En un poema perdido. Por Ana Muela Sopeña

Dentro de las palabras
hay cálices de significados
aún por descubrir.

Revelación que espera a la revelación
escondida en el tiempo de la rosa…

Un código de niebla en el espacio
que nos permite ser algo más libres.

En lo profundo del lenguaje
hay otras realidades esperando
que las hagamos danza.

Hay diccionarios amparados en el mundo,
otros residen en ReAlEs AcAdEmIaS,
pero también existen
diccionarios
en el fondo del agua,
en el canto del pájaro errabundo
o en un poema perdido
que olvidó su prisión durante el sueño…


Ana Muela Sopeña
Blog de la autora

Puzzles. Por Anita Noire

 

“Sólo una vez en la vida te encuentras a una persona que encaja a la perfección contigo. Cuando encuentres a la que encaja, agárrate a ella y no te importe lo que haya hecho en el pasado. Nada de eso importa. Agárrate, es lo único que importa”.

 

Este fragmento pertenece a la novela de Michael Connelly “El último coyote”.

 

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La primera vez que lo leí me pareció algo realmente bello, muy romántico y rotundamente falso. Hoy, releo el fragmento, me sigue pareciendo literariamente bello y terriblemente falso.
El mito del amor romántico ha hecho tanto daño como la bomba de protones. Porque, en realidad, a lo largo de la vida, podemos encontrar a una, a dos, a tres o a treinta tres personas que encajen a la perfección con nosotros. Depende de que esa persona aparezca en el momento preciso, una conjunción de circunstancias tan compleja como la conjunción planetaria. Es una cuestión de oportunidad.
No existe el hombre de nadie, ni la mujer de nadie. Los puzzles los componemos como podemos y, a veces, es cierto que las sorpresas son mayúsculas pero ¿No produce cierto resquemor el hecho que casualmente, en la mayoría de ocasiones, ese ser especial viva en nuestra ciudad, forme parte de nuestro grupo social, etc.? A mí siempre me ha parecido sospechoso.

 

Pienso, cada vez más (debe ser cosa de la edad), que en nuestra vida tropezaremos con personas absolutamente especiales, que asomarán en el oportuno momento y que eso nos parecerá un regalo del destino. Pero eso especial, se irá transformando. Nadie ni nada resiste el paso del tiempo. La modificación de nuestras propias circunstancias y las de ese que encajaba a la perfección con nosotros terminará transformando, en poca cosa, ese puzzle que tan bien encajaba en el pasado. Por eso, porque las cosas y sensaciones serán distintas, intentaremos mantenernos en lo que encontramos en su día, procurando apretar la pieza hasta encajarla de nuevo cuando los extremos empiecen a curvarse.
Y claro que importa lo que pasó en el pasado. Porque el pasado no lo podemos borrar de un plumazo, porque lo que pasó ayer condiciona el mañana, y nos condiciona en lo que somos, en lo que esperamos de otro y en cómo afrontaremos nuestras relaciones de futuro.

 

Sin embargo, hoy tengo un día azul. Un dia de esos en los que uno necesita creer que la vida es bella, que los malos andan retozando en lodos distintos a los míos y que puedo confiar en las serpientes porque no tienen dientes. Sí, sé que lo que hoy necesito es tan falso como lo que Connelly nos vende en su novela. Pero, a veces, debemos sobrepasar la realidad y colocarnos, aunque sea por cinco minutos, en un mundo paralelo que nos permitan seguir respirando, aunque sea de una manera tan artificial que no resista más allá de lo que tardamos en parpadear.


Anita Noire
Blog de la autora

Los fieles servicios. Por Marcelo Galliano

-Te podés sentar, si querés.
Ordóñez lo tomó como una orden, una de las tantas órdenes cumplidas en tres décadas y media, y se fue acomodando lentamente en la silla, apoyando una mano en el escritorio, enfriándose la punta de los dedos en el vidrio de la superficie. Decenas, tal vez miles habían sido sus visitas a ese lugar que hoy lucía lento, aquietado, como si los muebles, los cuadros y hasta los relojes mantuvieran una rara expectación a la charla por suceder.
Don Alsina abrió la caja dejando escapar el olor a tabaco, ofreciendo sin hablar; Ordóñez negó con la cabeza y luego el propio Alsina tomó un puro y la cerró.
-Es por interés. Digo…, la silla, el cigarro que te ofrezco…, nada de esto es cordialidad, aunque así lo creas. Digamos que te vuelvo a necesitar una vez más, como en tantos años.
-Treinta cinco –murmuró Ordóñez, como iniciando un descargo.
-Treinta y cinco. Ni uno más, ni uno menos -agregó Alsina despuntado el cigarro y encendiéndolo, lanzando una bocanada agridulce y esperando la disipación del humo con paciencia, hasta que la cara inamovible de Ordóñez se volviera a descifrar tras la nube gris-. Te repito que esto no es una gentileza. Mi hija ya decidió, ya me hizo el pedido, pero no… yo no puedo…
-En cuanto a lo que pasó…
-No -interrumpió Alsina-. Mejor ahorrarse discursos, ¿no te parece?
-Pero quiero que sepa que el chico será castigado y…
-Sí, no tengo dudas. Tampoco dudo en que debés tener una justificación o algo de eso.
-Son jóvenes, y a esa edad uno confunde las cosas –dijo Ordóñez con voz turbia.
-Mi hija en cambio no se confunde, como dije, ya decidió. Pero a mí me es imposible cumplir con su deseo. Hablar de justicia por mano propia…
-Eso sería terrible.
-Terrible, y muy injusto por esta… llamemos relación laboral que nos ha unido a vos y a mí durante estos años.
-Estoy de acuerdo con usted, Don Alsina, además lo que sucedió no está claro…
-Pero mi hija lo tiene claro, muy en claro. Me habló de la arboleda, de la noche, de un forcejeo, me dijo que ella no dio motivos.
-Pero usted sabe, los chicos…
-No, yo no sé; ella es la que sabe -interrumpió Alsina-.
-Pero usted no puede tomar al pie de la letra…
-No, claro que no, y más que nada no puedo tomar al pie de la letra ese pedido. Imaginate, vos, tantos años a mis órdenes. Treinta y cinco dijimos, ¿no?
-Treinta y cinco –se apresuró a afirmar Ordóñez, ya algo inquieto
-Sería una locura pensar que yo… Por Dios, una locura. Aunque ella está convencida, me lo pidió sin vueltas y tuve que decirle que no, que eso no.
-Mi hijo es un buen chico, puedo asegurarlo -alegó Ordóñez con algo de agitación-. A veces comete errores, cosas de la edad.
-Mirá vos. Mi hija en cambio posee una rara madurez, una envidiable templaza que, creo, heredó de mí. Por eso no me extraña su seguridad en esto; aunque ya te dije que yo no estoy de acuerdo.
-No se arreglaría nada.
-No, por supuesto. Nada de esa ofensa quedaría saldada si yo ejerzo justicia por mi mano, ya lo dijimos: son treinta cinco años, una vida casi.
-Casi.
-Una vida a mis órdenes -completó Alsina abriendo uno de los cajones del escritorio-, demasiado como para que yo…
-Su hija va a entender… con el tiempo…
-No, ya te dije, está muy decidida, al extremo de llegar a pedirme eso a mí -respondió Don Alsina sacando, lentamente, un arma del cajón, revisándola con minuciosidad.
-Pero usted…
-No, quedate tranquilo, para mí es imposible por todo lo que acabamos de decir –se apresuró a agregar Alsina tomando el arma del caño y ofreciéndosela.
-Treinta cinco años –dijo Ordóñez comenzando a temblar.
-Sí, claro, lo que ya sabemos, yo no puedo hacer justicia con tu hijo, por lo nuestro –dijo mientras con la cabeza le indicaba tomar el arma-. Treinta cinco años, una vida casi cumpliendo órdenes para mí. Ella tendrá que entender que yo no puedo. Con tu hijo no puedo… -completó Don Alsina, observando, impertérritamente, la mano temblorosa de Ordóñez que tomaba el arma, que aceptaba tácitamente la difícil orden por cumplir.

Asociación Canal Literatura
Marcelo Galliano
Argentina

La boda de NIna. Por Katherine Contreras Vanegas

Nina despertó sintiéndose la mujer más feliz del mundo, la más hermosa, no le dolía el cuerpo como llego a dolerle el alma, se sintió más fuerte que nunca y lo único que pasaba por su cabeza era lo hermosa que luciría en su vestido blanco, en el tiempo que soñó ir del brazo de su padre caminando por el ancho pasillo de la iglesia de su pueblo. Por un instante aparto su mirada del espejo y camino hacia la ventana para ver que mucha gente llegaba hasta su casa, conocidos y desconocidos, seguramente amigos de sus padres o familiares que hacía ya mucho no reconocía, mas no reparó en sus trajes negros muy solemnes para la ocasión.

Tomó el vestido que yacía sobre su cama y con el cuidado propio de algo que se pudiera romper se lo coloco, de regreso al espejo notó que se veía hermosa, se sentía hermosa relucía más que el sol en un caluroso verano, intentó colocar algo de color en sus labios pero pese al esfuerzo que hacia permanecían pálidos, lo mismo ocurría con sus mejillas, mas hubo de suponer que los nervios eran la causa de ello.

El velo fue la parte final de todo este ritual, al colocárselo dio la sensación de haber desatado la fuerza de una cascada que violenta se precipitaba al suelo, se sintió lista al fin y en pocas horas se encontraría con el hombre al cual amo por años y el cual la amo, quizás menos intensamente pero que al fin y al cabo la dejó vivir sueños de princesa, la dejó ser como ella era.

Se sentó en el borde de la cama y con una suave mirada detallo cada una de las cosas que habían en su cuarto, las fotos, los cuadros, el cubre cama que extrañamente parecía cada vez mas blanco, pero en especial sintió un fuerte olor a azares las mismas que su padre solía colocar en su cabello cuando era niña las busco con la mirada pero no las halló y pensó que quizás ese dulce aroma provenía de la sala en donde seguramente los arreglos seria flores de azar, al notar que nadie venia a buscarla y mucho menos su padre decidió salir , camino lentamente por el pasillo como si quisiera guardar en su memoria lo que representaba aquel momento especial, bajó las escaleras y al llegar a la sala nadie volteo a verla como ella esperaba, parecía que nadie la percibía su presencia ,ninguno notaba su hermoso vestido blanco y su sonrisa se fue transformando en una profunda duda, ¿que pasaba? ¿Que sucedía? ¿A caso nadie  diría algo?

Llego hasta el centro de la sala y la noto llena tan llena que tardo mucho en abrirse paso entre aquella gente que minutos antes entraban casi que haciendo fila a su casa y finalmente se encontró con lo que llamaba la atención de todos, en un costado de la sala estaba sentada su madre, las lagrimas mojaban sus mejillas y su rostro tenía una mirada tan triste que hasta el más duro de corazón rompería en llanto al verla, junto a ella sus hermanas hermosas como ella pese al luto que les cubría el rostro, aun así ella no comprendía del todo lo que pasaba, busco a su padre entre los asistentes pero no lo halló tan solo halló un ataúd blanco mas blanco que el más hermoso día en verano y adentro estaba ella con el vestido soñado, con sus labios pálidos y sus mejillas sin color y aquel manto que parecía una cascada y una paz inexplicable empezó a invadirle el alma, sonrió mientras pensaba que en verdad se veía hermosa, y dejó escapar un suspiro, por un instante creyó que su madre la había escuchado pues levantó la mirada como si la pudieses ver acercándose la beso en la mejilla y se despidió.

De pronto sintió que alguien la llamaba ¿Nina? ella volteo suavemente a ver y encontró en la puerta de la casa a su padre quien la esperaba para llevarla del brazo con su vestido de novia, con azares liados entre sus cabellos hasta el lugar en donde finalmente estaría el hombre al cual amo y el cual la amo.


Katherine Contreras Vanegas
Bogotá (Colombia)

Quisiera. Por Mirtha Rodríguez

Quisiera ser… un pájaro!

Y a las estrellas, poder llegar

Y poder saber, por ellas

Cada uno, de los secretos

Que guardan, en su mirar.

Quisiera ser… un pez!

Y al fondo de la mar, llegar…

Para conocer los tesoros

Que mudos, allí, perduran

Por siempre, en la eternidad.

Quisiera ser… un ángel!

Y a todos, poder llevar

Caricias, para su alma

Que en mi corazón, guardo

Y a todos, quiero donar.

Asociación Canal Literatura
Mirtha Rodríguez
Argentina

Golondrina ausente. Por Juan A Galisteo Luque

Golondrina de trémulas alas,
que al comienzo de la primavera,
vuelves llena de dicha y primores,
extendiendo tus alas de seda,
¡no me olvides! ¡te estoy esperando!
que mi vida no es una quimera,
y, deseo de nuevo besarte,
mi elegante y fugaz compañera.
Desde allí, de esas tierras lejanas,
por un mar que no tiene fronteras,
tú, regresas buscando aquel nido,
que dejaste sellado en mi puerta.
En tu ausencia, lo cuido y contemplo,
pues deseo con ansia que vuelvas,
y, visites el huerto y el pozo,
y, te escondas en la enredadera.
El olivo que tengo plantado,
el manzano, el peral y la higuera,
me acompañan pero no me hablan,
por decir…, ni me miran siquiera.
Yo te espero, es verdad golondrina,
quiero ver esas alas tan bellas,
como cruzan mi humilde morada,
el lugar, donde un día nacieras.
A las tardes, cuando el sol se oculta,
del cercano reloj de la iglesia,
oigo el eco de las campanadas
y me invade una enorme tristeza.
Luego el viento del Norte, tan frío,
ese mismo que ruge en la sierra,
yo lo siento gemir en los chopos
por el cauce de aquella ribera.
Y me habla de ti, golondrina,
y, me avisa con alma serena,
y, me dice que pronto, muy pronto,
volverás a cruzar la vereda…
En la bóveda hermosa y celeste,
bajo un manto cubierto de estrellas,
veo algunas que son ya luceros
de diamantes, igual que centellas.
Pero tú, nunca estás Golondrina,
tú, te fuiste como una sirena,
a surcar desde el cielo los mares,
como amante y fugaz viajera.
¡Vuelve pronto a mi aldea de España!
¡quiero verte volar desde afuera!
y golpear estos viejos cristales,
ventanales de luz y de espera.
Si no atiendes, princesa del cielo,
si no quitas de mí esta cansera,
puede ser que no vuelvas a verme,
puede ser que sin ti, yo me muera.

—–



Juan A Galisteo Luque
Blog del autor
Del poemario: Versos de luz y de sombras.

Derechos registrados

Un lugar para vivir. Por María

Me dijiste que me quedara a vivir en tu corazón, “¿dónde exactamente?” pregunté, y sin pensarlo me ofreciste gentilmente tu ventrículo izquierdo: “ahí seguro que te sientes cómoda” dijiste “tienes tanta facilidad para que tu cuerpo se adapte a los espacios más insólitos…” y reímos recordando lo bien que me acoplo siempre sobre una roca, o sobre el tronco seco y caído de un alcornoque, sin que las rugosidades de una y otro me hagan daño. Reímos de esa facilidad mía para acomodarme a los lugares más extraños, esos que tú no soportabas porque torturaban tu espalda y tus manos, tu cuerpo entero.
Entonces ocupé ese ventrículo ¿Cómo no iba a sentirme allí cómoda? Un espacio vivo y caliente, mecido con un vaivén continuo a compás de latidos suaves y armónicos, un lugar a mi medida, dijiste, y yo me metí en él y me sentí en casa. Era el refugio que necesitaba. Pasaron meses y pasaron años, y yo me adormecía en el amor y me desperezaba en tu centro vital, donde la luz de Sirio era permanente.
No me di cuenta del golpe de sangre que me arrojó, en una sístole salvaje, aorta arriba. Cuando reaccioné, navegaba aturdida por el torrente sanguíneo rodeada de células burlonas, blancas y rojas, que me indicaban la salida a una circulación periférica; eso decían: periférica. Pasé del centro a la periferia perdiendo por el camino luz en polvo, nanas de estrella, presencia viva.
Me dijiste que viviría siempre en un rincón de tu ventrículo. Pero estoy aquí, atascada en un lagrimal por donde, finalmente, debo salir a chorros de tu vida.
Eso es todo, y es de noche.

María