Oh God said to Abraham, «Kill me a son»
Abe says, «Man, you must be puttin’ me on»
God say, «No.» Abe say, «What?»
God say, «You can do what you want Abe, but
The next time you see me
comin’ you better run»
Well Abe says, «Where do you want
this killin’ done?»
God says, «Out on Highway 61»
Highway 61
Bob Dylan
Enseñan los catequistas, que Isaac era un niño cuando su padre lo llevó hasta el monte Moria para ofrecerlo en sacrificio. Es el motivo, señalan, para justificar la docilidad del muchacho y la falta de palabras en su defensa.
Dice la historia oficial:
Isaac rompió el silencio y dijo a su padre Abraham:
-¡Padre!
-Sí, hijo mío.
-Tenemos el fuego y la leña –dijo Isaac-, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?
-Dios proveerá el cordero para el holocausto- respondió Abraham.
Y siguieron caminando los dos juntos.
El muchacho está tranquilo, confiado en las palabras de su padre.
Cuando llegaron al lugar que Dios le había indicado, Abraham erigió un altar, dispuso la leña, ató a su hijo Isaac, y lo puso sobre el altar encima de la leña. Luego extendió su mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo.
¿Nada preguntó el hijo cuando su padre le sujetaba las manos atrás? ¿Nada cuando lo arrodilló y le ató los tobillos? ¿Nada cuando lo cargó entre sus brazos y lo depositó sobre la leña? ¿Nada cuando estiró la mano para empuñar el cuchillo?
El muchacho habló. (No se trataba de Isaac, por eso Dylan escribe: “Mata uno de tus hijos”). Sin embargo, que el hijo de Abraham soltara su incredulidad primero y su reproche después, no era importante para la enseñanza que el texto se planteaba. Lo trascendental y edificante era la actitud de Abraham. Nuestro padre en la fe cumplió con lo que se le requería, los que vendríamos después necesitábamos eso.
Los textos apócrifos indican que el muchacho, apelando a su natural instinto de supervivencia, invocó:
-¿Vas a hacer lo mismo que hacen los pueblos vecinos?… ¿vas a sacrificar a un hijo?
Y para la turbación del patriarca:
-¡Dónde está tu Dios!
En ese momento apareció el ángel.
Los redactores apócrifos dan cuenta de los berridos del muchacho. Hostigaban tanto a Abraham que si éste hubiese alzado la cuchilla, no hubiera habido ángel de Dios que lo detuviese.
La primera estrofa de Autopista 61, la canción de Bob Dylan, dice:
Dios le dijo a Abraham: “Mata uno de tus hijos para mí”
Abraham dijo: “Viejo, ¿me estás poniendo a prueba?”
Dios dijo: “No”.
Abraham dijo: “¿Qué, entonces?”
Dios dijo: “Puedes hacer lo que quieras, Abe, pero la próxima vez que me veas venir, más te valdrá salir corriendo”
“Bien”: dijo Abraham, “¿Dónde quieres que lo mate?”
Dios dijo: “Allá afuera, Abe, en la Autopista 61”
En la Autopista 61 se recrea la tensión dramática que se representó en el monte Moria. La libertad, interpretada como ‘libre de muerte’, de Isaac, tiene su consecuencia. Se trata de un puro equilibrio cósmico. Alguien tiene que pagar. A veces ‘ese alguien’ es uno mismo: vida a cambio de talento, como le sucedió a Robert Leroy Jonson.
Ahora bien, ¿por qué fue elegida la Autopista 61 como un nuevo altar de sacrificio? ¿Qué relación puede establecerse entre el monte Moria y la Autopista 61?: Highway 61 es el símbolo de libertad. Libertad de unos cuantos merced al precio asumido por otros. Martin Luther King, Jr., por citar un caso, fue liquidado en los balcones del motel Lorraine, cercano a la Autopista.
El no sacrificio de Isaac tuvo su consecuencia en la historia. Como las bolas de un billar, solidarias entre sí, la carambola que no se produjo aquella vez debe completarse.
Hay otros casos particulares, aunque no menos significativos. El periodista John Coats viajaba por Highway 61 junto a su esposa y a su hijo de tres años. A poco de ingresar al estado de Luisiana sufrieron un accidente automovilístico. El pequeño, muerto en el asfalto negro y Coats, ido, implorando a Dios que se lo devolviera. Tirado en la ruta, boca abajo, con lo brazos en cruz, suplicaba al Altísimo que le quitara otra cosa, que lo sustituyera, que se lo llevara a él. Enseguida, un transporte escolar se despistó a unos trescientos metros, en el mismo momento en que su hijo brincaba hacia arriba, mirando a su alrededor, aturdido, preguntando qué había pasado. En este caso, como ya en otro momento había ocurrido en la historia de la Salvación: varios inocentes se ofrecieron para salvar a uno.
Retrocedemos unos párrafos en el Génesis, para situarnos ante el altar del sacrificio y así recontar el episodio.
Al tercer día, alzando los ojos, Abraham divisó el lugar desde lejos, y dijo a sus servidores: “Quédense aquí con el asno, mientras yo y el muchacho seguimos adelante. Daremos culto a Dios, y después volveremos a reunirnos con ustedes”.
Los servidores sostuvieron la mirada hasta que el patriarca y su hijo desaparecieron entre desfiladeros y horizonte.
A los pies del Moria se les unió Ismael. El hijo de la carne: el hijo de la falta de fe de Abraham (¿por eso necesitaba liberarse de él?). Ahí se encontró con su medio hermano, Isaac: «el hijo de la promesa». Heredero legal de la familia y en quien recaería la bendición y la herencia.
Los apócrifos sostienen que Ismael fue reducido por su padre para que ocupara el lugar de su hermanastro.
¿Dios no se dio cuenta de la sustitución? ¿Era la hora del crepúsculo y los muchachos se parecían? Dios miró para otro lado. Deseaba obrar ‘todopoderosamente’ a favor de Isaac y la actitud negociadora de Abraham lo enfurecía.
Y Dios tuvo que salvar a Ismael por segunda vez.
Algunos años antes el patriarca, a instancias de Sara, había echado al desierto al muchacho y a su madre Agar. El agua se agotó pronto, Ismael seguramente habría muerto en Beerseba, si Dios no le hubiera mostrado a Agar un pozo de agua, que le permitió reanimar al muchacho.
Concluyen oficialmente los hechos del monte Moria:
Pero el Ángel del Señor lo llamó desde el cielo: “¡Abraham, Abraham!”.
“Aquí estoy”, respondió él.
Y el Ángel le dijo: “No pongas tu mano sobre el muchacho ni le hagas ningún mal”.
Isaac participó de un engaño y después, en su vejez, fue engañado por su hijo Jacob. Luego Jacob, debió soportar las consecuencias: su suegro le aplicó la rigurosa y religiosa ley del talión.
Es así, siempre así la historia de la Salvación.
La novedad del texto apócrifo, no pasa por denunciar la sustitución de Isaac por Ismael –la historia de la Salvación es afecta a estos juegos-, la novedad del apócrifo es que nos devuelve el hecho a la luz.
Sólo eso.
Mientras tanto, el resto de los hijos de Abraham, andamos vagabundeando en esta tierra hasta que Isaac, finalmente, decida hacerse presente, sea en el monte Moria, sea en la Autopista 61.
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Cuando se empieza un relato basándose en un escrito en inglés no se puede ser tan descuidado colocando la primera coma innecesaria. A partir de ahí me resulta innecesario que me explique lo que entendió de una canción de Dylan, al que, por cierto, sigo considerando que siempre tuvo voz de rana. De sus letras me enteré algo más tarde, cuando supe torpemente inglés al decir «yes»…
Suerte.
Pues, puestos a elegir, prefiero la 66. Por otra parte, no creo que Isaac se haga presente en ninguna parte. No hay sitio.
Mucha suerte.
pudiera ser un relato literario para la Rolling Stone, a mi me ha gustado, me recuerda un poco a la película «Magnolia». Es interesante mezclar al genio de Bob Dylan con la religión, a mi me ha parecido diferente y bastante interesante.
y la forma de escribir me gusta. No te dejes achantar por los comentarios anteriores, y sigue escribiendo.
mucha suerte!!!!
Francamente es un desperdicio de tiempo leer esta ¿nota periodística, ensayo o qué?
Podrá gustar más o menos el tema, pero hay que reconocer que está bien escrito. Por encima de la media de lo que he leído hasta ahora.
Suerte