupes, princesa, que no tardo.
Enseguida llego con otra alma para que nos haga compañía a los dos.

ISIDRO R. AYESTARAN, 2007
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EL DESEO DE TU AMOR. Por Isidro R. Ayestarán


Hoy decido que ya se acabó, que dejo de ser el poeta solitario ahogado en mil penas y herido en decenas de batallas. Esta noche pongo punto final a mi eterno personaje de vagabundo de sentimientos, tantas veces descrito en infinitos versos y retratado en innumerables personajes que no eran más que una necesaria proyección de mi realidad y mi propia vida.
He decidido dejar de llorarte, de echarte de menos, de buscarte por calles desiertas y de evocarte en mi propia soledad, apenas iluminada por unas velas como escenario de mis fotografías imposibles acerca de la certera amargura que provoca tu constante abandono cada vez que es tu nombre lo único que musitan mis labios secos y faltos del ardor de tus besos.
Hoy quiero mantenerme despierto para no soñarte, para no desearte, para no constatar que tu ausencia ha terminado por arruinar mi propia existencia, tan alejada de la tuya y tan gris, que ya apenas podía mantener por más tiempo viva entre cuatro paredes ruinosas y calladas…
Siempre sostuve la creencia de que mi empecinamiento por conservar todo aquello que nos unió un buen día, tan lejano del mundo de mis recuerdos, acabaría por destrozarme por dentro. Y así fue.
El amor es un sentimiento desnudo que no necesita de ropajes ni etiquetas; no precisa de jornada de reflexión alguna ni de confirmación de nada. Es tanto su poder y su magnetismo, que el mundo que lo rodea carece de toda lógica y de pleno significado. Y todo lo anterior define a la perfección lo que significa mi amor por ti, mi inmenso amor por tu persona, y lo enormemente desgraciado que me siento porque tú ya no estás junto a mí; porque tú decidiste alejarte de mi lado; porque tú, en definitiva, confesaste que ya no me querías ni sentías nada por mí.
Tal vez por eso, desnudo y carente de todo, especialmente de ti, y arropado únicamente por mis silencios y mis recuerdos, sea el punto final la única solución a la falta de respuesta por tu parte hacia este anhelo mío por conservarte entre mis brazos y por aferrarme a un imposible recuerdo que me pueda transportar a lo más hondo de los latidos de tu corazón.
Pero tampoco me hagas mucho caso, vida mía. Con toda probabilidad, en el último segundo tu nombre se me escapará de los labios, y como una fuerza del destino, como ese mágico deseo por sentirte de nuevo a mi lado para reiniciar lo nuestro, algo me hará recapacitar para hacerme comprender que el llorarte y el echarte de menos es también una forma de seguir amándote.
Realmente, es lo único que me motiva a seguir vivo en este mundo muerto que me fabriqué hace tiempo para ver si lograba olvidarte para siempre.
Y mientras vuelvo a la vida, me acercaré lentamente hacia las ventanas para ver si te veo enfilar nuestra calle, entrar de nuevo en nuestro portal, abrir nuestra puerta con tus llaves y saludarme con un beso en los labios. Yo te preguntaré qué tal has pasado el día, mi vida, y todo volverá ser como estaba antes. Como cuando comprendía que el amor es un sentimiento tan maravilloso, que nos unía para siempre en una relación de dos que no le importaba al resto del mundo.

Isidro R. Ayestarán, 2007
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PALABRAS SABIAS DE UN CORAZON CERTERO. Por ISIDRO R. AYESTARAN


Permitidme que os hable de un tiempo no tan lejano donde no era fácil ser y sentir de una manera distinta al común de los mortales; y eso que siempre he sostenido la teoría de que sólo existe una única forma de amar y ser amado: aquella en la que los sentimientos y el corazón están en activo al cien por cien. Ni más ni menos, queridos míos. Pero estoy seguro de que eso ya lo sabéis por mucho que haya quien intente amordazaros y esconderos en los sótanos de la vergüenza y en los armarios de la intolerancia. Todo eso son etiquetas de gentes que no saben lo que es sufrir por amar a alguien y tener que esconderlo. No, amados amigos míos. Ellos sólo hablan, pregonan, predican… pero sienten más bien poco. O nada.
Yo sí que puedo hablaros de escarnios e insultos, de humillar la mirada por miedo a que te la rompan para siempre, de agravios y de vejaciones. Y todo, por la emoción de sentirse abrazado en el regazo de aquél por quien los latidos de mi corazón marcaban el ritmo propio de nuestra vida; por hablar de sentimientos y de las verdades de nuestra alma. En definitiva, y evitando cualquier eufemismo, por sentir amor hacia otro hombre. Un hombre con otro hombre. Una mujer, por otra mujer.
Podría narraros la vergüenza que siento por ver cómo en el mundo, el mismo mundo donde yo habito, son condenados a muerte aquellos que son y sienten de idéntica manera que yo. Es algo que me paraliza, que me deja mudo. Es muy injusto no poder expresar con palabras ciertas lo que mi corazón siente al comprobar cómo la geografía mundial es tan deleznable con el ser humano según el lugar donde uno nace, la religión que uno profese, o el estandarte que se porte en esta batalla por la dignidad y la sensibilidad humana.
Hace mucho tiempo que duermo solo, que ya no me acuerdo qué es echar de menos a tu ser querido, que no recuerdo a qué saben los besos y qué significado tienen las caricias… Pero sí puedo explicaros a vosotros, alumnos de la vida en continuo aprendizaje, que si existe algo que merece la pena en esta vida que muchos quieren contaminar a base de sus propias mierdas, es el de poder ir con la cabeza bien alta cuando uno está con la persona con la que quiere realmente estar y pasar el resto de su vida. Y es que el amor no es un juego ni un capricho, ni tan siquiera una enfermedad, como se decía en mis tiempos. Os hablo del amor, de ese poderoso sentimiento de atracción, de esa maravillosa capacidad que tenemos para defendernos de las vilezas de esos otros seres humanos que pretenden marginarnos si no nos sometemos a esas verdades que ellos sostienen y que, por sí solas, apenas se tendrían en pie.
Merece la pena luchar con esas armas de las que os hablo. Vosotros podéis hacerlo. Pero mientras tanto, rezad una oración por quienes no pueden y mueren por amar y ser amados en un mundo hostil y lapidario donde la vergüenza y la ignominia son su campo de batalla.
Y un último consejo, queridos amigos: no descanséis hasta hallar el amor, el verdadero amor. Después, mantenedlo vivo en vuestros corazones para que permanezca siempre a vuestro lado sin que decaiga un ápice la sensación maravillosa de sentir las caricias que ya no recuerdo, ni el sabor de unos besos que me fueron arrebatados de la peor de las maneras posibles.
Esa es mi triste historia. La historia que forma parte de mis silencios.

ISIDRO R. AYESTARAN, 2007