Las gotas de lluvia tamborilean en las losas de mármol y de granito, no así en las de piedra. A él poco le importa que el agua lo empape y se cale en sus ajados huesos, pues son muchos los años ya vividos, muchas las tormentas que azotaron su espalda, y tiempo lo que adolece de desazón y penumbra.
Con su lento caminar se adentra entre las callejuelas que laberínticamente componen el lugar, los cipreses decoran ambos márgenes y las tumbas se agolpan una tras otra en un sinfín de estampas esparcidas por el suelo. Recuerda cuando aquel lugar no era más que un pequeño poblado de almas errantes cubiertas de flores. Ahora el campo santo avanza imperiosamente comiendo el terreno que los hombres dispusieron entre la vida y la muerte.
Le ha comentado Anselmo, el portero del cementerio, que el ayuntamiento va a expropiar los terrenos anexos de la parte norte, los que más cerca quedan de la ciudad. “Algún día, este mundo que conocemos será para el universo lo que antes era el cementerio para la ciudad, un reducto de materia inerte, lejos de todo, donde descansan los restos de quienes algún día fueron”, afirma. Su profesión lo ha transformado de devoto cristiano a filósofo materialista. “Ni usted ni yo lo veremos”, le contesta. “Nadie lo verá. Por lo que la afirmación, ya de por sí, carece de sentido ¿no cree?, aunque sea algo que sucederá de todas maneras”, apostilla el portero.
Continúa lloviendo, aunque de forma débil, él, tan previsor en sus tiempos mozos, había dejado el paraguas en casa. Poco a poco se va acercando a la tumba de su mujer. Ella para siempre a la espera. Siente gran añoranza al recordarla, echa en falta su presencia, su rostro, sus palabras. A la altura de la tumba se agacha con dificultad, los huesos entumecidos se resiente en la genuflexión. Sus dedos acarician cada una de las letras que componían su nombre, grabadas en la lápida a fin de pasar a la posteridad. La voz se quiebra cuando trata de decirle que la sigue queriendo como el primer día y, como siempre, rompe a llorar sin consuelo alguno.
Cuando era joven, y después cuando pasó a ser un adulto responsable y padre de familia, mantuvo una actitud de entereza ante la muerte. No lloraba y contenía las lágrimas en una botella que escondía, allí donde nadie tuviera acceso. Después de que ella falleciera la botella reventó e inundó de lágrimas a todos los presentes, el llanto era una fuente inagotable de tristeza y desesperanza. Estuvo llorando durante varios días, con pequeños intervalos a modo de descanso donde los ojos enrojecidos y húmedos mantenían la constancia. Por las noches, en sueños lloraba sobre la almohada donde ella reposaba su cabeza.
Hoy no ha traído flores. Debido a la lluvia el quiosco que hay a la entrada del cementerio ha cerrado. A ella le gustaban las rosas, daba igual el color, pero siempre rosas. Él las llevaba para que decoraran su última morada, porque sabía que a ella le hubiese gustado que así fuese. Si existía el cielo y la vida eterna, ella estaría sonriendo tierna y agradecida ante aquellos pequeños gestos. Se puso en pie y recorrió con la mirada la fecha de su muerte, maldiciendo el 16 del 9 del 79, cuando el destino los separó para siempre. Se apresuró a secarse las lágrimas, confundidas con las gotas de lluvia, cuando notó una presencia que, tras él, apoyaba la mano en su hombro y lo cubría con un paraguas.
“¿Se puede saber que estás haciendo aquí sin paraguas? Vas a coger una pulmonía, ¿es qué quieres caer enfermo?”, estuvo a punto de contestarle que sí, que lo que quería era morir de una maldita vez, y dejar de sufrir la agonía que supone respirar cuando no hay aire. “Lo siento”, fue lo único capaz de decir, aunque no tuviera sentido. “Venga papá te llevo a casa”, su hija lo sujeto del brazo y tiró de él hacía atrás. Él quiso oponer resistencia, quedarse allí el tiempo que considerara oportuno, gritarle a su hija que dejase de tratarlo como a un niño, que si quería imponer su autoridad maternal lo único que tenía que hacer era convertirse en madre, pero no podía y se dejó arrastrar.
Mientras se dirigían a extramuros de aquella ciudad eterna, donde gobierna la muerte, la lluvia se volvió más violenta. “Menos mal que he llegado a tiempo, fíjate como llueve ahora”, las palabras de su hija se confundían con el sonido de la lluvia. El agua se derramaba formando una tupida cortina antes sus ojos, igual que la mañana del entierro.
Fue todo tan rápido que apenas pudo despedirse. La fugacidad del acto fue un alivio para muchos de los presentes, no así para él que no deseaba perder el amor de su vida en las profundidades de una fosa. La lluvia alentó al sacerdote que los acompañaba a no pronunciar palabra alguna, a los operarios a trabajar con la mayor de las premuras, a los acompañantes a abandonar el recinto a la carrera, y a su hija a alejarlo de allí, en cuanto considero que había pasado un tiempo prudencial, con la misma rigidez con la que ahora lo introducía en el interior de su vehículo.
El coche se aleja y él tiene la sensación de abandono que lo acompaña cada vez que deja atrás aquel lugar. Su hija deja que el volumen de la radio ahogue el incómodo silencio que casi siempre los acompaña. Él tampoco tiene ganas de hablar, y con ella la comunicación nunca fue algo habitual. Siempre se mantuvieron distantes, padre e hija, era ella, la madre, la que hacía de nexo, la que apretaba los nudos cuando estos se descomponían, la que tejía remiendos cuando algo se rompía, la que daba cohesión cuando no había unión.
En el tanatorio discutió con ella porque los dos se creían los únicos responsables y protagonistas de aquel evento. Vestida de luto solemne, con gafas de sol incluidas, al final venció y se hizo cargo de todos los pormenores: eligió el ataúd, recibió a los familiares y amigos, llamó al sacerdote para que oficiara el entierro, pasó allí toda la noche velando a su madre y despidió a aquellos que no quisieron acompañarlos durante el amargo trago. Mientras tanto, él estuvo sentado frente a las cortinas que ocultaban el cadáver de su mujer, llorando. Lo que más recordaba de aquel día era el intenso olor a humo de tabaco, a humedad que desprendían las paredes, y al cuero de los sofás antiguos que había en la habitación. Un hedor a muerte al que costaba acostumbrarse.
“Papá, no puedes seguir viviendo sólo en casa. Necesitas a alguien que cuide de ti”, cuantas veces le había hecho esa apreciación desde que su mujer faltaba. “Estoy bien, no te preocupes”, cuantas veces le había contestado. La música sigue fluyendo por el interior del vehículo.
El edificio donde vive es muy antiguo, tiene cuatro plantas y no hay ascensor. Él, su mujer y su hija vivían en el tercero, ahora solo vive él. Suben los altos escalones con lentitud, él descansa en cada planta para tomar aire y recuperar el resuello. Ella lo mira con desesperación e impaciencia. Cuando por fin terminan la ascendente travesía entran en el gélido hogar, allí donde no existe el orden ni la razón. “Pero, ¿Qué es esto papá?”, pone el grito en el cielo ante lo que sus ojos atisban. “Nada, tranquila, yo me apaño así. Solo tengo que recoger un par de cosas y ya está”. El estado de la vivienda es lamentable, la suciedad golpea en el rostro del visitante. Hay periódicos y revistas en el suelo y encima del sofá, y los platos, vasos y cubiertos sucios se amontonan encima de la mesa junto a restos de comida. Su hija se apresta a recorrer el resto de la casa. La cama lleva deshecha más tiempo del que puede imaginar. La cocina y el baño no se limpian desde hace muchas semanas. La dejadez es tal que ella no lo puede soportar y desde la otra punta de la casa lanza un aullido que estremece los cimientos del hogar. Él espera la tormenta después de haber escuchado el trueno.
“Papá ven aquí un momento”, cansado se acerca hasta su habitación, la que compartía con ella. Cuando mira el lecho la ve, durmiendo, con el cuerpo encogido en postura fetal y con las manos debajo de la almohada, su postura habitual, así fue como la encontró. Creía que dormía y la dejo descansar, él venía de la fábrica de terminar el turno de noche. Desayunó y estuvo un rato viendo las primeras noticias de la mañana en el televisor. Durante unos minutos se quedó traspuesto en el sofá, por lo que decidió que ya era hora de dormir. No le gustaba dormir de día pero su cuerpo necesitaba descanso y horas de sueño. Le preparó un café, como siempre, como todas las mañanas y se lo llevó a la cama, pero ella no despertó. El vaso de café cayó a tierra y explotó, como lo hizo su corazón. Los cristales bogaban a través del río negro que se dibujó en el suelo. La abrazó, la zarandeó, la besó, pero ella no dio signo alguno de respuesta. Su piel estaba pálida, sus párpados cerrados en la placidez, su ternura se había convertido en gélida faz mortuoria y sus brazos sin vida caían inertes hacía atrás, mientras él la abrazaba y apretaba contra su pecho ahogado en un llanto desolador.
“Se acabó papá, voy a poner fin a esta situación, no puedes seguir viviendo solo. Te vienes conmigo”, él no respondió, la rotundidad y firmeza de las palabras de su hija no admitían replica alguna. Le ofreció una mirada cándida, agachó la cabeza y con la docilidad de un perro se acurrucó sobre ella, se frotó sobre sus piernas y suspiró una y otra vez. Sintió que por fin, después de tantos años, podía volver a respirar. Quizá la tristeza se pudiera compartir, la melancolía se podría diluir en un taza de té, y el cariño de una hija aplacaría la ganas de morir.
Un mes después, la lluvia había arreciado y la primavera afloraba por la ventana empañada de la habitación. Mirando a través del cristal pensó que el infierno no estaba tan lejos de lo que se cree. Que el sufrimiento solo existe aquí y ahora. Recorrió la estancia donde estaba encerrado y volvió a llorar como la última vez que la abrazó sentado sobre su cama, el dieciséis del nueve del setenta y nueve.
Setenta y nueve, eran las personas que vivían con él, abandonadas a su soledad y hacinadas en Villa María.
Nueve, los días que tardó su hija en vender la casa.
Y dieciséis, los días que vivió con su hija hasta que fue internado en aquella última morada…
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La muerte viene acompañada de una lluvia pertinaz que trata de borrar los recuerdos. A veces lo consigue.
Mucha suerte.
Un triste final en todos los sentidos. Me has hecho sentir la ternura y compasión de una hija, pero la final la realidad se impone y el sentimiento se ha quebrado por el interés oculto; apartar al viejo para poder vender la casa. Me ha gustado. Suerte
Demasiada adjetivación. A mi modo de ver quedaría mejor… «La lluvia en las losas de mármol y granito. La lluvia no cae sobre la piedra.», (aunque, la verdad, no tengo maldita idea de la razón de esa selectividad de los chubascos). Suerte.
hermoso relato lleno de sentimiento. qué dificil es en ocasiones aceptar la muerte de nuestros seres queridos y que dificil nos es tratar de convencer a otros de aceptarla. suerte