Cuando alguien está a la vera de un río y lo único que hace es mirar pasar el agua, el tiempo, la vida: esa persona está llorando, sangrando o muriendo. Ella estaba sangrando o llorando, eso creo, aún ahora, porque si hay algo que Erika no regala son certezas. Yo no estaba sangrando ni llorando.
Recuerdo haber esperado largamente a que la soledad nos hiciera inevitables, ni siquiera podía verla bien, pero hubo algo esa vez, creo que el instinto, que me avisó de su necesidad parecida a la mía, algo tan remoto a esta edad en que uno está adormecido para ciertas cosas, porque las posibilidades nos juegan en contra o los obstáculos a vencer son demasiados.
Ella es grande, muy grande, tanto que a veces no entiendo cómo cabe su espalda entre mis brazos, cómo lo logran nuestros cuerpos, evidentemente más sabios y dispuestos que nosotros mismos.
─ ¿Me estás acechando? ─ Recuerdo que preguntó en voz baja sin dejar de mirar el río, sin esperar respuesta, supongo que ni siquiera con la intención de ser escuchada. Pero yo la escuché y le respondí afirmativamente.
─ La magia de este río inmóvil es que todo lo relativiza ─ recuerdo que dije ─, uno sabe que es un río que camina hacia el mar, pero es casi imposible advertirlo, es más, uno puede llegar a creer que deriva hacia las orillas. Eso hace que lo que nos pasa a nosotros sea insignificante en el río de la vida.
─ Estás perdiendo el tiempo ─ dijo ─ no llegarás a nada conmigo.
─ Al menos no te has ido, tal vez ya he llegado adonde quería.
El paisaje se diluyó en las sombras del anochecer, se ausentaron los árboles, el cielo, el río mismo, pero al lado de una mujer cobran sentido hasta las cosas invisibles, en la oscuridad todo estaba plenamente en derredor mío, solamente porque ella estaba conmigo.
Así de difícil empezó todo, ella tiene más de cuarenta, yo ando en los cincuenta, no es nada fácil. Sin embargo a pesar de la hostilidad, del aparente desinterés de ambos, del idioma adverso de nuestros gestos, los dos estuvimos allí mismo el domingo siguiente. Con la misma precaución de parte de ella, pero al final de tres horas me contó su vida con sus manos entre las mías. Como dos niños desconocidos que acabarán indefectiblemente amigos en una reunión de adultos, así nuestras manos se amigaron desde ese día. Es de Entre Ríos, de Colonia Santa María, hija de alemanes del Volga, su marido era un hombre rico y estaba entonces muriendo lentamente de un cáncer de intestino, era bastante mayor que ella. Hice mi propio y secreto análisis de ese hecho: “los inmigrantes o sus hijos, de un modo u otro consiguen llegar a la meta de su largo destierro, el dinero”. Sentía y aún siente culpa de estar conmigo, o esa era la excusa más propicia para separarnos al fin del día. Ella trataba de alejarme o de pensarse capaz de dominar este estado de enajenación; como yo, cuando llego a creer que sufre, pero nuestros cuerpos nos traicionan, las buenas intenciones sucumben cuando nos arrimamos demasiado.
Estaba vacía, lo amaba, dijo y le creí, pero se había cansado de dar sin recibir nada a cambio, sin la esperanza de que le fuera devuelto algún día: “no he nacido para heroína, mentira ─ se corrigió a si misma ─, no puedo ser generosa en la medida necesaria, no puedo cuando siento que necesito que los demás sean generosos conmigo”, “para colmo de males los demás no existen en mi vida, no hay nadie en ese lugar”. También le creí eso. Es gringa y al destierro y la transculturación debe sumarse la migración interna desde en lugar pastoril a una ciudad esquizofrénica.
Por sí misma su imagen es bella, pero le suma mucho un vago halo de tristeza vieja, de orgulloso estoicismo. Yo la escucho, es a la primera mujer que me interesa escuchar, es verdad que lo hago al calor de su cuerpo desnudo y al embrujo de sus ojos azules siempre a punto de llorar, besando sus labios cada vez que se detiene a hacerlo, pero nuestras manos siempre actúan por su cuenta, nuestras manos hablan otro idioma, nuestras manos son sinceras.
─ Mi madre era mucho más bella ─ me corrigió una única vez ─, con su cara enrojecida y sus manos de hombre de vivir doblada sobre la tierra de Rusia y luego de Entre Ríos.
Supongo que yo también habré hablado, pero escuchar para mí es una novedad, antes de ella no escuchaba, esperaba. A veces no hemos hecho el amor, pero nuestras manos siempre copularon sin perdonarse un día.
─ Él se ha dado cuenta ─ dijo la primera vez que no lo hicimos.
Permanecí en silencio, no siempre uno encuentra qué decir y a veces es mejor no decirlo. Pero no lo compadecía, ya había tenido suficiente de ella, era hora de que fuera mía. Uno no se muere si tiene una mujer como Erika, o no debiera hacerlo, o debería hacerlo de una buena vez.
─ Sí, viven los dos, pero es como si hubieran muerto, desde que me casé no he vuelto a verlos, tal vez sea vergüenza, no sé…
A todos nos duele el sufrimiento de nuestros padres, los atajos que tomamos para evitarlo en nosotros mismos; sus ilusiones truncas, nuestra vida, seguramente más aliviada y menos ambiciosa que la de ellos.
Siempre la escuché y la amé aferrado a ese impedimento que entrañaba su marido agonizante, a la idea cierta de que nunca sería mía, aún sin él esperándola, siempre sentí que Erika era ajena, imposible, que la alcancé solamente por esa necesidad de amor que tuve la astucia de detectar; pero que todo era momentáneo, que el tiempo era finito y se encargaría de separarnos poniendo a cada uno en su lugar: bien lejos del otro.
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Cada vez que regreso y la encuentro en casa, esperándome, me pregunto cuánto durará la magia, cuándo se acabará esta convivencia que hemos construido, de mutuas necesidades y desconfianzas.
Ella no dice: que no se marcha por que la necesito, y que descubrió que puede dar sin esfuerzo, sin que le pese, con alegría.
Yo no digo: que tiemblo cada día al abrir la puerta pensando en que no estará, que la necesito aunque ella fuera incapaz de darme nada. Que la preciso para no estar a la orilla del río.
Pero involuntariamente, traicionando nuestros recatos y precauciones, nuestras manos se confiesan estas cosas en un idioma extraño de caricias, y nuestros cuerpos, más sabios que nosotros, cantan a dúo un himno de angustias y gemidos.
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Buen ritmo y esmero en el vocabulario. Lo mejor es la necesidad creada tras los dos primeros párrafos de llegar hasta el final. Enhorabuena.
Tras leer su primera frase le diría que aprenda a utilizar los dos puntos, a menos que sea una errata (lo dudo, porque en tal caso hubiese tecleado un punto y coma). En la segunda, si el personaje no sabe distinguir si una persona llora o sangra es que debe ser daltónico como menos…
Suerte.
un tanto sombría pero interesante la manera de narrar la necesidad que el hombre y la mujer tienen de pertenecer a otros. suerte
Me encanta esa incertidumbre de saber qué pasará cada día, al brir la puerta.
Mucha suerte.