Shoshete borroka. Por Miguel Pérez de Lema

Yo quejándome de que los jóvenes y jóvenas están haciendo el don Tancredo ante la crisis, escurriendo el bulto, dándole a la play, al botellódromo y al aborto gratuito, y resulta que no. Que se empiezan a mover.

Lo cual que unas chichis de la Facul de Políticas de la Complu, sí, ese templo del saber inmarcesible, la han liao parda poniéndose en tetitas en la capilla de la Uni. Jo tía, qué fuerte.

Protestaban por sus cosas. Como muy comprometidas. Comprometidas a tope y en tetitas ante el cristo. Ofendiditas ellas porque parece ser que en la Universidad hay una capilla y personas que la usan. Y eso no.

No pasarán.

Yo no digo nada. No soy católico y sí soy partidario de los pechines, duros, púberes, solidarios que te cagas, tron. Pero a lo mejor sería cosa de ver a esta muchachada protestar por los datos del último informe sobre la calidad universitaria. Entre otras muchas cosas que están muy jodidas, la universidad española es una basura.

Resulta que en el ranking mundial la mejor universidad española -la Autónoma de Barcelona- está en más allá del puesto 110. Al mismo tiempo, tenemos desde hace una década las 2 mejores universidades privadas de posgrado del mundo -ese Iese, ese IE- para la formación de la élite dirigente, los hijos de familia, visita de casa detodalavida. Esos masters del universo que os van a petar el orto.

Esto le debería hacer a uno pensar. Y hasta quemar cajeros automáticos, o lo que se lleve ahora.

Igual había que enseñar las tetitas por esto, lokis.

Pero no os preocupéis, que acabaréis enseñando hasta la partida de nacimiento cuando vayáis a hacer cola para echar el currículum en ese bonito empleo de reponedoras del Lidl que os aguarda al final de la dura borroka.

A las barrikadas, shoshos.

Miguel Pérez de Lema
Proscritosblog

Belinda. Por Javier Revolo

Su piel es tibia, sus ojos verdes, poseedores de una cristalina intensidad. Los rizos largos de su cabello encierran oscuridad y brillo. Belinda. De madre caribeña y padre irlandés, nació en Nassau, ciudad de casas blancas y amplios jardines. Sus piernas sobre el escenario, largas como tardes frente a una puesta de sol, se mueven a un ritmo tan parsimonioso como seductor, sexual. Recuerdo la elegancia de sus vestidos, delgados y aéreos como sus manos. Recuerdo su voz, sus magníficas interpretaciones de cantantes tan dispares como Carmen McRae, Dinah Washington o Sarah Vaughan que electrizaron los locales de la vía Brera, en Milán, allá por los 80. Me enamoré de todo lo que uno se puede enamorar de una mujer, es decir, me enamoré también de sus objetos, de aquello que la tocaba, aquello que se alimentaba de su perfume. Me propuse conquistarla con compases y acentos que ella no llegó a notar -eso pensé-, mientras mi guitarra seguía su voz como sus faldas el movimiento de las torneadas caderas.

Fue nuestra última noche en Italia. Salimos de copas. Los músicos rendimos culto a la bebida y esa noche que me acompañaba mi infiel amigo, el diablo, fui sacerdote, chamán. Belinda tenía a sus pies a todos, a mí no me tenía ni en cuenta. Le pedí bailar una canción de Jazzmatazz que estaba de moda. Aceptó. La voz gruesa y francesa del cantante, la oscuridad del pub, abrieron un resquicio por donde me colé. Nos besamos. Continuamos el baile, apoyé las manos sobre sus caderas y ella me dejó volar sobre Pegaso. Cuando regresé a tierra extrañé las nubes y no supe dónde me hallaba. Pronto me daría cuenta. Llegamos a su hotel, habíamos hablado poco antes de aquella noche, ella era la artista, yo un guitarrista del grupo que la acompañaba en esas presentaciones, no había mucho más que decir; el repertorio lo teníamos aprendido y las noches de Milán nos aplaudieron con entusiasmo.

Su hotel era mucho mejor que el nuestro, en la habitación había una cama enorme, el mini bar tenía poco de mini y bastante de bar, dos sofás miraban una gran ventana cubierta por una pesada cortina. No sabía lo que valían sus ojos hasta esa noche, sin embargo, su cuerpo era como lo había imaginado, blanco, voluptuoso, interminable. Sus manos me guiaban, su boca me detenía, era briosa como un pianista ciego y dulce como una sonata de Mozart.

Me dejó hacerle el amor, pero luego ella tomó las riendas y a partir de ese momento ya no me dejó hacer, nunca tuve la sensación de estar con alguien que ganase tanto de mí, conmigo. No había lugar inútil para ella, todo era instrumento para mantener la excitación, para proyectarla. Cámara a mano grabó nuestros cuerpos, acercó el objetivo a lugares insólitos, paseó por mi piel, por nuestras gotas de sudor, por la habitación que se había impregnado del color de sus ojos.

Nunca más volvimos a estar juntos. Sé que vive en Detroit y canta esporádicamente. También que se ha casado. Imagino sus ojos medievales detrás de una gran ventana, afuera llueve y ella fuma un cigarrillo, su marido se pregunta por qué habla tan poco, pero Belinda sabe algo que…

Javier revolo
Sydney, Australia
Blog del autor

Continuó su camino. De María José Muñoz García

Le gustaba su vida, no pensó nunca en el mañana, vivía hasta ese momento cada día con esperanza e ilusiones que emergían de su alma, alma que a cada instante volaba sobre los cielos azules de su mirada.

Con el devenir de sus días llego sin avisar un tiempo de letargo empañando su felicidad.

Felicidad ahora pasajera, se detenía un instante en su puerta para que le invitase a pasar, pero un día el resentido con ella, no la dejo entrar.

Y la felicidad continuo su camino, sin llamarle jamás.

No recibió carta alguna explicando ese tremendo final, que se llevo el tesoro de su vida, condenándolo sin avisar.

Sus ilusiones se difuminaban con el paso de los días, su tiempo se extinguía, pasaban los días y aquellos amaneceres llenos de ilusión y color, dieron paso a noches oscuras, sin estrellas ni luna que le pudiesen guiar.

María José Muñoz García

Blog de la autora

Palabras. Por Juana Cortés Amunarriz

Estás enferma, dijiste. Y algo de razón tenías. Sí, no te fallaba el instinto. La razón se me había nublado, más que eso, estaba inmersa en una niebla densa y el corazón se me había descarrilado como un tren de mercancías. Me dolían las cervicales y hasta las uñas, pero el médico dijo que era angustia y me mandó unas pastillitas que hacían que me sintiera como una pompa de jabón a punto de chocar contra una moldura.
Sólo ha sido una aventura, dijiste. Un error. ¿Qué tipo de error? ¿Se trataba de un error fatal o superficial? ¿Era un error porque ella no fue lo que pretendías, o porque te había alejado de mí? Qué confusas son las palabras. Un error es un error, dijiste. Por qué siempre das la vuelta a las cosas, preguntaste sin utilizar interrogaciones. Y tienes razón. Le doy vueltas a todo. Hago como con los calcetines; los estiro y luego los hago rodar sobre sí mismos hasta que forman una bola. Yo que venía a arreglarlo todo, dijiste. Como si lo nuestro fuera una avería molesta. Un problema de cañerías. Un desajuste eléctrico. Y de alguna forma supe que querías hacerme ver que yo también había contribuido a nuestro fracaso. No, no iba a renunciar a mi parte de culpa pero tampoco iba a contestarte. Estúpidas preguntas. Estúpidas palabras.
Si hubiera alguna posibilidad de arreglar lo nuestro, habrías comenzado por tocarme, por hundirte en mis ojos para tratar de ver qué había dentro. Me hubieras ofrecido un silencio cómplice, hermoso como una ventana al desierto. Te hubieras esforzado. Habrías intentado entender mi actual estado, mi nueva esencia jabonosa y escurridiza y me habrías cogido con cuidado entre los dedos para evitarme las esquinas.
Pero sólo me habías dado explicaciones y palabras y enredos y dudas y resquemores. Letras vacías. Te habías escondido detrás de ellas.
Por eso no te contesté. Por eso no creo que pueda perdonarte nunca.

Asociación Canal Literatura

Juana Cortés Amunarriz
Blog de la autora

La alegría (III). Por Salvador Pliego

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Nació.
Veló la primavera.
La mar abrió sus piernas
y el sol se puso a recibirla.
Rugiendo en cada ola,
así exhaló profundo cuando sintió venía.
Cada soplido era un relámpago
y un barco asomándose a mirarla.
El sol alumbró más fuerte
y hubo gacelas preparando mantas.
Retumbaba el vientre y las aguas se corrían
en una ceremonia que nunca acabaría.

Así se vino la carita…
Y la mar siguió pujando.
El sol extrajo el aire de todo el firmamento
y empujaba el vientre, extendiendo sal y brisa,
ayudando a recibirla.
Lo que los ojos vieron los muelles le aplaudieron.
Entonces todo el cuerpo se vino así brillando.
Y soltó su sonrisita.

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Salvador Pliego
Blog del Autor

olvidarteyolvidarte. Por Yolanda Sáenz de Tejada

?Yolanda Sáenz de Tejada

Se hace tarde y tengo prisa por terminar este bordado. Se me ha acabado el hilo y utilizo mis pestañas. Lo hago a veces.
Cuando era niña tenía las pestañas débiles. Era una niña que no lloraba. Ahora, como soy una mujer llorona, se me han fortalecido…
Pues eso, que termino rápido de bordar este poema porque ella, la protagonista, necesita gritaros que olvidar, a veces, no es lo recomendable. Pero sobre todo, que el que olvida fulminante y enérgico, miente más que parpadea (como dice mi madre).
Sin embargo, la que olvida (ella, en este caso) dilatando sus recuerdos, recreándose en las imágenes más hermosas de su existencia con él, sus abrazos y sus vente a vivir conmigo mañana, sus manos ocupando toda su piel y extendiéndose a deshoras por sus vértebras , sus ojos atravesándola mientras se viste cada mañana o cada noche… ella, cuando por fin no olvide pero asimile, será letal.
He terminado el bordado. Os lo regalo.

De pronto, tus camisas,
comenzaron a estrangular el cuello de mi corazón y
tuve que regalarlas.
Ahora vuelvo a ir desnuda por mi mundo.

 

Pensabas
que yo no podría
olvidarte.
Estabas seguro
de haberte instalado
en mi esqueleto
como un
parásito y
que tu aliento
le era necesario
a mi sangre
como el oxígeno
a mis pulmones.

Sabías
(yo también)
que mi cuerpo
sin tus dedos
era puro desierto y
que mi sueño
sin tu cielo
era el
infierno.

Y ambos
dábamos por hecho
que yo
no podría
domar el
no llamarte o
el no escribirte
diciéndote
(qué frase
más hermosa)
te quiero.

Sí,
yo también
lo sabía y
por eso
he decidido
no hacer nada;
es decir,
recordarte…

Así que ahora
navegas en mis
arterias
como un
parásito,
como el oxígeno
de mis venas o
como las tinieblas
de un eterno
poema.

Pero he aprendido
que esa
forma de archivarte
es el atajo
más rápido
para
borrarte.


Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora