premio especial 2010

 

May 30
Dedicado a Leonardo “Rastaman” Leny

 

Ojos que no ven, corazón que no siente”
    Dicho popular

La historia refiere numerosos episodios de apariciones o desapariciones, con mayor o menor grado de santidad o de suerte para sus protagonistas, pero, parece que está en nuestra naturaleza seguir asombrándonos con ellos.

Él era un hombre que vivía en Esperanza y trabajaba en Santa Fe. Esperanza, tierra de colonizadores y trigales; Santa Fe, Santa Fe de la Veracruz, descansa aburrida junto a la laguna Setúbal. Si uno va por la ruta 70, aproximadamente unos cuarenta kilómetros separan un lugar de otro.

Se levantaba muy temprano –la jornada laboral que debía cumplir comenzaba temprano-, y viajaba en su modesto automóvil hasta su lugar de trabajo. La hora era siempre la misma. En verano, a esa hora ya amanecía, pero en invierno todavía era de noche.

No eran pocos los años que hacía que venía haciendo ese recorrido, a través de la monótona llanura y todos los días laborables. Era un ir  y venir sin esperanzas y había días en que él no sabía, cómo podría seguir soportando esa rutina. Éste pensamiento lo invadía, en especial, en esos días cortos de invierno, en que el horizonte parece cerrarse en la mente. Entonces, bien temprano iniciaba el trayecto -por la ruta 70-, saliendo de Esperanza, pasaba debajo del arco que conmemora la colonización y después de atravesar la zona de los puentes, sobre los bañados del río Salado, enfilaba por una recta rumbo a la curva llamada Marcilla. De ahí, Santa Fe, estaba a un paso.

La ruta 70, se llama Eusebio Marcilla, como la curva, en memoria de un ignoto corredor de autos que, hace mucho tiempo, se rompió la cabeza en ese viraje, durante una carrera. Muchas veces cuando él pasaba por allí, trataba de imaginarse cómo habría sido el accidente, la expresión de las  caras de los que estaban en el lugar, la sangre, el cadáver del corredor.

A veces, en invierno, al regresar del trabajo –en la zona de los puentes-, en esas noches tempranas en que da miedo mirar la sombra helada del río, se divisaba alguna luz que, suponía podía ser de algún pescador, entonces no se sentía tan desafortunado. El río, esa corriente mansa de agua barrosa que él veía al pasar en las madrugadas de verano, cuando llegaban los días húmedos y fríos, se cubría de niebla, una bruma que se desparramaba  por todo los bañados y abrazaba también al camino. Entonces, los faros de su auto, se enfrentaban con la odiosa niebla y las luces que proyectaban, parecían dos túneles que se unían delante, sobre la pared de la cerrazón, que así iluminada parecía un escenario.

Invariablemente, formando parte del viaje y desde bastante tiempo atrás, como si fuese una ceremonia cotidiana, él escuchaba en el reproductor de música de su auto, una secuencia de canciones que tenía grabadas y si el trayecto se cumplía con normalidad, cuando llegaba a la zona de los puentes, matemáticamente -de acuerdo con el orden en que estaban grabadas la música-, en ése lugar oía siempre la misma canción. Era una canción antigua, ya pasada de moda, pero  que conservaba el encanto de un clásico. La conocía desde niño y siempre fue de su agrado. El nombre de la canción, un calipso: “Jamaica Farewell”. A él le emocionaba su letra, en especial cuando escuchaba con su inglés de colegio secundario las partes que decían:

“I took a trip on a sailing ship

An when I reached Jamaica I made a stop

… my heart is down my head is turning´ around

I had to leave a little girl in Kingston town…” 1 

Entonces, en su mente, él asociaba a la canción con playas blancas, aguas azules y hombres libres viviendo su vida.

Al primer barco lo vio un lunes. Esa mañana, cuando llegó a los puentes, las nubes bajas encerradas detrás de los alambrados huían hacia el camino. Unas  cuantas luces lejanas, flotaban irreales en la niebla. A veces, como sucedió ese día  –cuando no venía ningún vehículo de frente-, aceleraba a fondo su automóvil, subía el volumen de la música, y como en una película veía pasar vertiginosamente las maderitas que brillaban a los costados y las barandas del puente, y éstos objetos  parecían venir hacia él como en un desfiladero.

Él vió pasar, delante de sus ojos, un navío imponente. El barco se deslizaba en silencio con las velas hinchadas. De alguna manera –de la cuál no halló explicación- estuvo seguro de que los hombres de la tripulación, acodados en el costado de la cubierta, le sonreían con sus dientes cariados, dentro de sus bocas llenas de agujeros. No hubiese podido decir con precisión si la embarcación atravesó el puente, o si se desplazaba debajo, sobre el agua. A lo lejos, en el río, unas nubes bajas con forma de tortuga, parecían una isla y él, sí vió, cómo el velero se dirigía hacia allí. Lo que más lo asombró,  fueron la serie de frases que partieron del barco y que él leyó en su mente.  Estuvo seguro que las frases no pasaron por sus oídos y decían: “LA LIBERTAD ES LA PRINCIPAL VIRTUD/ NO NOS IMPORTA LA RAZA NI LA RELIGIÓN/ LA  PROPIEDAD INDIVIDUAL NO EXISTE/ NO RECONOCEMOS NINGUNA AUTORIDAD.” Sorprendido e inseguro –y ya saliendo de la niebla-, él pensó, como a menudo lo hacía, que, todos los gatos tenían razón, cuando hacían ruido de noche, sobre los techos –al fin y al cabo, quién tiene autoridad sobre ellos y como muchas otras veces, imaginó esa carta que algún día escribiría y que empezaría diciendo: “Hoy me despido, es morir un poco, pero hoy, por fin he nacido a la vida”,  pero también imaginó a los cientos de ojos que lo estarían observando cuando la enviase y tragó saliva.

A nadie le contó lo del barco. Él tenía suficiente edad para conocer lo que es la burla. Sin embargo, los días siguientes, sus compañeros de trabajo creyeron notar un cambio en él, que no era solamente en los colores de su corbata, que ahora eran chillones.

Siguieron luego los viajes de siempre, la llanura, la música por las mañanas, la curva Marcilla. ¿Habría tenido el cadáver del corredor los zapatos puestos? Él había observado que cuando ocurre un accidente, siempre queda en el lugar algún zapato, o, mirándolo de otra forma, a los cuerpos de los accidentados siempre les falta un zapato. También siguió su trabajo y las filas de expedientes, todos iguales, que entraban, salían y se apilaban -minuciosamente cosidos-, conteniendo siempre las mismas palabras solemnes y sensatas -mecanografiadas en forma prolija-, repetidas una y otra vez y respondidas perpetuamente con las mismas fórmulas, ya sea que discutiesen sobre cuestiones de extrema pobreza o de opulencia.

La semana siguiente, un jueves, tuvo la segunda visión. El lugar y las circunstancias fueron iguales a los de la primera vez. El bajel atravesó majestuoso la niebla. Otra vez escuchó un mensaje silencioso: “NO SE ACEPTAN MUJERES BLANCAS, ÉSA ES LA ÚNICA REGLA DE LOS HERMANOS DE LA COSTA QUE DEBE RESPETARSE”. No alcanzó a divisar el rostro del hombre que estaba sobre el puente. Su mano derecha se apoyaba con autoridad en un objeto brillante, que colgaba sujeto a su cintura y destellaba con las luces del auto. En la proa estaba escrito el nombre del barco: “Sudden Death” 2.

Él ahora no tuvo dudas. Por las tardes, cuando regresaba y pasaba por la zona de puentes, otro era su mundo. Dueño ya de su secreto, sus pensamientos ahora eran diferentes, a la luz del sol cansado de los atardeceres de invierno, cuando su auto enfilaba hacia el rojo del poniente. También empezó a amar las madrugadas y los días de gloriosa niebla.

Una mañana de lunes –el domingo fue frío y húmedo y él ya presentía cuál sería su suerte para el día siguiente-, se produjo la última aparición. Las luces del auto iluminaron a lo lejos, algo así como, unas cruces rojas que surgían de la niebla: monjes con hábitos blancos y grandes cruces coloradas en el pecho, monjas con vestimentas negras y detrás de ellos, hombres feroces y desdentados que arrastraban a los religiosos como escudos, sangre y humo. En su cabeza oyó una voz segura y acostumbrada al mando, que le hablaba: “NO CREAS TODO LO DE PORTOBELLO”. No había visto al galés parado en el puente del bajel. Con su mano apoyada en la empuñadura de su alfanje le dijo: “PANAMÁ FUE OTRA COSA, SÓLO QUEDARON CENIZAS. BRACAMONTE FUE UN INSOLENTE AL MANDARME LA SORTIJA. 666, SÍ, 1666, FUE MI AÑO, EL DEL COMIENZO DE MI GLORIA”. Entonces él sintió que el tiempo se detenía y vió, lo vió todo. Vió la última imagen del navío disipándose en la niebla y las palabras “NO MERCY”3  escritas en la bandera roja que flameaba en la punta de su mástil, y comprendió cuál era, cuál debió ser siempre su lugar…

Ése día, gélido y húmedo, la bruma se disipó recién después de la mitad de la mañana y luego fue un día de sol radiante. Temprano, antes del alba, un pescador vió unas luces en el río –la niebla suele dibujar figuras confusas. La ruta estaba desierta. El pescador murmuró: “que nada malo haya ocurrido, hoy  debe hacer mucho frío en el fondo del río” y con sus manos agrietadas empuñó los remos de la canoa. El sonido de una canción, que venía de algún lado, sobrevolaba la calma del Salado:

“Don’t worry about a thing

cause every little thin is gonna be alright

don’t worry about the thing

every little thing is gonna be alright

 

Rise up this morning

smiled with the rising sun

three little birds

pitch by my door step

singing swet songs

of melodies pure and true

saying, this is my message to you:

don’t worry about a thing…”  4, 5

 


1  “Me fui de viaje navegando en un barco/ y cuando llegué a Jamaica me detuve/…mi corazón está abatido  y mi cabeza dando vueltas/tuve que dejar una chica en  Kingston…” Jamaica Farewel- Harry Belafonte

2  Muerte súbita

3  Sin piedad

4  No te preocupes por nada/ porque todo va a estar bien/ no te preocupes por nada/ porque todo va a estar bien/ Desperté ésta mañana, sonreí con el amanecer/ tres pequeños pájaros/ se posaron en el umbral de mi puerta/ cantando dulces canciones/ de puras y verdaderas melodías/ diciendo, éste mensaje es para ti: / no te preocupes por nada” “Three little birds”. Bob Marley

5   Nota: Un agradecimiento a quien fuera el vicegobernador de Jamaica su excelencia Sir Henry Morgan



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3 Responses to “229-La niebla. Por Juggernait”

  1. HÓSKAR WILD dice:

    ¿No es en Jamaica donde hay una ‘hierba’ de primera? El protagonista de esta historia lo sabía, sin duda.
    Mucha suerte.

  2. la ciudad dice:

    Hóskar lo dijo de una manera elegante, yo te diría: ¿de cuál fumaste?
    Curioso y confuso relato escrito, eso sí, con cierto estilo.

  3. Antístenes dice:

    Un relato bastante aceptable…
    Suerte.

 

 

 

 

 

 

 

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