Ojos. Por Yolanda Sáenz de Tejada

El poema de hoy es una historia. Siempre real. Es una historia que habla de esos señores que visten ropa de todos y que nunca vemos, aunque siempre los miramos… los indigentes.
Con todos mis respetos, se lo dedico a un señor que conocí que dormía en una cama de cartón.

Ojos.
no puedo resistirlo.
Si son bonitos,
los arranco…

Pero mi concepto
de la belleza (ojo, que esto es muy importante), seguro que no es igual que el tuyo.
El mío,
se muere
por los órganos que sufren.

Así que hoy,
esta mañana,
esta misma mañana,
a las diez
en punto,
le he arrancado los ojos a un indigente que dormía en la puerta de un banco.

Mírame bien,
ahora los llevo puestos,
justo ahora que
te cuento esto.

Y veo en gris.
En un puto
color
gris.

Estos ojos malditos no me dejan dormir; sus humores (el acuoso y el vítreo) me aplastan el cerebro.
Joder,
con estos iris tan llenos de lágrimas
es imposible ver bien…

Y, por la noche,
todas las imágenes guardadas dentro de ellos,
imágenes de hombre que duerme en la calle,
comienzan a proyectarse dentro de mi lomo.
Dentro de mis huesos…
Y las veo, tan cerca,
que casi las puedo chupar.

Saben mal.
A hígados y a corazón podrido.

Veo,
por ejemplo,
como unos desgraciados,
me dan una paliza.
(Me duele la sangre
mientras lo veo)
Y, cuando me despierto,
como una niña de quince,
se orina en mi
caja de cartón
¡te jodes,
me grita,
por sucio y maloliente!
Mientras, yo me repliego en mí mismo, sin saber donde ir, ni donde llamar, ni donde vaciar mis cuencas…

No lo aguanto,
me arranco estos ojos nuevos que he robado y
busco a su dueño
para devolvérselos
( que tiene que
estar de lujo
con los míos).

Pero no está.

No hay forma de encontrarlo.

Así que decido regalártelos a ti,
visitante de este blog.
Hoy,
te regalo la verdad:
la mirada de un indigente.
¿Serás capaz de soportarlo?…


Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora

El viento y el aire. Por María Dolores Almeyda


El viento sopla a rachas con fuerza de huracán y a ratos se detiene como tomando aliento para impulsarse de nuevo con vehemencia. Los árboles agitan sus ramajes más viejos y fuertes, y sus débiles tallos hace ya tiempo que se desprendieron chocando violentamente contra lo que encontraron a su paso. El viento se detiene pensativo como un peregrino cansado que a cada tramo toma aliento y retoma el camino con más fuerzas.

El viento, insolente como un viejo descarado, impertinente y soez me levanta las faldas, me agita el pelo, me enciende los colores en la cara. Pero este viento de ahora no es el descarado que se asoma y se esconde, burlando, persiguiendo, engañando a las niñas que bailan solas. Este tiene la furia de un ciclón devastador y profano, es como un dios al que no se le ve, pero del que se sienten sus daños, se sufren sus condenas, se padece su ira, su cólera y su miedo.

…El miedo. Qué curioso que dije el miedo. Es como si aceptara que el viento tiene con sus componentes un alto nivel de miedo oculto entre sus bravatas, del mismo modo que muestra su cara violenta y arrolladora. Ese tanto elevado que el viento guarda de su cobarde presencia, es el que le hace ir como un fugitivo entrando por las rendijas sin mostrarse abiertamente, con sigilo y provocando al mismo tiempo el miedo que se guarda temeroso para que nadie le descubra.

Cuando el viento es temeroso e irresoluto y avanza azorado con miedo a ser descubierto, produce el mismo efecto esotérico del frío indescifrable, como si la piel clandestina de un reptil se hubiese deslizado veloz y subrepticiamente por la sensible dermis originando esa desagradable sensación de escalofrío que nos recorre en vertical desde la zona occipital hasta las uñas de los pies.

El viento, el asesino… También el asesino cuando es huracán y está descontrolado. ¿Pero quién puede controlar al viento? ¿Quién puede manipular su furia, administrar su ira, conducir sus recursos, procesar sus devaneos lujuriosos? ¿Y quién puede pedir justicia al viento? ¿Responsabilidad por sus quebrantos? ¿Daños y perjuicios por los estragos causados, por las calamidades obtenidas por la iracundia de sus latigazos?

Cuando el viento amenaza no es un bravucón que se jacta, pendenciero; ni el humilde y dócil elemento que se muestra respetuoso de la orden recibida por las fuerzas oscuras que dirigen su conducta, que originan su maldad y lo convierten de suave y benigno aire puro, en altivo e insolente viento del demonio. Cuando el viento amenaza está rindiendo tributo a las potencias naturales que lo impulsan. A sus dioses, a los robustos y excelsos poderes que lo mantienen vivo a cambio de las víctimas inocentes que les presentan para ser inmoladas en el altar de las estúpidas ofrendas.

El gran chantajista jugando con ventaja, manipulando el aire con sus trapicheos indecentes, alterando los ritmos de la vida, permutando vidas y sueños por el cambio ventajoso de lo que quiera pedir en el canje. Y el viento habla con el aire.

–Me llevo el vendaval y te dejo dos víctimas…

–¿No puedes irte sin llevarte nada?

–Dos niños.

–Por dios, no. Un adulto… un viejo.

–Dos niños…

–Me llevo la ira, ya te lo he dicho… y dos vidas. Lo que señale mi dedo o no hay trato.

El viento, el asesino no entra en negociaciones. Asola lo que puede, lo que encuentra a su paso. Destruye, arruina, extingue, saquea y aniquila.

Después se va. Pero antes ha derribado la cornisa que daba sobre el patio, el muro entre dos bloques de viviendas que nadie reparó en ver cómo oscilaban, algunos árboles de la alameda cercanos al parque donde algunos niños jugaban confiados. Mañana, tal vez dentro de un rato, cabizbajos y vencidos, haremos el recuento y sabremos cuantas víctimas hemos pagado para que el viento por fin nos abandonara. En aquella ocasión fueron cuatro.

“Yo soy el aire…” se fue diciendo después con una carcajada.

En recuerdo de cuatro niños muertos mientras jugaban.

María Dolores Almeyda

El doble. Por Agustín Serrano Serrano


Pues mira, recién cumplida la mayoría de edad como hijo huérfano, recibí la herencia completa de un pariente lejano que, por razones desconocidas, me quería mucho y tuvo a bien dejarme todo su patrimonio, y eso supuso levantarme una mañana con más dinero del que puedo llegar a gastar en diez vidas de derroche. Lo que se dice una fábula. Como los estudios nunca fueron lo mío y al no tener la necesidad de trabajar, analicé todo el tiempo de multimillonario precoz que tenía por delante y me propuse hacer algo típico con un objetivo en concreto. El acto, recorrer el mundo, el objetivo, descubrir qué hay de cierto en esa leyenda medio urbana que afirma que todos tenemos un doble. Que por ahí, sea donde sea, hay alguien tan idéntico a nosotros que podría ser confundido hasta con nosotros mismos.
Así que dejé que un abogado de confianza tomará el control de mi fortuna, y ni a él ni a nadie comenté nada de mi propósito, pues eso sería una ayuda para mí y restaría el carácter solitario del mismo. Dado mis rasgos faciales, digamos latinos con recortes árabes por así decirlo, descarté países como China, Japón, Tailandia…todos aquellos de ojos rasgados, además de los estados del norte, como los escandinavos, aunque claro, partí con el temor de que mi doble podría ser perfectamente un ciudadano de Pekín, Tokio, Malmöe o cualquier ciudad o aldea de aquellos lares. Con un mapa y un cuaderno hice una lista de países con sus ciudades, pueblos, villas…un trabajo para los chinos a los que no tenía pensado visitar y en el que iba tachando los visitados. No permanecí en cada sitio más de tres o cuatro días, pero me enfrasqué de tal manera en mi absurda y ociosa búsqueda, que pasé horas y horas caminando por multitud de calles, plazas, avenidas, observando a miles de personas, millones. Porque yo no contemplaba paisajes, ni monumentos, ni acudía a puntos de visita obligatoria con el interés del turista, yo sólo veía a las personas y cuando me cansaba de ver a italianos, egipcios, peruanos o de donde fueran, me marchaba.
Bordeando los siete años de exploración, me alejé de las grandes urbes, en las que mi cometido era poco más que desesperante, y entre autobuses que recorrían carreteras de la muerte, barcazas, coches todoterreno o aero taxis, pasé cientos de días visitando pueblos inhóspitos, poblados en mitad de inmensos desiertos o pequeños reductos de humanidad en viviendas prefabricadas. Podría decir que he puesto mis pies en cada metro cuadrado de decenas de países y, tras dieciocho años de viajes, como un Phileas Fogg sin apuesta que ganar y sin mayordomo que sirva para todo, con nada de cultura aprendida pero con una vasta experiencia ganada, en un viejo taller de mecánica en la ciudad de Quemú Quemú de La Pampa argentina, encontré a un hombre de blanquísimas canas que ayudaba a su hijo en un cambio de ruedas. Al hijo lo vi de casualidad, encendiéndome un pitillo. Me acerqué a ellos y saludé. El hijo, mi doble, mi sosia argentino, miró al padre y los dos rieron espetando un taco. Se llamaba Luis Agustín Bolillo y era meses mayor que yo. Bien por la curiosidad o por mi cachonda personalidad, el caso es que les caí bien tras contarle lo que había hecho, aunque la madre no dejó de mirarme con recelo, como si yo fuera un liante que en poco tiempo empezaría a mostrar mis ideas o mi genero, aunque para mirada la del abuelo, como si fuera un extraterrestre. Pasé toda la tarde en su casa, en aquella pequeña ciudad pampeana en la que encontré a mi doble, a mi otro yo físico, tan parecido, que podría estar aquí y no sabrías quién es quién. Y volví a España.
– No sé dónde leí el otro día que la vida no tiene demasiada importancia y, sin embargo, con ella se puede hacer algo sumamente atrevido. Tu historia me ha recordado esa frase.
– Buena frase, la anotaré.
– ¿Vas a decirme que ahora vas a dedicarte a anotar todas las frases del mundo? Después de dieciocho años sin vernos ¿vas a hacer eso?
– No.
– ¿Y qué vas a hacer ahora que lo has conocido todo? Podrías escribir un libro con esa historia.
– Me queda algo por conocer.
– ¿Qué?
– A ti.

A todos los dobles del mundo.

Agustín Serrano Serrano

Una manzana para la sed. De Rodolfo Puig Barber

El libro
Edgar, con trece años y mucha fantasía en la cabeza, tiene que aceptar el final de una infancia mágica al lado de su hermana. Eva, cinco años mayor que el chico, tenía sólo ocho cuando su madre le encomendó todos los cuidados del niño. El contacto diario en la intimidad de la alcoba, el candor de la chiquilla descubriéndole el mundo sensual y el florecer de sus cuerpos a la adolescencia les llevaron gradualmente a libidinosas prácticas difíciles de erradicar.
Eva, para rehacer su vida según las convenciones sociales, decide marcharse un año al extranjero. También Edgar debe alejarse de ilusiones imposibles —le insiste su hermana—, y relegar al pasado aquellas prácticas que nunca debieron haber empezado.
La noche anterior al éxodo de Eva, con el propósito de mitigar la tristeza que la inminente renuncia a su mundo vaya a producirles, sellan un pacto por el que ambos, a partir de entonces, se obligarán a encontrar la parte placentera de toda acción que realicen.
Edgar, dolorido por la separación y hostigado por el mandato fraterno de rechazar la esperanza, se impone el deber de cumplir rigurosamente el conjuro. Concentrándose en el presente para olvidar el futuro y relegar el pasado, consigue sublimar y deleitarse en cada uno de los cinco sentidos. Con denodado esfuerzo logra gozar desde la cotidiana práctica de cepillarse los dientes hasta presenciar la agonía de su abuela.
Las convenciones sociales, la enrevesada crónica familiar, la disyuntiva entre el hedonismo y la proscrita ilusión, el trasfondo de la esperanza y un sustancioso conglomerado de criterios amigos, enfrentan al sentido común con los sentimientos del joven protagonista y le arrastran a un desenlace tan imprevisible como sorprendente.
Una historia transgresoramente romántica que a nadie deja indiferente.

El autor

Rodolfo Puig Barber nació en 1941 en la ciudad de Sabadell. A su pesar, fue aleccionado para servir a la industria textil, optando sin embargo por la rama que más le permitiría ahondar en el conocimiento humano. Con su divisa mercantilesca recorrió media Europa y media docena de países árabes. En 1975 cambió el maletín y la corbata por la cámara fotográfica, y se refugió en Formentera. Cansado de la placidez de la pequeña isla, lió sus bártulos y marchó al frío Benasque.

Después de veintiséis años de vida pirenaica, regresó a Barcelona para estudiar psicología y narrativa, y dedicarse plenamente a la escritura.

Además de Una manzana para la sed es autor de varios relatos, algunos de ellos publicados en Canal Literatura, de Boomerang, nueve relatos malditos y de La estupidez como atenuante, su segunda novela.

Más información del libro.

Lo que aprendo de ti… Por Mercedes Martín Alfaya

Me pregunta porqué hoy no vamos al super y le explico que es domingo. ¿Domingo? Sí, cariño. Los domingos no abren las tiendas. ¿Por qué no? (insiste). Porque el domingo es un día de fiesta y la gente no trabaja. ¿Mamá tampoco? Tampoco. ¿Y tú no trabajas los domingos? No. Los domingos son para ir al parque, hacer tartas, inflar globos y jugar con los muñecos. ¿Tu jefe no te riñe si no vas al trabajo? No, no me riñe. ¿Por qué no?… Porque es domingo. ¿Y el domingo no hay cole? No.

Abuela ¿y qué hacen las gallinas cuando es domingo? Pues…, se tumban al sol, se limpian las plumas y esperan a que los niños les traigan pan. ¿Porque es domingo? Sí, porque es domingo. ¿Y el domingo tiene amigos? Claro. Cómo se llaman. Pues hay uno que se llama Lunes y es un perezoso. ¿Por qué? Porque no se quiere levantar para ir al cole. Luego está el Martes. ¿Al Martes sí le gusta el cole? Sí; los martes hay cuentacuentos. Ah, venga, sigue… (se coge la barbilla con la mano y me mira). El Miércoles y el Jueves son los amigos divertidos del Domingo, y nunca se aburren. ¿Por qué no?… Porque esos días son los que le toca a papá recoger a la niña del cole. La casa de papá está chula ¿verdad, abuela? Chulísima. Y qué más son los amigos del Domingo… Bueno, pues el Viernes y el Sábado viven muy cerquita del Domingo. ¿En su calle?… Sí, viven en su calle, y se prestan las bufandas cuando hace frío.

Pues cuando yo sea ´glande´ me gusta el domingo.


Mercedes Martín Alfaya
Blog de la autora.

Una última lección… de vida. Por Brujapiruja

Mi hijo pequeño me ha pasado este video que están reenviándose entre sus amigos (17 años), como un ejemplo de filosofía de vida que les gusta y me han pedido si puedo ponerlo en este espacio. Lo he visto atentamente, a diferencia de ellos no entiendo inglés y debo leer los subtítulos en un español no demasiado correcto, pero la historia que cuenta Randy Pausch, un profesor norteamericano sentenciado por un cáncer de páncreas, como la cuenta y lo que dice, a mi también me ha parecido más que interesante. Habla de esfuerzo, de sueños, de vida y de la muerte que espera en breve plazo y porque, aún así, trata de vivir alegremente.
“Me estoy muriendo pero he elegido estar alegre”
Aquí os lo dejo y espero que os guste. 🙂

Brujapiruja

Ruleta. Por Ana Mª Tomás Olivares

A ver, a ver, mis queridos amigos, no se me «revolusionen». No creo que enumerar las tareas a las que nos enfrentamos, sobre todo, las mujeres, sea quejarnos. En cuanto a que hagamos lo que «tengamos» que hacer, es justo donde radica el problema: en que no lo hacemos. No somos capaces de poner en su sitio a una buena panda que se hace llamar nuestra familia pero que no dejan (por mucho amor que nos tengan) de ser unos explotadores.

Pero como este asunto, al igual que otro que ya sabemos, no tiene enmienda… Será mejor no meneallo y zanjar la cuestión con un poema.

El crupier de la vida
reparte a lo largo de nosotros
las fichas, las barajas, las ruletas…
y grita: “Hagan juego”
A veces apuestas
y hasta ganas…
Ganas de romper de una vez
con la rutina,
ganas de reír,
ganas de vibrar
como vibran fogosas las brasas
al ritmo de la badila.
Ganas…
Simplemente ¡Ganas!
Otras,
Con las fichas que has jugado consigues el reintegro que apostaste.
Y las más de las veces,
apuestas tu fortuna
al rojo en la ruleta…
Y la muy canalla
escupe el negro en tus pupilas.

(«Memoria Intacta como el Ámbar». Ana Mª Tomas)

Ana Mª Tomás Olivares
Jurado del certamen «Poemas sin Rostro» 2007, jurado permanente del Certamen de Narrativa Breve desde el 2006 y Dama Literatura 2009.

Fuente:Blog de autora en La Verdad.es