desdequetehasido. Por Yolanda Sáenz de Tejada

?Yolanda Sáenz de Tejada
La ventana nunca cierra bien. El caso es que ella tampoco quiere atascarla. El aire (ese que la demencia si sopla fuerte) limpia sus voces.
las voces de él. De quién si no…
Y, después de un año de ausencia cabalgando sus venas como una droga que la va matando lentamente, decide escribirle un poema.
Este que os dejo, sin más dilación que la mía, que me siento en la cornisa (de su ventana) a leerlo…

Soy una niña
(porque digo la verdad).

 

Desde que te has
ido,
el tiempo
me tira de la
falda y me
revuelve el pelo
desgarrándome los rizos
(y la garganta).

El tiempo,
desde que no me
abrazo a ti
mientras duermes,
me quita el
sueño
(y la humedad).

Y el tiempo,
desde que no
me visto
para que tú
me desnudes
(dejándome sólo
las medias),
me abofetea
la cara descalza
de carmín.

Ese tiempo,
que me mata y
me deja los
dedos morados
de tanto apretarlos,
ese tiempo
(de agonía),
no existiría
si tú estuvieras
a mi lado
(aunque yo te diga
llorando
que no vuelvas;
abrázame de nuevo,
por favor).

 

Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora

Nadal, un héroe humano en la excepción del capitalismo. Por Carlos Carnicero

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Viendo dejarse la vida sobre las piernas, en cada partido, a Rafael Nadal, uno se alegra de que sea millonario. Nunca me ofendí porque quien se lo mereciera prosperara; siempre me revolví contra los avispados de la vida que crecen sobre fortunas que no les corresponden más que por haber estado en el momento oportuno en el lugar preciso, o por el rigor de una sangre, que cuando transmite fortunas antiguas, creo que están apuntaladas sobre el crimen.

«Rafael Nadal se merece el dinero que consigue, no sólo porque sea el mejor y persevere cada día para seguir siéndolo, sino porque reúne unas condiciones de humanidad, humildad, nobleza y perseverancia: es el resumen de la cultura del esfuerzo y la meritocracia que ha sido sustituída y sepultada por la voluntad de los mercados. Quizá no lo sepa Rafael Nadal, pero es un superviviente del viejo humanismo socialista, democrático, por supuesto.»

Tiene además un discreto deambular por el mundo, es celoso de su vida privada y personal y es difícil recordar de él un mal gesto en un partido perdido.

Muchos le han declarado deportivamente muerto sobre sus rodillas castigadas en cada bola imposible, pero él entrena cada día como si fuera el primero de su carrera profesional y juega cada partido como si fuera el último.

Me gusta el éxito de Nadal, no sólo porque se lo merece, sino además porque es un ejemplo inhabitual de que la excelencia, el esfuerzo prolongado y el mérito todavía tienen sitio en esta sociedad decadente que nos abochorna cada día.
?Asociación Canal Literatura

 Carlos Carnicero
Blog del autor

Maneras de ennoblecer un género. Por José Belmonte

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Hasta el día de hoy, a pesar de sus cuarenta y pocos años, Manuel Moyano, cordobés afincado en la localidad murciana de Molina de Segura, tiene en su haber una trayectoria fulgurante, jalonada de éxitos. Posee los premios Tigre Juan, de 2002, por su excelente colección de relatos titulada ‘El amigo de Kafka’, y, más recientemente, en 2006, obtuvo el Tristana de Novela Fantástica por ‘La coartada del diablo’. Moyano, desde su primera incursión en la literatura, ha creado un estilo, una manera de escribir que se distingue a distancia. Entre sus principales ingredientes, la pulcritud y la precisión del lenguaje, el gusto por lo extraordinario y esa obstinación permanente por resultar original, a pesar de que nunca oculta sus fuentes, sus modelos a la hora de crear.

Con estos avales sale a la luz ‘Teatro de ceniza’, un volumen con algo más de un centenar de microrrelatos, ese género que algunos tildan de facilón, pero que solo unos pocos, como el propio Moyano, son capaces de darle el rango que en verdad merece. La mejor prueba de la calidad de estos textos se encuentra en el prólogo, lugar en el que su autor, Luis Alberto de Cuenca, reconocido escritor de gran exquisitez y franqueza, asevera, con no poco entusiasmo, que «hacía mucho, mucho tiempo, que no disfrutaba tanto con un libro de cuentos». Y no es para menos. Pocas veces alguien ha sido capaz de no bajar la guardia ni un solo instante a lo largo de toda una obra. De principio a fin. Cualquier otro se hubiera podido permitir la licencia de disimular, entre el cesto de manzanas, unas cuantas en mal estado. Pero no es este el caso. Desde ‘El ocaso de un imperio’ hasta ‘Singladura’, primero y último de estos relatos, fluye una corriente en la que se mezcla lo divertido y lo didáctico con lo alegórico y lo simbólico. Un libro único, irrepetible, con rasgos inequívocos de genialidad con el que Moyano ennoblece un género en ebullición.

Autor: Manuel Moyano.
Estilo: Narrativa.
 Editorial: Menoscuarto.
120 páginas. Palencia, 2011. Precio: 13 euros.
?Asociación Canal Literatura
José Belmonte???
Fuente: Ababol

Juicio contra una prostituta. De Demóstenes

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El libroUna frase que podría servir de introducción para este libro:

«Ésta es la historia de Neera: bellísima mujer que vivió como esclava en Corinto y como extranjera en Atenas, que recorrió sin fatiga ni remilgos los banquetes llenos de hombres, sudor y versos, y que tanto ansió el estatus de ciudadanía como escupirnos a todos a la cara».

Dejémoslo claro desde el comienzo: a pesar de su título, Juicio contra una prostituta no es el tipo de libro que los amantes de la ficción policíaca conocen como legal thriller, aunque por momentos, no lo duden, pueda parecerlo. Tampoco es una novelita estilo peplum ambientada en un juzgado de la antigua Grecia. En realidad, no es más que una historia real perdida en las profundidades de la Historia, y magistralmente reconstituida por Demóstenes como testigo directo de los hechos. ¿Y qué tipo de historia? La de una prostituta de origen extranjero que, gracias a su excelso dominio de las artes amatorias, a punto estuvo de convertirse irregularmente en ciudadana y de alzarse hasta uno de los grandes centros de poder de la Atenas Clásica. No se lo permitieron, por supuesto, pues repito: era mujer, prostituta e inmigrante. La historia también podría resumirse así: la de dos personajes bastante vulgares, una prostituta y su marido-proxeneta, que vivieron hace más de veintitrés siglos y que vieron cómo su irreprimible deseo de ascenso en la escala social se topaba con la estructura inmovilista de las instituciones arcaicas.

Juicio contra una prostituta es, por tanto, una historia extraña y jugosa, una rareza editorial y un fresco impagable tanto de las costumbres y la vida sexual de la Grecia Clásica como de las contradicciones que caracterizaban su sociedad.

El autor

Demóstenes fue uno de los oradores más relevantes de la historia y un importante político ateniense. Nació en Atenas, en el año 384 a. C. y falleció en Calauria, el 322 a. C. Sus dotes para la oratoria constituyen tal vez la última expresión significativa de las proezas intelectuales atenienses, y nos dan acceso, miles de años después, a los detalles más importantes, y también a los más controvertidos, de la política y la cultura de la Antigua Grecia durante el siglo IV a. C. Durante un tiempo, Demóstenes se ganó la vida como escritor profesional de discursos judiciales y como abogado, redactando textos para su uso en pleitos entre particulares. Y también dio cuenta de los grandes juicios a los que asistió y que marcaron la historia de la ciudad, como éste que aquí presentamos.

Traducción: Helena González Vaquerizo

Editorial Errata naturae

Los padres ejemplares. Por Luis Rodríguez


Entré al excusado de aquel antro y vi al tipo recostado contra los mugrientos azulejos, casi apoyaba los labios sobre el inodoro, lo que me revolvió el estómago, además del hedor que desprendían sus prendas, cuando lo ayudé a ponerse de pie. Luego de intentar despabilarlo y recomponer su aspecto, lo acompañe fuera del bar, crucé a la estación de servicio situada enfrente y compré café para ambos. Recostados en un muro, le ofrecí el vaso de cartón. Se mantuvo en silencio hasta que decidió “largar prenda”, supongo que algo del efecto de los tragos lo mantenía vulnerable para vomitar su historia.
“Hace muchos años que lo conozco, desde la secundaria y, siempre competimos. Es nuestra naturaleza, pero sale a flote solo entre nosotros, el tipo es una mierda y obvio que soy mejor que él, usted quizá no entienda”.
Fui hilando su drama con dificultad, porque el borracho arrastraba las palabras, las hacia reptar entre un poco de saliva, que no lograba contener y le adosaba, unos sonidos guturales que concluían en bufido.
Capturé lo esencial; ese odio que se profesaban se prolongó durante años; en la época de estudiante se quemaban las pestañas por las calificaciones, no les importaba la escolaridad para futuros reconocimientos, solo servían para medirse. Asimismo con las mujeres, aunque reconoció que ninguno de los dos tenían esa virtud que atraen a las mujeres más exigentes (y algunas flexibles también), es decir, atractivo.
Al pasar los años la tensión aumentaba y disminuía (una maquinaria que funcionaba por si sola, por pura inercia), pero no desaparecía. Cuando se busca brega no hacen falta excusas, aparece los momentos con una fluidez mística. El hecho, es que en la etapa universitaria, ambos pertenecían a dos sectores en oposición, en grupos estudiantiles, que pugnaban la representación del resto para el mejoramiento de la institución; escuchando los reclamos del estudiantado y poca cosa más se puede hablar de sus funciones.
Algunos de sus miembros hacen carrera de militancia, se adiestran en la oratoria, rodeados de entusiastas avocados a diversas causas y, terminan siempre arrimándose algún sector político, que le brinda la posibilidad de comenzar la escalada, al ansioso estatus de asalariado público. El dúo se lucían en los foros, siempre en los debates (en un par de ocasiones fueron expulsados por terminar alguna disquisición a los golpes).
El hombre del bar, debió abandonar su carrera al tercer año, su pareja (hacía unos meses había comenzado la relación) le comunicó el embarazo y tomó la iniciativa, cuando su tío a punto de jubilarse, pudo acomodarlo en la administración de la compañía. Era un buen sueldo, podía aplicar sus conocimientos y en pocos meses recibiría en brazos a su hijo, lo que hacía inminente aceptar la propuesta laboral. La posibilidad de ascender dentro de la empresa la tuvo, pero sin éxito, según opinión de sus superiores:”No pudo estar a la altura de las responsabilidades, aún es muy joven”. El cargo lo ocupó un recomendado (el otro, tan joven como él, poseía tan solo un año más de estudios y era su primera experiencia laboral) de uno de los jerarcas y socio de la empresa.
Cuando el nuevo encargado llegó a las oficinas, el hombre empalideció. Cómo era posible que experimentara la peor de las humillaciones, tan solo con estrechar la mano de su antiguo contrincante. Cuando fue presentado ante el resto como el superior, se sintió incapaz de dar la otra mejilla ante esta afrenta, pero se mantuvo en silencio durante las semanas que siguieron.

La rutina se hizo tolerable, pero el servilismo que estaba implícito, y que debía profesarle a su nuevo encargado, lo envenenaba. El otro estaría al corriente de todo lo pretérito y la animadversión empezó a destellar en la oficina, pero la imposibilidad de lograr acuerdos, en las formas de cómo resolver los avatares de la firma, se hizo evidente (para el resto de los empleados también), aunque la última palabra la tenía el encargado, que sin empacho se lo expresó alguna vez directamente.
A posteriori, su rival se volvió increíblemente laxo en el terreno laboral, o al menos eso percibía, pero las ofensas se movieron a otro radio de acción y, cuando se vuelve algo personal, se activa lo más bajo de cada uno para atacar, armados del cotilleo que envicia cualquier círculo.
“Se entero de cajón por el cadete; que se muestra sin prurito, es decir “trolo” por antonomasia. Semejante a una mujer que le incomodan los tacos, bamboleándose con esos brazos de niña que tienden a un aleteo delicado, ahora entiendo la analogía entre un marica y una mariposa. Este tiene la misma edad que mi hijo y ese mismo andar, eso lo percibo en el cadete pero nunca lo vi en mi hijo”.
Prosiguió con un aburrido exordio, sobre las ilusiones depositadas en aquel niño que lo llevaba a jugar pelota a la cancha del barrio, hasta que finalmente me dio a entender, que había decidido providenciar a su hijo lejos del hogar, pero sabía que se encontraba bien y que podía llevar ese estilo de vida que lo hacía feliz, pero lejos de la casa, donde todavía se gestaba (su otro hijo), un futuro hombre.
“No fuera que me lo contagiara”.
Se convenció hasta cierto punto que el ser “homo” (textualmente) era un tipo de virus, teniendo en cuenta lo que se veía por la tele y en las calles.
“Se multiplican, como que salen por debajo de las piedras.”
La indiscreción del cadete, la pagó con el hostigamiento de su eterno contrincante, en cada ocasión que se le presentaba, se le caían frases cargadas de cinismo, del orden: “Si uno de los míos me sale raro, me la corto y se la tiro a los perros”, “Todos esos terminan muriendo de sida”, “Antes que un hijo así, prefiero uno chorro o drogadicto”. Expuestas estas sentencias de esta forma parecen más impertinentes y mezquinas, pero siendo dichas en distintas circunstancias, indirectas y distantes en el tiempo, surtían un efecto a cuenta gotas, golpeaban por elevación al desamparado borracho, que ahora me miraba compungido con el alma retorcida y, entendí que cada vez que el otro le apedreaba su paciencia y frágil honor, deseaba que lo partiera un rayo.
Nunca entendí el escándalo ante semejante petición, desear la muerte al prójimo, es la honestidad en su estado más puro, es decir, demasiado humano, pero estoy influenciado quizás por las palabras del hombre; “…el tipo es una mierda y obvio que soy mejor que él, usted quizá no entienda”.

Todos estamos un poco encadenados a nuestras palabras, mas cuando son irreflexivas, terminan siendo oráculos. Lo dicho; el enemigo se vuelve taciturno, irascible. Su rendimiento laboral se ve, notoriamente reducido en las últimas semanas.
“Revisaba sus balances y están plagados de errores, que ni un recién llegado a la oficina, podía cometer”.
Inverosímil en su comportamiento; era errática la conducta de su colega por esos días, salía presto a la calle cada vez que recibía el llamado de su mujer. Lógicamente, en su hogar algo no estaba bien.
“Me lo encontré ayer en el área de descanso, apoyado contra la pared, destrozado. Confesó todo, necesitaba hablar de su hijo con alguien, justo conmigo. Se había hecho adicto a la pasta*, que es barata pero te roba el cuerpo, porque siempre te está reclamando”.
Su estado de violencia era irreconocible e ilimitado, llegó a propinar un estruendoso golpe a su madre, ya completamente enajenado, comenzó con amenazas más drásticas. Ella, que le cubría los robos abiertamente, dinero o todo lo que pudieran aceptarle para empeñar y consumir. Vivía irascible sin motivo y cada vez pasaba más en la calle, un detalle le llamó la atención que en tres ocasiones, había perdido su DNI; con el tiempo se interiorizó de ciertos mecanismos con la que operan las bocas de venta, como tomar el documento por dosis y, luego cuando se paga, es devuelto.
Lo echó de la casa; empezó el llanto y la insoportable resistencia contra la puerta cerrada, para terminar retorciéndose en un ruego desesperado, ahora duerme en la calle.
“Es insufrible, me dijo: nos está consumiendo el sueño, el miedo, el asco (y el amor), de ver a un hijo así, mierda”.
Mientras escuchaba, todas aquellas provocaciones volvían como ecos lejanos, cabalgaba el rencor, para atropellarlo. Sintió encenderse un ardor tan intenso por dentro; que comenzó a sudar, la sangre le hervía. Estalló en sus oídos un zumbido, como una interferencia que lo alejó del trance. Con calmada apariencia habló, se sorprendió con la claridad en su voz para espetarle; “Al menos tu hijo no te salió puto”.
Le palmeó la espalda una vez y se retiró. Alejándose de toda compasión, se había perdido la oportunidad de ser mejor que el otro.

* Pasta básica de cocaína: droga callejera de bajo costo elaborada a partir de bicarbonato de sodio, cafeína, alcaloide de cocaína y anfetaminas. Se suele consumir por vía respiratoria en pipas (generalmente caseras) o sobre la marihuana en forma de cigarrillo (marciano, bazuco, nevado) y, debido a su composición química, es altamente tóxica y adictiva.

Luis Rodríguez
Uruguay
Blog del autor

Décalogo de pensamientos VI (Olvido). Por Luis Oroz

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I. Callar, cayendo

Así calló tu voz
hacia ese abismo
donde ya no estábamos.

II. Eternidad

Sencillamente somos.
Igual que una palabra que designa
una especie extinguida.

III. La esencia del instante

Recuerdo cómo hablábamos
sin saber qué decíamos.

IV. ¿Certezas?

Puedes estar seguro,
no sé cuando ni donde
iré a buscarte.

V. Contrastes

Nada tan ambiguo como despertar
de un sueño irrepetible
del que nada recuerdas.

VI. El necio

Esta será la última vez
de cualquier cosa.

VII. Profecía sin comas

Cuando nadie recuerde
nuestros nombres
hablarán de nosotros.

VIII. El placer de la búsqueda

Volver atrás…
hacer de todo lo que no recuerdas
la auténtica razón para quedarse.

IX. Metamorfosis

-¡Olvídate de mí! me dijo un día.
Y supe que hay palabras mariposa
o palabras gusano.

X. El mapa

Dos luces hacia abajo, tras la música
un sueño a la derecha; un poco más de tierra
y la palabra cruz
paralizándonos.


Luis Oroz
Blog del autor

Nuestro trágico universo. Por Brisne

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“El laberinto era precioso. Era un dibujo sencillo hecho con piedras claras, con bancos esculpidos en el mismo tipo de piedra y dispuestos de forma que te pudieras sentar a descansar en cualquiera de ellos y mirar el laberinto y el río a la vez”

Uno puede escribir de muchas formas. Hacerlo de modo tradicional, ya saben elegir un narrador omnisciente y que nos cuente una historia lineal salpicada de diálogos. O puede elegir un protagonista que nos lo cuente, de un modo también lineal ya saben chica conoce a chico le pasan cosas y al final concluye la historia. Pero no, en “Nuestro trágico universo” la autora británica Scarlett Thomas decide hacerlo de otro modo, decide tejer un universo de literatura y dejarnos que cada uno cojamos lo que queramos y nos montemos la historia en nuestra propia cabeza, es una ficción laberíntica y complicada, algo así como un jersey de punto que toma forma terminado pero del que no puede entenderse cada punto, y he ahí el reto del lector. Un lector activo que va moldeando a Meg, a Chistopher, a Rowan, a Libby… a todos los personajes que pueblan esta madeja que es Nuestro trágico universo.
Meg, prolífica negra que escribe libros de ciencia ficción como si fuese un autor Zeb Ross junto con otros, reseñadora para un periódico de libros de ciencia, y new age, nos describe la vida de cualquier mujer con sus dudas, con sus relaciones minadas por la rutina, con sus ansias de cambio. Y lo mismo que le sucede a ella, sus dudas, temores, necesidad de cambio, les pasa a sus amigas que aparecen y desaparecen de la narración como por arte de magia formando un universo que cualquiera puede vivir. Porque ninguno estamos libres de ser desgraciados, de odiar a quien se acuesta cada noche en nuestra cama, de querer escribir nuestra gran novela y acabar con libros de serie B que lo único que nos proporcionan es dinero.
Un golpe de suerte le hace cambiar, pero sigue con dudas e inseguridades, como nos sucede a cualquiera. Todos buscamos salir de algún modo de nuestro laberinto. Encontrar el centro y respirar. Dando vueltas. Volviendo atrás. Viendo al final la luz, deseando desesperadamente un imposible en forma de amor inalcanzable. ¿Quién no ha sentido eso alguna vez y ha seguido viviendo por una hipoteca o una cuenta corriente en común? Somos cobardes o valientes. Quizá Meg nos enseñe entre teorías del universo de Newman, new age y como se tricota un jersey que la vida a veces necesita de decisiones valientes y salir al centro para respirar.
Asociación Canal Literatura
Nuestro Universo Trágico.
Editorial Principal de los Libros
Traducción María Alberdi, 2011

Brisne
Para Canal Literatura

Blog de la autora