Siemprevivas. Por María


Llegar al pueblo es como traspasar los límites del fin del mundo. Veo acercarse el muro de montañas que cierran el horizonte y aunque sé que detrás está el mar, la sensación que tengo es la de que me estamparé contra esos montes áridos y oscuros. Pero me aproximo y ellos abren sendas alrededor del coche, se acercan presentando colores ocres en primera línea, y azules y violetas en la segunda fila; todos los tonos cambian a cada instante y recorren la gama entera de su espectro mientras los voy mirando. Nunca, por más que lo intento, logro captar la luz líquida que pinta ese paisaje de espejismos: los matices son casi infinitos e infinitamente variantes a lo largo del día y del camino. El sol se va poniendo por detrás del coche; por el espejo retrovisor lo veo desaparecer como un disco rojo, junto a las últimas palmeras del valle. Por delante, tengo ante mí todos los tonos del arcoíris desfilando por el parabrisas.
Avanzo, y en medio de la aridez desértica asoman, de pronto -en el mejor de los casos y de los años- salpicaduras pardas de matojos de esparto; a veces, como un prodigio, alguna mancha rosa y morada de siemprevivas. Las siemprevivas son como un milagro en el desierto de piedra y greda: están agazapadas, pero en cuanto caen dos gotas de agua salen de la tierra dura, se desperezan, abren ramas rígidas y espinosas de arbusto feroz y, en un estallido de color y bondad, ofrecen sus flores pequeñas y maravillosas para que duren siempre. Son arbustos generosos.

Mi madre tenía predilección por esas plantas y siempre que las veía subía al monte a cogerlas, escalaba como una cabra pese a la edad y bajaba feliz con un gran manojo de siemprevivas apretadas contra el pecho y con los brazos llenos de arañazos. Luego las ponía en un canasto de caña, las rociaba de laca (para que duraran más, decía) y las colocaba en la chimenea que no se encendería hasta el invierno. Pasaban el verano allí, preciosas y elegantes en medio de la sala familiar.

Nunca pasa nada en el pueblo. Una vez cruzados los montes, el mar es un paraíso que ha transformado la piedra en agua, pero sigue casi igual de estéril. Ya no hay pesca, se esquilmaron los escasos caladeros con métodos pesqueros depredadores y presentistas. Ni siquiera hay algas autóctonas de las que salían a la playa a secarse en una alfombra marrón, con las que los pescadores rellenaban los colchones más pobres. Ahora salen a la playa unas coronas verdes raquíticas que cuando empiezan a secarse se pudren, apestan y atraen unos insectos pequeños, mucho más pequeños que las moscas y mucho más molestos.

Busco caracolas antiguas entre las escorias de la playa, caracolas pequeñas para hacerle un collar a una niña adorable. Busco también la llamada oreja de mar para hacerme yo un colgante: hace años que perdí el mío de niña, el que me hizo mi madre en uno de los veranos lentos de siempre.

Pero es difícil encontrar cosas entre las escorias negras, estos restos minerales del antiguo embarcadero y de las minas que siguen ahí detrás, con las chimeneas orgullosas e inútiles señalando el cielo y balizando las ramblas.

Ya salen pocos tesoros del mar.

Yo seguiré buscando siempre.

María

Asomado… Por Luis Eduardo Foá Torres

“Tú, lo mismo que yo, estamos inscritos en el riguroso libro de la adversidad”.
Shakespeare-(Romeo y Julieta).

 

Asomado a esta triste hora…
Pienso y me digo:

¿Me evocarás en las tardes,
Asomada mirando por la ventana aquella,
Desde donde juntos observamos maniobrar los trenes?

¿Te urgirá buscarme en los rastros fugaces
Que olvidé en tu piel,
En tu boca, en los socavones del alma?

¿Tantearas en la cama aquella…
Donde el amor tuvo su fiesta…
Buscando mi cuerpo ahora ausente?

Y me contesto
Que tal vez lo hagas como yo lo hago,
Que quizá me busques afiebrada
Como yo te busco.

Que el dolor con que me duelen los ojos
Nazca del esfuerzo de los tuyos por encontrarme,
Y que el murmullo apagado de mi voz
Sean tus gritos en silencio…

¡Llamándome como yo te llamo!

 

Setiembre 03 de 2011
Luis Eduardo Foá Torres
Del libro «Resplandor»

A Sangre y Fuego. Por Brisne

» El pueblo no sabía hacer la guerra. Los mejores se hacían matar estérilmente; los demás tiraban los fusiles y huían por Andalucía y Extremadura, primero, por toda Castilla la Nueva después; se repetía el patético espectáculo de voluntad impotente de un pueblo que se lanzaba a la lucha armada en campo abierto sin disciplina y sin jefes; es decir condenado al fracaso».

Manuel Chaves Nogales escribo estos nueve relatos sobre la Guerra Civil Española en Francia, en 1937, una vez exiliado. Abandonó España al tiempo que el gobierno abandonó Madrid y desde su experiencia como periodista nos narra estos relatos. Relatos como el título dice, sobre héroes, bestias y mártires de España. Relatos de guerra y destrucción. De lucha, de tipos que se juegan la vida por ideas o simplemente por que es lo que tienen que hacer. Historias de milicianos que hacen sacas en las cárceles de Madrid. Historias de Nacionales que patrullan por los campos de Andalucía. De marroquíes que luchan en un país que no es el suyo. Lucha y muerte en una guerra civil de la que no se salva nadie. Todos son culpables, todos llevan a su espalda crímenes execrables. En estos relatos no se salva nadie, salvo quizá Bigornia, un gigante anarquista que junto con un ruso es capaz de romper con un solo carro de combate el frente nacional. Chaves Nogales nos enseña la guerra que ha vivido y eso es algo a su favor, y nos lo enseña desde su alma republicana pero muy crítica con los suyos, con las milicias que siembran terror, con los comités de empresa que marcan la vida de trabajadores que igual no tenían las mismas ideas, con las guerrillas de milicianos que sembraron de terror el levante. Y también muy críticos con los otros, con los falangistas que en la sierra de Andalucía cazaban literalmente obreros, con la utilización del Tercio de regulares a manos de los falangistas.
Supongo que ser crítico con uno y con otro le ha valido no ser reconocido por nadie, pero a mí me ha interesado, ha espoleado mi imaginación, me ha hecho poner carne y piel a una historia que a veces conozco solo en el esqueleto de fechas y cifras. Poner piel a cifras siempre es necesario, sentir el aliento en la nuca y comprender la historia desde el punto de vista del protagonista fuera de los datos fríos. La intrahistoria se asoma desde las páginas de » A Sangre y Fuego».

Brisne
Colaboradora de Canal Literatura en la sección “Brisne Entre Libros
Blog de la autora

 

Negro. Por Fátima Ricón Silva

El miedo,

el misterio,

la muerte,

la noche.

 

Cuna del alojamiento de un feto,

aura de las habitaciones del infierno,

de la visión cegada por la luz,

de la boca del lobo.

 

Seno del interior de algún sueño,

del calor de un horno cenizo,

de un corazón siniestro,

de unas palabras asesinas.

 

Rugido de una novela,

de un bloque de mármol,

de la piel de la envidia,

de una voz cantora.

 

Color del agotamiento pesimista,

de un pacto roto,

de un anuncio ácido,

de una crítica sin recursos.

 

Negro.

 

Fátima Ricón Silva

Corazónvacío. Por Yolanda Sáenz de Tejada

Yolanda Saénz de Tejada
Antes de desplegar las alas para viajar, os dejo el poema de hoy.
Corazónvacío.

Ojalá os abrace…

 

Allí está él,
ocupándose.
Todo el día
engendrando verbos;
palabras inefables
para volver a
conquistarme.
Que si humedad y
calor,
que si tu mano y
mi pelo,
tus ojos y
mi enredo,
mi luz y
tu herida…
Un obseso del
plural,
de lo nuestro…

Allí está él,
desangrándose
mientras espera
mi abrazo y
me grita en silencio:
vuelve que
reviento.

Sí, ya sé
que la ternura
escasea en el
mercado,
pero lo mío es
ir de chica dura,
sobre todo
si antes
me han
despreciado.


Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora

Las palabras. Por Salvador Pliego

Vendrán del viento o dibujadas.
De Elfos o Hadas brotarán y dirán que un nicho azul
con lienzo las resguarda.
Vestirán al corazón con un cálamo que en vez de tinta
tenga ocas y curta soplos con latidos de magnolias.
¡Qué verso tan lindo así escuchara!

¡Cosmopolitas!, dirán al conjugarlas,
y en la boca saltarán cual magníficas orquestas.
En la acera blandirán, como guerreras, su tilde inconfundible:
¡iré, seré y moriré por ellas!
¡Qué verso cantaría si así yo las tuviera!

Alberti, Neruda, se alzarían sobre la tumba
y al verbo le darían una espada, un cielo, una diana,
que aprenda, interrogando, a pronunciarlas.
¡Qué verso insigne le armarían!

Dulcinea también se graduaría de estafeta
con sobresdrújulas, agudas y una que otra sílaba
trasantepenúltima que a su Hidalgo escribiría.
¡Qué verso digno iría por esa vida!

Letrados, Generales de palabras,
Doctores del vocablo que llevan la voz junto a las yemas
y levantan esos puños cual sonoras directrices:
¡Qué verso el suyo que nace de riberas!
¡Qué verso el canto que brota de sus plumas!

¡Iré a la mar…
iré a cantarle a la palabra!
Un verso solo, un verso que cante a la hondonada
y lleve letras de estatuto y de proclama.
¡Qué verso el mío si un día lo escribiera!

Iré a la mar…
Iré a la mar a buscar esa palabra.
Iré a la bruma a sacarle su sonata,
roja siempre y verde enamorada,
azul de estela y en la punta de la lengua.
Iré a la mar…

¡Qué verso el mío si un día lo escribiera!

 

Salvador Pliego
Blog del Autor

Suenan las campanas. Por Francisco Gragera

Se apagaron las estrellas.
La luna,en canción de cuna
sonreía con ternura despeinada
porque en el albor del día,una luz titilaba
y en flor de verano abría.
Era una rosa temprana
plena en olor y armonía
que acurrucada en los brazos de su madre
se abría a una nueva vida.
Los campanarios del pueblo repicaron sus campanas
gritando a los cuatro vientos,con tinturas de alegría
que llegó el muy amado al despertar de una vida.

Ya llegó el muy amado
y los pájaros cantan que cantan.
Los ríos se vuelven locos a una nacencia querida
y se remansan sus aguas al despertar de una vida
y como un coro de gloria le cantan una nana
que la llenan de caricias:

Apaga tu luz mi luna,apaga tu sol mi sueño
que el niño sueña en lucerosy y acaricia su soñanza.

Estrellas que estáis dormidas
asomaros a la tierra mirando por la ventana
el nacimiento de un sol,que llene su cuna blanca.

Terciopelo de de claveles,,
rosas de rojo y de grana
gritad a corazón abierto
el nacimiento de Erlant,con ojos de porcelna.

El dueño del universo
ya tiene trono en el mundo
y en la tierra, a su amachu que le ama.
Tu abuelo estará vigilante,
y cuando llegue a peinar canas
serás el mozo más mozo,serás mi nuevo mañana.

 

Francisco Gragera