-No. No fue así, como tú dices en tu libro. Murieron casi todos, es cierto; pero no como tú lo cuentas.
El niño, de apenas diez años, de blanca tez y cabello muy rubio y largo, con ojos grandes y saltones y negros como la profundidad del mundo, miraba atentamente la portada del libro. De vez en cuando subía la vista hasta los imponentes ojos turbios del hombre, lejanos, oteando los árboles sin flor y respirando tropezosamente el aire apenas limpio del mediodía.
-No puedo creerlo, pero te equivocaste –volvió a decirle al hombre, que parecía inmóvil, muerto de mucho tiempo atrás.
-¡Qué sabes tú! –masculló, sin mirarlo, aquél.
El niño dejó caer el libro sobre la tierra yerta y rizada y húmeda, entornó los ojos y emitió una especie de gemido gutural que hizo al hombre mirarlo de soslayo. El sol era y no era, amarillo y pálido, desproporcionado, y se desdibujaba, como jugando a solas, tropezándose con unas nubes descoloridas, nefastas, perceptiblemente ridículas, que derivaban sobre el horizonte azulado. La naturaleza chocaba más con el niño que con el hombre. La naturaleza muerta desde años atrás. Recordaba, no obstante, el ayer que ya había dejado de ser y se rebelaba en favor de las formas y de las deformaciones. No parecía, sin embargo, de aquel yerto lugar, ni de cualquier otra parte.
-No es así, no señor… –musitó, viendo entre el aire el polvo que se iba, la tierra que se desmoronaba a sus pies en una especie de metamorfosis brutal.
-¡Qué sabes tú!
-¿No te das cuenta? ¿Qué nos queda ahora de todo aquello? Si hay fuego, hay cenizas. Pero ni cenizas quedan en nuestro derredor, zulla ¡Para qué! ¿Cuál es la diferencia ahora? Por ello insisto en que tu libro es falso, atentatorio contra la realidad; mientes como todos mienten cuando callan o cuando escriben, como tú.
-¡No sabes lo que dices! ¡Cállate de una vez! Hasta el sol parece que nos odia hoy, ¿te das cuenta?
-¿Te das cuenta tú, acaso, del gran poder de destrucción que tuvo lo sucedido? Sí, señor; ahora somos nosotros, el país altruista por naturaleza impropia, el número uno del mercado mundial. ¿Sabes por qué? Porque ya no queda nadie a nuestro alrededor, ni para bien ni para mal, ni para comprar ni para vender. ¿Es esa tu realidad, la que has pretendido reflejar en tu libro? No ha cambiado nada con respecto a otras destrucciones, tan sólo se han invertido los factores.
-Debiste haber sido engendrado computadora en vez de humano –cortó con desprecio el hombre, tragándose un trozo de oxígeno.
-Hasta en eso os equivocáis los humanos al fabricarnos, al fornicar. Insisto en que tu libro es falso, como falso es cuanto nos rodea ¿No sabes que estas flores y estos prados son artificiales? Acaso ese refulgente sol ya no sea tampoco el de siempre. Y lo entiendo. En tanto sólo sepamos comportarnos como bestias podré comprenderlo. Tú dices que la culpa fue de los americanos, y criticas con vehemencia a los rusos. Siempre ha sido de ese modo, para todos. Los salvadores y los arcaicos comunistas. El señorito y el pastor. La realidad es que tanto los unos como los otros fueron unos auténticos bastardos. El choque, eso es cierto, era inevitable, tarde o temprano, porque los hombres somos inevitables cuando pensamos en la destrucción. Leí otros libros, de los unos y de los otros, y el caos estaba amasado desde hace mucho tiempo. Han estado midiéndose las fuerzas machacando a otros países, nunca en sus propias casas. ¡Por Dios! Tu propia tierra es intocable. ¡Pruebas! Decían los cretinos: realizamos pruebas de armas y de logística y, a veces, causamos daños colaterales. Y los incrédulos, sonreían y morían. ¡Qué importa! Y todos defecaron sobre sus propios excrementos, y todos, al final, dormidos y en calzones acabaron metidos en bolsas de plástico. No es justo, no; aunque tú te empeñes en defender a aquel pueblo estúpido que tenía cincuenta estrellas en la bandera como si fueran cincuenta buenas hazañas que hicieran a lo largo de su vida. Fueron una plaga, eso es lo que fueron.
-Ellos no apretaron el botón rojo –respondió con desidia el viejo.
-Ellos provocaron una y otra vez lo que ya se hacía inevitable. Se metieron con todos y trataron de meterse también en todas partes ¿Por qué has escrito tanta mierda? No vale la pena recordar sólo lo esencial, pues lo esencial, por sí mismo, es falso. Ahora estamos aquí, en el fascinante país de las bofetadas –maravillas, como tú dices en tu libro-. Nuestra bandera es roja y blanca porque tenemos una sarta de muertos en las manos y un poco de cobardía en nuestro pecho que apenas llega a ser nuestra vergüenza.
-Todo es fruto de la ciencia, del avance tecnológico y social.
-¡Zulla, zulla, zulla! Es el precio por el ansia de poder. ¿Has escrito, acaso, por qué cayeron los americanos y los rusos, por qué cayeron millones de seres humanos a tus pies antes de tiempo y sin saber por qué morían? Ellos pretendían ser visionarios, conductores del mundo, como ahora nosotros, y no contaban con que otros países existían en su pequeña y tranquila parcela de mundo, ora entre injusticias, ora con sus minúsculas y temblorosas manos extendidas pidiendo clemencia y pan y paz ¿A todo esto es a cuanto llamas tú libertad en este libro? Cualquier día volverá la peste y todos creeremos que se ha producido el milagro. He comparado el mapamundi de antes con el de ahora y, ¿dónde está la tierra ausente? ¿Y los hombres de esa ausente tierra de ayer y los de la que ahora nos ha quedado, rota en mil pedazos? Tú dices que somos casi androides, pero yo pienso que sólo somos unos miserables. La diferencia de hoy con ayer sólo está en los nombres, viejo.
El hombre lo miró consternado, con temor. “Cualquier día esta juventud recelosa nos destruye”, dijo para sí. Mas sus estrellas brillaban al caer la tarde, y su uniforme azul celeste se decoloraba en mitad del ocaso mancillado. Todavía en el aire podía respirarse un olor acre que golpeaba como una náusea.
-Todavía no han muerto todos los que tenían que morir en esta guerra -el chico miraba hacia la lejanía, ausente-. Vosotros os pasáis la vida inventando artimañas para destruir el mundo -para protegerlo, explicáis- en lugar de ampliar los hospitales y crear escuelas y dejar de fabricar bombas.
Moría la tarde con el mismo miedo que se apoderaba del chiquillo, que hacía círculos concéntricos, con el dedo índice, sobre el suelo.
-Por eso tu libro es falso; porque lo has escrito como coronel de un nuevo imperio y no como hombre.
-¿Acaso los coroneles no son hombres?
-¡Y cuándo lo fueron! Observa el mapamundi y sabrás para qué sirven esas estrellas que llevas en las hombreras. Soy un hijo bastardo nacido al amparo de la bandera de una potencia creada solamente después de la destrucción de dos grandes potencias entre sí. Soy un poco hijo de nadie. Aún espero que me digas qué cambió desde entonces, además del mundo que ya no es mundo. Ahora nosotros somos el poder, el único poder, hasta que otra nube de polvo y de neutrones nos borre la culpabilidad que llevamos pegada a la frente, como un lastre, y crezca otra nueva fortaleza infranqueable en cualquier rinconcito de nuestro malogrado mapamundi.
El hombre, con gesto ingrávido, desenfundó su pistola y apuntó hacia el niño. Carraspeó dos veces antes de hablar.
-La juventud pudre la vida. El mal debe extirparse de raíz, como hemos hecho siempre con todo y con todos los imperios prepotentes.
Y disparó dos veces al cráneo del niño, que todavía hacía círculos concéntricos en la tierra árida. Cayó de espaldas sobre el suelo que nunca había sido suyo, con los ojos abiertos.
-Te has equivocado, papá. En tu libro no sólo te has mentido a ti mismo sino también al mundo que dices representar. Puedes hacerle una cruz al mapa, y colgarte, tal vez, otra estrella sobre las hombreras. Pronto no verás sino cruces rojas en el cielo, y en tu suelo.
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Nueva historia apocalíptica. Me gusta lo de la bandera roja y blanca. No sé si los seguidores Atléticos pensarán igual.
Mucha suerte
Otro relato apocalíptico, nada más.
…Y con exceso de cursilería… ¿Nubes «nefastas», «ridículas»?
Suerte… La necesitará.