¿CORBACHO O GORBACHOV? Por Julio Cob Tortajada


Sinceramente, creo que resulta muy grato ver cómo se acuerdan de uno. Y más si quien lo hace es Don Celestino Corbacho quien tiene tal atención mediante una carta personal en la que dicho sea de paso no figura tu nombre; lo que pienso sea más por culpa de algún extraño desliz, que por pereza al trabajo bien hecho. Y uno queda aún más satisfecho con el trato de estimado, consideración que siempre se agradece.

Abrir el buzón de tu portal y encontrar dirigido a ti y a tu nombre un sobre ajeno a tu banco habitual, evita el cambio de semblante, tal y como ocurre ante el aviso de un cargo sobre tu saldo al que le deja escuálido, débil y en ocasiones rojizo. Ver en cambio que el remitente es el Gobierno de España y en su nombre el Ministerio de Trabajo e Inmigración, hace presumir en estas fechas que la buena nueva que se anuncia dentro del sobre es la del incremento salarial para el año que comienza, lo que produce un ligero alivio, aunque no suponga gran esperanza.

La carta personal alojada en mi buzón viene firmada por el Sr. Corbacho, el “eficaz por sus logros” Ministro de Trabajo, quien me felicita por el mantenimiento de mi poder adquisitivo. Y dice a continuación que el mismo queda garantizado e igualmente mejorado, pese a que en el último renglón veo perplejo cómo el importe de mi pensión para los próximos doce meses ha quedado disminuido.

Si en el campo de los números (siempre tan sufridos) y en manos audaces se sabe de cualquier interpretación o engaño, cuando están en manos desaprensivas no lo es menos en el campo de las letras.

De ello sabe muy bien el Ministro de Trabajo, quien, por lo visto, dispuesto a inspirar confianza a los que de él dependemos, recurre a la engañifa. Bastaría y sería del todo cierto, que más o menos dijera:

Estimado señor, su pensión ha quedado reducida y lo siento, pero ya sabe Vd. que obligados a subir los impuestos … -seguido hasta el final con el habitual bla, bla, bla, de Rodríguez Zapatero.

Puede que en el Sr. Corbacho con apellido de afinidad perestroiska, y dado el fracaso económico que supuso el intento regenerador de la economía en una república que en tiempos no muy lejanos se tenía como paraíso socialista pero llena de engaños, esté la razón de su ardid.

Por lo visto, el negro sobre blanco y con rúbrica a pie de página aunque sea digitalizada, es en este caso como papel mojado. Nos llega la cartita a quienes rendidos ante tanta mentira, esperamos resignados la subida de la luz, entre otras más que nos vienen; así como la del IVA: el Impuesto sobre el Valor Añadido que por lo visto Celestino Corbacho no ha tenido en cuenta.

Julio Cob Tortajada

Colaborador de esta Web en la sección «Mi Bloc de notas»
http://elblocdejota.blogspot.com
Valencia en Blanco y Negro- Blog

Será normal… Por Felisa Moreno Ortega


…pero no acabo de entender ciertas cosas. Creo que fue en junio, antes de irme de vacaciones cuando hice un pedido de libros, a través de una papelería de mi localidad. Esos libros no eran otra cosa que ejemplares de mi novela “La asesina de los ojos bondadosos”.
Tuvieron que pasar varios meses de espera infructuosa para enterarme que la distribuidora encargada de vender mi novela había desaparecido, se había esfumado sin dejar rastro. Una vez asumido que no podría contactar con la Editorial El Olivo (la citada distribuidora) traté de buscar otra vía para adquirir los libros y poder atender a varios pedidos que tenía pendientes. Fui directamente a Diputación y en septiembre conseguí que me mandaran unos 20 libros para la presentación que hice en Noguerones.

Después nada más, según la responsable del departamento, no podían venderme los libros, y me recordó “amablemente” que no era yo la persona indicada para distribuir mi novela y que, en realidad, no eran míos sino que pertenecían a la Diputación. Yo me cansé de repetirle que sólo quería comprarlos, que no pretendía que me los regalara.

Mientras tanto me enteré que trabajaban con otra distribuidora de Madrid e intenté hacer el pedido a través de ellos. Primero me dijeron que sí, luego que no. Al mes volví a intentarlo, volvieron a decirme que sí pero pasaban los días y no tenía noticias de ellos.
Ayer me llegó un correo, casi dos meses después, diciendo que ya tenían mis libros y que en cuanto les hiciera la transferencia me los enviarían. Hoy he ingresado el dinero y el lunes, si todo va conforme a lo que me han dicho, tendré los ejemplares de mi novela.

No sé si es normal, pero he necesitado siete meses para conseguir ¡mi propia novela! Muchas veces he estado a punto de tirar la toalla y olvidarme de todo, tan cansada estaba de esperar, tan harta de escuchar excusas incoherentes. Sin embargo, algo dentro de mí me decía que tenía que seguir insistiendo, que el trabajo y la ilusión que he invertido en esta novela, merecían que continuara con mi particular lucha: sacar mis libros de algún almacén donde dormitan aburridos. Que Raquel y Severina puedan campar a sus anchas, contar sus historias a más lectores, a quien quiera escucharlas.

Creo que lo he conseguido, el lunes o el martes os contaré.

Felisa Moreno Ortega
BLOG de Felisa Moreno

No siempre… Por Ana Mª Álvarez

No siempre es de día. Ni palpitan
los pétalos al soplo susurrante
del sol, desnudo y cálido, abrazando
las pálidas cornisas del oriente.
Hay veces que amanece y es de noche,
que nunca se ilumina mi ceguera;
las pálidas estrellas se desvisten
negándome su luz, lejana y fría.
No siempre amanece en la mañana.
Lo sé, siempre lo supe. Lo confieso.
Amanecí en tus ojos hace mucho,
después de pasar la medianoche.
Pero no siempre es de día en mi mirada,
ni en tu cuerpo, lejano, inescrutable;
hay lilas deshojadas en los prados
que un día nos ofrecieron su lecho.
No siempre es primavera en este invierno,
no siempre duermo, siempre estoy soñando;
no siempre muero, siempre estoy muriendo…
…no siempre, no. Y no siempre amanece.

Ana Mª Álvarez @ 2003
Blog de la autora:

COMPOST. Por Agustín Serrano Serrano


— Entonces, ¿no pensaba que eran seres humanos?
— Carga —dijo con voz apagada—. Ellos eran cargamento.

De una entrevista a Franz Stangl, comandante de Sobibor y Treblinka.

Cuando la señora Langer finalizaba la tarea de dar de comer a las gallinas y a los cerdos, se cambiaba de ropa y acudía sin premura al huerto, la segunda fuente de vida del viejo castillo. Viejo como ella, pero como ella, fuerte y bien conservado, y también como ella, sin dueño y al abrigo de una interesada dejadez por parte de los lobos. Con ella no iba nada. Era alemana, de sangre y de ideas y no era nada semita. Sólo la granja anexa y el huerto eran lo más importante en su vida. Más allá de la colina quedaba el campo de prisioneros, y mucho más allá de la vista, la guerra. En sus animales, en sus plantas y en sus hortalizas reinaba la paz. Habitaba la tranquilidad y la felicidad de una mañana como la de aquel día, en la que se arrodillaba con dedicación campestre. Residía el quehacer diario de un ser humano, como todos. Nada de bestias del inframundo. Humanos.
Al filo del mediodía llegaba Frederic, el chico, el joven polaco que se ganaba literalmente la vida con los recados. Él y alguno más como él, con el trasiego por los bosques y los senderos carretilla en mano, en la que llevaba sacos de compost extraído del campo de prisioneros a cambio de huevos duros, patatas y otras verduras, además de pastas de calabaza recién hechas por la señora Langer para los soldados.
La guerra no le afectaba a la muy afanosa anciana, que plantaba nuevos cultivos con el abono recibido. Y al anochecer, como era su costumbre, dedicaba casi media hora a quitarse el compost mezclado con la tierra de sus uñas, aunque al día siguiente las tuviera igual. Uñas manchadas de verde, de tierra de labor, de ceniza que daba lo que una vez fue: vida.


Agustín Serrano Serrano

El poeta que despliega sus alas. Por Isidro R. Ayestarán

Voy a escribir un nuevo poema
para que tú también puedas leerlo
desde tu parcela del cielo.

Voy a construir nuevas frases
para ver si echo el vuelo
hacia un mundo de entendimiento,
lejos de mentiras y falsedades,
cerca de corazones honestos
que me arropen con los brazos abiertos
y luego, bien prietos, bien prietos…

Leeré el último verso
a la luz de una vela de color incierto,
junto al niño que no sabe lo que es el calor,
junto al adulto que no sabe sonreír,
junto al anciano al que le han enseñado
a golpes lo que es la soledad.

Y quizá os mire a todos, alegres,
cantando, bebiendo o qué sé yo…
Y yo aquí, con quien quiera quedarse conmigo,
intentando escribir algo hermoso
para ti, para que me sigas leyendo,
para no tener que echarte de menos.

Soy sólo un poeta
que al escribir despliega sus alas,
ya no importa la dirección,
a quien quiera escucharme,
a quien quiera quedarse conmigo,
a quien huya de la hipocresía…

A quien quiera y sepa decirme:
«yo te quiero,
sería genial que me quisieras…
Ojalá pudiéramos querernos los dos».


video clip: http://www.youtube.com/watch?v=Uhy57WcGlWo
© Isidro R. Ayestarán, 2010
El Cabaret de los Sueños

La Transformación. Por Brisne

En La Trasfomación de Kafka nos encontramos con una alegoría de lo que es un bicho raro. Quizá el propio Kafka se sentía un tanto como Gregor Samsa, fuera de la vida familiar y laboral. Leyéndolo como alegoría de su vida Samsa se nos presenta como un bicho que no encuentra su lugar en el mundo. Noches sin dormir, intentando aferrarse al escritorio como parte de su vida el pobre Samsa acaba muriendo despreciado por la sociedad y su familia. ¿Realmente se sentía así? ¿Fuera de todo, escribiendo por las noches y trabajando por el día? En sus primeras entradas de sus diarios señala que le es costoso seguir con los dos trabajos. A Felice Bauer le escribe diciéndole que necesita encerrarse por las noches como un muerto para poder desarrollar su trabajo de escritor. Samsa vive de noche, marcando con sus patas su habitación quizá como Kafka arrastra su escritura nocturna.
Es un relato trístisimo en el que las lágrimas se derraman de modo abundante, la madre y la hermana lloran por Gregor Samsa, a veces hasta nosotros lloramos por él por su desgracia, por el dolor que arrastra una trasformación en un repugnante bicho que ni siquiera es capaz de expresar su dolor. ¿Es eso una alegoría de lo que un escritor siente? Es muy posible.

Seguiré con Frank Kafka, quizá el próximo sea la condena. Ya veremos.

Matamorfosis. Por Rafael Criado García

Celebraron con jubilosa exitación la llegada del día estipulado. Nada en su entorno envidenciaba cambio alguno, ni llegado ni por venir, sólo un círculo rojo marcado en el calendario para que no cayese en el olvido. Santiago observa la imagen que el espejo del cuarto del baño le devuelve. Una estampa ojerosa, despeinada, de barba incipiente, el sueño aún marcado en el semblante, todavía en pijama. El aroma a café impregna la casa entera. Es su primera vez. La primera vez que ha puesto café y agua en la cafetera llevando a cabo un ritual, hasta ahora ajeno, asociado habitualmente a las labores matinales de Carmen, quien termina de arreglarse en el dormitorio, maldiciendo la torpeza inducida por las prisas, los nervios alentados por la incertidumbre que ocasiona lo novedoso, a lo que le aguarda a partir de ese día que ambos han elegido al azar. Bien podía haber sido otro el marcado con un círculo en el calendario pero eso carecía de importancia, lo realmente destacable es que el comienzo de la inversión de sus vidas ha empezado precisamente en ese instante.

Carmen aparece en la cocina vistiendo un elegante traje, que despierta la admiración del marido, el portafolio entorpeciendo su mano y sus movimientos, el rostro marcado por una leve sensación de inquietud, los gestos apresurados y torpes. Su mirada busca la compasiva mirada de Santiago, quien sonrie con tranquilizadora contemporización como tratando de transmitir que a él también le corroe internamente la incertidumbre. Debe ser lo acostumbrado en decisiones de tan magno calibre, algo abrumado por las tareas que le aguardan, lo impreciso de lo que llegará, sin albergar la certeza de poder acometerlas con la debida eficiencia.

El beso de despedida, es el mismo beso de todos los días. Pero él es quien está dentro de la casa y ella en el umbral. Él es quien permanece en la casa y ella la que se aleja hacia el ascensor para adentrarse en una maraña de coches, autobuses, tranvias, bocinas, las prisas de quienes han apurado los últimos minutos entre sábanas y ahora quieren ganarlo invitando a apartarse a los demás, de voces denunciando las impericias al volante ajenas, sin apercibir las propias.

Al fin el edificio del despacho. El garage. El ascensor. La oficina. Un gesto para acoplar la falda, la camisa, la chaquetilla. Unos buenos días que son dados. Unos buenos días que son devueltos. Carmen enfila el pasillo formado entre dos filas de mesas desde donde hombres y mujeres, los que serán sus nuevos compañeros, la observan con miradas que le atraviesan la espalda como afilados puñales, a pesar de que habían sido advertidos por Santiago con suficiente anticipo de que Carmen lo sustituiría. Pero son de esas cosas que por conocidas no se dan por hechas hasta que la realidad impone su veredicto final.

Sobre la mesa varios informes esperan una firma, una conformidad, que tendrá que salir de manos trémulas e indecisas. Carmen resopla una y otra vez. Habla consigo misma internamente. Es normal. Todo va bien. Todo saldrá bien. Ante cualquier duda no tiene más que llamar a Santiago.

Siente la felicidad que la ha ganado. Su vida, ahora, es otra vida.

Santiago, ante un desorden que es novedoso a sus ojos, por no haber reparado en las minudencias de la casa. En el rastro dejado por el desayuno, de vajillas y cubiertos esperando que alguien los recoja, lave, seque y guarde, pero allí no hay nadie, nadie vendrá; paños manchado por máculas de descuidos, ahora imperdonables, de restos de migajas de tostadas, mantequilla o mermelada desparramada sobre el mantel. Camas por hacer. Baños por limpiar. Salones y pasillos por barrer y aspirar. Ropa por lavar, por tender, por recoger del tendedero, por planchar. Compras por hacer. Comida por cocinar. Abrumado por la incertidumbre mira el teléfono, hilo conductor que ante cualquier duda le contactará con Carmen.

Siente la felicidad que lo ha ganado. Su vida, ahora, es otra vida.

Transcurre uno, dos, tres días. Pasa una, dos, tres semanas. Los miedos e incertidumbres se han desvanecidos. La rutina los hace versados en sus nuevas tareas. El teléfono apenas suena entre ellos. Se corrigen malos hábitos que transmutan en buenas costumbres. Se adquieren nuevos malos hábitos y nuevas buenas costumbres. Y la vida discurre gozosa de felicidad. Carmen ya no sufre las punzantes miradas de sus resignados compañeros de oficina. En Santiago se ha debilitado la abrumadora sensación ante el caos cotidiano, al que acomete con firme disposición.

Alguna noche retozan dichosos, henchidos de felicidad, satisfechos de sus nuevas vidas.

Una mañana cualquiera, Santiago, nota un punzante dolor en las tetillas. El espejo le muestra unos incipientes abultamientos de los senos sin la turgencia de una mujer hecha, pero con la suficiente carnosidad para llenarlo de congoja. Sus rasgos se han suavizados, afeminados. Su mentón adquiere la suavidad de un adolescente imberbe. Baja los pantalones del pijama y observa un pene menguado con estrépito. Toma conciencia de que ha adquirido ciertos hábitos impensables con anticipación. Corre hacia el teléfono. Se detiene. Ya vendrá Carmen e irán al médico. De seguro es algo pasajero.

Espera con impaciencia la llegada de su mujer. La tareas aguardando mejores momentos, etapas más propicias.

El sonido de la puerta le saca de su abstracción. Corre hacia ella. De repente sus pasos se paralizan, su carrera se interrumpen, sus prisas se detienen. Es evidente que Carmen se ha olvidado de afeitarse esa mañana.


Rafael Criado García