premio especial 2010

 

May 29

La Vista, población sureña en donde los días corren sin demasiada importancia, sin  eventos que sacudan el tedioso avanzar del tiempo; pequeña villa no contemplada en la creación divina que apenas tendrá poco más de 40 caseríos apretujados en medio de la nada, donde ninguna ruta la alcanza y sus habitantes parecen perdidos en el tiempo y en el espacio.

El lugar contaba con un joven comisario; que dada su corta edad, su escasa madurez y su limitada inteligencia siempre buscaba robos, desapariciones o conflictos donde no los había. Ya nadie recordaba cuando había sido el último delito y ni hablar de algún asesinato. 

Pero el impetuoso comisario siempre intentaba encontrar algo fuera de lo normal, sus ansias de actuar lo llevaban a generar un despliegue policial tortuoso toda vez que alguien presentaba alguna queja hacia el lugareño más ignorado, Don Teobaldo, que era el viejo y borracho vagabundo del lugar. El olvidado señor dormía en el pórtico de una antigua y descuidada biblioteca ubicada en la entrada del pueblo, frente a la diminuta plaza fundacional, que por cierto, de interesante sólo tenía dos estatuas con la forma de dos pequeños pumas. El resto del espacio verde era puro aburrimiento. El abandono, el viento y las lluvias colaboraron pacientemente para que alrededor de las figuras esculpidas sólo permanezca en pie un gran árbol donde, no pocas veces, los paisanos tomaban una relajada siesta escapando del calor.

Pobre Teobaldo, resultaba curioso que sea víctima de los delirios policiales del comisario ya que apenas podía estar de pie. Era un hombre que habitualmente sólo iba desde la pequeña plaza al pórtico devenido en cama. Sólo una vez al día se dirigía quejosamente a mendigar un poco de comida -como para pasar el día-  y el vital líquido, claro, me refiero al whisky que le regalaba Doña Lupina, una simpática dama que había encontrado la forma de deshacerse lentamente de las aparentes inagotables reservas alcohólicas de su difunto esposo. 

Justamente en torno a Teobaldo y a la placita, tuvo lugar una historia que marcó a todos los habitantes de esta parte olvidada por el futuro de la humanidad.

Una mañana, como cualquier otra, los hombres que salen de sus hogares y parten para el sembradío antes de que canten los gallos, notaron perplejos que faltaban las pequeñas estatuas de los pumitas. Estas obras, fundamentales en la identificación del pueblo, se encontraban en el centro de la plazoleta. Estos monumentos eran de acero macizo, por lo tanto muy pesados; y recordaban una vieja fábula relacionada a los pesares sufridos por los primeros pobladores con las matanzas que realizaban los pumas en sus criaderos. La cuestión es que gran confusión y revuelo se desató, nadie lo podía creer. Alguien había violado el orgullo de todos. Rápidamente se llenó de gente el lugar, todos miraban asombrados el espacio vacío, no era posible que alguien se haya robado las estatuas que horas antes estaban a la vista de todos. Además, para que querrían semejantes armatostes. Y para colmo, parecía que nadie había visto movimiento alguno.

Como era de esperarse, no tardó en llegar el impulsivo comisario, desde lo lejos venía vociferando que él les había advertido de la necesidad de vigilancia y de la existencia de delincuentes en la zona. Luego del memorable reto, se acordó de preguntar que había ocurrido. Una vez anoticiado dedicó un exhaustivo y minucioso análisis de la zona ante la atenta mirada de la mayoría de los pobladores que murmuraban asombrados por todo lo sucedido. Finalmente, el joven uniformado se detuvo frente a todos y sentenció: “No hay huellas en el barro, ni signos de violencia en los pedestales”; tras lo cual se marchó dejando en silencio a los pobladores.

Al día siguiente, el anciano, vitalicio, y a esta altura casi sabio jefe comunal, convocó a una asamblea vecinal para tratar la situación; y porque el representante de las fuerzas de seguridad se lo había solicitado insistentemente con el argumento de que debía recaudar información que le fuera útil. Todos estaban presentes y discutían. Pero nadie había visto nada, ni siquiera escuchado. Esto preocupaba ya que la sustracción y el traslado de dos estatuas de acero debían haber provocado algún ruido.

A pesar de todo, el joven comisario estaba exaltado, por fin un caso; comenzó a interrogar uno a uno a todos los presentes; hasta que le llegó el turno al viejo Teobaldo. Quien sorprendió a todos relatando que él se encontraba durmiendo, como es su costumbre, frente a la plaza y que tras un leve ruido se despertó. Y al hacerlo, observó una camioneta que ingresaba al espacio verde rumbeando para las estatuas. Pero no recordaba nada más.

Carcajadas burlonas dieron cuenta del descreimiento que tronó en todo el salón, claro, esa noche había llovido y cuando todos se habían acercado al lugar de los hechos no vieron ni una sola huella de neumático, cuando lo lógico hubiera sido que en el barro formado por la tormenta se distingan las huellas de cualquier vehículo que hubiera pasado por allí.

Pero el comisario, a quien alguien le había enseñado que todo puede ser,  tomó nota y pensó que tal vez en esta oportunidad el ebrio no se equivocaba, además había un detalle que su escasa intelectualidad no había –sorprendentemente- dejado pasar: Don Teobaldo dijo que un “leve” ruido lo despertó cuando normalmente, y debido a la abusiva ingesta de alcohol, había que molerlo a palos para que despierte, literalmente.

Los días pasaron y las respuestas no llegaron. Y la gente comenzó a inquietarse. Sobre todo surgieron dudas sobre la aptitud del representante del orden. Como si todo esto fuera poco, una anciana dueña de un almacén complicó aun más la situación desparramando entre los vecinos que visitaban su negocio, una historia que se extendió a todos los habitantes. Dicha fábula produjo un efecto de terror en los pobladores que la creyeron al pie de la letra, manteniéndolos asustados por las noches. La historia decía que antaño, cuando los primeros pobladores luchaban contra la voracidad de los pumas, y en momentos en que ya habían aniquilado a la mayoría, quedaba uno especialmente feroz. Una hembra que había hecho estragos. Los campesinos, ya hartos de sus matanzas, decidieron salir a cazarla. Recorrieron en masa y con ardientes antorchas noches enteras en su búsqueda, y cuando por fin lograron darle alcance la mataron sin contemplaciones, casi con crueldad. Al hacerlo, descubrieron que la felina tenía dos crías a su cuidado. Circunstancia que motivó continuar descargando la furia y los cartuchos de los enardecidos campesinos devenidos en despiadados cazadores, eliminando así la amenaza animal. La doña, en su relato, sostenía que esas estatuas representaban a esos pequeños cachorros, y que habían desaparecido porque su madre los había venido a buscar; para así vengarse juntos de los humanos.

La historia se hizo eco cada día más, y los valientes ya prácticamente no salían de sus hogares. A todo esto, el defensor de la ley y el orden se encontraba excitado con la situación presentada. Aunque al cabo de un corto mes, la adrenalina del joven policía se transformó en una enorme frustración, y  poco a poco comenzó a ser objeto de despiadadas críticas de los más ancianos, que veían en él, a un joven inexperto y falto de ideas. Día  a día el investigador se sumía en la cruel impotencia. En forma insistente su mente lo llevaba a Teobaldo. ¿Por qué habría de mencionar un vehículo si era obvio que nada había ingresado al terreno? Esto le robaba el sueño por las noches.

Un día, tras la cotidiana taza de café en la taberna del pueblo, decidió visitar a su abuelo. El padre de su padre que vivía a unos cuantos kilómetros al norte; en otra pequeña población que hacía de punto de conexión de toda la zona, con lo poco de modernidad que traía la escasamente transitada ruta que abrazaba a esta otra comunidad.

Cuando emprendió el polvoriento recorrido se sumergió en sus pensamientos rogando que éstos le traigan alguna pista, alguna que haya pasado por alto. Que lo llevara si quiera a imaginar el porqué de los hechos. Si, tal vez logre despejar la mente, pensó. Su abuelo era un hombre ya mayor, alejado de La Vista debido a sus constantes exabruptos hacia el jefe comunal, y a decir verdad, enemistado con la mayoría de las personas con influencia de aquella zona.

Tras una charla trivial su abuelo volvió a tocar el tema de todas las veces. Los habitantes de La Vista y sus debilidades morales. Comenzó a disparar munición gruesa hacia todos, contando historias que iban desde miserias familiares, hasta intereses políticos.

De pronto, una idea golpeó la cabeza del comisario, se levantó y partió raudamente. El corazón le golpeaba el pecho con fuerza, sentía la emoción del triunfo y ansiaba ver las caras de todos al anunciar la resolución del caso de la centuria. Estaba convencido, se sentía tonto al no haberlo advertido antes, ahora lo veía todo muy claro.  Recorrió la distancia velozmente y, ya en el poblado, reunió a todos en un santiamén golpeando puerta por puerta.

Una vez que contaba con una importante audiencia, se paró frente a todos con un aire de solemnidad inusual, disfrutó del momento, y lo anunció: ¡Don Teobaldo es el culpable! Exclamó extasiado.

Nadie daba crédito a lo que escuchaban, el lugar se llenó de escandalosos murmullos cada vez menos disimulados. Vamos en busca de él y les mostraré, dijo con un maravilloso tono de superioridad.

Y hacía allí partió la pueblada extrañada. Una vez en el cobertizo-casa de Teobaldo, encontraron una vieja pala llena de barro, un par de botas, y algunas sogas. Y ante la atónita mirada de Teobaldo y del gentío, el triunfante lector de las aventuras de Sherlock Holmes cruzó la calle y caminó pesadamente hacia la plaza, como sopesando cada paso que daba. Obviamente disfrutando a pleno del momento. Al llegar al vacío lugar, otrora morada del monumento, comenzó a cavar. Y cavó durante un breve lapso, ya que a los pocos minutos se notó sobresaliente el metal con la forma de las pequeños crías inmortalizadas.

¿Cómo? Fue la pregunta. ¿Por qué? El interrogante. Mientras todos buscaban respuestas en los rostros de quienes estaban a su lado, el viejo y olvidado borracho habló. Todos escucharon atentamente, el viejo no tenía la voz dubitativa que impregna alcohol, ni le temblaban las manos. Mirando a todos con una profunda amargura evocó su juventud y sus aspiraciones truncas de convertirse en el líder de la comuna. Recordó que en aquella pelea sucia por el poder, donde el alma es corrompida por las ambiciones personales, lo acusaron injustamente de actos ilícitos que se perpetraron en zonas aledañas, y que aparentemente tuvieron lugar en su adolescencia. Cosa que realmente nunca sucedió. Esto fue lo suficientemente letal como para arruinar su reputación y su carrera política. Narró pausadamente, como reviviendo cada minuto de aquella época, los sinsabores de la impotencia para revertir lo que su sociedad ya había juzgado y sentenciado. Por más que intentara demostrar su inocencia el daño estaba hecho, había sido condenado; todos lo abandonaron en el descreimiento. Incluso su esposa había huido en medio de la noche sin destino conocido, dejando al hombre sin ver crecer a sus hijos.

En medio de todo, rememoró también que el abuelo de quien es hoy el comisario fue unos de los pocos que creyó en él. Contando aun hoy a quien quiera oír, la verdadera historia, relato manchado de fines políticos y con un final teñido por las ansias, no ahogadas en el vicio, de vengarse de toda una población.

La masa, aun aturdida y conmovida por un extraño y sentimiento de culpa general,  marchó silenciosamente hacia sus hogares. Sí, nadie olvidaría aquel día. Especialmente el joven comisario; que ya no tendría deseos de perseguir delitos, ni sentía ánimos de cruzarse con fantasmas y miserias del pasado.



Imprimir Imprimir


5 Responses to “220- El borracho y los pumas. Por P. Numancia”

  1. Croqui dice:

    Me gusta La Vista, me gusta la historia . Pero creo que está escrito de forma algo envarada, forzada. Un barroquismo injustificado, a mi entender. Aún así, lo he leído con interés.

    Enhorabuena

  2. HÓSKAR WILD dice:

    ‘… la pelea por el poder, donde el alma es corrompida por las ambiciones personales..’ ¿Dónde podríamos aplicar esta frase en estos días?
    Mucha suerte.

  3. la ciudad dice:

    A mi me pareció, mas que un cuento, el capítulo de una novela. suerte

  4. Antístenes dice:

    Vuelva a reescribirlo, límpielo…

  5. Luc dice:

    Me parece que con vuelta arriba y vuelta abajo, trabajándolo, puliendo algunas frases, quedaría mucho mejor
    A veces basta con eliminar linealidad temporal para desprenderle la corteza de, en este caso, novelón rural. Si en lugar de rectilíneo en su desarrollo lo convertimos en cóncavo, estos cuentos en los que ocurren tantas cosas ganan atractivo.
    Merece la pena: el conflicto posee buena osamenta.

 

 

 

 

 

 

 

Pagelines