Decisión. Por Ana Mª Álvarez Barroso

Ausentemente,
como la luz velada de esas fotos
descoloridas por el beso de los años,
decadentes y agrietados,
se perfilan los recuerdos en mi historia.
Y no presiento más que un roce,
sólo un aleteo, aire cuajado;
lo que tanto esperé me llega inerte,
losa inerte, piedra inerte, beso, muerte…

Sé que nunca sabré dar ese paso,
escoger entre ambos elementos,
tierra y fuego, llama y hielo, calma, celos,
es la búsqueda de un mar en una estepa.
Porque no he de redimirme en tus poemas
como no he de perderme en tus pasiones,
Ni tú ni yo somos agua que nos sacie
mutuamente la inconsciencia conocida.
No uses llamas encendidas esta noche
que mi hoguera está prendida en otra estrella.
El lejano que se acerca y me remueve
el olvido que yacía levitante,
el cercano que construye hogar de lumbre
de esperanza corroída y no aguardada.

Si he de escoger, ya he escogido.
Y la luz revelará entre nuestros cuerpos
la explosión no visible en el pasado.
Si he de escoger, cojo tus manos,
mariposas que aletean en mis páramos,
intuirte cuando aún no están presentes
esos pasos que una vez oí de lejos.

Fuera de mi,
estoy etéreamente acariciada,
y niego hasta mi ausencia
con el cierto presumir de tu presencia.


Ana Mª Álvarez © 2002

Blog de la autora

Princesa. Por Julio Cob Tortajada


Mi ventana daba a la calle de Quart esquina a la de Aladrers y acostada en la cama todos los dias al amanecer lo primero que vislumbraba era una de las dos torres, donde sabía que estaba él. La otra torre estaba impedida a mis ojos al no poder desde mi cuarto disfrutar del conjunto de las Torres de Quart: una de las muchas puertas de entrada a la Valencia amurallada de las que me hablaba mi abuelo. Se me antojaba como un castillo encantado de escondidos pasillos y amplios ventanales, en cuya habitación principal y bajo un dosel a cuadros de vivos colores él pasaba en el lecho sus horas esperando el amanecer.

No así en mi cuarto humilde, sin visillo ni cortinas, desde el que a través del cristal de una pequeña ventana me emboba observando la torre, tal y como lo venía haciendo desde muy pequeña fascinada por su esbeltez.

Supe de él cuando mi madre a mis cinco años reemplazó mi primera camita con otra más elevada. Vistió mi habitación con una cama de mullido colchón y cabezal de hierro de cuyos barrotes me servía para levantar mi cuerpo descansando en ellos mi espalda. Entonces, penetraban mis ojos por los arcos de la torre que mi abuelo decía que eran góticos, al tiempo que en mi alucinación me perdía en su interior habitado por un príncipe que, sabiendo de mí, trataba de verme. Y en ello me embelesaba.

De inmediato, al verlo, me escondía en mi embozo y se enrojecía mi rostro. Al saber de su existencia lo escondí en mi almohada haciéndolo mío. Nuestra relación en la distancia fue de unos tres años, y durante ellos, cuando salía a la calle de la mano de mi madre hacía la Iglesia de Santa Ursula, situada enfrente y que tras las Torres creaba una pequeña plaza por la que cruzábamos para acudir a misa de nueve, alzaba mi mirada hacía las torres en el mismo instante que ya divisaba las dos, elevadas al cielo pero sin encontrar a mi príncipe escondido en su interior.

Nunca se lo había dicho a mi madre y cuando cumplí mis primeros ocho años y me enojé al descubrir que mi príncipe jamás había existido, me invadió una gran tristeza.

Aquel fue mi primer desamor y cada vez que paso bajo las almenas sonrío su recuerdo.

Julio Cob Tortajada

Colaborador de esta Web en la sección «Mi Bloc de notas»
http://elblocdejota.blogspot.com
Valencia en Blanco y Negro- Blog

Emprender un nuevo camino. Por María José Muñoz García

En tu vida en ocasiones tienes que ser determinante y decidir con todas sus consecuencias el camino que deseas recorrer.

No es tarea fácil conseguirlo, por una parte tienes que darte cuenta de que realmente necesitas ese cambio y después llevarlo a cabo.

No se cual de las dos opciones es más complicada, creo que las dos, porque asumir que tu camino o vida no es la que deseas, se hace duro, pero lo es más emprender ese nuevo recorrido lleno de incertidumbre.

Incertidumbre que por otro lado te da vidilla, mariposas en el estomago ………en fin, multitud de síntomas.

A mi nunca me gusto tomar decisiones profundas, de esas que te inundan el alma, curiosamente en las que se toman a la ligera, por inercia, nunca he tenido problemas, o por lo menos eso creo, las he llevado a cabo y quizá luego las he meditado, no siempre, pero algunas si, sin embargo las otras te dejan un poco revuelta, como si de un delito se tratara, como si el encauzar tu vida de la manera en la que tú quieres y deseas, estuvieras cometiendo algún tipo de crimen, crimen por cierto imperfecto porque nunca sabes el desenlace pero eso forma parte de la vida, tu vida, de la cual solo tú y únicamente tú puedes ser el protagonista, hay no hay directores, tú haces todo el trabajo, diriges, redactas, interpretas y decides quienes van a ser los que te acompañen como actores.

«Dedicado a esa persona que me guía en este camino, sin su ayuda no sería lo mismo, gracias confidente»

María José Muñoz García

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Dientes. Por Juana Cortés Amunarriz

Cada vez que a Mary Jean se le caía un diente, lo plantaba en aquella maceta pequeñita, la de color naranja. Regaba la tierra Mary Jean, la tierra santa pero estéril, que no daba árbol de dientes.
Estás tonta, Mary Jean, tonta del culo.
¿Qué coño de planta crees que ese esa?
Mary Jean anciana abría su boca vacía, desdentada, agujero húmedo del que brotaban las palabras.
La planta de la esperanza, contestaba. Y ahora era ella la que miraba a los demás con gran desprecio.

Asociación Canal Literatura

Juana Cortés Amunarriz
Blog de la autora

Me tiembla el corazón. Por Salvador Pliego

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?Me tiembla el corazón, me pulsa,
como un ruiseñor de plata,
como un palpitar que vibra
en un manantial de voces
y en lluvia se desperdiga.

Donde vayan los latidos,
donde es jade la esperanza,
del orbe vena y arteria
para empujar la sangre a que lata.

Esta vez es la pujanza,
el conducto y yacimiento,
predispuestos en batalla
a dar soplo y cumplimiento.

Me tiembla el corazón,
me tiembla la vida entera,
y los levanto en la palma
a que un puño los extienda.

En cada mano alzada,
en cada boca que inspira,
el corazón se dilata
y en los panes se acrecienta.

Me arrastran los corazones
con su canto de fulgores.
Tropeles son las gargantas
que nos vuelven inmortales.

A la voz de las cantatas
retiemblen hoy las torretas.
Garzas lilas y blancas
forjando anchas cadenas
van hilando los mañanas.

A la voz de los pulsares,
que son grandes cual murallas,
y a la voz de las cigarras,
vistieron de alas las calas.

Me tiembla el corazón, me pulsa,
¡me tiembla la vida entera!;
al alba la llevo puesta
y en los ojos por bandera,
y cada latido esparce
un ruiseñor en mi alma.

?

Salvador Pliego
Blog del Autor

Cuando se para el Tiempo. Por Santiago Tracón


Se precipita la luna, con su resplandor anaranjado, sobre los tejados… Se precipita, pero está fija, inmóvil sobre un cielo azul, y todo es silencio, todo irradia presencia, un estar ahí del mundo, totalmente real. Los tejados son de pirraza, y esto que veo es una aldea perdida entre montañas. Aquí he estado en otro tiempo. Aquí he vivido. Las calles, estrechas, muestran piedras descarnadas que han ido desgastando las ruedas de los carros, formando surcos. La lenta rueda del tiempo ha dejado huellas de su paso invisible. Una larga calle, retorcida, recorre la aldea, subiendo hacia la ladera de los castaños. Con lluvia y nieve, he pisado el barro entre las rocas horadadas, las losas de los patios, las ramas de las urces y las retamas. Aquí viví en otro tiempo. ¿Qué queda de mí aquí? Respiré este aire puro, el aroma del tomillo, el olor seminal de los castaños, la hierba recién segada. Un rebaño de cabras pasaba cada atardecer junto a mi puerta. ¿Qué se quedó de mí entre estas piedras, entre el humo de las chimeneas, el musgo de los tejados, la niebla de las mañanas de primavera? Como girones de lana entre las zarzas. Trozos de mí. Por los rincones donde hemos pasado, acurrucados en el silencio, muriendo suavemente, desvaneciéndose a un ritmo muy lento, como el desmoronarse de la roca. Hay una geografía personal, un mundo construido con los lugares en los que hemos vivido. Recorreremos ese territorio por última vez, al final. Los lugares que vimos, allí donde la presencia del mundo se hizo real. Allí donde quisimos quedarnos. Allí donde todo de pronto se paró, permaneció recogido, respirando, sumergiéndose en la eternidad. Antes de entrar en el último sueño, despertamos para ver todos esos lugares sagrados. El último viaje. La despedida. Recogeremos los fragmentos, los momentos en los que descubrimos la presencia de lo invisible, en los que vimos lo invisible, y amasaremos con esas experiencias nuestro verdadero ser. Estamos hechos de la sustancia del espacio, allí donde el tiempo se para. Con los fragmentos sagrados de nuestra vida se construye el espacio de otros mundos, allá donde acaso vayamos a parar, después de olvidarlo todo.

Santiago Tracón
(Foto: Daniel Montero)
Blog del autor

Agua. Por Javier Revolo

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Yo le decía a mi hermano, en tono confesional, que el mundo abundaba en idiotas peligrosos, que son la clase de idiotas que creen fervientemente tener razón. Ese, le decía, era un descubrimiento reciente para mí. La guerra nos salpicaba sangre en las narices y los canales de TV mostraban una sólida y teatral estafa. Llené su vaso y el mío con cerveza y noté en sus ojos el mismo anhelo de sumirse en la conversación. Mi hermano, tan joven y búdico, hablaba del amor como de partituras rotas. Las partituras eran cárceles de oro que él sabía romper con una maestría que parecía ingenua. Su cráneo perfecto de raso cabello, era parte de una hermosa unidad. El amor, me decía, él, que lo conocía, es como el viento de la creación. Te atraviesa y si te pones necio, te golpea, sigue su curso. No puedes ser su dueño nunca.

Bebía y me contaba de un experimento hecho por un japonés que sonaba piezas musicales para el agua, luego la congelaba y el hielo registraba un universo de formas análogas a la composición; según mi hermano, que entonces era aún estudiante del conservatorio, inclusive podía hacerse un figurativo análisis musicológico con el movimiento capturado por el hielo.

Luego el japonés probó hablarle de amor al agua, y también la congeló. Allí encontró la danza de su corazón hecha cristales. Mi hermano concluía, con inquietante rigor, que la sensibilidad es patrimonio de todos los seres vivos porque la materia viva está hecha de agua; mientras tanto, yo bebía un larguísimo sorbo de cerveza pensando que tenía un hermano presocrático.

Aquel líquido dorado desdibujó el paso del tiempo y vi a mi hermano siendo niño y preguntándole a nuestro padre, un bebedor, por qué bebía. Mi padre, el gran fabulador, le respondió: yo bebo porque tengo sed.

La música nos deslizó a la risa, pero de pronto otra historia encausa la conversación. Él cuenta que una vez deseó ser agua con el agua; he visto como las olas lamen sus huellas en la arena mientras camina rumbo al mar.

Introdujo en él su hermosa cabeza, luego su entero cuerpo de saeta. Lo envolvió la corriente, y luego el silencio de las caracolas. Después de un largo tiempo emergió. Alzó los ojos; encontró ante sí un escollo y sobre aquel la silueta delgada de Dusan quien lo aguardaba con sus ojos de ave. Dusan es nuestro hermano, Dusan lo ha salvado de morir. Pensé que sólo su nombre permanecería incólume, lo encontré parado como un lirio brillante en la penumbra de la guerra. Pero los nombres también se desvanecen ante la belleza inexplicable del mar, las palabras brotan como lágrimas y se funden con él.

Javier Revolo
Sydney, Australia

Blog del autor